La derrota del dragón XXV #2
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XXV #2

Rota la sorpresa, comenzaron los disparos. Los infantes envainaron las dagas y echaron mano de espadas o arcabuces. Un alboroto siniestro llenó la noche: gritos, órdenes confusas, el estampido de la pólvora, el brillo del acero.

Jaque disparó la primera pistola en plena cara a un hombre que le salió al paso. No esperó a ver el resultado. Enfundó el arma, desenvainó el sable, tajó a otro tan desorientado como el anterior y siguió adelante, con la mirada clavada en la mancha blanca de la alquería.

A su alrededor, el caos: un torbellino de siluetas claras, fogonazos, gritos de agonía, aullidos, voces ininteligibles, el repiqueteo de cascos y el estrépito de la batalla.

«¡Santiago y cierra, España!», clamaban mientras ejecutaban, con fría eficacia, la carnicería. El único cuidado era no verse rodeados.

El ataque relámpago había transformado el campamento inglés en un avispero de hombres que buscaban a tientas su ropa, sus armas; soldados medio dormidos corrían como sombras errantes bajo la luna, tropezando con los vientos, atropellándose entre sí, al son ensordecedor de los tiros, entre alaridos y llamadas desesperadas de los oficiales.

Algunas escuadras inglesas, mejor entrenadas, lograron formar pequeños núcleos de resistencia, pero siempre dejaban un flanco abierto, una rendija por donde colarse.

Otros, en la confusión, disparaban sobre sus propios compañeros.

En algún lugar cercano, una corneta trataba de hacerse oír sobre el clamor de la lucha y los lamentos de los heridos.

El escuadrón cargaba sin encontrar oposición organizada. Disparadas las cargas de las pistolas, con sus sables o jinetas atropellaban tiendas, derribaban pilas de armas y ensartaban enemigos. Los ingleses eran numerosos, pero la sorpresa y el miedo los deshacían.

Jaque detuvo al caballo para orientarse.

Parte de sus hombres se había dispersado.

A los que aún seguían con él les indicó un punto detrás de la alquería y, sin aguardar respuesta, picó espuelas y se lanzó a galope tendido.

El viento le zumbaba en los oídos, cada tranco del caballo retumbaba como un tambor, con un ritmo tan rápido y uniforme que parecía un solo sonido.

Esquivaba los obstáculos con apenas un gesto de muñeca.

La sensación de galopar a rienda suelta, la noche, la exaltación del combate, la sangre hirviendo en las venas, lo absorbían y le hacían olvidar todo cuidado.

La mancha de la alquería quedó a un lado.

Al llegar junto a la impedimenta, distinguió una sucesión de fogonazos.

Una bala le zumbó muy cerca de la cabeza.

Algunos escopeteros enemigos disparaban desde el brocal de un pozo.

Jaque y los suyos se lanzaron contra ellos.

Más destellos, cada vez más cercanos. Sin tiempo para recargar, los ingleses soltaron las armas y echaron a correr.

Jaque, sable en mano, alcanzó a uno y le rebanó medio pescuezo con un tajo limpio.

Dio un grito de furia, o de júbilo, y detuvo su montura con un tirón violento.

—¡Cuidado! —gritó Nogales.

Tras un carro surgió un piquero con el arma en ristre, apenas una sombra en la que destacaban el brillo de la coraza y la palidez del rostro.

El caballo de Jaque, asustado, relinchó, se alzó de manos y casi lo descabalgó.

Pero el alférez logró dominarlo con energía, girarlo y esquivar la moharra.

Con un rápido gesto, se pasó el sable a la mano de la rienda, desenfundó la segunda pistola y disparó sin apuntar.

El piquero cayó sin un quejido. Jaque soltó una bocanada de aire, se había librado por poco, y dio unas palmadas en el cuello de su montura.

—Tranquilo, amigo, tranquilo —murmuró. El animal piafaba, cubierto de sudor.

Algunos de sus hombres habían irrumpido en el corral de las bestias y las alanceaban o las espantaban, mientras otros ya habían prendido las antorchas y puesto fuego a una carreta cargada con barricas de pólvora.

Más allá, el repliegue de la infantería se perfilaba en la penumbra.

El campamento inglés quedaba sumido en el más absoluto desorden, un desorden que había cundido incluso entre la oficialidad, incapaz de organizar una respuesta.

Sus soldados, sin gobierno, huían o se defendían a duras penas y la disciplina se disolvía al paso del miedo.

Al frente, en la ladera por la que habían bajado, aguardaba el resto de la caballería para cubrir la retirada. En el cielo de levante, una claridad lechosa rivalizaba apenas con la luna.

—Salgamos antes de que esto salte por los aires —dijo Nogales.

—Vámonos —ordenó Jaque.

2

Lisboa

Mientras aguardaba a que los hombres terminasen de cargar la carreta, Rafael Reigosa se frotaba las manos. La mañana, ya tibia, auguraba otro día bochornoso.

Las noticias que le llegaban lo complacían a medias.

El ejército del rey, tras desembarcar en Peniche, había avanzado por tierra sin apenas resistencia y se encontraba ya en el campo de Alvalade, a tiro de piedra de Lisboa.

Pero, comerciante al fin, sabía que nada estaba ganado hasta que don Antonio cruzase las murallas.

Y estas, por desgracia, estaban más y mejor guarnecidas de lo que habría deseado.

El archiduque —ese hombrecillo que vivía a la sombra de su poderoso tío— había ordenado al conde de Fuentes recoger todas las tropas dentro de la ciudad y aprestarse a su defensa.

Las compañías de tercios, ayudadas por soldados portugueses, recorrían los barrios para evitar tumultos, custodiaban adarves y torreones, condenaban puertas y apostaban cañones en cada bocacalle que miraba al Tajo, el flanco más débil.

Por eso a Reigosa le urgía acelerar sus preparativos, poner en marcha su astucia y confirmar que no flaqueasen a última hora las voluntades de los involucrados.

—Listo, don Rafael. —La voz bronca del cojo Maciel lo sacó de sus cavilaciones—. Las herramientas ya están en el carro.

—Debes entregarlas según las instrucciones que te he dado.

—Lo sé. Al señor abad, o a fray Angélico.

—A ningún otro.

Maciel asintió con una sonrisa de suficiencia que solía anunciar algún desaguisado. El muchacho, en cambio, parecía más despierto.

—Y del asunto de la puerta, ¿has hablado con el capitán Sousa?

—Hablado y confirmado, tal y como me dijisteis —dijo Maciel—. Buena bolsa se va a llevar ese hombre.

—Hay que recompensar bien los servicios, Bruno. En especial, cuando pueden valer un reino.

—¿Y los míos no?

La pregunta, lanzada sin pensar, incomodó al comerciante.

—¿Te podrás quejar de mí, cencerro? ¿Acaso no has hecho tu agosto con ese carro?

Una fortuna le habrás sacado, para que ya me lo hayas pagado.

—Maciel agachó las orejas como el podenco que ha perdido la presa—.

¿Y qué recibo yo a cambio sino quejas? El único favor que te pedí ¿en qué ha quedado?

Me dijiste que era cosa hecha el matrimonio de mi sobrino…

y tu hija acaba casada con un soldado. Español, para más escarnio.

—¿Cómo iba yo a saber que andaba en tratos con ese alférez? —se defendió el hombre.

—¡Cómo, cómo! Tú eres su padre, ¿no? Si uno se compromete, es porque puede cumplir.

El señor Reigosa, que se había ido calentando con cada frase, cerró la boca con una dentellada seca.

—Mi hermana tiene carácter —dijo de pronto Mateo—. No es fácil torcerle la voluntad.

Don Rafael ignoró el comentario. ¿A quién trataba de defender el zagal, al padre o a la hermana?

—Anda, Bruno, no me hagas enojar, que lo último que necesito ahora es un sofoco —dijo con más calma, al divisar por la esquina la figura del señor Díaz Lobo—. Lleva esas herramientas al convento. Y no me falles.

La judería vieja era incómoda de transitar, mas pronto rebasaron la maraña de callejuelas y comenzaron a subir hacia el barrio alto, donde, pegado a la muralla, se hallaba el convento de la Trinidad.

Maciel detuvo el carro frente a una puerta lateral enrejada, a través de cuyos barrotes se veía el amplio huerto trasero.

Mateo bajó de un salto, descorrió el cerrojo y abrió la verja.

Un camino de tierra apisonada conducía hacia un pequeño almacén situado al fondo.

Dos frailes, con los hábitos remangados, echaban estiércol al pie de unos frutales.

—¿Habéis cerrado la puerta? —preguntó el más joven, estirado como una caña, al tiempo que se secaba el sudor de la frente con la manga.

—Sí, señor —respondió Mateo.

—Busco al abad —dijo Maciel.

Pero el abad no se hallaba allí, sino en la biblioteca, ocupado en el retoque de unos códices antiguos. Tampoco fray Angélico, que lo asistía en la tarea.

—¿Y no podrían vuesas mercedes hacerles llegar el aviso? —insistió Maciel—. Traigo un encargo para ellos, de parte de mi señor.

—No antes de la hora sexta —respondió el otro, más viejo, más cansado y de peor humor.

Maciel alzó la vista al cielo. Al sol le faltaba un trecho para alcanzar el cénit, pero él tenía que hacer otro viaje.

—Podéis dejar con nosotros el porte —se ofreció el fraile joven, al notar su apuro.

El muchacho parecía servicial, y Maciel no se lo pensó demasiado. Al fin y al cabo, se trataba sólo de herramientas.

—Os quedaré muy agradecido. Van una docena de picos y palas, y otras tantas barrenas.

El fraile viejo alzó una ceja. El joven, en cambio, echó una mano con la descarga y en un santiamén habían terminado.

—¿Cuánto se importa? —preguntó luego.

—Nada —repuso Maciel. Y le dio la vuelta al carro, mientras su hijo echaba a andar hacia la verja.

De nuevo en camino, salieron por el postigo de la Trinidad y tomaron la ruta de Alcántara, donde dos familias los habían contratado para trasladar sus bienes intramuros. Por el camino, se cruzaron con varios piquetes de caballería que patrullaban las calles.

—Esta ciudad está llena de charlatanes y de gente sin cojones, hijo —bufó Maciel.

—¿A qué os referís?