XXVI
Afueras de Lisboa
El ejército inglés no llegó frente a las murallas de Lisboa hasta la mañana siguiente al Corpus Christi, con lo que don Antonio no pudo cumplir su propósito de entrar en ella en tan señalada fecha.
Norris y sus oficiales, tras recorrer el perímetro amurallado, decidieron asentarse en las alturas del oeste, entre los Molinos de Viento, el barrio alto de San Roque y la Esperanza, una posición de indudable valor estratégico, táctico y también logístico.
Aparte de contar con buenos alojamientos, quintas e iglesias amplias y frescas, era fácilmente defendible frente a posibles salidas de los sitiados, se hallaba cerca del río —lo que facilitaba recibir el auxilio de su armada— y permitía, en buena medida, resguardarse de los cañones del castillo de San Jorge, cuyo alcance y precisión eran tales que ya durante la aproximación los habían obligado a avanzar por caminos desenfilados.
Pese a la aparente facilidad con que el ejército invasor se había presentado ante Lisboa, los problemas no tardaron en aflorar.
El calor sofocante y la agotadora marcha a través de un país devastado por el enemigo habían quebrantado a la tropa.
La alimentación era irregular, y en ocasiones miserable: hubo jornadas en que no tuvieron más sustento que avena sin moler o miel sin pan que la acompañase.
El agua, tomada en abundancia de charcas y acequias, multiplicó los casos de disentería.
Mas, con ser graves estos males, ninguno pesaba tanto como la tibieza del pueblo portugués.
La esperada insurrección contra el Austria no se producía, y aquella pasividad minaba la moral y comprometía el plan entero.
Norris y sus coroneles, que habían confiado en una adhesión casi inmediata, empezaban a comprender el alcance de su error.
Apretados por el tiempo y el dinero, habían prescindido de artillería de sitio, torres de asalto, escalas y demás ingenios necesarios para rendir una plaza del tamaño y fortaleza de Lisboa.
Y sin esos medios, el asedio se convertía en apuesta cercana a la temeridad.
Norris, como es habitual entre los hombres, buscó fuera de sí las causas del infortunio.
Al Prior le reprochaba las promesas infladas y los cálculos fallidos.
La confianza inicial se tornó desdén, y los reproches, primero discretos, acabaron por hacerse públicos.
Si no lo había enviado de vuelta a Inglaterra era porque aún abrigaba la esperanza de que sus partidarios le facilitasen, de algún modo, la entrada en la ciudad.
A Drake, por su parte, le achacaba la falta de concierto en la estrategia y los movimientos, y la ausencia de una acción decisiva sobre el estuario.
Norris había dado por supuesto que, a su llegada, la armada dominaría ya el Tajo; comprobar que no era así añadía un nuevo obstáculo a los muchos existentes.
Pese a todo, el general y su estado mayor procuraron mantener la compostura y concentrarse en lo único que importaba: forzar la caída de Lisboa antes de que la empresa se les deshiciera entre las manos.
Tras anunciar su presencia con redobles de tambor, banderas al aire y un vistoso despliegue de tropas para insuflar esperanza en los leales y desaliento en los contrarios, el general dispuso que se fortificasen las calles orientadas hacia la muralla.
Se levantaron empalizadas y se asentaron gaviones rellenos de tierra para amortiguar el castigo de la artillería de San Jorge y el fuego constante de los tiradores apostados en el adarve.
Aseguradas en lo posible las posiciones, pasó revista al terreno para identificar fortalezas y debilidades, y diseñar su plan de acción.
El punto más vulnerable del recinto era la ribera del Tajo.
El prolongado auge comercial de la ciudad, el esplendor del imperio ultramarino, la paz con Castilla y la falta de enemigos externos, habían relegado la defensa de ese flanco.
Donde antaño se alzaba una sólida cerca, se abrían hogaño puertas, postigos y calles que miraban al río con más afán de comercio que de resguardo.
Era, sin duda, por allí por donde parecía lógico asestar el golpe principal.
Norris estaba persuadido de que, con el apoyo de la flota, la ciudad habría cedido sin excesiva resistencia.
Mas, para su desgracia, Drake seguía en paradero incierto, y quienes dominaban el estuario eran las galeras y naves mancas del enemigo.
Privado del control del río, volvió los ojos a la muralla occidental, que, aunque más sólida, ofrecía puntos desde los que hostigar y acercarse.
Intentó, pues, apoderarse de dos iglesias próximas a la cerca para convertirlas en improvisados baluartes, como hiciera en La Coruña con el convento de Santo Domingo.
Pero los defensores, prevenidos, sembraron sus tejados, salientes y arbotantes de arcabuceros y mosqueteros, cubiertos a su vez por el fuego desde las propias almenas.
Una red de tiradores cruzados que complicaba la maniobra.
Y no fue el único contratiempo. Las casas y almacenes adosados a la muralla habían sido derribados o incendiados para dejar un corredor despejado que privaba al atacante de abrigo y facilitaba la defensa.
Ante tales impedimentos, Norris y sus coroneles optaron por una disposición más cauta.
La noche que siguió a su llegada distribuyeron a las compañías en viviendas, corrales y bocacalles cercanas a la muralla, procurando aproximarse cuanto fuese posible sin exponerse en demasía.
Y, antes de que clarease el alba, dieron comienzo formal al asedio.
Las banderas portuguesas ocupaban una pequeña pero decisiva manzana entre el postigo de la Trinidad y la iglesia de Nuestra Señora de Loreto, uno de los templos que los mosqueteros españoles habían logrado tomar. Su cometido era batir a los defensores desde las casas fronteras.
A Geraldo le asignaron tres casas contiguas.
Repartió a sus hombres con criterio, abrió pasos en paredes y tapias para comunicar las estancias por dentro y dispuso a los tiradores en ventanas, portones, balcones y doblados.
Con la claridad del amanecer, el fuego se hizo más vivo y certero.
Dos de los suyos yacían ya muertos; otros dos, malheridos, habían sido evacuados al hospital de campaña.
La estancia que servía de puesto principal contaba con amplios balcones enrejados que miraban a la muralla.
En el centro había una gran mesa de madera noble, manchada con la sangre de uno de los muertos, y a su lado una tina con agua para enfriar los cañones de las armas.
Geraldo vigilaba el tejado de la iglesia de Loreto, erizado de enemigos.
El fuego era graneado y las balas silbaban tan cerca que podía sentirse el calor del plomo.
—¡Capitán!
Mendes debió repetir el llamado para sacarlo de la concentración con que seguía el tiroteo. Geraldo se volvió hacia el sargento, que se apoyaba en su larga vara de mando.
—Tenemos una visita ilustre —añadió.
—¿De quién se trata?
—Del rey en persona.
Geraldo se irguió de pronto y le dirigió una batería de apresuradas preguntas.
—¿Dónde está? ¿Qué quiere? ¿Por qué no me habéis avisado antes?
—Acaba de llegar —repuso Mendes con calma—. Está en el patio de la casa contigua, y desea hablar con vos.
Geraldo le pidió que lo llevara hasta él. Antes de salir ordenó a sus soldados que no bajaran la guardia:
—Que los castellanos sepan quiénes somos.
Salieron de la habitación, cruzaron un corredor largo y desembocaron en un patio de tapias altas.
A través de un boquete irregular, accedieron al patio vecino, más grande y luminoso, donde don Antonio de Avis conversaba plácidamente con varios miembros de su séquito y con los capitanes que cubrían aquel sector: los hermanos Jerónimo y Gonzalo Nunes.
—Amigo Henriques, me alegra veros. —Don Antonio le dedicó una sonrisa franca y una mirada vivaz que reconfortaron a Geraldo—. ¿Cómo se portan vuestros hombres?
—Como leones, alteza.
Don Antonio le echó un brazo al hombro y lo atrajo hasta el círculo de sus allegados. El príncipe don Manuel, que conocía a Geraldo, le tendió la mano.
—Venid —dijo el rey—. Os presentaré a un amigo muy querido: fray Luis de Soares.
El fraile inclinó con rigidez una cabeza que ya no requería tonsura. Geraldo lo había visto alguna vez por el campamento, aunque nunca habían hablado. Tenía los ojos pequeños y las orejas grandes y tan curtidas por el sol que parecían de barro cocido.
—Fray Luis pertenece a la orden de la Santísima Trinidad y de los Cautivos, dedicada, como sabéis, a devolver la esperanza y la fe a los hermanos que padecen el yugo de la esclavitud o la prisión.
Mientras el rey hablaba, el fraile mantenía la cabeza baja, en gesto de modestia. En su hábito blanco destacaba una cruz bicolor, con un brazo rojo y otro azul.
—Pero acompañadme. También vuesas mercedes, señores capitanes. —Don Antonio dedicó un gesto de disculpa al resto de su séquito y se apartó hacia un rincón del patio al que una higuera ofrecía su sombra.
A Geraldo, aquel detalle de confianza lo llenó de orgullo.
—Al otro lado de la muralla que tenemos enfrente se halla el convento de los Trinitarios de Lisboa.
—El rey hizo una pausa—. Fray Luis lleva algún tiempo en contacto secreto con el abad, un hombre afecto a nuestra causa —prosiguió en voz más baja—.
Han entrado en inteligencia para que, de no ser posible forzar las defensas de la villa, como todo indica, por la noche nos franqueen la entrada.
La noticia impresionó a Geraldo, que no sabía bien cómo reaccionar: si con la calma del veterano, con la ilusión del vasallo fiel o con el pasmo de quien escucha una gran revelación. Optó por un término medio. Abrió mucho los ojos, cabeceó y dijo:
—Una noticia extraordinaria, alteza.
Los hermanos Nunes también expresaron su sorpresa.
—Así es, señores. Pero mejor cedo la palabra a fray Luis para que os cuente el concierto.