La derrota del dragón XXVII
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XXVII

Cascaes

En Lisboa, una vez confirmado que la retirada enemiga no era una estratagema, se organizó con mayor calma una fuerza con numerosas compañías de infantería, caballería y algunas piezas de artillería de campaña.

Bajo el mando del conde de Fuentes, esta columna salió en busca del ejército inglés y se desplegó en los alrededores de Cascaes.

Sus efectivos seguían siendo insuficientes para presentar una batalla campal decisiva, pero servirían para fijar al enemigo en aquel reducto costero.

El tiempo, en cualquier caso, corría ahora a su favor.

Tal era la ventaja estratégica que fueron los ingleses, alentados por Devereux, quienes, en un último intento por salvar la campaña, enviaron al archiduque una carta formal, firmada por Drake y Norris, en la que retaban a su ejército a combatir en los llanos de Oeiras.

Por supuesto, el archiduque y su consejo desestimaron el desafío.

Con la situación bajo control y dueños de la iniciativa, no tenía sentido arriesgarse a una batalla en desventaja numérica en un país de fidelidades inciertas, y optaron por establecer una línea de posiciones alrededor de las inglesas, realizar escaramuzas de desgaste y apretar su logística destruyendo molinos, graneros y cualquier fuente de aprovisionamiento.

En una de estas escaramuzas, arriesgando más de lo prudente, el alférez Jaque resultó gravemente herido.

La bala de un arcabuz le atravesó el muslo de parte a parte y se incrustó con fuerza en el armazón de madera de su silla de montar.

Tras comprimirla y aplicarle un torniquete de emergencia, fue enviado en parihuelas hacia Lisboa.

Perdió tanta sangre durante el penoso traslado por caminos de herradura que ingresó prácticamente cadáver en el hospital de Todos los Santos.

Un cirujano le contuvo la hemorragia, le cauterizó la herida y lo dejó al cuidado de los frailes que ejercían de enfermeros, para que procurasen conservarle encendida la llama de la vida.

Branca supo de su percance por la esposa d e un convaleciente.

En un principio se le hizo extraño que le hablaran de su marido, y no supo cómo reaccionar.

Luego, llenó una talega con algo de comida y una mudada limpia, y acudió a su lado.

Lo halló muy pálido y profundamente dormido.

Un fraile se acercó a ella con pasos suaves y se sentó a su lado.

—¿Cuánto tiempo lleva aquí? —preguntó.

—Desde antier.

—¿Cómo se encuentra?

—Ya lo veis. Ha perdido mucha sangre. Y la herida se ha inflamado. —El fraile levantó la sábana y le mostró el aparatoso vendaje de la pierna—. El cirujano ha ordenado lavarlo con vinagre de saúco y cubrirlo con emplasto de diapalma.

Asintió Branca, sin entender muy bien los efectos de aquellos remedios.

—¿En qué puedo ayudar?

—Necesita reposo, alimento y oración.

Branca sacó de la talega las cuatro cosas que había traído.

—Me temo que es muy pronto para que coma esas viandas. Lo estamos manteniendo con una dieta de caldos de gallina y mermelada.

El fraile rezó un rato en un murmullo y se marchó. Branca se quedó al lado de Jaque, que al poco abrió los ojos.

—Branca —dijo. Y brilló en ellos una luz alegre.

—Rodrigo. Virgen santa, ¿qué te ha ocurrido?

Él puso su mano fría sobre la de ella y sonrió.

—Mejoraré. No te preocupes, que tienes alférez para largo —dijo Jaque, y se arrancó a narrarle el lance en el que había sido herido, pero estaba tan débil que la voz se le apagaba.

Visto que no le convenía hablar, Branca consiguió un balde con agua. Le quitó la ropa sudada y sucia, lo lavó con un trapo húmedo y lo vistió con la muda. El ajetreo lo agotó más y al momento volvió a dormirse. Ella entonces imitó al fraile y le rezó un rosario, lo besó en la frente y se marchó.

—Volveré mañana, Rodrigo —prometió, aunque él no la escuchara.

El almirante Bazán ordenó concentrar en el mar de la Paja cuantos buques tenía a mano —incluidos el patache y la fragata— para que, mientras durase el cerco por tierra, reforzasen la defensa de la ciudad desde el flanco fluvial.

Gabriel acató la orden, aunque no sin disgusto.

Días antes habían apresado una pinaza inglesa y sometido a su capitán a minucioso interrogatorio.

La Contra Armada era tan crecida que, por más que le apretó las clavijas, el hombre no supo precisar el paradero del Relief.

Sólo cuando Gabriel mencionó el nombre de Michael Gardiner —que el inglés reconoció al instante— se produjo un cambio en su semblante.

Deseoso de congraciarse, les reveló que aquel barco no navegaba en las alas, más expuestas, sino en el corazón mismo del dispositivo, protegido por el grueso de la flota.

La noticia fue poco alentadora; y la orden de recogerse en el estuario, todavía menos.

—De poco servimos aquí dentro —comentó Laiseca, con la vista en las aguas calmas.

—Aquí servimos de poco, y fuera nos arriesgamos demasiado —le replicó Gabriel, sin ocultar su impaciencia—. ¿En qué quedamos, señor maestre?

—A mí qué me cuentas —se encogió de hombros Laiseca—. Tú eres el que quiere recuperar a tu hermana, y a la madre de ese rapaz.

Por fortuna para Gabriel, el asedio de Lisboa fue breve. Con los ingleses replegados en el reducto de Cascaes, el escenario volvió a ser su amplia bahía. Bazán dejó en el Tajo la guarnición precisa y trasladó la mayoría de sus naves a aquellas aguas.

Y Gabriel prosiguió con su acecho, que al fin dio fruto: siguiendo las indicaciones del capitán de la pinaza pudieron, tras un largo y concienzudo escrutinio, identificar a su presa.

Como lobos que ventean el rebaño, aguardando con impaciencia a que una oveja se aparte del grupo, la Portuguesa y el San Jerónimo rondaban en la distancia la armada enemiga.

Mantenían un ojo puesto en el lejano Relief y el otro en los navíos ingleses más poderosos y mejor artillados, que, de cuando en cuando, se adelantaban en actitud hostil.

La amenaza constante de un enemigo tan poderoso requería una vigilancia extrema.

Cada jornada comenzaba con los cañones cebados, la pólvora y las balas dispuestas en cubierta, y concluía con el regreso de todo ello a la santabárbara.

Marineros y soldados mantenían el barco y las armas listas para el combate, conscientes de que cualquier descuido se pagaría caro.

La tripulación se estaba comportando con disciplina ejemplar. A bordo de un navío no hay secretos duraderos. Todos conocían, en mayor o menor grado, las razones que impulsaban a Gabriel, y las respetaban en silencio.

García, aunque no pasaba de ser el último paje de la fragata, cumplía sus cometidos con aplicación y constancia.

Cuando los terminaba, y si la mar daba tregua, su padre continuaba adiestrándolo en el manejo de los instrumentos náuticos: el astrolabio, el cuadrante, la brújula y, en las noches despejadas, la ballestilla.

Le mostraba cómo tomar la altura, cómo medir la velocidad con la ampolleta y la corredera, cómo calcular rumbos y estimas; le daba a conocer el nombre y la función de velas y cabos, los vientos y sus mudanzas, y cuantos saberes exige el gobierno de un navío y el trato en los puertos.

Mas no eran aquellas las únicas ni las principales destrezas que se afanaba en transmitirle.

Con paciencia le fue guiando la mano para cortar, desbarbar y asentar la pluma; de las letras pasó a las sílabas, de estas a las palabras y, al cabo, a las frases.

El gasto de tinta y papel no fue pequeño, mas el empeño del muchacho daba fruto.

Ya trazaba su nombre y el de los hombres de a bordo, copiaba buena parte del léxico marinero y aun se atrevía a consignar, con pulso todavía incierto, breves anotaciones en las cartas de navegación.

El Relief, entre tanto, apenas había variado su posición. A lo sumo mudaba de fondeadero unos cables más acá o más allá, pero siempre cerca del centro del dispositivo, bien arropado por el grueso de la flota. La ocasión de echarle mano no se vislumbraba.

La escuadra de Bazán se vio reforzada por la llegada, desde Cádiz, del Adelantado Mayor de Castilla, don Martín de Padilla, con otras quince galeras.

Traía, además, varias embarcaciones embreadas y atestadas de materia inflamable, dispuestas para servir de brulotes.

Desde entonces, la estrategia fue clara: estrechar el cerco, inquietar sin descanso a la armada inglesa y, en cuanto el viento se mostrase propicio, soltar sobre ella aquellos navíos incendiarios.

Para Gabriel, aquel nuevo escenario resultó providencial. En el caos que habría de seguir al lanzamiento de los brulotes podía abrirse una rendija. Y en esa confusión tal vez el Relief quedara, por fin, al descubierto.

2

Bahía de Cascaes

En el campo inglés, la situación se había vuelto cada vez más tensa. El rechazo constante de los felipistas a presentar batalla campal terminaba por matar las últimas esperanzas de lograr un éxito positivo en tierra. Aquel punto muerto reavivó las disputas entre los principales.

Norris abogaba con pragmatismo por dar por finalizada la campaña y volver a Inglaterra antes de que la fuerza expedicionaria quedase deshecha.

Los imprevistos se acumulaban. La captura de una pequeña flotilla mercante les había proporcionado trigo y cebada, alivio pasajero para unas despensas exhaustas; pero, sin molinos donde reducir el grano a harina, se veían obligados a comerlo hervido.

Aquella ración basta y repetida, unida al agua insalubre y al calor, favorecía la disentería y otras dolencias que diezmaban la tropa.

Drake apoyaba en esta ocasión a Norris y apostaba por partir. Robert Devereux, en cambio, persistía en la idea de mantenerse en Cascaes y provocar a cualquier precio el enfrentamiento decisivo contra un enemigo que se mostraba esquivo y paciente.

—Las circunstancias son las que son —le replicó Norris—, y no podemos ignorarlas.

—¿Qué circunstancias? —dijo Devereux.