La derrota del dragón XXVI #2
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XXVI #2

—Dentro del huerto del convento hay un portillo de la muralla condenado tiempo atrás —dijo el fraile, que tenía una voz grave y profunda—.

Esta noche, después del toque de completas, los monjes se pondrán manos a la obra.

No sé cuántos ayudarán al buen abad, ni el grosor del muro, ni el tiempo que tardarán en reabrirlo.

Puede que lo consigan en una hora, o puede que en cuatro.

—Vuestra tarea será doble —tomó el relevo el rey—.

Por un lado, tendréis que recrudecer el ataque para mantener ocupados a los castellanos y cubrir el ruido que puedan hacer los monjes.

Por otro, estar atentos al portillo. En cuanto esté despejado, habréis de lanzaros hacia él y penetrar en la muralla.

Aquella última frase estimuló a Geraldo, que se dio un golpe en la coraza con el puño. ¡Clang!, sonó. Jerónimo Nunes se mostró más prudente.

—¿Nosotros solos? —preguntó.

Sonrió don Antonio con la suficiencia de quien se espera la pregunta y conoce la respuesta.

—Detrás de estas casas se va a concentrar el regimiento del coronel Brett, a quien acompaña, nada menos, que el conde de Essex.

—El rey hizo una breve pausa para dejar que sus capitanes asimilaran la noticia—.

En fin, nos hallamos, como veis, en un momento crucial, y vosotros, mis señores, tenéis en vuestras manos la llave de la jornada.

Los capitanes permanecieron en silencio. No había palabras adecuadas para responder al peso de aquella responsabilidad. Ni a la confianza que implicaba.

—Esta información es confidencial —añadió don Antonio—. No debéis revelarla a nadie hasta que llegue el momento oportuno. Cualquier indiscreción, por inocente que parezca, podría resultar fatal.

Comunicada la misión, regresaron junto al resto del grupo. Y tras un rato más de conversación, el rey se despidió para proseguir su ronda.

Geraldo volvió a su puesto inflamado de moral y lleno de sueños. Mas, para hacer realidad esos sueños, debía antes concentrarse en la batalla.

Y la batalla prosiguió, recrudecida, por la tarde.

Los ingleses acometieron también por el ángulo en que la muralla giraba hacia la ribera.

Combatiendo con coraje y tesón, lograron alcanzar el astillero y hacerse con algunos almacenes y corrales en la orilla del Tajo, desde los que atacaron con violencia las puertas, lienzos y bocacalles de aquel flanco.

Pero el conde de Fuentes había emplazado con acierto sus cañones y los combates se prolongaron durante horas.

Dos, tres y hasta cuatro veces intentaron los ingleses penetrar en la villa, y otras tantas fueron rechazados.

Aquella artillería, con apoyo de los tiradores apostados en casas y tejados, obligaba a las tropas de Norris a derramar mucha sangre con escaso resultado.

El estruendo, el humo espeso de la pólvora y el calor sofocante convirtieron el astillero, durante unas horas, en el ojo mismo del huracán.

Avanzada la tarde, cuando la defensa parecía vacilar, irrumpieron las galeras desde el río y batieron la retaguardia inglesa.

Atrapados entre dos fuegos, los asaltantes se vieron forzados a replegarse a sus posiciones iniciales.

2

Lisboa

La estrategia del archiduque don Alberto, que había ordenado al conde de Fuentes recoger dentro de Lisboa a todas las fuerzas disponibles, daba fruto.

El castillo de San Jorge hostigaba con sus tiros parabólicos a cualquier escuadrón enemigo que, por descuido, quedase enfilado.

Las tropas, firmes en sus posiciones, rechazaron con brío los asaltos ingleses, primero en la zona de los Molinos de Viento y en la puerta de Santa Catalina, y luego más abajo, en el flanco que daba al río.

Y la caballería portuguesa del conde de Vila da Horta se encargaba de la vigilancia interior de calles y plazas, en prevención de tumultos o saqueos.

Ignoraba Alberto de Austria que tenía un feroz detractor en Bruno Maciel, que a cada momento lo maldecía por haber ordenado, a través de un bando, la requisa de todas las acémilas, carros y carretas necesarias para la defensa.

A causa del dicho bando, llevaba día y medio acarreando víveres y pipas de agua y de vino a diversos puntos de la ciudad, para que no les faltase mantenimiento a los soldados.

—¡Que tenga yo que alimentar a estos gandules! —refunfuñaba el hombre—. Y sin ganar un solo real.

—Si os pagaran, ¿os habría mortificado menos? —le preguntó Mateo.

—Si ese archiduque se aprovecha de mí para la defensa de su reino, qué menos que pagar por ello. ¿Sabes cuánto dinero hemos dejado de ganar hoy?

—¿De qué dinero habláis, padre? Con el inglés en las puertas, no hay quien quiera hacer un porte.

—Ese no es el punto, Mateo. Pregúntate por qué no hay portes. ¿No lo sabes? Porque estamos sitiados. ¿Quién tiene la culpa de este puto sitio? Los castellanos. ¿Y por qué hay castellanos en Lisboa? ¿Eh? Por culpa de ese desconfiado de Felipe.

Las últimas pipas las descargaron en la Baixa, cerca del astillero, donde, a causa de los combates, se concentraban muchas tropas.

Maciel, que tenía ganas de visitar a su viuda, encomendó a su hijo la recogida del carro.

Y Mateo lo agradeció. Prefería realizar esa tarea solo que seguir escuchando la inagotable letanía de su padre.

Atravesó las agitadas calles —nadie quería perder noticia de lo que ocurría—, hasta el corralón donde solían guardar el carro.

Desunció las mulas, les dio de beber, echó en el pesebre dos cuartillos de cebada que revolvió con la paja y cogió un cepillo de raíces.

Mientras lo pasaba por el lomo de los animales, volvió sobre la idea que venía rumiando todo el día.

Sacó luego del bolsillo una navaja, abrió un melón pequeño y fue cortando tajadas.

Algunas palomas revoloteaban y se posaban en las tapias y tejados cercanos.

Lamentó no haberse traído la hondilla para intentar tumbar a una.

Al terminar, recogió las cáscaras, se las echó a las mulas y abandonó el corralón. Necesitaba algo de consejo.

Tomó el empinado camino que conducía al castillo de San Jorge y, a media altura, se desvió a la derecha, por un estrecho callejón que desembocaba en un huerto de naranjos al que daban varios mesones.

En el centro se alzaba un pilar con un buen caño de agua.

Entre los árboles, cuerdas tendidas sujetaban sábanas y ropas recién lavadas.

Alrededor, mesas y bancos de madera tosca acogían a grupos de mujeres en ropa de faena que reían y charlaban sin freno.

En uno de esos grupos, aunque un poco apartada, divisó a Branca.

—¿Cómo tú por aquí, hermanito?

—Hace días que no te veo. Espero no ser inoportuno…

—Al contrario. Estaba deseando ver una cara familiar.

La brisa que soplaba a la sombra de los naranjos atenuaba el calor del día.

—¿Es algún enamorado, Branca? —le preguntó con un guiño una mujer pecosa.

—No, es mi hermano Mateo.

Satisfecha la curiosidad, la mujer volvió a la alegre algarabía del grupo.

—¿Cómo te va con tu marido? —preguntó Mateo.

A Branca se le subió de golpe el color al rostro.

Era la primera vez que alguien de la familia se refería a Rodrigo Jaque como su marido.

Aunque marido, lo que se dice marido, todavía no lo era.

Algo que por nada del mundo le confesaría a Mateo.

Y menos a aquellas mujeres que daban por sentado lo contrario.

¡Qué mujeres, virgen santa! Hablaban de los asuntos del lecho con tal frescura que casi la avergonzaban.

—Está cerca de aquí, en la puerta norte. Ayer fui a llevarle la comida. Es costumbre entre las… esposas de los soldados preparar el almuerzo y hacérselo llegar al puesto.

—¿Preocupada?

Mateo tomó por preocupación el azoramiento de su hermana, y ella se lo pensó unos instantes antes de responder. ¿Lo estaba?

—Es una zozobra constante, hermano. No sólo por el señor Ja…

, es decir, por Rodrigo, sino por el asedio, la guerra, los enemigos, todo.

No parece real. Ahora estamos aquí, charlando tranquilamente, y mañana podríamos estar…

¡Ah! No quiero ni pensar en lo que ocurrirá si los ingleses entran en la ciudad.

Dicen que el Prior ha prometido doce días de pillaje.

Miles de diablos desatados, recorriendo calles, saqueando casas, matando y deshonrando. Qué horror.

Mateo asintió. No se lo había planteado así.

También allí había palomas en los tejados, y tórtolas, y bandadas de gorriones picoteando entre las migas y los granos que caían al suelo. Con una buena ballesta, podría cenar pajaritos fritos.

—¿Y tú? —Branca cambió de tercio—. ¿Dónde está Maciel?

—Ha ido a ver a su querida.

—A su buscona, querrás decir. No sé cómo lo soportas.

—Es nuestro padre.

—Es el asesino de nuestra madre.

Mateo dejó pasar el comentario. Era verdad lo que decía Branca, pero el viejo estaba cojo, necesitaba ayuda y seguía siendo su padre. Mejor sería entrar en materia de una vez.

—He venido a pedirte tu parecer sobre un asunto —dijo, y a continuación le contó lo que había sabido del capitán Lope de Sousa y del dinero que el señor Reigosa le había hecho llegar a través de Maciel—.

Creo que ese dinero era para una traición —concluyó—.

Quizá para franquearles la entrada a los ingleses por algún postigo.

Branca quedó boquiabierta. El sol se ocultaba tras una de las colinas de Lisboa. Era la hora de los mosquitos.

—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó al fin.

—Padre lleva tiempo en pláticas con ese capitán. Los dos reniegan del rey Felipe y del archiduque, siempre disconformes con lo que tienen. Pero hasta el otro día, cuando le entregamos el dinero, no sospeché lo serio del negocio.

—¿Has hablado con Tiago?

—Lo pensé, pero ese don Lope es su capitán, y el asunto podría salpicarle. Tu marido, en cambio, es un oficial y quizá pueda averiguar algo.

—No creo —respondió pensativa—. Rodrigo es español, y no están las cosas para que un castellano meta las narices en los asuntos de los portugueses.