La derrota del dragón XXV #5
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XXV #5

A Jaque lo encontró cerca de la puerta norte de la muralla, junto a la iglesia de San Andrés, donde se hallaba su compañía, recién llegada a la ciudad tras varias jornadas de hostigar el avance enemigo.

La plaza que rodeaba al templo se había convertido en un improvisado campamento, con hogueras para calentar el rancho, pertrechos, armas, jergones extendidos y una cerca de sogas para encerrar a los caballos.

El alférez se alegró al verlo. Tras disculparse por la suciedad y el polvo que llevaba encima, le ofreció compartir el rancho del día, le refirió en breves palabras la encamisada y acabó aterrizando en el problema que ocupaba sus pensamientos.

Sentados sobre dos sillas de montar, le confesó sus incertidumbres acerca del reciente matrimonio. Aunque lo había contraído por amor, no estaba seguro de que Branca compartiera del todo sus sentimientos.

—A mí me parece una mujer que sabe lo que quiere —replicó Gabriel, que no veía la gravedad del asunto.

—Dios os oiga. Pero yo no lo tengo tan claro, capitán. Y os juro que antes me corto las manos que ponérselas encima si ella no lo desea.

—Loable propósito, amigo Rodrigo. Pero ¿qué os hace pensar que no querrá unirse a vos? No se rinden damas ni se conquistan plazas con espíritu pusilánime.

Jaque frunció los labios y arrugó el ceño.

—Sé que Branca estuvo, en el pasado, prendada del compañero de su madre.

—Sería un capricho juvenil.

—¿Capricho? Si para seguirlo se hizo pasar por varón y se embarcó en una de las naos de la Gran Armada.

—Vaya, con la moza. Creedme: os habéis echado una esposa con carácter. ¿Cómo acabó todo?

—Él la descubrió y la obligó a bajar a tierra.

—¿Y qué fue de ese hombre?

—Jamás regresó.

—¿Le habéis preguntado a ella por el asunto?

—¿A Branca? Jamás se me ocurriría.

Al contrario que Tiago, Jaque le pareció ahora más descentrado que la última vez que lo viera. Sus tribulaciones se le antojaban algo desmedidas. Quizá el amor le estaba nublando la vista.

—Y la guerra ¿cómo la veis?

—Soy optimista. Sin artillería y sin el apoyo de su flota, ¿qué clase de sitio pretenden hacer los ingleses en Lisboa? Me preocupa más el enemigo interior. Aunque los naturales les han prestado poca ayuda desde el desembarco, tampoco se inclinan abiertamente por nosotros.

—Quizá aguardan a ver hacia qué lado inclina su fiel la fortuna.

A cambio de sus confidencias, Gabriel le relató el secuestro de su hermana y la búsqueda del Relief. La reacción del alférez lo desconcertó:

—Casi me hacéis sentir vergüenza. Al lado de vuestros problemas, los míos se antojan minucias.

—Os jugáis la vida cada día, señor Jaque. Minucias o no, espero que podáis resolverlos felizmente.

—Y yo os deseo la mejor de las suertes.

Gabriel regresó a la fragata pensando que la suerte, por sí sola, valía poco.

Sólo la voluntad del hombre inclinaba el curso de las cosas, y ni aun así bastaba.

Llevaba días observando y examinando navíos sin dar con el que buscaba.

Cuanto más conocía el laberinto de la Contra Armada, más clara veía la dificultad de su empeño: no sólo por el número de buques, sino porque muchos tenían el mismo porte que el Relief, lo que hacía casi imposible distinguirlo entre el sinfín de cascos y velas.

Quedaba un atajo, más expeditivo y también más arriesgado. Consistía en apresar uno de los barcos ingleses y arrancar la información a sus oficiales.

A Pascual Laiseca no le gustó la idea. Negó despacio y se lo desaconsejó con razones bien trabadas.

Primero, lo difícil del empeño; después, los reparos que pondría el señor Manso, por no mentar al almirante Bazán; y por último, pero no menos importante, el peligro añadido al que se expondría a la tripulación.

—Los años te están volviendo miedoso, Pascual.

—¿Miedo yo?

—Cuando hacíamos corso en el mar del Norte no eras tan delicado.

—Era distinto. Allí atacábamos presas sueltas. O, a lo sumo, pequeñas escuadras. Pero ¿has contado cuántas velas tiene ese míster Drake bajo su mando? —replicó con viveza—. Entre grandes y chicas, descontando pérdidas y deserciones, le restan más de doscientas.

—No vamos a atacar a toda la armada, Pascual. Nos basta con apoderarnos de un solo bajel.

—¿Y me dirás cómo?

—Es muy sencillo —intervino Mahagüini, también presente—: la próxima vez que nos persigan, en lugar de acogernos a los cañones de Cascaes, nos abrimos a la mar y les tomamos uno.

Laiseca se sintió traicionado por su compañero, que, para una vez que hablaba, le quitaba la razón.

—No creo que sea tan simple. Pero supongamos que sale bien —concedió—, que capturamos uno, interrogamos a los hombres y nos dicen dónde está el Relief. O dónde creen que está, porque también para ellos cuenta el número. Luego, ¿qué?

—Luego, ya veremos —dijo Gabriel—. ¿Te parece poco avance saber dónde se halla lo que buscamos?

—¿Y Humberto Manso?

—De Manso me encargo yo.

García se les acercó con un cuartillo de vino.

—Para que vuesas mercedes se refresquen el gaznate —dijo. Y entregó a cada uno una jarrilla de hojalata.

—Espabila el pajecito —apuntó Laiseca.

—Espabila —confirmó Mahagüini.

—Y le gusta el mar —dijo Gabriel, con una sonrisa de satisfacción. Iba a hacer de aquel zagal un marino de provecho.