XXV #3
—Aquí cualquiera se va de boca contra el Usurpador, lo llama extranjero y bellaco, y dicen no desear otra cosa que sacudírselo de encima. Pero ahora que se acerca el ejército de don Antonio, a todos se les cae el culo por largarse.
—Huyen de la guerra.
—¡Ah! ¿Y tú qué sabes de la guerra? —suspiró Maciel.
—En la guerra perdisteis la pierna.
—En la batalla de las Gravelinas —se animó su padre—. Yo estaba en el galeoncete Augusta, con otros cien hombres que luchamos como tigres, hijo, entre el fuego y la metralla. Qué gran batalla, la de las Gravelinas… No ha habido otra igual en la mar océana.
—Peleabais por el rey don Felipe, ¿no es cierto? —apuntó Mateo.
Maciel lo miró de soslayo. ¿Se burlaba acaso? Pero el muchacho contemplaba, embobado, a una moza que subía por el camino.
—¿Y de qué me sirvió? —dijo al fin—. El rey no tuvo la decencia de concederme una maldita ventaja por haber perdido la pierna.
Tras una bajada sinuosa, se detuvieron junto al puente sobre el Alcántara, que era angosto y estaba ocupado por una carreta de bueyes que venía de frente.
—¿El capitán Sousa es un conspirador? —preguntó de pronto Mateo.
—¿De dónde has sacado esa palabreja? Don Lope de Sousa es un patriota, hijo mío.
—Pero ayer le entregamos una buena bolsa, como le habéis dicho al señor R eigosa. Por lo menos ochenta reales de plata.
—Cien. Y el doble cuando cumpla, para premiar su valor. Hacen falta arrestos para hacer lo que va a hacer.
—El primo Tiago está en la compañía del capitán Sousa.
—¿De veras? —dijo Maciel—. Mucho hablas con tu primo, y voto a Judas que no me gusta. Estoy convencido de que tuvo arte y parte en la huida de tu hermana. Menudo pájaro. No te dejes liar con sus enredos ni con sus fantasías de cuartel.
—No, padre.
Los bueyes acababan de cruzar el puente y Maciel arreó a las mulas, que arrancaron al paso. Las llantas metálicas rechinaban sobre las losas de la calzada.
3
Bahía de Cascaes
El Revenge, con las velas recogidas, se mecía con el pausado trajín propio de un día de puerto. Los pajes rascaban las tablas, los marineros tensaban cabos o faenaban en la bodega, los artilleros limpiaban sus piezas y los soldados mataban el tiempo como podían.
En el castillo de proa, una figura solitaria, apoyada en la borda, contemplaba el mar. Por el sur, unos celajes ensuciaban la línea del horizonte. La brisa tibia agitaba levemente sus cabellos y le traía recuerdos de otros mares, más cálidos y lejanos.
John Trenton se sorprendía de continuar con vida.
Hacía apenas unos días, febril y empapado en sudor, tendido en el catre de la enfermería, nadie habría dado un penique por su pellejo.
Él, el primero. Pero los caminos del Señor eran inescrutables.
Pálido, demacrado, sin apenas fuerzas, recibía con alivio el sol de la tarde en el rostro.
El cirujano le había recomendado que saliera a cubierta para que la sangre, al circular, ayudase a eliminar la bilis negra.
Y allí estaba, obedeciéndolo.
Agitó el muñón para espantar unas moscas del vendaje.
El movimiento le arrancó un pinchazo de dolor.
Por más que hubiera cedido la inflamación, la herida aún estaba tierna.
Fijó la vista en el brazo amputado, al que había prestado escasa atención en aquellos días.
La cercanía de la muerte, sin duda, que todo lo relativizaba.
Lo midió: desde el hombro, un palmo. Pero con la recuperación, comenzaba también a advertir sus inconvenientes.
El aseo, por ejemplo. Las moscas, tras zumbar unos momentos en el aire, regresaron al vendaje, empeñadas en libar su suciedad.
Sintió pasos a su espalda, felinos y firmes, y supo al instante de quién se trataba. El almirante se situó a su derecha, apoyado en la misma borda.
—Me alegro de veros recuperado, John. Habría sido una lástima perder a un capitán como vos.
—Y yo de poder seguir a vuestro servicio, señor —respondió. Y lo decía en serio, sin ánimo de adular.
Un cañonazo rompió la calma de la mañana. Un disparo sin efecto, pues los buques se hallaban fuera de alcance de la fortaleza.
—Un buen incordio ese castillo de Cascaes —dijo el almirante.
—¿No habéis tratado de asaltarlo?
Sir Francis movió la cabeza. Vestía un jubón ligero, abierto por el pecho, y se abanicaba el rostro con la mano. A pesar de la brisa, el calor no cedía.
—Sin éxito: tiene los muros gruesos y elevados, abundante artillería y una guarnición determinada a resistir. Pero, por Dios, habrá que continuar intentándolo. Necesitamos hacer aguada con tranquilidad. No quiero más apestados en los barcos.
—¿Cuáles son los planes, señor?
Drake aspiró con fuerza, extendió el brazo derecho y lo movió en abanico. Los navíos de la Contra Armada se extendían más de una milla a uno y otro lado del Revenge, formando una media luna en cuyo centro, como una araña en su tela, estaban ellos.
—Por lo pronto, permanecer aquí y cazar cuanto mercante se nos ponga a tiro. Ya hemos hecho veintinueve presas. —Drake señaló un grupo de buques fondeados en el centro del arco—. Sus repletas bodegas están llenando las nuestras.
Pese al tono animado, Trenton le notaba una cierta apatía, como si el entusiasmo que siempre impulsaba sus empresas se hubiera enfriado.
—¿No forzaremos la entrada?
Drake alzó la frente con presteza y le clavó una mirada viva. Pero el brillo se apagó enseguida.
—Debemos ser precavidos. El Austria podría mandar contra nosotros una armada desde el golfo de Cádiz. Por eso mantengo escuadras a la vela, para hacer descubierta y prevenir sorpresas.
—Entiendo —mintió Trenton. En realidad no comprendía nada: ni la pasividad del Dragón del Mar, ni la permanencia en Cascaes ni aquel despliegue en media luna, más defensivo que ofensivo, como si aquella inmensa armada tuviese algo que temer. Prefirió cambiar de tema—: ¿Cómo se comporta mi Fortune?
—¡Ah! Ese segundo vuestro promete.
—Hugh Hardinge.
—Tiene madera. Y os estima: os visitó dos veces cuando estabais inconsciente. También vuestro hermano, aunque no tuve oportunidad de saludarlo.
—Michael… —dijo con voz apagada. Hablar mucho lo agotaba—. ¿Y el Relief?
—No es el mejor buque de la flota, pero tampoco tengo queja de él.
En ese momento se les acercó el señor Oseley.
—Dos navíos enemigos nos acechan desde hace horas, señor —dijo el asistente.
—¿Desde San Julián?
—No. Por el lado del mar. —Oseley señalaba el extremo occidental de la formación, donde se adivinaban, sobre el azul bruñido del océano, los referidos barcos.
—Nos observan desde barlovento. —El almirante se acariciaba la descuidada barba—. Bien, habrá que estorbarlos. ¿A quién tenemos en esa posición? No me lo digáis: al pequeño Norris.
—A William Fenner.
Drake tosió. No le gustaba equivocarse.
—¿Cuáles son sus navíos más ligeros?
—Tendría que consultarlo, señor.
Sir Francis y su asistente desaparecieron en la penumbra del alcázar. Trenton permaneció arriba, contemplando los dos puntos blancos que flotaban en el horizonte. De pronto, pensó de nuevo en su hermano. Casi lo había olvidado. ¿Cómo soportaría la campaña?
El escaso oleaje golpeaba con mansedumbre el casco del Relief.
El atardecer comenzaba a disipar el calor de junio y Michael Gardiner, con la panza llena tras una cena abundante, se encaminó a la cámara de popa.
Antes de entrar, repasó con rapidez su atuendo y se relamió los labios.
Dentro lo aguardaba uno de los placeres con que la vida, a veces, bendice al hombre.
La mestiza tenía un ojo y parte del pómulo amoratados, los brazos llenos de cardenales y unos finos grilletes en las muñecas. Al oír la puerta alzó el rostro.
—¿Dónde está Isabel? —preguntó—. ¿Por qué no regresa?
Michael, satisfecho consigo mismo y con el rumbo de los acontecimientos, no tuvo inconveniente en responderle:
—Tu amiguita va camino de Lisboa, ni más ni menos que en compañía del rey de Portugal. No te preocupes por ella: seguro que está bien atendida —soltó una carcajada áspera.
—¿Nosotros no vamos a Lisboa?
—Nosotros tenemos otras ocupaciones. ¿No estás a gusto aquí, mestiza? Qué desagradecida —añadió con fingida aflicción—. Pero no te apures, ya sabes que cuido de ti con mucho gusto.
—No necesito tus cuidados —replicó ella con desprecio. Y, para que no quedara duda, le lanzó un salivazo que fue a darle junto a la nariz.
Michael se limpió con la manga de la camisa y cabeceó en silencio.
La sonrisa desapareció: el tiempo de las bromas se había terminado.
Examinó las formas de la mujer, que ni la ropa alcanzaba a ocultar, y el deseo lo inflamó al instante.
Por más veces que lo hubiera saciado, siempre volvía, impositivo, vehemente, reclamando su tributo.
—Túmbate en la cama —ordenó con voz ronca.
—No quiero.
—Creí que ya conocías las normas.
—No me gustan tus normas.
Yabama alzó la barbilla sin mostrar temor.
—Tendré que esmerarme en enseñártelas —sentenció él. La agarró del brazo con brusquedad y la arrojó sobre el lecho. Ella se revolvió y le soltó una patada certera en la espinilla—. ¡Ahora verás, zorra!
Yabama, ágil pese a los grilletes, rodó, se incorporó al otro lado del catre y buscó distancia. Michael lo rodeó, dispuesto a atraparla, pero ella saltó por encima del lecho y volvió a escurrirse.
—Estate quieta.
—Cógeme —lo retó. Yabama hablaba un inglés bastardo, aprendido en las cubiertas de los barcos y en las tabernas de los puertos.
Michael abrió los brazos para cercarla. Aunque el espacio era angosto, la mujer lo esquivó varias veces, hasta que logró atraparla y tumbarla sobre el lecho. Ella respondió con puntapiés y mordiscos.
—Diablo de mujer —gruñó él. Y, de improviso, le asestó un puñetazo en el rostro, justo sobre el pómulo amoratado. La fuerza del golpe la dejó tendida, inconsciente. Michael se irguió, resollando, y la observó con las trencillas desparramadas sobre la cobija.
—Tú lo has querido —murmuró.