XXIV #6
—Y a las de Matías de Alburquerque —añadió Bazán—: su alteza el archiduque ha decidido formar una armadilla con algunas naves mancas que se han podido reunir en el mar de la Paja y ha nombrado por capitán mayor dellas a este fidalgo portugués, con fama de hombre de mar.
—Todo suma.
—Ah, señor del Puerto, no quiero alardes de valor ni gestos heroicos —advirtió Bazán—. Vuestra misión es traer noticias, no cadáveres.
Aunque aquellas palabras daban por finalizada la entrevista, Gabriel no se movió de su sitio, y carraspeó suavemente para llamar la atención del almirante.
—¿Algo más?
—Se trata de la licencia comercial de la que en su día os hablé, excelencia. Sé que no es el mejor momento, mas el asunto importa a mi familia y conviene no dejarlo caer en el olvido.
La sala donde se hallaban era amplia y un tanto austera. Tosió don Alonso y negó con la cabeza.
—No lo es, en efecto, pero no en el sentido que imagináis. Y me temo no poder ayudaros.
—No os sigo, excelencia. Tal vez el proveedor Duarte…
Don Alonso esbozó una sonrisa bajo el espeso bigote. No esperaba menos insistencia de aquel hombre.
—Ni yo, ni el proveedor Duarte, ni siquiera el conde de Fuentes.
Si el ataque inglés se hubiese dirigido contra otro objetivo, aún podríamos haberos echado un cable.
Pero en estas circunstancias, el reino depende del apoyo de los nobles y ricohombres portugueses, siempre celosos de su independencia.
Una vez pasado el peligro —si es que pasa—, querrán blindar sus privilegios.
Y permitir que una familia castellana obtenga licencia para comerciar con las Indias Orientales se me antoja, si no imposible, sí muy difícil.
Gabriel le agradeció la sinceridad y salió del despacho y del palacete en compañía del señor Soutomaior. La entrevista había ido mejor de lo esperado. En cuanto a la licencia comercial, cuando una puerta se cerraba, solían abrirse otras. Pensaba, por supuesto, en la gratitud de su acompañante.
4
Camino de Loures
Tras la coronación del Prior do Crato, el ejército, con su bagaje e impedimenta, reemprendió la marcha hacia Lisboa.
El terreno arrugado, salpicado de cerros y collados, campos de cultivo y pastizales, con alcornocales y manchas de bosque espeso, no resultaba cómodo para los hombres.
Tampoco ayudaban los caminos y cañadas, a menudo estrechos y mal conservados, ni los abundantes ríos y regatos, encajonados y sin puentes, que apenas permitían el paso de las carretas.
La columna, larga y polvorienta, levantaba una nube densa que se metía en los pulmones, hacía toser a hombres y bestias y delataba su posición a leguas. En los llanos se engrosaba, en las vaguadas se alargaba y se cortaba en los pasos angostos.
El sol, tan esquivo en Galicia, apretaba ahora con ganas.
El sudor corría a raudales y agotaba a una tropa poco acostumbrada al calor.
Sobraban las corazas, los morriones, las cueras y hasta los jubones; las mochilas y armas parecían haber doblado su peso.
Las charlas animadas de la mañana se extinguían con el paso de las horas, el ánimo se volvía taciturno, el ingenio se apagaba y las fuerzas se reservaban para seguir el paso vivo que imponía la vanguardia.
A mediodía hicieron un breve alto en Enxara dos Cavaleiros.
Para ganar voluntades y hacerse gratos al pueblo, el general Norris y sus capitanes ordenaron tratar con cortesía a los lugareños, pagar cuanto se tomara y evitar atropellos, en especial en las iglesias.
Para borrar la imagen de hueste anglicana, la columna iba precedida por una cruz de gran tamaño y una imagen de Nuestra Señora.
Sin embargo, lejos de sumarse al paso del rey don Antonio y alzarse contra el usurpador Felipe, las aldeas y villas que hallaban en su camino aparecían vacías, con los mesones cerrados y las puertas atrancadas. El Prior no salía de su asombro.
Durante los nueve años de exilio se había afirmado en su ánimo la idea —alentada por las numerosas cartas de sus partidarios— de que el pueblo, ansioso por su regreso, se alzaría espontáneamente a su paso.
Que nobles y fidalgos aportarían sus mesnadas, los alcaides rendirían las fortalezas, los regidores entregarían las villas y que mercaderes, ricohombres y terratenientes contribuirían al esfuerzo bélico con víveres, grano, acémilas y carruajes.
Nada de aquello estaba ocurriendo. Y sin el apoyo popular, todo el proyecto corría peligro.
Aun así, el rey tenía una confianza ciega en que los días subsiguientes traerían una avalancha de adhesiones.
Entre tanto, para no desanimar a los ingleses ni perder el prestigio entre ellos, empezó a ennoblecer con palabras a cuantos venían a su encuentro: al hidalgo lo llamaba conde, al artesano lo hacía hidalgo, al pechero lo nombraba señor.
Y al hacerlo, les hablaba con amorosas palabras, asegurándoles que premiaba así su valor por ser los primeros en rendirle vasallaje.
Viendo lo duro de la jornada, Duarte trató con un carretero para que Isabel pudiera continuar subida sobre la carga.
Luego la buscó y la halló a la entrada de la villa, bajo la sombra generosa de unos olmos, descansando junto a otras mujeres, cocineras, cautivas o prostitutas. Se acercó y le pidió que lo acompañara.
—¿A dónde queréis llevarme esta vez, señor soldado? —Pese a las ácidas palabras, Isabel se encontraba tan fatigada que lo siguió sin resistencia.
—He conseguido un lugar en un carro, para que el camino no se os haga tan penoso —le explicó mientras caminaban.
Los soldados, apoyados en las fachadas o sentados en las losas, con las armas apiladas sin orden, la festejaron con silbidos y piropos, algunos tan groseros que habría preferido no entenderlos.
En una era, junto al pueblo, aguardaba la caravana del bagaje.
Duarte se detuvo ante un carro de un solo eje, con batea de tablones bastos, costillas verticales unidas por teleras y una lanza cuadrada de la que tiraban dos mulas castañas.
El carretero, un mozo de ojos azules y mirada huidiza, olía a cuadra.
—Cuidad de ella —dijo Duarte, mientras le entregaba el pago acordado.
—Así lo haré, señor soldado —respondió el hombre—. ¿Deseáis subiros ya, señora?
Isabel negó con la cabeza. La mirada del arriero no le había gustado.
—Esta carreta marcha en el centro de la columna —le indicó Duarte—. Yo iré más adelante, con la compañía del capitán Henriques.
—Prefiero teneros cerca, señor Pinto.
Se sorprendió Duarte. Aquella réplica, tras tantos desplantes, resultaba una grata novedad. Algo empezaba a resquebrajarse en la coraza con que se protegía.
—No me da buena espina este hombre —añadió ella en inglés, para que el arriero no los entendiera.
—No os hará nada.
—Y me aterrorizan los soldados. Temo que alguno intente sobrepasarse.
—Trataré de complaceros.
Apenas tuvo tiempo Duarte de informar a Hernandes cuando las cornetas llamaron a formación y la columna reemprendió la marcha. El descanso había sido breve. Con su arcabuz y su macuto, se situó entre las recuas y carretas, confundido con los soldados destinados a la guarda del bagaje.
De vez en cuando volvía la vista hacia la mujer.
Acomodada entre bultos y sacos, el traqueteo de la carreta no tardó en dejarla amodorrada.
Los baches del camino la hacían dar pequeños respingos, alzar la cabeza, otear el horizonte y volver a cerrar los ojos.
El vestido, en otro tiempo elegante, estaba sucio, arrugado y polvoriento, con lamparones y algunos rotos; el rostro se le veía más consumido y el peinado era una maraña recogida de cualquier manera.
Aun así, con las facciones relajadas y los ojos cerrados, sin miradas desdeñosas ni ceños fruncidos, a Duarte le parecía si cabe más atractiva.
Lamentó no poder ofrecerle más comodidades, y se prometió procurarle otra ropa.
Apenas recorrida una legua desde Enxara, los españoles, que desde Peniche hostigaban la marcha, lanzaron una carga de caballería más dura que las anteriores.
El ataque se dirigió contra el sector donde marchaban las compañías portuguesas, que apenas tuvieron tiempo de formar una línea de arcabuces cuando la caballería enemiga se les vino encima en formación de caracola.
En el momento del choque, la caracola se desplegó en un ala alargada, casi paralela a la columna, desde la que los jinetes disparaban sin dejar de galopar.
Al ir cada montura ocupada por dos hombres —el jinete, con pistola, y un arcabucero en la grupa—, la andanada fue en extremo sangrienta.
Una vez descargadas las armas, los españoles se retiraron con la misma rapidez con que habían llegado.
La respuesta, en cambio, fue lenta, desordenada y poco eficaz.
Capitanes y sargentos gritaban órdenes, los cabos hacían por reagrupar a sus escuadras y los soldados cargaban y disparaban como Dios les dio a entender.
El recuento arrojó treinta y dos bajas, entre muertos y heridos. Un piquete se encargó de sepultar a los primeros, y los segundos fueron acomodados en las carretas. Una vez rehecha la columna, se reanudó la marcha con los sentidos más alerta y los nervios más tensos que nunca.
Sin presentar batalla abierta, el enemigo no cesó de incordiar durante toda la jornada.
Con una fuerza poco numerosa pero móvil, arremetían con golpes relámpago que causaban un goteo constante de bajas, les prepararan emboscadas y obstaculizaban el avituallamiento, atacaban toda partida que se separase de la columna, quemaban sembrados, se llevaban el ganado y destruían molinos o almacenes, en una estrategia de tierra quemada.