La derrota del dragón XXV
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Loures

Con el enemigo en Loures, mandó el virrey recogerse dentro de Lisboa a los religiosos de los alrededores, pues la capital del imperio portugués había crecido tanto en el último siglo que sus barrios desbordaban con mucho las murallas.

La entrada en procesión de frailes y monjas, con las cruces en alto y los hatos a cuestas, despertaba compasión e inquietud entre los vecinos.

También ordenó meter en la ciudad los grandes acopios de trigo, cebada, centeno, harina y bizcocho que se hallaban en los almacenes extramuros, en los molinos y en las casas de los bizcocheros.

Al igual que ocurriera semanas antes en La Coruña, no se había tomado la precaución de comenzar antes el traslado, y la operación resultaba compleja por demás: no había hombres ni medios suficientes.

Como solución, se dio permiso a la gente más necesitada para que ayudara con el acarreo a cambio de quedarse con la mitad.

Mas, pese a la popular medida, pronto se hizo patente que no había tiempo ni modo de meterlo todo dentro de la ciudad, ni almacenes suficientes que lo acogieran, por lo que se resolvió prender fuego al sobrante para evitar que sirviese de sustento al enemigo.

Impresionaba ver arder tal cantidad de provisión. Aparte de la pérdida de los granos acopiados con tanto trabajo y durante tanto tiempo, las columnas de humo eran un recordatorio permanente de que la guerra estaba a las mismas puertas de la ciudad.

Cada vez más vecinos se decidían a abandonar Lisboa en dirección a Évora, Estremoz y Elvas, lo que encareció todavía más los precios del transporte.

La avidez de arrieros y barqueros llegó al extremo de pedir la escandalosa cifra de mil reales por una simple bestia, no se diga por un carro o una barca.

Para frenar el abuso, el archiduque ordenó apresar a quienes elevasen los precios de manera tan desaforada; pero, donde hay necesidad y gente dispuesta a pagar, siempre se encuentran formas de burlar la ley.

El grueso de las fuerzas defensoras —poco más de cuatro mil hombres— se situó en el arroyo de Alcántara, entre Lisboa y Belém, desde donde podría responder a las dos amenazas: el ejército de Norris, que se acercaba por el norte, y la armada de Drake, desplegada en la bahía de Cascaes.

Las noticias sobre falta de artillería de sitio en el ejército inglés convencieron al conde de Fuentes de que Drake intentaría forzar la entrada de la embocadura y atacaría Lisboa desde el estuario. O aún peor: que el Prior podría haber concertado alguna traición dentro de la ciudad.

Una posibilidad nada descabellada, pues sus agitadores habían hecho correr el rumor de que don Antonio entraría en la ciudad el día del Corpus Christi, primero de junio.

Por ello, la víspera por la tarde, el virrey visitó el campamento en compañía de un buen número de nobles y fidalgos portugueses con los que presidió un vistoso alarde que insufló ánimos a los soldados.

El conde de Fuentes, en todo caso, no pensaba estarse quieto. Con información precisa sobre la disposición del campamento inglés y sus puestos de vigilancia, ordenó un ataque sorpresa con varias compañías de arcabuceros y caballería ligera.

Al caer la noche, en una nava tras unos cerros, los hombres elegidos para dar el santiago revisaron el armamento y la munición, y se prepararon para echar un breve sueño antes de entrar en acción.

El alférez Jaque no pudo pegar ojo. Tumbado junto a varios compañeros que dormían con la facilidad de niños, contemplaba cómo la luna llena se alzaba sobre las crestas, cada vez más blanca y brillante, mientras pensaba en su inopinada y súbita condición de hombre casado.

Inopinada, porque hacía apenas unas semanas jamás habría creído posible que él, Rodrigo Jaque Manzanares, fuera a desposarse tan lejos de su tierra; súbita, porque, tras la ceremonia, apenas le había quedado tiempo para presentarse en la morada de los Queiroz, soportar los reproches velados de Filipe y Natalia, alojar a Branca en uno de los mesones donde se albergaban las esposas de los soldados y despedirla con un beso y un abrazo con sabor a promesa.

Todo había sucedido con tal precipitación que ni siquiera habían podido aclarar su situación.

Aunque Branca se mostró contenta y sonriente durante la ceremonia, y firme como una roca al comunicar el enlace a sus tíos, luego adoptó una actitud tímida y azorada que lo inquietó.

Jaque no sabía hasta qué punto ella empeñaba sus sentimientos o lo consideraba un mero trámite para sacudirse al sobrino de Reigosa; si su alegría era simple gratitud por haberla librado de una situación comprometida o una verdadera muestra de afecto.

Recordaba con claridad su promesa de no imponerle ni exigirle obligación alguna que ella no deseara cumplir.

Y no se arrepentía de haberla hecho. Pero, pasada la agitación del momento, no podía quitarse de encima la comezón de la duda.

En todo caso, pronto entrarían en combate y quién sabe si los albures de la guerra la convertirían en viuda antes de haber estado efectivamente casada.

La voz del capitán Alarcón llamando al arma lo sacó de sus cavilaciones y le dio la medida de cuán deprisa había transcurrido el tiempo.

Se levantó, buscó su caballo y se reunió con su compañía.

En el controlado ajetreo del campamento, cada cual sabía qué hacer.

Los soldados charlaban en voz queda, apretaban los arreos, enarbolaban lanzas, prendían mechas, ajustaban las corazas, y sobre ellos se colocaban camisas claras, su distintivo en la acción.

Los capitanes agruparon a los suyos, destacaron una avanzadilla, impartieron las últimas órdenes y se pusieron en marcha.

La columna traspuso un collado, descendió la umbría y siguió una vereda de herradura que serpenteaba entre cerros bajos cubiertos de encinas y matorral.

Las compañías de Juan Torres y Francisco Malo marchaban en el centro, y la caballería de Sancho Bravo y Gaspar de Alarcón en los flancos.

El rumor de pasos, cascos, cuero y herrajes apagaba los sonidos de la noche.

La polvareda apenas se distinguía y la luna, pasado el cénit de su camino, hacía brillar las camisas.

Ladraban perros en alguna hacienda; los arroyos, hinchados por las últimas lluvias, murmuraban con fuerza.

El alférez Jaque, junto a su abanderado, sujetaba con fuerza la rienda de su caballo, que cabeceaba nervioso. Sentía el frescor de la madrugada, la excitación de la aventura. Al alcanzar la crestería de unos cerros, la marcha se detuvo.

Agachados, los oficiales se acercaron a la cima para observar el amplio campamento enemigo, que se extendía sobre un pastizal salteado de pinos y brezo.

Dentro de su perímetro se distinguían cientos de tiendas mal alineadas, agrupadas en secciones irregulares, sombrajos, casas de labranza y cercos de piedra o tapial.

Meterse en pleno centro de aquella posición sería suicida, por lo que los capitanes eligieron un regimiento asentado en torno a una alquería, un poco apartado del resto.

Atacarían haciendo todo el daño posible y se retirarían antes de que los ingleses pudieran reaccionar.

Como era costumbre, la infantería iría delante, mientras que la caballería quedaría en retaguardia para cubrir el repliegue.

Sin embargo, la impedimenta y la pólvora del regimiento se hallaban al otro lado del objetivo, y para destruirlas haría falta un escuadrón de caballería.

Tres se ofrecieron a hacerlo. El capitán Sancho Bravo, la barba recia y el chapeo calado, cortó una rama en tres trozos, los encerró en la palma de la mano y los ofreció a los voluntarios.

—Vuesas mercedes, escojan —dijo con voz amable.

El alférez Jaque sacó el trozo más largo.

—Don Rodrigo, el honor será vuestro —remachó Sancho Bravo—, con el permiso de don Gaspar, por supuesto.

Don Gaspar de Alarcón asintió y le pidió a Jaque que escogiera a veinte hombres.

Acabada la rápida junta, las cuatro compañías se desplazaron por la ladera y se desplegaron sin hacer ruido.

Las bestias piafaban y tascaban los bocados.

Sancho Bravo, en el centro de la línea, dio la orden de avanzar, y la infantería comenzó a descender a paso ligero.

Jaque, tras reunir a sus hombres y encargar a dos de ellos que cogieran las antorchas embreadas, comprobó por última vez la cincha y las dos pistolas del arzón, y montó sobre la silla forrada en piel de borrego.

—Adelante —ordenó. Y apretó las rodillas contra el flanco del caballo, que arrancó en un trote corto.

Avanzaban en el extremo derecho del despliegue, por detrás de los infantes.

Desde su altura, Jaque los veía serpentear como sombras furtivas entre los matorrales.

Más allá, limitando el campamento, se divisaba la zanja protectora, sin talud y poco profunda.

Y al fondo, el edificio de una alquería, tras la cual se encontraban los carros de la impedimenta.

Los primeros hombres rompieron el silencio al alcanzar el puesto de guardia.

Dando vivas por el rey don Antonio y por Portugal, despistaron a los centinelas, los degollaron y penetraron en el campamento.

Abierta la veda, las demás compañías siguieron la estela como un vendaval de muerte, irrumpiendo entre tiendas, acuchillando sin piedad a hombres dormidos o aún aturdidos, tajando a soldados medio vestidos, sorprendidos en el instante de armarse.

Jaque espoleó su montura, saltó la trinchera y se lanzó hacia el objetivo.

A su derecha, cabalgaba Facundo Nogales.

Más allá, Germán de Guareña. Detrás oía el galope entrecortado del resto de su escuadrón.

Con el movimiento, el alférez sentía el peso del peto y del espaldar, que no cesaban de golpetear, pese a las correas.