La derrota del dragón XXVII #4
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XXVII #4

—Creo haber identificado al navío, excelencia. Y cuando lancemos los brulotes y el enemigo se desordene, podré acercarme y abordarlo.

—El viento no da señales de cambiar.

—Entonces será durante el combate. O cuando partan. De una u otra forma, hallaré la ocasión.

—Entonces será la ocasión de todos. El corso en Flandes os ha malacostumbrado, señor Del Puerto. Olvidaos de obrar por vuestra cuenta mientras estéis a mi servicio. Os he concedido cierta autonomía, y os he tratado con más miramiento que a la mayoría de mis capitanes. ¿Qué más queréis?

—Que me permitáis permanecer a vuestro lado. —Don Alonso se atusó el bigote y se abrochó el jubón, pues refrescaba en la carronada de la galera con la caída de la tarde—. Me lo debéis —añadió Gabriel, al ver que el almirante dudaba.

—¿Cómo? —Lo fulminó con la mirada—. Sabed que nada os debo, señor capitancillo.

Gabriel encajó el golpe, pero supo que el dardo había dado en el blanco. El almirante, desahogado ya, no dejaría de considerar sus razones.

—Desde que embargasteis mi fragata —prosiguió con calma— he cumplido sin rechistar todas las órdenes que vuestra merced me ha confiado, posponiendo la misión que me encomendara mi señor tío.

He estado a vuestra disposición en Lisboa, en las Azores, en Escocia y en Inglaterra, y volveré a estarlo cuando lo mandéis.

Si bien lo miráis, ¿qué os pido sino seguir cerca del enemigo para ayudaros a batirlo?

Mi fragata, aun sin ser galera, puede comportarse casi como una de ellas.

Para ir a las Azores, en cambio, os serviría cualquier zabra o carabela de las muchas que hay en el estuario… y que, por cierto, nadie ha embargado.

Don Alonso alzó la diestra, con la palma abierta.

—Basta, basta. Os he comprendido —dijo, y apuntó una media sonrisa bajo el espeso bigote—. He tenido una tarde harto fatigosa. Por no oíros más, sería capaz de concederos lo que pedís.

—Y yo, de obedeceros, excelencia.

—¡Voto a Neptuno que sois impertinente! Tentado estoy de llevaros conmigo a Santander.

—¿Santander?

—Su Majestad, deseoso de sacarse la espina del desastre de la Gran Armada y resarcirse de esta nueva afrenta, prepara ya un contraataque con las naves retornadas al Cantábrico. Y ha tenido a bien nombrarme capitán general de esa nueva armada.

—Al fin reconocen vuestra valía, excelencia. ¿Y cuándo habéis de partir hacia allá?

—En cuanto este negocio de Portugal se resuelva. ¿Vendréis conmigo?

—Os agradezco la oferta en lo que vale, pero me espera la tarea de establecer la delegación comercial de los Del Puerto en esta ciudad.

—Cierto. Pues os deseo mucha suerte en ambas empresas, porque la vais a necesitar.

5

Cascaes

La mano de Fernando Álamo lo sacó del sueño.

—¡Duarte, Duarte! Es la hora del relevo.

Despertó al instante. El campamento dormía envuelto en un silencio espeso, apenas roto por el crepitar moribundo de las hogueras. Los dos hombres se dirigieron al borde de la vaguada, donde estaba su puesto de vigilancia, y relevaron a los compañeros del turno anterior.

—Todo vuestro —dijo uno de ellos, antes de recoger sus armas y desaparecer entre las sombras.

Álamo portaba un arcabuz; Duarte, sólo espada y daga.

—¿A quiénes tenemos a los lados? —preguntó Álamo.

—Al señor Hernandes y a Manuel Reis.

—¡Vaya! Por una vez nos sonríe la suerte.

—De suerte, nada, señor Álamo.

Pasados unos minutos, Duarte dejó al onubense en su puesto y desanduvo el camino.

Había citado a Isabel en un soto de olmos, al borde del llano donde se amontonaba el bagaje.

Una tos breve delató la presencia del arriero, que aguardaba junto al tronco de un árbol. Había atado una mula a una rama baja.

—¿Sólo un animal? —inquirió Duarte.

—No he conseguido más —respondió, entre descuidado e inquieto—. ¿A qué esperamos?

—A otra persona. Os dije que seríamos dos.

Isabel no aparecía y Duarte, preocupado, se acercó al borde del soto.

La luna tejía un tapiz de claroscuros, soplaba una brisa fresca y agradable y el clamor de los grillos llenaba la noche.

Al poco, percibió un movimiento: era ella.

Salió a su encuentro. Vestía una saya oscura, distinta a la que solía usar, y un hato cruzado en bandolera.

Al notar la mirada de Duarte, le aclaró que se la había dejado una amiga.

—Por aquí —susurró él.

El arriero, nervioso, la ayudó a montar. El aparejo era simple: una albarda y una manta como asiento; por cincha, una cuerda con una argolla.

—Dadme el cabestro —dijo Duarte.

—Lo llevaré yo —replicó el arriero.

—¡Que me lo deis, pardiez! —ordenó Duarte, y tomó la rienda y echó a andar a través de un jaral de matas altas, olorosas a resina.

Al poco, la mula se detuvo en seco.

—Vamos —dijo Duarte, volviéndose. El hombre no estaba.

—Se ha largado —murmuró Isabel.

—¡La madre que lo parió! —Duarte tiró del cabestro, pero el animal se resistía—. Será mejor que os bajéis.

Tan pronto como Isabel puso pie en tierra, le largó una patada al animal, que rebuznó, se revolvió y, al fin, se decidió a andar. Álamo los esperaba junto al parapeto del puesto de guardia.

—El arriero ha huido —anunció Duarte.

—¿Y ahora qué hacemos? Él nos iba a guiar.

—Bajaremos al barranco y seguiremos el cauce para rodear las líneas españolas por el oeste. No creo que lleguen hasta el mar.

Un crujido de pasos interrumpió la conversación. Varios hombres emergieron de la penumbra y se plantaron frente a ellos, delante del pequeño parapeto del puesto de guardia.

—¡Daos preso, Salazar!

La claridad lunar iluminaba el rostro sonriente de Geraldo Henriques. Sostenía en una mano el terciado y en la otra un pistolete.

—Ponedles los grilletes —ordenó a los dos infantes que lo acompañaban.

Duarte desenvainó la espada y retrocedió un paso.

—Tendrás que matarme, Geraldo —dijo con la voz tensa.

—También a mí —añadió el onubense, que tomó el arcabuz de donde lo tenía apoyado.

Geraldo reaccionó con rapidez. Apuntó sin vacilar, apretó el gatillo.

La chispa encendió la cazoleta, siguieron la breve llamarada y el disparo.

Fernando Álamo cayó hacia atrás y quedó sentado en el suelo.

Soltó una mano del arma y se la llevó al pecho para cubrirse la herida y contener la hemorragia.

En su mirada se dibujó primero la incredulidad, luego el asombro helado y, por fin, el dolor.

—¿Qué has hecho, bastardo? —Duarte se arrodilló junto a su compañero sin soltar la espada.

—Demasiado bonito —musitó Álamo, que tenía el rostro contraído por el dolor y una expresión resignada, como si las cosas estuvieran destinadas a salir mal desde el principio.

—Un desertor menos —bufó Geraldo, sin apartar la vista.

Los infantes, con las alabardas tendidas hacia delante, no se movieron. Quizá los había impresionado la caída del compañero, que ahora tosía y respiraba con un sonido húmedo y entrecortado.

—Dejadnos marchar, señor capitán —suplicó Isabel, venciendo el horror de lo que acababa de presenciar—. La guerra se acaba, os embarcáis para Inglaterra… ¿Qué sentido tiene esta muerte, cualquier muerte?

—Vuestro… hombre —Geraldo pronunció la palabra con desprecio— ha de responder por muchas cosas. Cosas que vos ignoráis.

Isabel, que recordaba bien lo ocurrido en Torres Vedras, percibió en su voz un odio puro, visceral. Y supo que no cedería. Les suplicó entonces a los soldados.

—Y vuesarcedes, señores, ¿qué ganáis arrestándolo? ¿Vale la pena arriesgar más sangre por un asunto como este?

Los hombres intercambiaron una mirada de duda.

—¡Apresadlo de una vez! —vociferó Geraldo—. Las mujeres reblandecen el corazón de cualquier simple. Debí elegir a otros menos tibios.

Duarte se había incorporado. Le bullía la sangre, y un impulso ciego lo empujaba a arremeter contra Geraldo y atravesarlo sin más, pero supo contenerse y valorar sus posibilidades.

—Pelea conmigo, Henriques —dijo con firmeza—. Esto es entre tú y yo. Aparta a los demás y terminemos de una vez. Sea como fuera, yo maté a tu padre, y hace diez años que ansías vengarlo. Aquí estoy. ¿O necesitas que otros hagan tu trabajo?

Geraldo rugió, herido en el orgullo y en el recuerdo. Una mueca torcida le cruzó el rostro. Se acomodó el pistolete en el cinto, hizo un leve ademán para que sus hombres se apartaran, desenvainó el terciado y se puso en guardia, los pies bien plantados en la tierra.

—¡Vamos! —dijo, con voz enronquecida.

La mula, asustada por los gritos y movimientos, piafó nerviosa. Isabel la condujo unos pasos atrás, sin apartar los ojos de los dos hombres.

—Por el amor de Dios, detened el duelo —imploró.

Pero ninguno de ellos la escuchó. Con los brazos extendidos, agregaron las espadas por la punta, como para medir la distancia, para probar la firmeza del contrario.

Fue Geraldo quien abrió el asalto con una estocada veloz dirigida a la cabeza.

Duarte la contuvo con una parada seca, que le hizo vibrar el codo.

Dio un paso lateral y adoptó una guardia baja, más prudente.

Su hoja, algo más corta que la del adversario, exigía precaución.

No pensaba regalarle la victoria ni dejarse arrastrar por la ira.

Durante unos instantes se tantearon con el tercio débil, lanzando amagos que aún no alcanzaban distancia real de corte.

El chasquido del acero había acallado incluso a los grillos.

Geraldo fingió una finta al costado izquierdo y, cambiando súbitamente la línea, buscó una abertura por el derecho.

Duarte reaccionó con presteza: paró el golpe, y la hoja apenas rozó la manga de su jubón.

No sería un duelo sencillo. Su enemigo era más diestro de lo que recordaba, pero seguía siendo impulsivo.