XXVI #5
Cabalgó don Alberto de Austria a la cabeza, flanqueado por el conde de Fuentes y Diego Coutinho, y seguido por un nutrido séquito de maestres, capitanes y entretenidos, por nobles y fidalgos, cuyas coloridas ropas y capas de seda alegraban la vista de cualquiera.
Tras ellos avanzaba una larga columna de soldados formados en escuadrones compactos.
Los tercios de Francisco Toledo, Gabriel Niño, Pedro Guzmán y Esteban Ibarra marchaban con el paso mesurado de quienes conocen su oficio, sus picas, firmes y enhiestas, formaban un bosque cerrado.
Los seguían las compañías portuguesas, con sus partesanas y arcabuces, y la caballería con sus corazas ligeras, cascos y penachos.
El desfile arrancó del patio del castillo, cuya posición elevada lo hacía visible desde todos los rincones de la ciudad, e incluso desde las trincheras del enemigo.
Las banderas, con sus cruces de borgoña, las armas de Portugal y los escudos y blasones de los señores, ondeaban con pesadez en el aire casi quieto.
El sol de la tarde reverberaba en las armaduras, en los cañones de los arcabuces y en las aristas de las picas.
La formación descendió con paso marcial por la cuesta que llevaba a la Baixa, recorrió la plaza del Rossio y siguió por las estrechas callejuelas que conducían a la judería vieja.
Miles de vecinos salieron a su paso: mujeres con cofias asomadas a los balcones, merceros y frailes, niños subidos a los pretiles de las fuentes y a los barrotes de las ventanas.
Aplaudían y observaban con una mezcla de alivio y asombro aquella muestra palpable de fuerza.
El choque sordo de las suelas contra el empedrado, el rumor de las voces, el fragor metálico de las armaduras, el relincho de los caballos.
La procesión terminó en la vasta explanada del Terreiro. Las tranquilas aguas del Tajo reflejaban la luz oblicua y los mástiles de las naos se mecían como ra mas desnudas. Aquel desfile había sido una muestra de confianza para la inquieta y asustada población de Lisboa.
5
Camino de Cascaes
Los ingleses sepultaron a sus muertos, que fueron numerosos, entre ellos, el coronel Brett, que recibió un solemne funeral en la iglesia de Santa Catalina con cajas destempladas, banderas a media asta y arcabuces invertidos.
Una ceremonia fúnebre que marcaba no sólo el fin de un hombre, sino también de la propia empresa.
Tras los oficios, Norris y sus coroneles mantuvieron una reunión que discurrió por senderos sombríos.
Se habló del estado cada vez más precario de la tropa, mal alimentada, enferma y ahora profundamente desmoralizada.
Las bajas habidas eran la prueba sangrante de sus debilidades, y una invitación peligrosa a nuevos ataques españoles, cuya moral parecía desbocada.
Persistía, además, la amenaza latente de que llegaran más socorros para la ciudad.
Por otro lado, los problemas del asedio se hacían cada vez más patentes.
La baza de un levantamiento popular a favor del Prior se había esfumado, y con ella, la promesa de que las puertas se abrirían desde dentro.
Ante aquella cruda evidencia, la empresa se revelaba inviable, y el consejo acordó, contra el vehemente criterio del conde de Essex, y sin consultar siquiera al Prior do Crato, la retirada inmediata de Lisboa.
—Hay tiempos de acometer y tiempos de retirarse, conde —concluyó el general Norris.
Al ocaso se encendieron numerosas hogueras para simular que el campamento seguía ocupado.
A medianoche, en absoluto silencio, sin luces ni tambores, el ejército emprendió la marcha hacia Cascaes.
Don Antonio encabezaba la vanguardia y la escasa caballería cubría la retaguardia.
El tamaño de la fuerza, sin embargo, hacía el avance lento y pesado.
Con las primeras luces del alba fueron descubiertos por las galeras, que comenzaron a batirlos desde el río y los forzaron a apartarse de la orilla para internarse por un camino más largo y expuesto.
La retaguardia, donde marchaban las banderas portuguesas, quedó especialmente comprometida y hubo de soportar durante toda la jornada el acoso constante de la caballería española.
Duarte y los hombres de la compañía de Geraldo resistían a duras penas aquellas acometidas.
Los jinetes surgían de improviso, cargaban con estrépito y desaparecían para reaparecer más adelante, desde otro flanco, como si la tierra los pariese.
La marcha se volvió extenuante. El sol, la falta de reposo y la tensión incesante los llevaron al límite.
El repliegue degeneró en un vía crucis de emboscadas, desorden y muerte; en la precipitación se abandonaba a heridos y rezagados, y más de un estandarte cayó en manos enemigas.
Mientras combatía y se replegaba, Duarte no podía apartar el pensamiento de Isabel, que marchaba con el bagaje, lejos de él.
Le angustiaba no poder protegerla y temía que alguna escaramuza se cebara en aquel sector más vulnerable.
También lo mortificaba no haber hallado ocasión, durante el asedio, para cruzar las líneas y huir con ella a la ciudad.
Había meditado el plan una y otra vez —calculado distancias, tanteado apoyos, buscado descuidos en la vigilancia—, pero siempre se interponían el servicio, los relevos o la mirada alerta de Geraldo.
Milagro fue que, entre tanto desconcierto, emboscada y fuego cruzado, ambos lograsen sobrevivir.
Al término de aquella jornada amarga alcanzaron Cascaes, donde los aguardaban la flota y la fortaleza, por fin en su poder.
Amparados por el mar, los barrancos y el castillo, los restos del ejército se atrincheraron en aquel rincón de Portugal, recompusieron como pudieron sus filas y contaron sus pérdidas.
Mas la situación de Duarte no mejoró. El perímetro defensivo estaba bien guardado, y el cerco español hacía casi imposible cualquier fuga. Corrían rumores de un próximo reembarque, pero nada era seguro, y él, entre tanto, no acertaba a urdir un plan viable que no los expusiera a ambos.
La única nota positiva, en medio de aquella incertidumbre, era el sutil cambio en el trato de Isabel.
En los breves instantes en que coincidían, advertía menos aspereza en su voz, le respondía sin ironía, sostenía la conversación un poco más de lo necesario y, en cierta ocasión, dejó asomar una sonrisa leve, tan fugaz que pudo haber sido ilusión suya.
¿Simple cortesía, fruto de la costumbre o de la necesidad?
En todo caso, aquel pequeño cambio de Isabel provocó en él una sacudida íntima, con señales que no podía ignorar: una torpeza desacostumbrada cuando ella se acercaba, el pulso acelerado al oír su voz, la mirada que, pese a su empeño en mantener la distancia, la buscaba entre el ir y venir del campamento.
Y, sobre todo, cierta desazón callada cuando pasaban horas sin verla.
No quiso poner nombre a aquello. Pero la sola sospecha de que su ánimo se inclinaba más de la cuenta lo inquietó tanto como, en secreto, lo confortó.
Isabel, por su parte, se fue amoldando, sin entusiasmo, a la vida de campamento.
Se arrimó a un grupo de mujeres que seguían al ejército y con ellas compartía las tareas más humildes: lavar en el arroyo, guisar en común, remendar prendas junto al fuego.
El trajín diario, aunque áspero, imponía cierta rutina que ayudaba a no pensar demasiado.
Su situación distaba de ser segura, pero el peligro inmediato de la deshonra o la violencia había menguado.
Que todos la tuviesen por mujer de Duarte —por vergonzante que le resultara— acabó por convertirse en un amparo eficaz frente a miradas y propósitos ajenos.
Aquella protección involuntaria la obligó, a su pesar, a matizar el juicio que había formado de él.
El trato frecuente fue limando su prevención.
Empezó a observarlo con menos dureza: su manera de cumplir el servicio, la lealtad que le profesaban algunos hombres, el silencio obstinado con que soportaba sus desplantes.
Y con esa observación nació una curiosidad nueva.
Duarte Salazar, o Eduardo Pinto, ¿quién era en verdad?
¿Qué lazo lo unía a Geraldo? ¿De dónde procedía el rencor que advertía entre ambos?
Preguntas que, poco a poco, comenzaron a ocupar su pensamiento con la misma insistencia que el temor al mañana.