XXVIII #3
La noche lo envolvía con sus rumores: el ulular lejano de un búho, el cricrí incesante de los grillos, algún ladrido perdido entre campos dormidos.
Y, sin embargo, algo permanecía en pie: Isabel.
Al menos la había librado de sus cadenas y estaba, por el momento, a salvo.
Y se aferró a esa sola certeza, a ese norte, a esa tabla.
La conduciría a Lisboa, como le había prometido, le buscaría un barco para Galicia, le diría adiós y luego trataría de reencaminar su vida.
Isabel. El nombre le hacía daño. Isabel, Isabel, Isabel, repetían los cascos de la mula sobre el sendero.
Entonces acudió a su memoria el semblante apacible de fray Antonio.
Pensó, con sorpresa, en la vida religiosa.
¿Y si tantos reveses no fuesen castigo, sino prueba?
Recordó también al padre Dimas, el jesuita de Angra que en otro tiempo quiso atraerlo al seminario.
Tal vez la llamada llevaba años sonando, discreta y persistente.
La idea, por absurda que fuese, le trajo un sosiego extraño: la clausura, el silencio, la regularidad de los oficios se le antojaron un descanso a sus pasiones.
—Vais muy callado, señor Salazar. —La voz de Isabel pareció brotar de los propios pensamientos de Duarte.
Sonaba cordial, casi amigable.
—Medito sobre el mañana.
—¿En volver a tomar las armas?
—Más bien en ingresar en un convento y dedicarme a la oración y a la vida contemplativa.
Isabel calló. ¿Qué respuesta era aquella? ¿Acaso se burlaba? Pero sus palabras tenían el peso de la verdad. ¡Qué hombre tan extraño! Si no era el canalla ni el farsante que había creído, ¿quién era en realidad?
—¿Por qué me habéis salvado la vida? —preguntó él.
—Era mi deber cristiano —respondió ella—. ¿Por qué queríais vos matar a Geraldo?
—Nos iba la vida en ello.
El sordo romper de las olas anunció la cercanía del mar.
Duarte tiró de las riendas y detuvo a la mula.
Debían girar a la derecha y encaminarse al norte durante, al menos, una legua más, hasta dejar atrás las posiciones felipistas.
Podían tropezar con una patrulla y salir airosos…
o provocar, por un mal entendido, una desgracia fatal.
Con los ánimos enardecidos, cualquier encuentro era incierto.
Decidió, pues, trazar un rodeo amplio antes de enfilar hacia Lisboa.
Un poco más adelante, hallaron un pinar y Duarte lo cruzó hasta dar con un calvero abrigado entre los árboles.
—Aquí podremos descansar unas horas —le indicó a Isabel.
Desaparejó la mula, la ató a un pino joven y echó la manta sobre el lecho de agujas. Isabel se tendió sin una queja y, rendida, se durmió casi al instante. Duarte se echó a corta distancia y el cansancio lo venció, también a él, enseguida.
Al clarear, reanudaron la marcha.
La costa era rocosa, desnuda y escarpada, batida por el oleaje.
Acantilados cortados a pico se alternaban con calas minúsculas, casi inaccesibles.
A media mañana avistaron una aldea encaramada a la falda de un serrijón verde y abrupto.
Aunque les tomaría más tiempo, Duarte prefirió cruzarlo por el norte.
El camino, que se volvió tortuoso, con pronunciadas subidas y bajadas, atravesaba barrancos profundos, arroyos de aguas limpias y tramos de bosque frondoso, fresnos, alcornoques y alisos, enebros y madroños, y claros cubiertos de brezo rojo.
En las hondonadas, el aire era fresco y húmedo; en los collados, soplaba con fuerza el viento.
Se detuvieron junto a una fuente. Isabel, cansada de cabalgar, llevaba un buen trecho a pie y parecía agotada. Duarte partió pan y queso y ella los cogió en silencio.
—¿Puedo preguntaros de dónde sois? —dijo, al fin.
Duarte terminó de masticar antes de responder:
—Nací en Angra, en la isla de Terceira. ¿Y vos?
—Provengo de Nueva España, de una villa costera llamada Veracruz.
—Largo ha sido el camino que os ha traído hasta aquí.
—Largo —repitió ella, de pronto sombría. Que no hubieran compartido antes una información tan elemental daba la medida del distanciamiento que habían mantenido.
Duarte intuyó que la historia de Isabel debía de ser dolorosa.
Para distraerla, cuando reanudaron la marcha dio en contarle algunas anécdotas de su paso por los tercios.
Isabel sonrió por primera vez en mucho tiempo.
A cambio, le refirió algunas anécdotas de la suya, y, cuando quiso darse cuenta, le había confesado su captura por los piratas, su matrimonio con Trenton, la huida de Inglaterra y su recalada en La Coruña.
—Una vida marcada por la guerra —comentó él.
—Al menos, eso tenemos en común —replicó ella, con un mohín gracioso.
La sierra terminó con la misma brusquedad con que había comenzado, y el terreno se volvió llano y transitado: caminantes solitarios, arrieros, mujeres con cántaros, un carro rebosante de forraje.
A su paso, se sucedían campos de cultivo, olivares, pinares, encinares, y aquí y allá, casas de labranza y cortijadas.
Al caer la tarde, se atrevieron a acercarse a una venta al borde del camino para pasar la noche. El precio era elevado y la cena, una mazamorra infame. La ventera se justificó: los españoles habían quemado los graneros y, después, los ingleses habían arramblado con lo poco que se había salvado.
—Gracias damos por seguir vivos —dijo. Y añadió—: Vuesas mercedes no son de por aquí, ¿verdad?
—Mi esposa y yo venimos de Cascaes —respondió Duarte—. ¿Sabéis si hay tropas en el camino de Lisboa?
—Yo diría que no.
Tan pobre era el establecimiento que Isabel se lavó por partes en un barreño, y Duarte, para no desmerecer a sus ojos, la imitó luego. El cuarto que les ofrecieron tenía las paredes de madera, la puerta desencajada y, por lecho, un jergón de paja vieja.
—¿Qué habrá sido de Yabama? —preguntó Isabel, ya tumbada.
Duarte negó con la cabeza. En manos de Michael Gardiner, pocas esperanzas cabían. A Isabel se le escaparon unas lágrimas de aflicción, y también de remordimiento. La suerte incierta de su amiga todavía le oprimía el ánimo.
—No debí abandonarla. Jamás.
—¿Qué remedio os quedaba? A veces, en la vida, hay que elegir entre lo malo y lo peor.
—¿Ese ha sido vuestro caso?
Duarte, que se había recostado sobre la manta de arriero, le habló entonces de Galway, del encierro, del hambre, de la espera interminable; de la saca al amanecer y de la ejecución en las afueras.
No cargó las tintas; refirió los hechos con llaneza.
Isabel lo escuchaba sin interrumpirlo. La llama de la vela, puesta entre ambos sobre una caja, vacilaba y dibujaba en su rostro asombro, compasión, espanto.
—¿Por qué os odiaba tanto Geraldo? —inquirió a continuación. Aquel asunto le intrigaba.
Duarte giró la cabeza y fijó los ojos en ella.
—Es una historia muy larga, y ya es tarde —dijo. En realidad no estaba preparado para hablarle de Marcia—. Otro día os la contaré, si os place.
—Os tomo la palabra.
La siguiente jornada fue tan larga y fatigosa que, en las últimas leguas del camino, Duarte hubo de montarse en la mula y sostener a Isabel entre los brazos.
La cercanía de su cuerpo, el roce de sus brazos, el de su cabello, lo enternecía y atormentaba a partes iguales.
Mientras el animal avanzaba lentamente, evocaba la conversación de la noche anterior, las miradas que ella le había dirigido, llenas de comprensión y franqueza. De piedad. Pero ¿amor? No.
Al coronar las colinas de Monsanto se abrió Lisboa ante ellos, con sus casas abigarradas, el mar de tejados, el perfil del castillo y, al fondo, el espejo inmenso del Tajo.
Una hora después, con el sol ya ocultándose, entraban sin dificultad por la puerta de San Antón.
Duarte descendió en la plaza del Rossio y condujo a una Isabel tambaleante hasta una posada en la Baixa que conocía desde tiempo atrás.
No eran horas para presentarse en casa ajena, ni estaba Isabel para andar recorriendo la villa.
Dejó, pues, la mula en el corral y, como ya no era necesario fingir, pidió al posadero dos cuartos.
4
Litoral portugués
El ataque de las galeras y la dispersión posterior de la Contra Armada obligaron a Drake a renunciar a su proyecto de alcanzar las Azores. La escuadra había quedado maltrecha y desordenada.
La situación a bordo empeoraba cada día.
En algunas naves había tantos apestados que apenas restaban manos para gobernarlas; en otras, los hombres útiles eran tan pocos que hubo que dejarlas atrás, a la deriva, en medio del océano.
Drake habría podido desentenderse del conjunto y proseguir hacia las islas con un puñado de buques escogidos. Pero había un obstáculo mayor.
Tras la desbandada, había perdido el control efectivo sobre muchos capitanes.
Y no estaba dispuesto a permitir que un resentido Norris, o alguno de sus coroneles, llegara antes que él a Londres y ofreciera a la reina su propia versión de los hechos.
Esa consideración pesó más que cualquier cálculo estratégico.
Continuó, pues, hacia el norte, sin descartar un golpe de mano contra algún puerto mal defendido que mitigara la afrenta.
En la partida de Cascaes había reinado la confusión.
Soldados y marineros habían subido a los buques sin orden ni concierto, mezclados con compañías extrañas y bajo mandos nuevos.
El Relief no fue una excepción. Así, mientras que Hernandes volvió a embarcarse en él, Mendes y su gente lo hicieron en otro bajel.
—¿Y el capitán Henriques? —le preguntó Michael Gardiner.
—Muerto —respondió el cabo.
—Lo siento. Parecía hombre de valía.
—Y un buen capitán —añadió el cabo, con una rotundidad que quizá no sentía.