La derrota del dragón XXVII #2
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XXVII #2

—El estado de nuestros hombres, por Dios —dijo Norris—. ¿No lo veis? El tifus y la disentería se están propagando con rapidez entre las tropas.

Devereux, acicateado por el odio a lo español y por el deseo de recuperar la gloria perdida, se resistía a partir.

—Sus éxitos los han enardecido tanto que de un momento a otro entablarán batalla. Vamos, John, no os echéis atrás ahora.

—Esos españoles no van a cambiar su táctica —replicó el general—. Continuarán desgastándonos con pequeños golpes de mano, mientras aguardan a que se les unan más y más unidades. Y sólo cuando se sientan seguros y superiores, vendrán a buscarnos.

—Aquí los esperaremos —estalló Devereux.

—Alabo vuestro coraje —dijo Norris, cansado por la insistencia del joven aristócrata—, y sabe Dios que el cuerpo me pide seguiros, pero es mi deber mirar por el bien del ejército.

—Hay que considerar también la situación en el mar, Robert —intervino Drake con voz suave. Para el almirante, Portugal no tenía ya nada que ofrecer.

—¿Qué ocurre con el mar?

—La aparición de nuevas galeras supone un peligro adicional. En un día sin viento se pueden colar hasta la cocina y hacernos un buen desaguisado.

El debate se prolongó un poc o más sin que se alcanzara un acuerdo. Aunque el almirante y el general coincidían en reembarcar a la tropa y abandonar Portugal, la calidad y ascendencia de Devereux les impedía desoírlo sin más.

No así al Prior do Crato, que ya ni siquiera era convocado a las reuniones de consejo.

Sus seguridades de los primeros días, su altivez y sus aires de legítimo rey habían quedado atrás, desvanecidos por el fracaso.

Deambulaba por el campamento como un fantasma al que sólo saludaban sus propios soldados, y al que compadecían, tristes y resignados, sus capitanes más leales.

La llegada de un convoy procedente de Inglaterra precipitó los acontecimientos.

Traía algunos refuerzos y víveres frescos, pero su carga más determinante era una carta de la reina.

Su Graciosa Majestad, informada tanto de la desobediencia a sus instrucciones como del revés sufrido en La Coruña, censuraba a Essex, Norris y Drake por haber distraído fuerzas contra una plaza de escaso valor estratégico en vez de ceñirse al objetivo principal; rehusaba enviar nuevos hombres o pertrechos, pues no estaba dispuesta a sostener una campaña prolongada en Portugal, y dictaba dos órdenes taxativas: su favorito debía regresar sin demora a la corte, y Drake había de dirigirse contra la flota española en Santander con la mayor brevedad.

Entre tanto, Trenton, casi repuesto de la amputación y hastiado de la forzada inactividad, había regresado al Fortune.

Sus hombres le dispensaron un recibimiento tan caluroso que estuvo a punto de emocionarse.

Al día siguiente, realizó una visita inesperada al Relief.

El capitán Yates, a quien la conciencia no paraba de mortificar, aprovechó la ocasión para sincerarse y enterarlo de la efímera estancia de Isabel a bordo.

La indignación por la conducta de su hermano dejó a Trenton atónito y su primera acción fue sacarlo de su camarote.

La discusión que tuvo con él fue tan violenta que los ecos de la gresca se oyeron hasta en los barcos fondeados a un cable de distancia.

Michael trató de excusarse, intentando cargar las culpas sobre los exigentes portugueses que habían capturado a las mujeres.

Pero, al ver que sus argumentos no surtían efecto, se quitó la careta y le espetó con crudeza que por nada del mundo habría permitido que «su Elizabeth» regresara a Saint James y le causara más quebraderos de cabeza.

—Además, ella no quiere volver contigo. Desengáñate de una vez.

—¿Pero a qué la has condenado, necio? La has puesto en manos de una jauría ávida de mujer. Ya soportó a una tropa de canallas en el pasado y me juré que jamás volvería a pasar por un trance similar.

—Me importan un bledo tus nobles promesas. Confórmate con que no la haya matado, que ganas no me faltaron.

A pesar de su delicado estado de salud y de la ausencia de un brazo, Trenton, cegado por la rabia, se abalanzó sobre Michael, le propinó un cabezazo en la cara, lo derribó contra las tablas y le asestó un durísimo puñetazo en el estómago que lo dejó sin aliento.

Yates y su contramaestre, temiendo que lo matase allí mismo, se apresuraron en separarlos.

Pero la furia del herido no se calmaba. Antes de que su hermano lograra levantarse, le largó varias patadas en los riñones y en la entrepierna, lo vilipendió, lo insultó y lo humilló delante de toda la tripulación, hasta que, exhausto, sin aliento, con el rostro lívido y tambaleándose por el esfuerzo, bajó al esquife y regresó al Fortune.

Dos marineros condujeron al apaleado armador a su cámara y lo tendieron sobre el lecho.

El incidente lo había quebrado de tal modo que, por primera vez, descuidó la vigilancia sobre Yabama.

Y ella, aprovechando el descuido, cogió el perno que abría sus esposas, se liberó de los hierros y, sin vacilar, se lanzó al agua desde el balconcillo de popa.

Michael, alertado por el chapuzón, se arrastró maltrecho por el pasillo de la toldilla, salió trastabillando al combés y se acodó en la borda.

A gritos roncos denunció la huida de la mujer y ordenó a unos marineros que saltaran en su persecución.

Como nadie se movía, prometió a voz en cuello una libra de oro a quien la capturase y, al fin, estimulados por la recompensa, saltaron al agua tres hombres, que no tardaron en alcanzar a la fugitiva y devolverla al Relief.

Tosiendo agua, empapada y con el rostro y los brazos surcados por cardenales oscuros, Yabama mantenía, sin embargo, clavada en el armador, la misma mirada de orgulloso desafío que no había dejado de mostrarle ni un solo instante.

Michael no le perdonó ni el intento de huida ni la humillación que este gesto añadía a la recibida de su hermano.

Hizo que la amarrasen al cabrestante del combés y la despojaran de la saya, pidió al contramaestre el látigo de siete colas y le largó, con fría cólera, una tanda de azotes que le desollaron la espalda y la sumieron en la inconsciencia.

Pese a la desnudez de la mujer, muchos de los presentes, curtidos por el mar, lamentaron en silencio la dureza del castigo.

Llevaba semanas soportando los ultrajes del armador, y el sentimiento generalizado era de piedad hacia ella.

Cuando recobró la conciencia, le lavaron las heridas con agua salada para evitar la podredumbre, la envolvieron en una áspera túnica de lona, le colocaron de nuevo los grilletes en las muñecas y la devolvieron a la cámara.

Allí, Michael, enfurecido y vengativo, la forzó con un ensañamiento propio de una bestia.

—Te vas a tragar de una vez tu orgullo, puta.

3

Cascaes

El reembarco del ejército, una vez tomada la decisión, no se hizo esperar. Sin embargo, la maniobra se reveló de inmediato mucho más delicada y peligrosa de lo previsto.

Para evitar que las tropas españolas, atentas desde sus posiciones en tierra, aprovecharan la vulnerable confusión del embarque y lanzaran un asalto decisivo, Norris redujo el perímetro del campamento y lo reforzó con nuevas trincheras, parapetos de tierra y piezas de artillería desembarcadas de los buques mayores.

Mientras tanto, Drake, que no podía descuidar la presencia de la flota de Bazán, apostada en la desembocadura del Tajo, estableció con los buques más rápidos y maniobrables un amplio arco de protección que interceptara y detuviera cualquier ataque.

Las compañías se concentraban en la playa de Rainha, desde donde eran transportadas en sucesivas oleadas de lanchas y bateles hasta los barcos.

El tamaño del ejército, que pese a las bajas seguía siendo grande, unido a la presión enemiga, hicieron que la tarea se realizara con una mezcla de lentitud y precipitación, y que se prolongara durante un par de días.

Desde que se corrió la voz de que la partida era inminente, Duarte resolvió huir, sin excusas ni aplazamientos.

Embarcarse de nuevo significaba tirar por la borda todo lo andado y alejarse, quizá para siempre, de cualquier ocasión de salvar a Isabel.

Se reprochó su anterior cautela. Había aguardado el momento propicio, una conjunción favorable que nunca llegó, y ahora entendía —con un amargo desengaño— que su empeño en librarla de todo riesgo lo empujaba a intentarlo en circunstancias mucho más peligrosas.

La fortuna, al menos, le ofrecía un resquicio.

La compañía de Geraldo figuraba entre las destinadas a cubrir el perímetro defensivo.

Los portugueses, ya sin causa que los sostuviera, eran enviados a los puestos más expuestos, como si su sangre valiera menos.

El desmoronamiento del proyecto restaurador había sembrado dudas en no pocos hombres, y Duarte empezó a tantear, con prudencia, a algunos camaradas.

Se dirigió primero al cabo Hernandes, que en otras ocasiones lo había sacado de apuros frente a Geraldo. El veterano, tras escuchar sus razones, rehusó secundarlo.

—Si nos echan mano los felipistas, nos ahorcan por traidores —dijo, escupiendo a un lado—. Tú tienes a esa mujer que te empuja, y lo entiendo, pero yo tengo ganas de vivir.

Duarte no insistió. En todo caso, Hernandes le prometió ayudarlo en lo que estuviera en su mano. Y lo que estaba en su mano fue ayudarlo a sobornar a uno de los arrieros que aún merodeaban por el campamento, para que los condujera tierra adentro en sus bestias.

A quien vio más receptivo y animado fue a Fernando Álamo. El onubense fatalista que lo había acompañado desde Galway estaba, como él, decidido a quedarse en tierra.

—¿Estáis seguro?

—Salga como salga. Después de la Gran Armada, de Irlanda, de Galicia y ahora de Lisboa —le dijo con cansancio en la voz—, no quiero volver a saber de las armas si no es para cazar un buen jabalí en los esteros de Ayamonte.