XXVIII
Bahía de Cascaes
La carta de la reina precipitó la partida e hizo saltar todas las alarmas. En el consejo previo al embarque, cada cual procuraba apartar de sí la responsabilidad del desastre.
—Os habéis portado como un maldito canalla, sir Francis —le espetó Norris sin rodeos—. Aquí, y también en La Coruña.
El almirante no se alteró.
—No echéis sobre mí la culpa de vuestros errores, general. Os previne contra el desembarco en Peniche, cuya guarnición, por cierto, aún debemos recoger.
—Vuestra opinión, a la que tenéis perfecto derecho, quedó clara desde el principio —replicó Norris—.
Pero una cosa es disentir, y otra muy distinta, contribuir al fracaso del asedio.
Si vuestra armada se hubiera presentado frente a Lisboa mientras la cercábamos por tierra, ahora estaríamos brindando en el palacio del virrey.
—Hacer cábalas es fácil, pasado el momento. Controlar la embocadura del Tajo, mantener los suministros y proteger la retaguardia no han sido tareas sencillas.
—¿Qué suministros? —estalló Norris—. ¿Qué retaguardia?
—¿Pretendéis convencernos de que habéis mantenido a doscientas velas en esta bahía para contener a una docena de galeras? —preguntó, encendido, Robert Devereux.
Drake mantuvo la calma. Tenía la intención de dejar que aquellos hombres se cocieran un poco más en su propia salsa antes de mostrarles una vía para salvar la infeliz jornada.
—Conocíais nuestra penuria —insistió Norris—. ¿Por qué no desembarcasteis los tres mil infantes que llevabais a bordo para asegurar el territorio y garantizar harina y abastecimientos?
Thomas Fenner acudió en auxilio de su almirante.
—El Prior juró que nada os faltaría ¿Cómo íbamos a saber que sus promesas acabarían en nada? En cuanto a la infantería, desembarcarla sin información precisa del despliegue enemigo habría sido una temeridad.
Tomaron la palabra el coronel Sydney, luego Edward Norris y otros coroneles, a quienes replicaron los capitanes de mar. Incluso Trenton, presente por mandato de Drake, partió una lanza por su jefe.
—Basta de cháchara, señores —dijo al fin el almirante. De nada sirve revolver faltas ya consumadas. Si queréis hablar del ayer, hacedlo sin mí. Yo prefiero ocuparme del mañana. Porque aún no hemos perdido la partida.
El silencio cayó de golpe, y todas las miradas se volvieron hacia él.
—¿A qué partida os referís? —preguntó Norris, con despecho.
—Permitid que se explique, John —terció el conde de Essex. Era, con diferencia, quien más disculpas debería preparar.
Drake aguardó unos instantes más. ¡Con qué facilidad se callaban todos! Se habrían dejado clavar un cuchillo con tal de salvar sus egregios traseros. Le resultaban patéticos. En especial el favorito de la reina, tan arreglado, tan apuesto, tan veleta.
—Tenemos el verano encima —dijo al fin. E hizo otra pausa.
—¿Y qué? —preguntó Devereux.
—La flota de la Carrera de Indias estará por llegar a las Azores. Si con capturar uno solo de sus galeones podríamos sufragar esta campaña, ¿qué no conseguiríamos si nos hiciéramos con la flota completa? ¿Creéis que sería botín suficiente para Su Majestad?
Asintieron, unos sólo con gestos, otros murmurando su aprobación. Incluso Norris bajó la mirada y pareció, por un momento, convencido.
—¿Toda la flota? —observó uno de los coroneles—. Con nuestra armada rondando por aquí, ¿creéis que el rey de España va a arriesgar su tesoro?
—El rey Felipe, como todos los monarcas de este mundo, necesita dinero contante y sonante para sostener sus empresas.
Y más aún ahora, cuando debe rehacerse de las pérdidas de su «Invencible».
—Algunos rieron ante el calificativo—. Si no ha zarpado de Nueva España toda la flota, os aseguro que al menos lo habrá hecho una escuadra con un buen situado.
Por no hablar de las naos portuguesas que regresan de las Indias Orientales.
—¿Esa es vuestra gran baza: uno de nuestros objetivos iniciales?
—se burló el general Norris, recuperado del anuncio de Drake—.
¿Proponéis navegar hasta las Azores y aguardar allí la llegada de la flota de Indias con las tripulaciones hambrientas y apestadas?
¿Queréis volver a casa con ataúdes en lugar de barcos?
—Tendremos que dividirnos —respondió Drake, imperturbable—. Una agrupación pondrá rumbo a Inglaterra con los heridos y los enfermos más graves, y el resto nos dirigiremos a las Azores.
La propuesta de sir Francis no despertó entusiasmo entre los coroneles, pero tuvo la virtud de silenciar sus quejas. La posibilidad de capturar la flota de Indias, repleta de plata y géneros valiosos, prometía borrar los fracasos cosechados y devolverles el crédito perdido.
—¿Quién regresará a Inglaterra? —preguntó Thomas Fenner.
—Estoy seguro de que al segundo conde de Essex le convendrá presentarse en Londres cuanto antes —respondió Drake con estudiada cortesía—. Bien sabemos cuán breve es la paciencia de Su Majestad. Naturalmente, se le reservará la parte que le corresponda del botín.
Devereux sostuvo un momento la mirada del almirante. La idea de volver a la corte no le era indiferente; tampoco la de quedar al margen de tan prometedora aventura. Mas al punto se dio cuenta de que no tenía alternativa.
—¿Cuándo zarpamos?
—Cuanto antes —replicó Drake.
—¿Con este viento? —La duda de Norris sonó a censura.
—Es verdad que estos nortes no nos favorecen, pero permanecer aquí multiplicará los riesgos.
Si los españoles aprendieron algo de la lección que les dimos el verano pasado, y seguro que lo hicieron —sir Francis sacó pecho—, estarán aguardando el momento propicio para echarnos encima un puñado de brulotes.
Y eso sí que sería un verdadero descalabro.
—¿Qué rumbo tomaremos? —quiso saber Roger Williams—. Si este viento puede entorpecer la travesía hacia las Azores, mucho más hacia Inglaterra.
—El único rumbo posible, Roger: hacia el sur —respondió Drake—. Al alejarnos de la costa podremos dar bordadas que nos permitan ganar en latitud.
—Será duro para las naves menos marineras —comentó Trenton, con la mente puesta más en el barco de su hermano (y de su padre) que en el suyo.
—Cualquier opción entraña riesgos, mi estimado John, y trabajo. A menos que tengáis otra mejor…
De pronto, el reservado Trenton se convirtió en el centro de todas las miradas.
Algunos se preguntaban quién era aquel capitancillo que osaba poner reparos tan nimios.
Dudaba John en responder que bastaría con situar los grandes galeones en retaguardia para paliar en parte el problema, cuando Drake volvió a tomar la palabra.
—Además, así haremos creer a los españoles que vamos a Cádiz. Y con suerte, las galeras se apresurarán a partir hacia allá.
Nadie respondió.
Sir Francis había logrado sortear una situación adversa y convertirla en ventajosa.
La flota del tesoro había sido, desde el principio, su verdadero objetivo.
Un objetivo que no sólo le reportaría riquezas y lo redimiría ante la reina y ante sus inversores, sino que le procuraría fama inmortal.
¿Quién había capturado nunca una flota completa?
Con la decisión tomada, el escuadrón de Roger Williams, con el conde de Essex a bordo, zarpó de madrugada en compañía de los filibotes que aún quedaban: navíos ligeros y maniobrables, más aptos para barloventear y aproar al norte.
Ya avanzada la mañana se hizo a la mar el resto de la armada, reunida, por orden expresa del almirante, en un solo cuerpo de más de ciento cincuenta velas.
2
Litoral portugués
La repentina partida de la Contra Armada, bien que esperada, no dejó de sorprender a los españoles, sobre todo por realizarse en dos grupos separados. Tras un breve consejo, el adelantado y el almirante decidieron dividir también la escuadra de galeras.
Bazán permaneció en la desembocadura del Tajo para asegurar la costa y limpiar aquella zona de los últimos restos enemigos.
Atacó sin demora un navío rezagado, embistió y prendió fuego a otros dos menores, y no cejó hasta capturar a los supervivientes que huían en los botes.
Represó además dos y rindió a las tripulaciones de presa.
Martín Padilla, por su parte, temiendo que el destino de la Contra Armada fuese Cádiz, zarpó en su persecución con el resto de las galeras.
Sus capitanes forzaron al máximo a los galeotes y al caer la tarde lograron avistarla.
El viento, que soplaba con levedad, les impedía recortar con más rapidez la ventaja, pero en la madrugada decayó casi por completo y Padilla ordenó tomar el barlovento y atacar.
Remando con vigor al son de los tambores, las galeras se aproximaban a las naves inglesas, las castigaban por popa con los cañones de crujía y barrían sus cubiertas con rociadas de arcabucería.
La embestida sembró el pánico: sin viento para maniobrar, los ingleses sólo podían botar sus esquifes e intentar remolcar sus barcos por cualquier rumbo.
Cada cual se ocupaba de su propia salvación.
Algunas pinazas, provistas de remos auxiliares, los emplearon para huir, no para ayudar.
Lo mismo hicieron las naves más marineras, entre ellas la del almirante, que aprovechó la exigua ventolina para alejarse del combate.
Y sólo cuando estuvo a salvo, se preocupó de reagrupar a los navíos de vanguardia en torno al Revenge.