La derrota del dragón XXVI #4
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XXVI #4

Pese a todo, Rodrigo Jaque se sentía exultante.

Gracias al soplo que le diera Mateo, habían conseguido apresar a Lope de Sousa antes de que le franquease las puertas al enemigo.

El capitán, aunque admitió haber recibido dinero, negó cualquier propósito de traición y, para probarlo, no vaciló en señalar a Rafael Reigosa y a Ruy Díaz Lobo, que fueron detenidos de inmediato en sus domicilios.

En un proceso sumario, ambos fueron condenados a pena capital y degollados en la madrugada.

Sobre la picota donde quedaron expuestos, se colgó un cartel escrito en gruesas letras: «Traidores al rey».

También se había neutralizado aquella noche otra conjura en el convento de los Trinitarios.

Dos monjes del propio convento, sospechando el concierto que tenía el abad con gente del prior de Crato, dieron aviso al retén más cercano.

Un piquete de soldados penetró en el edificio con suma cautela y sorprendió al abad y varios frailes en plena faena de zapa.

Los apresaron y los entregaron a la justicia eclesiástica.

Pero más que todo eso, lo que verdaderamente elevaba el ánimo del alférez era el recuerdo de la visita que Branca le hiciera la tarde anterior: la ternura de su trato, la calidez de su mirada y el modo en que lo llamó «querido», pues nada hace tan valiente a un caballero que verse favorecido por su dama.

Rugieron los cañones del castillo de San Jorge, y sus pesadas balas caían con zumbido mortal sobre San Roque.

Apenas se oyeron los primeros gritos, los capitanes dieron la orden de avanzar.

Como un solo cuerpo, el contingente de infantería emergió de su escondite, descendió con rapidez por la ladera y arremetió contra las barricadas del extremo norte del campamento inglés.

Tras una acometida feroz, lograron romper sus primeras líneas y adentrarse en él.

Las mangas de tiradores se desparramaron por las callejuelas estrechas y disparaban sin descanso contra cualquier escuadra que les saliese al paso. Los ingleses comenzaron a ceder terreno.

Al estrépito de los arcabuces se sumaban los gritos, los alaridos de dolor, las voces de mando, el clamor de los vítores y el retumbar constante del castillo, que continuaba castigando el extremo opuesto del arrabal.

También reinaba el desorden frente a la puerta de Santa Catalina, donde el ataque paralelo había encendido por igual la refriega.

Después de un rato de encarnizada escaramuza, las compañías de mosqueteros y arcabuceros iniciaron su repliegue con buen orden, sin romper la formación ni cesar en sus rociadas mientras los ingleses, repuestos de la sorpresa, aprovechaban su superioridad numérica para recuperar posiciones.

Había llegado el momento de la caballería.

Desde su montura, Rodrigo Jaque contemplaba las incontables nubecillas de humo de los disparos: brotaban entre las callejas, ascendían sobre los tejados y formaban una calima espesa y gris suspendida en el aire quieto del mediodía.

El capitán Alarcón dio la orden de cargar.

Su compañía, dividida en dos escuadrones, picó espuelas y se lanzó cerro abajo, como una tromba, para proteger la retirada de los infantes.

Cruzaron al galope entre las filas de los suyos y se arrojaron de lleno contra las fuerzas inglesas, que trepaban con dificultad por la ladera.

El alférez Jaque cabalgaba al frente de su escuadrón, como corresponde a todo buen oficial.

Avanzó con ímpetu, embistiendo con su montura a un grupo de arcabuceros enemigos que, tras una salva, intentaban recargar sus armas.

Arrolló a dos y el bruto pisoteó al tercero.

Sin aminorar la marcha, disparó una de sus pistolas contra un soldado que se le acercaba por un costado.

La guardó en la funda del arzón y sacó la segunda.

Sus hombres, actuando con igual resolución, se aproximaban hasta las filas enemigas, disparaban con sus armas de fuego y, sin detenerse, se revolvían para emprender la retirada. El campo, verde y florido, estaba ahora sembrado de cuerpos sin vida, de arcabuces, espadas y estandartes caídos.

Más ingleses se incorporaban a la línea de combate.

A lo lejos, por una callejuela transversal, un cuadro de piqueros se alineaba para avanzar.

Las balas zumbaban alrededor de Jaque. Una impactó sobre uno de sus hombres, que cayó del caballo con un grito sordo.

El animal, desbocado, soltó una coz que le alcanzó de refilón en la coraza.

Jaque miró por encima del hombro: los arcabuceros habían conseguido replegarse hasta el amparo del colegio y habían recompuesto su formación.

Nada más quedaba por hacer allí. Pero el herido se había incorporado sobre una rodilla y se sujetaba con fuerza la ensangrentada pierna.

Sin dudarlo, el alférez tiró de las riendas y espoleó a la cabalgadura.

El bruto, al sentir el hierro de las rodajas, se encabritó y arrancó a galope.

Volaban los disparos, caía el plomo. Un infante enemigo, armado con una partesana, corría ya hacia el caído.

Jaque disparó su segunda pistola y logró detener al atacante.

En cuatro trancos alcanzó a su compañero. Cargó el peso sobre un estribo, se inclinó con destreza, lo asió del brazo y, ayudado por la velocidad del caballo, lo alzó en vilo. El hombre cayó con violencia sobre la grupa y se aferró a su cintura.

La mayoría de los jinetes, cumplida la cobertura de la infantería, se retiraban ya. El capitán Alarcón, que lucía un chapeo negro adornado con una pluma roja, aguardaba pistola en mano a que sus hombres lo sobrepasaran.

La montura de Jaque, cargada con dos jinetes, resbaló y se sentó de ancas.

Tres enemigos se aproximaban a paso rápido.

Jaque apretó las espuelas y desenvainó la espada, para vender cara la vida.

Pero el caballo se incorporó y, bufando, jadeando y escupiendo espuma, con el cuello extendido y los belfos blancos, reanudó la marcha. Nuevos disparos sonaron a su espalda.

—¡Vamos, alférez!

Gaspar de Alarcón le hacía gestos para que se apresurara, mientras un grupo de arcabuceros frenaba a los perseguidores con una nueva rociada. El caballo comenzó a tambalearse. Perdía velocidad, y su aliento se tornaba ronco. Había sido alcanzado en las ancas.

La ladera se suavizaba. Jaque apretó los talones y le exigió un último esfuerzo. Las gotas de espuma eran ya rosadas. Entonces, otro jinete se aproximó a ellos y recogió al herido.

Así, liberado de parte del peso, el animal pudo alcanzar la cima y ponerse a cubierto tras el colegio jesuita. Jaque desmontó de un salto y fue a examinar la herida. Por un agujero del tamaño de una manzana, manaba un torrente de sangre brillante que manchaba el pelaje y resbalaba hasta el casco.

Las compañías dejaron las alturas de San Roque y emprendieron el regreso hacia la ciudad. Aunque mantenían la formación por puro hábito, el peligro había pasado: los ingleses, contenidos por el fuego de cobertura que provenía del adarve, abandonaron la persecución.

Rodrigo Jaque llevaba de la brida a su montura, coja y empapada en sudor. Al cruzar la puerta de la muralla, el capitán Alarcón se le acercó.

—Esta vez has estado cerca de no contarla.

—No se puede abandonar a un compañero.

Asintió Alarcón y le tendió una de sus pistolas.

—Está cargada —dijo simplemente. Luego, como si la decisión ya estuviera tomada, añadió—: Te voy a proponer para una ventaja.

—No lo merece.

—Eso lo decido yo.

Jaque tomó el arma, la apoyó en la frente de la bestia, apartó el rostro y disparó.

El animal se desplomó. El alférez, que estaba tan bañado en sudor como si hubiese saltado a una alberca con la armadura puesta, se soltó el barboquejo y se quitó el casco.

El cabello húmedo le cayó sobre la frente.

El calor había crecido y la brisa apenas alcanzaba a aliviarlo.

Sintió un agotamiento súbito, profundo, casi febril.

Más tarde supo que la otra columna también había cumplido su cometido, aunque la caballería, atrapada entre las callejas, sufrió mucho para poder salir y, en la retirada, atropelló y desordenó a la propia infantería.

El ataque había causado un daño tangible al enemigo. Algunos hablaban de doscientas bajas; otros, de quinientas. Como siempre, la verdad estaría en el punto medio. Las pérdidas propias, en cambio, fueron precisas: veinticinco muertos —entre ellos, un capitán y un alférez— y cuarenta heridos.

El capitán Alarcón concedió a Jaque la tarde libre, y lo despachó con la orden tajante de descansar.

El alférez se dirigió a su alojamiento en el mesón, donde Branca lo aguardaba llena de inquietud.

Lo recibió con un abrazo, cenó con él y, al caer la noche, lo acompañó al cuarto que compartían.

Como en otras ocasiones, Jaque arrojó una manta al suelo y se tumbó sin decir palabra. Pero Branca no se lo permitió.

Lo tomó del brazo, lo condujo hasta el catre que ocupaba ella y, con manos temblorosas, lo ayudó a despojarse de las botas, de la camisa sudada, los cordones de las calzas y las medias sucias.

Después, se dejó desabotonar el vestido y se acomodó a su lado entre las sábanas.

Se inclinó, sopló la vela y en la oscuridad buscó las cicatrices que ya le había visto antes y le preguntó por ellas.

Pero Jaque silenció sus preguntas con besos.

Aquella inesperada recompensa valía más que cualquier ventaja que le pudiera prometer el capitán.

Y pensaba disfrutarla sin medida, porque el mañana no estaba escrito para nadie.

Pero amaneció un nuevo día.

El archiduque Alberto, para celebrar el triunfo obtenido y acallar al mismo tiempo las habladurías y alarmas que circulaban entre los vecinos, ordenó realizar una parada militar.