La derrota del dragón XXVIII #2
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XXVIII #2

El desorden fue en aumento. Las galeras cañoneaban e incendiaban navíos ante la inacción del resto.

Uno, otro, otro más. La mañana trajo luz, mas no viento, y la ofensiva prosiguió.

Los cómitres exigían hasta el límite a los forzados; los artilleros pedían más balas y exprimían sus piezas, cuyas culatas enrojecían por el calor, los arcabuceros gastaban pólvora sin medida en descargas continuas, los marineros lanzaban alcancías con mecha sobre las velas enemigas con intención de incendiarlas.

Saltaban astillas, reventaban tracas y cuadernas; las entenas, partidas, colgaban como alas rotas, y más de un mástil se vino abajo con estrépito.

El humo, bajo y espeso, se tendía sobre el mar y, aliado con los españoles, ocultaba sus movimientos y sembraba confusión entre los enemigos.

La galera del adelantado embistió a dos urcas de transporte, a un patache y una lancha.

Las demás no fueron menos diligentes: abordaron, incendiaron o hundieron cuantas embarcaciones pudieron, y dejaron otras muchas tan dañadas que comprometieron su retorno a Inglaterra.

Hacia el mediodía se levantó el viento, y Padilla, perdida la ventaja, ordenó la retirada para dar respiro a los remeros, enfriar las piezas y proceder al reparto e interrogatorio de los numerosos prisioneros.

La Contra Armada, deshecha y dispersa, mas no destruida —su tamaño era tal que el revés encajado supuso apenas un picotazo—, fue desvaneciéndose por el horizonte de poniente.

Tras ella quedaban restos a la deriva, náufragos aferrados a maderos, cascos devorados por las llamas y columnas de humo que ascendían al cielo como testimonio mudo del desastre.

Guiada por aquellas humaredas, la Portuguesa llegó al escenario del combate cuando este ya había cesado. Las galeras se alejaban con parsimonia por su banda de babor, y los enemigos aún se distinguían por la de estribor. Gabriel mandó cambiar la bandera y seguirlos.

—¿Y eso? —preguntó Laiseca.

—Así nos tomarán por uno de ellos, Pascual.

Viraron por avante y siguieron su estela.

Por la tarde alcanzaron a algunos de los bajeles más rezagados, pero ninguno era el Relief.

Desde una nao bastante maltrecha les hicieron señales de socorro que Gabriel ignoró.

Su mente estaba clavada en el objetivo: tenía que encontrarlo antes del anochecer.

Escarmentados por la falta de apoyo mutuo en la refriega de la mañana, los ingleses se reagruparon en pequeños núcleos según la velocidad de cada nave y los daños sufridos. Aquella dispersión hacía más difícil dar con el Relief.

Tras dejar por la popa una veintena de velas, al caer la tarde avistaron dos escuadrillas que se separaban. Una navegaba hacia el norte franco, ciñendo a tres cuartas; la otra se abría hacia el nordeste.

—¿A cuál seguimos? —preguntó el maestre.

Gabriel, asido a un cabo en el castillo de proa, escrutó el horizonte antes de decidir.

—A la del nordeste.

—¿Por qué?

—El Relief es torpe. Le convendrá un rumbo más franco para avanzar sin forzar tanto la ceñida.

Laiseca frunció el ceño.

—No es una razón muy convincente.

—No tengo otra mejor, Pascual.

Metieron dos cuartas al este y siguieron a aquella agrupación hasta que la noche los envolvió.

Con la oscuridad se aquietó también el mar.

El viento, más templado, hinchaba las velas con un soplo constante y la Portuguesa se deslizaba con suavidad sobre las olas.

Los hombres de guardia hablaban en voz baja o se movían con pasos cautelosos sobre la cubierta.

Mahagüini, a cargo de la guardia, se hallaba en el alcázar y Gabriel se acercó a él y apoyó los brazos en la regala.

Sobre sus cabezas se abría en aquel momento un cielo despejado y cuajado de estrellas.

—Bonita noche —dijo de improviso Mahagüini.

—Muy cierto.

—La esfera celeste girando sobre nosotros. Así lo dispuso el mundo.

—¿Estarán todas en la misma esfera? —preguntó Gabriel.

—Las más débiles se han de mover en esferas más alejadas. Eudoxo decía que veintiséis, pero Aristóteles llegó a contar hasta cincuenta y cinco, si se incluyen las del sol y la luna.

El comentario sorprendió a Gabriel. Nunca habría imaginado que su amigo tuviera noticias de tales filosofías, y le dio la medida de lo poco que lo conocía.

—Y detrás de ellas ¿qué habrá? ¿Qué rige su movimiento?

—La voluntad divina.

—¿Ha de ser así?

—¿Qué, si no?

Gabriel no estaba seguro. Para qué hacía Dios girar aquel firmamento inmenso, qué propósito podría tener tanta grandeza. Qué lugar ocupaban ellos.

—¿Y si todo fuera azar? ¿O destino, o providencia?

El medio indio no respondió, y continuaron contemplando el cielo en silencio.

—En todo caso, es muy hermoso —dijo al cabo Gabriel.

—Hermoso y desmesurado.

Al alba la habían perdido de vista, pero conservaron el rumbo. Navegaban ya frente al cabo da Roca.

A mediodía dieron con otro grupo, más nutrido y algo desordenado, que barloventeaba cerca de la costa portuguesa.

Se aproximaron con cautela. En cabeza se distinguían varios galeones, quizá uno de ellos fuera la almiranta.

Si los detenían para pedirles señas, tendrían problemas. Pero ninguno les dio el alto.

Por la tarde avistaron Peniche. Desde la cofa del palo mayor, Gabriel distinguió nubes de humo en tierra y, poco después, el eco lejano de algunos disparos.

—¿Combaten, padre? —preguntó García, encaramado junto a él en la estrecha plataforma.

—Eso parece. Algún destacamento de caballería habrá acudido a hostigar el embarque de la guarnición.

El tiroteo se prolongó hasta el anochecer. Ni siquiera en la prisa de la retirada los ingleses perdían ocasión de hacer presa: una urca que se acercó demasiado fue rendida sin esfuerzo por dos navíos ligeros.

Al amanecer, el viento roló al nordeste y el grueso de la Contra Armada se apartó de la costa con rumbo a las Azores.

Pero tras una larga bordada mar adentro, volvió a caer hacia la península.

Un temporalillo de poniente descompuso, al día siguiente, la formación y seis o siete bajeles se descolgaron del cuerpo principal.

Cerca de Oporto, un pequeño galeón se aproximó a la Portuguesa.

—Malo —gruñó Mahagüini.

—Buenas intenciones no traen —añadió Laiseca.

—Mucho han tardado en recelar de nosotros —dijo Gabriel, y mandó cazar escotas y abrirse al sur.

El galeón los siguió varias horas antes de desistir y regresar con la armada: nadie quería rezagarse.

Gabriel apretó entonces a la fragata para recobrar lo perdido.

Un día entero de dura faena y velamen exigido al límite les permitió avistar de nuevo la retaguardia y colocarse tras navíos que ya habían dejado atrás, con el riesgo que aquello suponía.

Para colmo, el viento viró al sudoeste.

—Maldita sea —murmuró Gabriel.

—¿Qué sucede, padre?

—Este viento los llevará hacia Inglaterra sin dificultad.

—¿No podremos rescatar a madre?

—Será más difícil.

Aquel sudoeste los empujaba con rapidez hacia el norte. El mar, gris bajo el cielo encapotado, levantaba olas largas entre las que cabeceaban las siluetas dispersas de varios bajeles. A estribor, la costa apenas se adivinaba en la bruma.

—¡Capitán! —gritó de pronto Mahagüini.

Gabriel acudió.

—¿Qué ocurre?

El medio indio, inclinado sobre la regala, señalaba al horizonte.

—El Relief.

—¿Estás seguro?

A lo lejos, una mancha clara se recortaba contra el cielo plomizo.

—El Relief —repitió, sin vacilar.

3

Camino de Lisboa

Duarte e Isabel se dirigieron hacia el oeste, en busca de la costa, siguiendo veredas de herradura apenas visibles entre la maleza.

Cuando la luna se ocultó, la oscuridad se adueñó por completo de los campos y no se distinguía más allá de la propia mano.

Para evitar un tropezón o una caída inoportunos, Duarte redujo el paso y permitió que la mula, fiada en su instinto, encontrase el camino.

Él se limitaba a corregir la dirección cuando notaba que se desviaba.

A su derecha, la Osa Menor se disimulaba en un cielo cuajado de estrellas.

Marchaban en silencio, atentos a cualquier ruido que delatase movimientos de tropas.

Los hitos del camino eran apenas perceptibles: el perfil de los árboles recortado contra el cielo, el rumor de un regato escondido, la humedad súbita del aire al cruzar una umbría, el golpeteo irregular de los cascos sobre la tierra, las piedras o las raíces superficiales.

De vez en cuando, Isabel se removía en el aparejo, cambiaba de postura o se inclinaba hacia delante para aliviar las piernas dormidas, pero no pronunciaba queja alguna.

El viento, que venía del norte, se tornó más fuerte y desapacible, y ella sacó del hatillo una capa y se la echó por los hombros.

Duarte se encerró en sus pensamientos. Recordaba, una a una, las últimas horas: la traición del arriero —no podía haber sido otro—, la llegada de los hombres, el duelo, la súbita intervención de Isabel, la muerte de Álamo y la de Geraldo, su viejo enemigo, a quien, pese a todo, no guardaba rencor.

Tal vez porque ya no le cabía más. Verlo hecho un guiñapo sobre la tierra, consumido por su propio veneno, le había dejado en el alma una sensación de vacío y fatiga.

Cargaba muchas muertes sobre la conciencia, pero las de los Henriques pesaban más que ninguna.

Porque, al final, Geraldo había muerto por él.

Y también Fernando Álamo, que ya no volvería a quejarse, ni regresaría a Ayamonte ni cazaría un buen jabalí en sus esteros.

Incluso el cabo Hernandes podía verse comprometido por aquella fuga.

Se sintió culpable. Por un instante pensó que habría sido más justo quedar él tendido en el claro, boca abajo, frente al puesto de guardia.

Todo en su vida parecía torcerse. Cuanto deseaba o emprendía se desvanecía como humo. Había perdido a Marcia, había perdido a Belinha; se había distanciado de su padre, había naufragado, visto morir a compañeros en Irlanda, caído prisionero… y vuelto a caer.