XXIV #7
Al filo del ocaso, el ejército abandonó al fin el terreno quebrado por donde había transitado y desembocó en un amplio llano donde se ordenó establecer el real.
Habían recorrido en una sola jornada siete leguas.
Casi había oscurecido cuando se repartieron unas gachas tan pobres que, en comparación con la comida de la coronación, apenas alcanzó la categoría de tentempié.
La luna, llena, se alzó sobre las suaves lomas que, al este, señalaban el cauce del Tajo.
Después de cenar, Duarte fue a enjuagarse brazos y rostro a un regajo de buen caudal que bordeaba el campamento.
Vio que unas lavanderas habían improvisado un baño con cuatro estacas y una lona, y se apresuró a comunicar el hallazgo a Isabel, con quien no había cruzado palabra en toda la tarde.
La halló tumbada en su jergón, con la escudilla de gachas intacta.
—¿No coméis? —Como no recibió respuesta, pasó a explicarle lo que había visto hacer a las lavanderas. Ella lo miró con extrañeza, asintió y se levantó con gran esfuerzo: el deseo de limpiarse pesaba más que el cansancio.
—Allí es —señaló él, cerca del lugar.
—Gracias —dijo Isabel. Y se alejó. Una luz residual iluminaba la tierra.
La cercanía de Lisboa —apenas dos leguas— obligaba a reforzar la seguridad con abundancia de guardias y retenes, que habrían de restar horas de descanso a casi todos.
Geraldo Henriques, tras dar a sus cabos las instrucciones a este respecto, se allegó con el sargento Mendes a la hoguera donde descansaba la escuadra de Hernandes y abordó a Duarte sin palabra introductoria, echándole en cara el haber abandonado su puesto durante el ataque de la caballería española.
—¿Qué tenéis que decir? —le reclamó.
—Tenía sed y me acerqué a buscar una bota de agua —mintió. No tenía intención de meter a Isabel por medio—. ¿Quién iba a imaginar que el enemigo atacaría en ese momento?
—Abandonar el puesto es una falta grave.
—Desde que salimos de Peniche he marchado junto a mis compañeros.
—Eso no os exime, soldado —lo reprendió Geraldo—. Haréis guardia doblada toda la semana, y además…
Geraldo calló en medio de la reprimenda. Alargó de pronto la mano, hizo presa en la barbilla de Duarte y trató de girarla hacia la hoguera. Este lo apartó de un manotazo.
—A mí nadie me mesa las barbas, por muy capitán que sea.
Pero Geraldo lo miraba fijamente. Aquella tarde, tras lavarse, Duarte se había recogido el cabello en una coleta, dejando más visible su rostro, y maldijo en voz baja su descuido.
—¿No os gusta mi cara? —le dijo, provocativo.
Habían elevado tanto el tono que todos los hombres de la escuadra se volvieron hacia ellos y los contemplaron expectantes. El sargento Mendes, que se había sentado sobre la hierba, se puso de pie con los brazos en jarras. Hernandes lo imitó.
—Mal rayo me parta si no sois el maldito…
—Geraldo dio un paso atrás para contemplarlo a placer.
El rostro se le tornó blanco, luego rojo, los ojos amenazaban con salírsele de las órbitas—.
¡Ah!, que engañado me habéis tenido, Duarte Salazar.
—El nombre lo soltó como se escupe una flema.
Y se llevó la mano a la vaina, empujó con el pulgar los lazos de la empuñadura y enseñó el acero.
—El mismo que viste y calza, señor Henriques. ¿Qué vais a hacer?
—Atravesaros con mi espada. Felón, traidor, homiciano.
—¿Lo prendemos, señor? —preguntó Mendes.
El capitán no respondió. Ya tenía el terciado desenvainado. Duarte retrocedió un paso y sacó el suyo, pero lo mantuvo rendido.
—No lucharé con vos, capitán.
—¡Defiéndete, bastardo!
Geraldo se puso en guardia, alzó el terciado y lanzó un puntazo asesino, que Duarte desvió con un quite simple. Abatió de nuevo la hoja.
—¡Combate! —gritó Geraldo, que amagó por la derecha y atajó hacia la izquierda. Duarte volvió a desviar el golpe con otro movimiento de muñeca aún más contenido.
Geraldo, humillado por la pasividad de su rival, giró despacio en torno a él. Pese al rumor del campamento, el entrechocar de las hojas se oía con nitidez.
—Señor, no sigáis, no os ensuciéis con este asunto. —Mendes se le aproximó con la mano extendida—. Los duelos en campaña están prohibidos bajo pena de muerte.
La pelea los había acercado a la hoguera. Geraldo continuaba con la espada horizontal y la mirada inflamada de rencor. Las llamas, más que reflejarse en sus ojos, parecían brotar de ellos.
Isabel, que regresaba de bañarse, dio un grito y se asustó.
—Mataste a mi padre —dijo el capitán.
—En defensa propia —replicó Duarte—. La justicia ordinaria me absolvió, pero he pagado cara la culpa.
La palabra «culpa» encendió todavía más a Geraldo.
—La justicia del Austria… —dijo con desprecio. Y dirigiéndose al resto de la escuadra, añadió—: En Terceira combatió en sus filas. ¡Es un traidor!
El cabo Hernandes, resuelto a intervenir, dio unos pasos y se interpuso entre ambos.
—Capitán Henriques —comenzó—. Cualquier falta pasada fue dispensada al jurar lealtad al rey don Antonio. Vos mismo fuisteis testigo, y recibisteis el juramento. Si él es traidor, también lo soy yo. Todos nosotros. ¿Eso queréis decir?
La voz del cabo, dura como la piedra, abriose paso en la cabeza de Geraldo, que al fin bajó la espada a media asta.
—Pero…
—El perdón real es sagrado. ¿O tan poco vale la palabra de vuestro rey? —insistió Hernandes, que no tenía intención de darle tregua para que buscara otro argumento —. ¿Insinuáis que promete lo que no piensa cumplir? Decidlo, si así fuera. Todos queremos saberlo, y reclamarle cuentas en persona.
Mendes, que nunca había visto con buenos ojos a aquella escuadra, percibió el riesgo y, posando la mano en el hombro de su capitán, le aconsejó:
—Señor, es cierto lo que dice el cabo. Guardad el acero y aplazad el asunto. Cuando entremos en Lisboa, ya habrá tiempo de revisarlo y hacer verdadera justicia.
Geraldo se dejó apartar a regañadientes, pero al punto se revolvió y señaló a los hombres.
—Putos renegados, os haré sudar sangre —les espetó con la voz ronca, escupiendo gotas de saliva—. Y tú, Salazar del diablo, guárdate de mí, porque este asunto no ha terminado. Ni mucho menos.
Hasta que no se perdió entre las sombras del campamento, no se dio cuenta Duarte de que aún tenía la espada en la mano.
La envainó con una risa nerviosa. Sus compañeros, sentados en torno a la hoguera, lo observaban en silencio, sin mostrarle ni rechazo ni simpatía.
Sólo Hernandes le transmitió, con un guiño, su apoyo.
A sus espaldas, unos pasos ligeros le indicaron que Isabel corría hacia su yacija.