XXVIII #4
Desde Cascaes navegaron en el cuerpo central, no lejos del Revenge.
Pero tras el ataque de las galeras lo perdieron.
Las limitaciones marineras del Relief se hicieron pronto patentes y, jornada tras jornada, iba rezagándose.
Sólo la cercana presencia del Fortune, que contra todo pronóstico se mantenía a la vista, les daba cierto amparo.
Para Yabama, en cambio, cada milla hacia el norte era una condena. Desde que Isabel bajó a tierra —y más aún desde su intento de huida— su vida se había vuelto un suplicio tal que amenazaba con quebrantar su fe en Atabey y en el regreso de l’Avide. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no acudía?
La mente se le extraviaba cada vez con mayor frecuencia por corredores oscuros.
La confusión descendía sobre ella, se le adhería a la piel como una telaraña pegajosa, húmeda y densa.
La sensación era tan física, tan real que trataba de sacudírsela a manotazos.
Los recuerdos se desvanecían; los rostros se confundían; el tiempo se alargaba o se comprimía; y las imágenes se deformaban: el barco ascendía sobre las olas hasta el vértigo, o la cubierta giraba sin freno y ella acababa desplomada, rodando como una peonza.
Entonces, una patada brutal del gran bastardo de Gardiner la devolvía al mundo:
—Despierta, puta.
La había violado tantas veces que no conservaba la cuenta.
La había golpeado hasta dejarla inconsciente, azotado, humillado y martirizado de todas las formas posibles.
Aquel hombre poseía una imaginación prodigiosa para la crueldad.
Y aunque jamás se había quejado en su presencia, ni le había dado indicio ninguno de sumisión, sus fuerzas se agotaban.
La bazofia escasa y miserable con que la alimentaba bastaba apenas para mantenerla en pie.
Su debilidad era tan manifiesta que Michael le permitió un par de veces salir a cubierta y beneficiarse del sol. Los tripulantes, por embrutecidos que estuvieran, le dedicaban miradas de conmiseración. Hernandes, desde que volvió a bordo, le daba a escondidas raciones extras del monótono rancho.
—Isabel está a salvo —le dijo en cierta ocasión—. Por ese lado, estad tranquila.
—Por ese lado… —repitió ella, como un eco lejano.
—¿Queréis que lo mate?
Yabama, que tenía la mente casi ida, regresó de pronto al presente. Matarlo.
—Maquetaire se lo llevará —dijo—. Pero no hoy. No por vuestra mano.
El soldado pensó que desvariaba.
Después de satisfacer por enésima vez sus deseos con la mestiza, Michael subió a cubierta.
La mujer era ya un deshecho, y aun así su apetito no se apagaba.
Cuanto más la tomaba, más insaciable se volvía.
¿Y si estaba enferma? ¿Y si incubaba la peste?
Varias veces pensó ordenar que la metieran en un saco y la arrojasen al mar.
Pero la tentación lo ataba como una gruesa maroma: la piel de canela, los pechos mórbidos, la cintura estrecha, las nalgas respingonas, el sexo ardiente.
Esos ojos que lo desdeñaban. Todo en ella avivaba su pasión.
La llovizna, fina y fría, le refrescó el cuerpo todavía sudoroso. Se acercó a Yates, que gobernaba la nao desde el alto alcázar de popa.
—¿Novedades, capitán?
—Hemos echado al mar ocho cadáveres en dos días —respondió Yates, con sequedad.
—Con este viento, pronto llegaremos a Inglaterra —comentó el armador.
No había sido aquella una campaña para lucirse, pero Michael había sabido sacar provecho en los saqueos de la Pescadería y de Cascaes. Bastante para cubrir gastos y guardar algo. A cosa de una milla, por la aleta de babor, navegaba un navío de buena arboladura. Yates lo señaló con la barbilla.
—Ese va más rezagado que nosotros —comentó Michael, sin darle importancia.
—Nos sigue desde el amanecer, y cada hora nos gana un cable. Ese barco estaba frente a Cascaes.
—Como todos.
—Como todos no. Si el ojo no me engaña, y rara vez lo hace, era uno de los buques encargados de vigilarnos.
—Acerquémonos más al Fortune, por si acaso. Mi querido hermano no nos negará el amparo.
—Este cascarón no da para más. —Yates movió la cabeza, dubitativo—. Confiemos en alcanzar las rías de Galicia; allí será fácil escabullirse.
La preocupación se le hacía a Michael exagerada.
Esos malditos capitanes les habían cogido tanto miedo a los españoles que cualquier arenque les parecía un tiburón.
Permaneció, con todo, en el alcázar, atento a las evoluciones del barco que los seguía.
Estaba demasiado lejos para distinguir otra cosa que el conjunto del velamen, los topes de los masteleros y la forma alargada del casco, que a veces desaparecía entre las olas, más crecidas que en los días pasados.
Tan concentrado estaba que lo sobresaltó la bronca voz de Yates ordenando poner la nave en zafarrancho.
—¿No es prematuro? —protestó Michael—. Tanto alboroto por una vela.
—Prevenir no cuesta nada.
Se aprestaron los cañones de cubierta, los únicos que tenían.
Subieron de la bodega picas, sables y mosquetes.
El contramaestre desgranó órdenes para exprimir al Relief, y los marineros, calados y rendidos, treparon a la jarcia.
La disciplina tensa de un barco que se prepara para el choque minó un tanto la seguridad de Michael.