XXIX
Costas de Galicia
La distancia disminuía con más lentitud de lo que Gabriel habría deseado. El viento, que soplaba casi por la popa, hacía que las ventajas de la fragata resultaran menos evidentes.
Con todo el velamen desplegado, juanetes incluidos, todos hacían cuanto podían por arrancarle el último nudo de velocidad. Bracead esta vela, soltad aquéllas, templad cabos, aferrad escotas. El trapo, tenso al máximo, portaba como nunca.
Apoyado en el barandal de la tolda, el capitán parecía una estatua de granito.
No quitaba ojo a la silueta del Relief. Mahagüini no se había equivocado: los castillos altos y el casco color almagre.
La mirada fija al frente, el sabor a sal en la boca, el viento en el rostro y el pensamiento en Isabel y Yabama.
Para protegerlas, su primer designio había sido arrimarse con cualquier pretexto y saltar a su cubierta.
Pero resultaba evidente que habían descubierto sus propósitos.
Habría que combatir. Si las mujeres seguían allí —y rogaba por que así fuera—, estarían encerradas en alguna cámara de popa.
El abordaje debía ser rápido y limpio, y las andanadas, bajas y medidas.
Había dado órdenes a los artilleros de no barrer la tolda.
También la gente de pelea sabía lo que se esperaba de ella: una rociada de escopetería inmisericorde, y luego lanzarse en tromba sobre la cubierta enemiga.
La costa corría cercana. Arreciaba la lluvia. Escorada a estribor, la Portuguesa cortaba la mar con brío, trepaba las crestas y caía entre nubes de espuma. El agua dulce y la salada formaban lágrimas gemelas que se confundían sobre la piel.
Pasado el mediodía, la distancia se había reducido a la mitad.
Ya se distinguía la gavia de mesana con forma de trapecio.
Más a poniente avanzaba otro buque, mayor y de andar más elegante.
Y desvaídas por la lluvia, casi perdidas en el horizonte, se adivinaban las velas dispersas de la triste retaguardia de la Contra Armada.
Se abrió un claro fugaz. Un rayo solitario iluminó un círculo de mar con una luz dorada, para desaparecer al instante.
El viento pasó de fresco a frescachón. Dos vueltas en la ampolleta de la bitácora indicaban que se había ido otra hora sin gran ventaja en la caza.
La desembocadura del Miño había quedado atrás, custodiada por el monte de Santa Tecla.
—Que larguen la boneta —ordenó Gabriel.
Desplegar aquel trapo adicional en la vela mayor era arriesgado con aquel mar y aquel el viento, y así se lo hicieron saber Laiseca y Ballesteros. Gabriel escuchó sus advertencias, pero las ignoró.
Con el trapo añadido ganaron velocidad.
—¡Siete nudos! —cantó García, tras recoger la corredera.
Ya se veía con claridad el balconcillo de popa de su presa. Con suerte, se pondrían a su altura antes de que cayera el día. Pascual Laiseca mandó aprestar los cañones de estribor.
—También los de babor, Pascual —dijo Gabriel, al tiempo que señalaba hacia el otro barco, que había aflojado la marcha.
—¿Crees que intervendrá?
—Es mejor prevenir.
Mahagüini distribuyó los puestos de combate. Los mosqueteros, en las vergas y castillos; el trozo de abordaje, en las cubiertas.
La costa gallega se alzaba áspera y montañosa. A lo lejos se entreveía el perfil de unas islas.
—Las Cíes —anunció Laiseca.
—Y la ría de Vigo —añadió Ballesteros—. ¿Se meterán allí?
—No, si lo evitamos —dijo Gabriel. Y ordenó acercarse más a tierra. De aquel modo, al interponerse entre su presa y el litoral, impedirían que se refugiara en la ría.
Se aproximaron a los peligrosos rompientes del cabo Sillero.
Navegaban tan ceñidos a tierra que daba vértigo mirar cómo las olas batían contra las peñas desnudas y se retiraban entre espumarajos blancos.
El Relief, como habían previsto, no pudo entrar en la ría.
Sin embargo, al cruzar frente a la embocadura, divisaron gran cantidad de velas: parte de la Contra Armada se había metido allí.
—¿Querrán atacar Bayona? —preguntó Ballesteros.
—Lo dudo —respondió Laiseca—. Hasta donde yo sé, esa plaza está bien defendida.
A la altura de la isla de San Martín, la fragata se abrió al mar para tomar el barlovento y mantener a su presa a estribor. El Relief se aprestaba a la defensa. Algunos hombres trepaban a las vergas y otros se apostaban tras la borda, en la que no habían instalado siquiera empavesadas.
El buque que lo acompañaba se había perdido al otro lado de las Cíes.
Tras dejar a levante el estrecho y peligroso canal que separaba San Martín de la isla del Medio, se pusieron al fin a tiro de cañón. El Relief disparó primero: de sus cuatro piezas, sólo una los alcanzó en el castillete de proa. Gabriel retuvo la respuesta.
—¿A qué esperamos, capitán? —lo apremió el maestre.
Pero Gabriel había mudado de parecer: la impericia con que los artilleros enemigos recargaban, le hacía confiar en que podrían abordarlos sin emplear sus cañones.
—Arrímate, Pascual —ordenó con firmeza—. Y vos, señor Martínez, atento a mi señal.
Pasaron unos momentos, largos como días sin pan.
El Relief, atrapado entre la fragata y la isla, apenas tenía margen de maniobra.
En su cubierta, los servidores se agitaban en torno a las piezas, sudorosos, desorganizados.
A uno de ellos se le cayó la baqueta y se agachó a recogerla; otro trataba de cebar la pólvora con manos torpes.
Sus oficiales los apremiaban con improperios y gestos furibundos.
Los rostros, claramente visibles, mezclaban miedo, rabia y desconcierto.
Aun así, les dio tiempo a largarles una media rociada de escopetería que hirió a un marinero.
García y otro paje se dieron prisa en arrastrarlo a la relativa seguridad de la tolda.
Gabriel le hizo una seña a Mahagüini.
—¡Fuego! —ordenó este.
Los mosqueteros y arcabuceros tiraron casi al unísono, y un rosario de nubecillas blancas puntearon el aire como cohetes de feria.
La descarga cerrada barrió la cubierta del Relief.
Las balas impactaban en la borda, los cabilleros, barriles y cuerpos con un golpeteo siniestro.
Algunos hombres cayeron en el acto, dos se desplomaron desde las vergas, otros fueron alcanzados en brazos, piernas, hombros, se lanzaron a las tablas, se agacharon tras la borda o buscaron refugio en las escotillas.
Laiseca ordenó soltar escotas. La fragata perdió arrancada y se abarloó al inglés.
Los garfios volaron y mordieron la obra muerta, y sus cables fueron tensados con enorme esfuerzo.
Los cascos crujieron al tocarse. Otra rociada segó la cubierta enemiga.
Gabriel, de pie sobre la regala, alzó el sable y ordenó el abordaje.
Saltó el primero, seguido por dos docenas de diablos que cayeron sobre el combés del Relief como lobos hambrientos.
Gabriel se movió hacia su izquierda. Un artillero joven soltó el botafuego al verlo llegar, desenvainó un machete y se le plantó delante con los ojos muy abiertos. Lo apartó con un revés del guardamanos que lo tumbó sobre las tablas.
Buscó el alcázar. Lo subió en tres zancadas. Allí estaba el capitán enemigo, espada en mano.
—¡Rendid la nave! —le exigió en inglés.
El hombre respondió con una sucesión de mandobles mal medidos. Gabriel detuvo los golpes con el tercio medio del sable, uno, dos, tres. El cuarto lo desvió, cruzó la hoja y lo abatió con un pinchazo limpio en el costado.
Un falconete tronó a su espalda y le dejó un zumbido molesto en los oídos.
Abajo, en el combés, entre el humo y la metralla, la lucha era feroz y sin cuartel.
La escotilla que bajaba a la tolda estaba cerca y se encaminó hacia ella, pero un grito lo detuvo.
Se giró y vio que Pascual Laiseca había caído.
Un soldado, con el brazo derecho ensangrentado, lo atacaba con la zurda.
Lento, pero decidido. Gabriel se lanzó sobre él y atajó su estocada para que Laiseca pudiera levantarse.
Cuando el soldado recomponía la guardia, un arcabuzazo lo alcanzó en la pierna y lo hizo caer.
Los tiradores que habían quedado en la fragata los cubrían sin cesar con sus disparos.
Los costados de las naves entrechocaban con el balanceo.
En cubierta reinaba un caos de fuego y acero: gritos de mando, gemidos de dolor, maldiciones ahogadas por el estampido de los mosquetes y el choque metálico de las armas al encontrarse.
El humo formaba una neblina espesa y el aire olía a sangre y pólvora quemada.
Pero la experiencia y la disciplina daban su fruto. Los españoles, organizados y feroces, fueron imponiéndose sobre sus enemigos. El combate decreció. Unos soltaron las armas y se rindieron, otros se arrojaron al agua, sólo unos cuantos continuaban combatiendo.
La cortina de nubes se rasgó, abriendo paso a unos tímidos rayos de sol. Gabriel dejó a Mahagüini a cargo de la cubierta y volvió su atención hacia la escotilla de la tolda.
—Sígueme, Pascual.
Bajaron la escala y se adentraron en el alcázar. La penumbra era densa y peligrosa. Gabriel pateó la puerta de una cabina: vacía. También la siguiente. La cámara principal, en cambio, estaba abierta, y entró con el sable por delante.
Allí, sobre un catre, esposada a una argolla, yacía una mujer. Su figura era tan magra, su rostro tan hinchado y maltratado que tardó en reconocerla.
—¡Yabama! —exclamó al fin.
—Has venido —dijo ella.
Gabriel soltó del gancho la cadena de las esposas, la ayudó a incorporarse y la rodeó con los brazos. Ella se estremeció con el contacto.
—¿Dónde está la llave? —preguntó. El tiempo apremiaba.
Yabama señaló un cofrecillo que había en un estante. Pascual lo abrió sin decir palabra y comenzó a hurgar entre papeles y objetos revueltos.
—L’Avide, l’Avide —murmuraba Yabama mientras sus manos encadenadas le acariciaban el rostro—. Has tardado en venir.