XXVII #3
El sector que los portugueses debían vigilar comprendía un cauce ancho y seco que cerraba Cascaes por el este.
A lo largo del talud se habían dispuesto, a trechos iguales, puestos de guardia servidos por retenes que se relevaban cada cuatro horas; el resto de la tropa debía permanecer alerta para acudir al punto que lo reclamase.
Las líneas españolas se hallaban a más de una legua, pero nadie olvidaba sus temidas encamisadas.
Tras concertarse con el arriero, Duarte buscó a Isabel, la puso al tanto de su plan y le dijo que el hombre los esperaría aquella misma noche.
Ella lo miró recelosa.
—¿Por qué habría de haceros caso?
—¿Preferís volver con los vuestros o regresar al Relief?
La pregunta, tan directa, tan descarnada, la desconcertó, y calló unos instantes, valorando las implicaciones.
—¿Vamos a huir vos y yo?
—No se me ha perdido nada en Inglaterra —le dijo Duarte.
Al ver que no comprendía, añadió—: No profeso devoción alguna por la causa del Prior.
Si he servido bajo su bandera y le juré lealtad fue por salvar el cuello.
Algunos de esta compañía estuvimos en la Gran Armada; naufragamos en Irlanda y caímos prisioneros de los ingleses.
La fortuna quiso que escapáramos, tomáramos un bergantín y pusiéramos proa a la península.
Pero en mitad de la travesía dimos con esta malhadada armada… y aquí estamos.
Resopló con alivio al concluir. Llevaba semanas deseando revelarle la verdad, y al hacerlo, sintió una extraña ligereza, como si se hubiera sacudido una pesada carga.
—Aquí estamos —repitió Isabel, con la mirada fija.
Estaba aprendiendo a valorar las cualidades de su captor, a agradecer para sus adentros no haber traspasado ciertos límites ni tolerado que otros lo hicieran.
El relato del naufragio, del cautiverio y de aquella huida improbable lo aproximó un paso más a ella, aunque si sus propósitos eran limpios, ¿por qué había callado tanto tiempo?
Duarte adivinaba el combate que se libraba en su ánimo: ese ir y venir entre el recelo y la esperanza, entre el impulso de creerle y la cautela aprendida a golpes.
Tenía la cabeza apenas inclinada, la piel tostada por el sol, y una sombra de inquietud en los ojos.
Un mechón se le había soltado del tocado y lo apartó con gesto nervioso.
Pese al cansancio del camino, a la vida áspera del campamento y al continuo sobresalto, a Duarte le pareció más atractiva que nunca.
Comprendió que necesitaba ofrecerle algo firme a lo que asirse. Con suavidad, le tomó la mano; ella hizo ademán de retirarla.
—Nada debéis temer de mí, Isabel —le dijo, reteniéndola entre las suyas—.
Temed si acaso la situación en la que nos encontramos, pero no a mí, pues lo único que yo deseo es ayudaros a huir, conduciros hasta Lisboa.
Allí tengo amigos y conocidos que podrán acogeros mientras halláis la manera de regresar a La Coruña, con los vuestros.
—¿Lisboa? Entonces, ¿por qué no…? —Isabel retiró la mano y dejó la pregunta en suspenso. Quería confiar, lo deseaba, pero todavía no lograba vencer del todo su aprensión.
—¿Por qué no lo intenté cuando estuvimos a sus puertas?
—Eso.
—Porque nunca encontré la ocasión propicia. Y tampoco quise poneros en peligro.
Se hizo un silencio repentino.
—Entiendo —musitó, al cabo de unos momentos.
—¿Vendréis?
Ella desvió la mirada. Tal vez hubiese un rayo de luz al final de aquel túnel oscuro. En todo caso, un futuro incierto junto a Duarte, en tierra portuguesa, le resultaba menos temible que volver a embarcarse con aquella armada. Y, tras un último instante de vacilación, asintió.
—¿A qué hora?
—A medianoche.
El caótico campamento donde se acumulaban los carros y carretas de la impedimenta estaba situado en las afueras de la villa.
El desorden era monumental. Por doquier se amontonaban costales de grano, fardos de ropa, cajas y arcones repletos del botín saqueado, material de campaña desmontado, armas, pertrechos y toda clase de objetos descartados por falta de espacio en las bodegas de los navíos.
Sabiendo que Geraldo no perdía de vista a Duarte, fue Álamo quien se encargó de preparar una mochila con algunas provisiones compradas en Cascaes y de esconderla junto al puesto de vigilancia.
Cayó la tarde. Los soldados acampaban en grupos heterogéneos, asentados en cualquier parte, en tiendas, corrales o al aire libre.
Se repartió la escasa cebada cocida que servía de cena y los cabos organizaron las guardias.
Duarte y su compañero se ofrecieron para el turno más pesado, el de la modorra, así que se echaron sobre unas mantas y procuraron descansar un rato.
Duarte aprovechó la quietud de la noche para recorrer, en silencio, el camino andado desde que, en mayo del año anterior, zarpara de Lisboa a bordo del San Martín.
En trece meses había vivido varias vidas: soldado, náufrago y cautivo, fugitivo y la de hombre alistado bajo bandera ajena.
Demasiadas mudanzas, demasiados rostros y pérdidas, demasiados reveses y golpes de fortuna.
Cuando el largo crepúsculo se apagó y el cielo se pobló de estrellas, se le apareció contra ese fondo oscuro el rostro de Isabel, su gesto serio, su belleza serena, sus ojos castaños que lo miraban unas veces con reproches y otras con preguntas.
Ya no podía engañarse. Amaba a esa mujer.
Precisamente a ella, que lo tenía por villano y embustero, que lo juzgaba enemigo, que desconfiaba de su palabra, temía sus intenciones y habría dado cualquier cosa por no verse ligada a él.
Sin embargo, había percibido en ella una leve vacilación, una rendija por donde tal vez pudiera abrirse paso la confianza.
El cansancio acumulado de semanas, el peso de aquella emoción y la inminencia de la huida desvanecieron todos sus pensamientos y se entregó, al fin, a un sueño profundo y reparador.
4
Embocadura del Tajo
El ejército felipista se engrosaba con cada jornada.
A las fuerzas ya reunidas en Lisboa se sumaron veinte fidalgos, doscientos caballos y mil infantes del conde de Braganza, tres compañías de Entre Duero y Miño, otra enviada por el conde de Oropesa, y la gente de don Alonso de Vargas, general de la caballería de España.
Con tales refuerzos, el conde de Fuentes aseguró por completo puertas y murallas, y pudo volver su atención, con mayor brío, hacia el enemigo atrincherado en Cascaes.
Fuera porque la decisión estuviese ya tomada, fuera porque la presión comenzaba a surtir efecto, los ingleses apresuraron el reembarco y, en apenas dos días, dejaron las playas limpias de tropas. Quedaron a la espera de un viento favorable que les franqueara la salida.
En la barra del Tajo, Bazán y Padilla vigilaban cada mudanza del cielo.
Tenían listos los brulotes, embreados y cargados de pólvora, y aguardaban tan sólo que el viento cambiase para arrojarlos sobre la armada enemiga.
Mas el norte, tenaz y adverso, se mantenía firme, sin conceder a unos ni a otros la ocasión de obrar.
Gabriel lamentaba no tener una galera con la que acometer un abordaje nocturno contra el Relief.
Aunque los remos auxiliares de la fragata les permitían maniobrar en bajos y estuarios, ni su andar ni su ligereza podían compararse a los de una galera.
Intentarlo con la Portuguesa habría sido una imprudencia que ni siquiera él estaba dispuesto a asumir.
Como si aquello no bastara, el capitán Manso le comunicó la nueva disposición de Bazán: ambos debían agregarse a una flotilla de carabelas que se armaba con gente y pertrechos para partir hacia las islas Azores.
—¿Qué clase de orden es esa? —le respondió Gabriel, sin dar crédito.
—Viene de más arriba —contestó Manso—. El archiduque, y acaso el propio rey, temen que los ingleses traten de capturar la flota de la Carrera de Indias. Con la armada en Santander y las galeras aquí, las Azores están sin resguardo ninguno. Por eso nos envían.
—Ve tú si gustas, Humberto, que yo aquí me quedo.
—¿Vas a desobedecer al almirante?
—Al almirante y a quien haga falta. Bien sabes que no pienso despegarme de la Contra Armada.
El capitán Manso conocía las razones de Gabriel, y lo conocía a él lo suficiente para saber que hablaba en serio.
—Antes de desobedecerlo, habla con él. Nada tienes que perder.
Apenas se hubo marchado Manso, lo abordaron Laiseca y Mahagüini, que no tardaron en advertir que algo grave ocurría.
—¿Qué haremos ahora? —preguntó el maestre, puesto al tanto del conflicto—. Ese Bazán va a echar por tierra todo el esfuerzo y los riesgos que nos ha costado identificar al Relief.
—Seguiré el consejo de Humberto —respondió Gabriel.
Y sin mayor demora se dirigió a la galera real.
El almirante lo recibió con la cara larga, tras una extenuante reunión con el adelantado Martín Padilla, con quien sostenía constantes roces por cuestiones de precedencia y competencias.
Se entendía mejor con el portugués Matías de Alburquerque que con su compatriota.
—¿Qué se os ofrece, señor Del Puerto? —Lanzó Bazán la pregunta sin saludos ni rodeos, el gesto adusto, la voz cargada de fastidio.
—Pediros que me eximáis de viajar a las Azores —respondió Gabriel, que decidió también prescindir de formalidades.
—Y eso ¿a santo de qué?
Le recordó Gabriel que su hermana y una amiga de esta estaban prisioneras en uno de los navíos enemigos.
—Si parto hacia las islas, como ordenáis, perderé su pista. Y Dios sabe cuánto tiempo me llevará recuperarla.
—Si es que aún viven. —Al punto pareció arrepentirse el almirante de su rudeza y suavizó el tono—. Por supuesto, espero que así sea. Pero tampoco permaneciendo aquí lo tendréis fácil.
La galera real se hallaba anclada frente al castillo de San Julián, guardando el estrecho canal entre la orilla norte del Tajo y el banco de arena y piedras del Sable. La corriente, menos plácida en aquel punto, mecía el casco alargado del bajel.