XXVII #5
Geraldo redobló el ataque con una serie de reversos y diagonales cruzadas que Duarte fue bloqueando sin arriesgar, aguardando una brecha.
Pero en uno de los lances, midió mal la distancia y sintió la mordida de acero en su carne.
Llevó la mano libre al antebrazo derecho y sintió el corte limpio, profundo, y el calor de la sangre manando.
Geraldo, envalentonado, percibió que la herida mermaba la capacidad de su oponente para cubrir aquel lado y lo presionó por allí.
Duarte adoptó una guardia de posta larga, más defensiva.
La espada pesaba ya más de lo habitual en su diestra, fatigada por la herida y el esfuerzo.
La luna, alta, derramaba la luz justa para que pudieran distinguirse las hojas, pero no para confiarse.
Seguir el juego de aceros requería una concentración feroz, casi desesperada.
Entonces, desde el suelo, Fernando Álamo tosió y rompió el silencio.
—Dadle su merecido, Duarte —dijo.
Los rostros se volvieron hacia él, sorprendidos de que aún respirase.
El ritmo del combate se intensificó. Cruzaron una serie de estocadas cortas, rápidas, con desplazamientos mínimos, como un baile mortal en el que ninguno concedía un palmo.
Duarte, sintiéndose acorralado, decidió arriesgar: fingió cerrar la guardia, y de súbito tiró una estocada baja al muslo de Geraldo.
Pero este, atento, interceptó el ataque y, aprovechando el contacto, remontó el acero sobre el de Duarte y, con un giro seco de muñeca, lo desarmó.
La espada voló, y aún no había tocado el suelo cuando la punta del terciado de Geraldo ya se apoyaba sobre su pecho.
—Aquí terminan tus infamias, don traidor —dijo, saboreando su victoria.
Los infantes, que habían seguido el duelo con atención contenida, esperaban el desenlace. Uno de ellos sentía simpatía por Duarte, pero el capitán había vencido. Así eran los duelos.
Entonces Isabel se adelantó. Sin vacilar, apartó la hoja de Geraldo con las manos desnudas y se interpuso entre ambos.
—No lo matéis. Por Dios y la Virgen.
—¡Apartad, bruja! —rugió Geraldo. La empujó para apartarla, pero ella se le abrazó con fuerza.
Duarte, inmóvil, la miraba sin saber qué hacer. Ella estaba salvándole la vida, pero ¿a qué precio?
—Dejadlo, Isabel —murmuró—. Subíos a la mula y marchaos.
—¿Y a dónde? —respondió ella.
Geraldo la empujó con violencia y la hizo trastabillar. Isabel se irguió de nuevo y volvió a interponerse, aferrada a su brazo.
—Tened piedad —suplicó.
Pero no fue su súplica la que detuvo el brazo del capitán. Fueron las voces. Dos sombras emergieron del bosque y cruzaron el claro. El cabo Hernandes y otro soldado llegaban al puesto.
—¿Qué demonios ocurre aquí? —inquirió el primero de ellos, jadeante por la carrera.
—¿Por qué habéis abandonado vuestro puesto, cabo? —le espetó Geraldo, sin bajar la espada.
—Oí un disparo y he acudido cuanto antes. A tiempo de evitar que os matéis, por lo que veo.
—Hazte a un lado —replicó Geraldo, sin perder el tono amenazante—. Voy a rematar a este desertor.
Se sacudió a Isabel y alzó el terciado. No había elevado aún la hoja un palmo cuando una detonación lo detuvo en seco.
—Muérete, cabrón.
Álamo aferraba el arcabuz entre las manos. El retroceso lo había arrojado contra el parapeto y tenía la boca manchada de sangre.
—Se acabó el perro rabioso —añadió, con voz apenas audible.
Geraldo se había caído de lado, encogido sobre sí mismo, con la sien apoyada en la tierra. Abrió la boca, pero ningún sonido brotó. Sus dedos se cerraron con rabia, temblaron unos instantes y luego quedaron quietos, engarfiados en el aire.
Una calma repentina se apropió del claro. Nadie se movía. Todos miraban el cuerpo inmóvil del capitán. Álamo, tras comprobar la muerte de su verdugo, sonrió y se derrumbó hacia delante.
El cabo Hernandes fue el primero en recuperarse.
—Duarte, coge a la mujer y marchaos. —Se volvió al centinela—: Tú, Manuel, regresa al puesto. Y vosotros —señaló a los infantes—, quedaos aquí hasta el relevo. Yo voy a por una pala.
—¿Y Salazar? —preguntó uno de ellos, sin entender.
—¿Qué pasa con él?
—¿Lo vais a dejar ir? Han matado al capitán…
—Lo ha matado Fernando Álamo —replicó el cabo—, que también está muerto. Y vosotros, por cierto, no hicisteis nada por impedirlo. Esta noche han pasado demasiadas cosas y mejor será que no se sepa ninguna. Mañana embarcaremos, y nadie quiere problemas. ¿Estamos?
El alabardero bajó la cabeza. El otro cruzó los brazos y asintió en silencio.
—¿A qué esperas, hombre?
Duarte, todavía aturdido, reaccionó por fin. Recogió la espada y la mochila que había preparado su compañero, fue a buscar a la mula, que pastaba a unos pasos y, sin decir palabra, ayudó a Isabel a montarse.
—Vente con nosotros —le ofreció a Hernandes.
El cabo negó con la cabeza.
—Lárgate de una vez.
Duarte tomó el cabestro y tiró de la bestia, que obedeció sin resistencia.
Pasaron el puesto de guardia y se internaron por la vereda que descendía en zigzag hacia el barranco.
La luna, ya muy baja, se ocultaría pronto tras las colinas.
Cuanto más cerrase la noche, más fácil sería pasar inadvertidos.