XXVI #3
—Nada perdemos por preguntarle. ¿No dices que está cerca? Pues vamos a buscarlo.
Branca reconocía el peso de los argumentos de su hermano.
El asunto era, en verdad, grave. De modo que superó la extraña vergüenza que le causaba ir a buscar a Rodrigo, se levantó de la silla, se ajustó la cofia de casada, de fina lencería blanca, rematada en unas cintas que descendían por la trenza, y echó a andar delante de Mateo.
—¿Vendrás para la cena? —le preguntó la mujer pecosa.
—Vendré.
Para llegar a la puerta norte había que bajar y luego ascender por la colina de Gracia. Vencejos y golondrinas llenaban el cielo del atardecer, sin una nube, y con calima en el horizonte.
El alférez Jaque distinguió enseguida su silueta esbelta y su paso cadencioso. Le bastó esa imagen para convertir en gozoso un día de sudor y violencia. La observó mientras avanzaba entre la tropa, atrayendo las miradas de muchos, y se infló de orgullo. Era su esposa.
Se saludaron con una sonrisa. Aquella tarde se sentía capaz de vencer a un gigante. Ni siquiera las sospechas que Mateo le transmitió lograron disipar esa sensación de plenitud.
—Capitán Sousa, ¿no?
—Lope de Sousa —precisó Mateo—. Del tercio de Manuel Castelblanco.
—¿Y Tiago, dónde está?
—Junto al río, guardando los muelles del carbón y los hornos de cal. Pasamos por allí esta mañana.
—¿Qué podemos hacer? —resumió Branca su inquietud.
Se hizo un silencio breve. Branca miraba de reojo a Jaque: las dos arrugas verticales a los lados de la boca, la dentadura blanca, el cabello suelto y algo sucio, los hombros anchos. ¿Cómo sería dejarse abrazar por él?
—Marchad tranquilos —dijo su esposo—, que sé muy bien con quién debo hablar.
La conversación parecía cerrada, pero Jaque seguía contemplando a Branca.
—¿Cómo ha sido tu día? —dijo ella.
—Malo, hasta hace un momento, querida.
Branca se ruborizó, pero no le importó demasiado.
—No permitas que te maten —respondió—. Querido.
3
Postigo de los Trinitarios
Con la caída de la tarde, el tiroteo había amainado un tanto. Por encima de la muralla asomaba el campanario del convento de los Trinitarios, al que Geraldo dirigía la vista con frecuencia. En los tejados de la vecina iglesia de Loreto, los mosqueteros enemigos se movían como sombras.
Los ingleses, tras ser rechazados en el astillero, habían rodeado las murallas por el norte y desplazado muchas de sus banderas hacia la otra punta de la ciudad, con la intención de lanzar un ataque durante la bajamar por la zona de los muelles del carbón.
Un balazo impactó en la arista del balcón enrejado donde se hallaba Geraldo y desprendió un pedazo de argamasa que le salpicó de polvo la coraza.
Asomó con cautela la cabeza y oteó el origen del disparo.
Por la trayectoria, dedujo que el tirador se ocultaba tras uno de los arbotantes de la nave central de la iglesia.
A escasos veinte pasos, la figura resultaba borrosa.
Apoyó el cañón del arcabuz sobre un barrote.
No era un arma propia de un capitán, al menos en circunstancias ordinarias, pero había tomado la de uno de los heridos.
Se enjugó con el envés de la mano el sudor que le bajaba de la frente, apuntó con cuidado y apretó el gatillo.
El humo se le metió en la garganta, y al disiparse comprobó con una punzada de júbilo que había sido un tiro afortunado.
Varios enemigos arrastraron al caído por el tejado hasta una de las ventanas.
Un bastardo menos, pensó. El pensamiento le trajo, como un relámpago, la imagen de Duarte Salazar. Le habría gustado que fuese él.
Por más vueltas que le daba, no comprendía cómo pudo engañarlo tanto tiempo si apenas había cambiado: la barba, que en Terceira no gastaba, y el rostro, algo más chupado, pero seguía siendo el mismo maldito Salazar de siempre, cínico e insolente.
Cuántas veces no se habría burlado de su ceguera.
Aquel pensamiento lo corroía. Ponerle los grilletes se le antojaba un castigo leve para el daño que había hecho.
Las campanas doblaron a completas. Al fin.
—A partir de ahora, quiero que queméis los arcabuces hasta derretirlos —ordenó a sus hombres—. Se avecina un asalto y hemos de mantenerlos entretenidos.
Los soldados obedecieron con el cansancio de quien lleva doce horas al pie del cañón. Geraldo recorrió las tres casas que ocupaba su bandera. A todos daba la misma consigna: apretar.
Después, se allegó hasta donde estaban los hermanos Nunes para coordinar la acción.
Aunque tenían una idea aproximada de la ubicación del viejo postigo, nadie conocía con certeza su emplazamiento.
Podía incluso hallarse bajo los escombros de las casas que los españoles habían quemado y desbaratado junto a la muralla.
Sin embargo, Geraldo abrigaba el presentimiento de que estaba justo frente a su sector, y se apresuró a regresar. Aquella operación le ofrecía la oportunidad de arrojarse como un tigre sobre el portillo y ser el primero en poner el pie dentro de Lisboa. Ah, cuánta gloria podía ganar.
Detrás de los patios comenzaba a reunirse el regimiento inglés. El ruido de las botas, de los correajes y corazas, y el murmullo de tantas voces eran claramente perceptibles.
La oscuridad se apoderó al fin de la ciudad.
La luna, ya menguante, aún no se alzaba y el cielo estaba cuajado de estrellas.
Los murciélagos, sucesores de las golondrinas, se daban su festín de insectos.
Un cañonazo despedazó parte del alero. Las piezas menores que los españoles habían emplazado en las torres cercanas no dejaban de causarles daños.
Avanzaba la noche. Geraldo, inquieto, hizo otra ronda de reconocimiento y exigió a sus hombres un último esfuerzo.
—Más no se puede —protestó el cabo Hernandes—. Los cañones están al rojo vivo. Si no los refrescamos, van a reventarnos en las manos.
—Para eso están las tinas con agua —le replicó, de malos modos.
El propio Robert Devereux visitó la posición. Alto, apuesto, cortés, su sola presencia imponía. Durante un rato permaneció junto a Geraldo, observando el lienzo frontero en silencio.
Poco después, la campana de la catedral, lejana, se impuso sobre las salvas de los arcabuces y el trueno, cada vez más esporádico, de los cañones. Era la medianoche.
—Malditos frailes —murmuró Geraldo—. ¿A qué esperan?
Los hombres, agotados y desilusionados, disparaban con menos frecuencia. Y Geraldo, con los ojos rojos por el cansancio y el humo de la pólvora, no tenía ánimo para exigirles más.
La luna salió al fin, recortando su círculo menguante sobre el castillo de San Jorge. Las iglesias tocaron a laudes. Pronto amanecería.
Nada.
4
Afueras de Lisboa
Amaneció un día más. En la gran plaza del Rossio comenzaron a concentrarse numerosas compañías de infantería y escuadrones de caballería.
Pareciole al conde de Fuentes que la retirada estratégica de los días anteriores podía haber sido interpretada por el enemigo como signo de temor.
Y puesto que la tibieza de los últimos asaltos ingleses revelaba desánimo, resolvió invertir la situación: arremeter contra sus posiciones y tomarles la iniciativa.
El ataque se articularía en dos frentes. Uno de los grupos, el más numeroso, partiría por la puerta de San Antón, al norte de la villa. El otro lo haría por la puerta de Santa Catalina, junto a la iglesia de Loreto, en el centro del muro oeste.
En medio de la plaza, Jaque trataba de apaciguar a su caballo, nervioso por el tumulto de voces y relinchos, y por la tensión creciente que se respiraba entre las filas.
Todos los hombres sabían que aquella sería una maniobra difícil, pero necesaria, que permitiría alterar el curso de la campaña.
Y arriesgada, porque iban a enfrentarse a un ejército mucho más numeroso y bien atrincherado en un barrio de calles angostas y quebradas, donde la caballería tendría poco margen para desplegarse con eficacia.
Pasada la hora tercia, el conde de Fuentes subió los escalones del pórtico del hospital de Todos los Santos, cuya imponente mole presidía la plaza del Rossio, y ordenó a los capitanes que iniciaran la marcha con sus respectivas unidades.
Desfiló el contingente que atacaría por la puerta de Santa Catalina y desapareció entre las callejuelas que conducían hacia ella.
Al momento se abrieron, con gran estrépito de herrajes y crujido de travesaños, las hojas de la puerta de San Antón, por la que fueron desfilando, en riguroso orden de batalla, tres compañías de arcabuceros y piqueros y dos de caballería.
El ancho camino seguía el trazado curvo de la muralla y ascendía hasta alcanzar el colegio de los jesuitas, en lo alto del cerro.
Desde allí podían contemplar el barrio alto de San Roque, convertido en un vasto campamento.
Aquel día, los ingleses habían optado por tomarse un respiro: el movimiento era escaso y no se observaban indicios de ofensiva inmediata.
Escondidos tras el edificio del colegio, los capitanes aguardaban la señal de ataque.
El sol, más benigno que en jornadas pasadas, calentaba con mansedumbre el hierro de las corazas.
Jaque sentía acumularse el sudor bajo el acero de su celada y de su armadura —liviana, sin gorjal ni protecciones en los brazos—.
Le resbalaba desde la frente hasta las cejas, le chorreaba por el cogote, le empapaba las axilas y le corría por los antebrazos.
Su caballo subía y bajaba la cabeza con brusquedad, masticaba el bocado y giraba sobre sí mismo, impaciente por moverse.
Lo mismo ocurría con las monturas de sus compañeros, que piafaban entre el murmullo contenido de la tropa.
Una densa nube de moscas molestaba a los animales.