XXV #4
La acomodó en el centro del lecho, abrió un arcón, sacó un pedazo de cuerda y amarró la cadena de las esposas a una argolla clavada junto a la cabecera. Luego, sin esperar a que recobrase el sentido, empezó a desnudarla con movimientos seguros.
Despertó cuando le quitaba las calzas, y tardó un instante en comprender lo que ocurría. Él ya había liberado un pernil y ella trató de impedirle hacer lo mismo con el otro. Pataleó, se retorció y, en la breve lucha que siguió, consiguió propinarle una coz en la nariz.
—¡Sufre, perro!
Michael masculló unos insultos entrecortados mientras forcejeaban. Con un movimiento brusco, le sujetó las piernas, las abrió y se tendió sobre ella, inmovilizándola con su peso.
—Así tiene más mérito, mestiza. Y es más placentero. Mucho más.
Sin levantarse, se bajó las propias calzas para sentir su piel contra la de ella, cálida, acogedora.
Un goce sin barreras. Le alzó la camisa hasta descubrir los pechos, que lamió, mordisqueó y apretó con ansia, antes de atacar aquella selva rebelde que se negaba a reconocerlo, pero cuyo fuego conocía bien.
Su virilidad, rígida y ansiosa, buscó a ciegas el cáliz árido, y empujó y espoleó y forzó hasta que al fin lo acogió en su seno con una humedad redentora.
Yabama cesó su resistencia. Cerró los ojos y buscó refugio en su interior.
Murmuró una plegaria en su lengua ancestral, que evadía su mente y la transportaba a su isla natal, a los bosques húmedos, a las nieblas, al canto frenético de los chiquirines durante la canícula, al brillo de los cocuyos tras la lluvia, y a los ensalmos de la vieja Tomasa, que no podían salvarla en aquel trance.
Se hizo tronco caído, sintiendo en su organismo la solidez de la madera, la paciencia del corcho, la lentitud de la savia.
Dejó que un torrente de agua virgen lavara su cuerpo, que su estruendo cubriera los jadeos, los insultos, la violencia.
Rogó a Atabey, madre de todas las madres, que secara la semilla del bastardo y se perdiera su linaje; a Juracán, señor del rayo y la tormenta, que arrastrara la memoria del ultraje; y a Anacucaya, lucero inmutable, que guiara los pasos de su hombre para que no se perdiera en los corredores de la gran serpiente y alcanzara su paradero en medio de la tiniebla.
Cuando Michael terminó y se apartó, jadeante y satisfecho, ella lo maldijo, como tantas otras veces, para que Maquetaire lo arrastrara a las moradas de los muertos, donde sólo habría espacio para el tormento.
—¿Qué algarabía es esa? Calla, perra.
La mujer se volvió temblando, con los puños cerrados y el espíritu entero.
—Un día mi hombre te matará.
Michael, ya de pie, compuso una media sonrisa, incómodo por la amenaza y excitado por el desafío.
—Esperaré con ansias ese día.
Se acomodó las calzas, la cubrió con una cobija y se detuvo un instante a contemplarla. Ah, qué hembra.
—Volveré —anunció desde la puerta.
Fuera, unos marineros izaban una pipa con el cabrestante mientras entonaban una saloma monótona. El cielo del oeste ardía en un crepúsculo hermoso y ensangrentado.
4
Lisboa
El San Jerónimo y la Portuguesa llevaban varios días jugando al gato y al ratón con la armada inglesa, la rondaban, trataban de adivinar sus intenciones e incluso habían salvado a un par de naos de caer en sus garras.
Sin embargo, Gabriel no había logrado identificar al Relief.
Cuando caía la tarde, si el estado de la mar lo permitía, ambos navíos regresaban a Lisboa para dar puntual cuenta de los movimientos enemigos.
Gabriel, a Bazán; Humberto Manso, a don Matías de Alburquerque.
Aquel arreglo —nacido de la desconfianza del almirante hacia los portugueses— los obligaba a una duplicidad estéril.
Y a él, a tratar con el correoso marino más a menudo de lo que le habría gustado.
—¿Decís que siguen sin moverse de Cascaes? —le preguntó don Alonso, tras escuchar su informe.
—Excepto para apresar mercantes —respondió Gabriel—. Y tienen ya a unos cuantos.
—Ese Dráquez siempre ha sido un pirata avaricioso, y no desaprovecha ocasión para ejercer su viejo oficio. Pero no podemos fiarnos de las apariencias. Con el ejército de Norris frente a nuestras murallas, puede atacar en cualquier momento. En realidad, sería lo más lógico.
—Cierto, excelencia. Cuesta entender por qué no lo ha hecho todavía.
Bazán, que se hallaba a bordo de La Loba —sucesora de la galera que comandara su hermano en Lepanto—, medía con pasos cortos las tablas a la entrada de la elevada carroza, desde donde se dominaban el puerto, sus numerosos almacenes y construcciones, el astillero, la explanada de la Ribeira con el palacio real, la Baixa y, más arriba, las casas que se encaramaban por las laderas que, a derecha e izquierda, conducían a los barrios altos de la villa.
—¿Y la fortaleza de Cascaes? —quiso saber el viejo marino.
—Resiste. Ayer nos resguardamos a su amparo para librarnos del acoso de varios navíos que trataban de darnos caza.
El almirante detuvo en seco su paseo.
—Mucho debisteis de acercaros. Para conocer sus intenciones no hace falta meterse hasta la cocina.
—Tengo mis propios objetivos, excelencia, ya os lo dije.
—Lo sé, lo sé —concedió Bazán, más relajado—. Y no me parece mal, siempre que no pongáis en peligro la misión.
—Es mi buque lo que arriesgo.
—Y el patache.
Gabriel se encogió de hombros. Había sido el propio almirante quien lo emparejó con el San Jerónimo.
Finalizadas las novedades, fue en busca del alférez Jaque. Sus despachos con el almirante le permitían frecuentar a sus amigos. Se interesaba por sus andanzas, y escuchaba sus alegrías y tribulaciones como si fueran propias. Con los suyos lejos, aquellas visitas tenían para él algo de refugio.
La familia Queiroz, con la amenaza inglesa encima, se había trasladado a casa de una regatera, amiga de Natalia, que vivía intramuros. Tiago, integrado en su compañía de portugueses, lo puso al tanto del apresurado matrimonio de Branca con Rodrigo Jaque, así como la parte que le cupo en ello.
—¡Qué me decís! —se sorprendió Gabriel, y supo leer entre líneas el sacrificio del joven. El bisoño que retornó de la jornada de Inglaterra se había transformado en un soldado seguro de su papel en aquellos turbulentos días.