La derrota del dragón XXIV #5
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XXIV #5

No tardó en acercarse a la Portuguesa una embarcación de vigilancia portuaria, dispuesta a inspeccionar carga y pasaje.

Pero al ver las credenciales que les proporcionara Bazán, el oficial suavizó de inmediato la actitud inquisitiva con que había subido a bordo y los autorizó a fondear en cualquiera de los muelles y a desembarcar cuando lo desearan.

Gabriel concedió a su tripulación el resto de la tarde y la noche como asueto. No así a los náufragos, a quienes deseaba tener localizados hasta dar novedades al almirante y recibir las oportunas instrucciones.

En la capitanía del puerto le indicaron que, a aquella hora, lo más probable era que estuviese a bordo de su galera, desde donde dirigía y organizaba todo lo relativo a la defensa de la ciudad y del litoral. Al abandonar el edificio, se topó con la imponente humanidad del capitán Manso.

—¡Válgame Dios! —voceó—. Si es Gabriel del Puerto. Te hacía naufragado en las brumas del norte o cautivo de los herejes.

—Lamento decepcionarte, Humberto. Aunque poco ha faltado para caer en sus manos.

Manso le confirmó que Bazán se hallaba en la galera capitana, pero le propuso que, por aquella tarde, se olvidase de partes y novedades y celebrasen el reencuentro.

—Don Alonso puede esperar hasta mañana.

—Voy con mi hijo —se excusó Gabriel.

El hercúleo capitán miró al paje desde la altura de sus seis pies, lo examinó con gesto fiero y resolvió:

—Si es bueno para adentrarse en el océano, también lo será para acompañarnos a una taberna.

—¿Tú qué dices, hijo?

—Que voy con vuesas mercedes —respondió con seriedad García.

—¡Sangre de Cristo! Así se habla, muchacho —exclamó Manso.

Y los condujo a una de las muchas ventas que salpicaban la Baixa, donde se contaron sus andanzas, sus penas y alegrías.

Gabriel, sin querer entrar en la misión que lo llevó a Gran Bretaña, lo puso al tanto de lo ocurrido en La Coruña: los desmanes cometidos, la desesperada defensa de la ciudad y la precipitada marcha de los invasores.

Manso, por su parte, lo enteró del inesperado desembarco en Peniche, del avance tierra adentro, de los ecos de la coronación del Prior en Torres Vedras y del desbarajuste general que se había desatado en Lisboa.

—No hay forma de saber a qué atenerse con esta gente.

Unos aguantan firmes en sus puestos, listos para repeler al inglés; otros abandonan las armas y se esfuman, huyen con lo que pueden cargar, se aprovechan de la situación o conspiran abiertamente con el enemigo.

Los principales pregonan su lealtad a Felipe, pero desde la comodidad de sus feudos y castillos.

Los capitanes de la milicia denuncian cada día nuevas deserciones en unas filas que no controlan, o que no quieren controlar.

Y queda, por último, un buen resto que actúa como si la guerra no fuera con ellos, y espera, de brazos cruzados, que seamos los españoles quienes nos batamos el cobre con los ingleses.

Tal si estos, de ganar Lisboa, fueran a preguntar casa por casa, antes de saquearlas, a qué rey guardan fidelidad.

A medida que se explayaba Manso, pensaba Gabriel en la suerte de los amigos que había dejado en Lisboa y que confiaba poder ver en breve.

—¿Sigues al mando del San Jerónimo? —se interesó.

—El mismo patache y la misma tripulación. Don Alonso no es amigo de hacer cambios.

—Lo que funciona bien es mejor no tocarlo, capitán.

—Y que así siga.

Apuraron un cuartillo de vinho verde, que entraba como agua fresca, y otro de tinto. Al cabo de un rato, Gabriel, viendo que su hijo comenzaba a cabecear, se levantó y se dispuso a marcharse.

—Recuerda, busca a don Alonso en la galera capitana —se despidió Humberto—. Y si es a primera hora, mejor.

Haciendo caso a su amigo, Gabriel madrugó para presentarse ante el almirante de las Galeras del Océano.

Se hizo acompañar de Gregorio Soutomaior, prueba viviente del buen suceso de su misión.

Sin embargo, un oficial de la galera capitana les indicó que don Alonso lo esperaba a la hora tercia en el palacete de la Alfama, señal de que estaba apercibido de su llegada.

Les dio tiempo para tomar un tentempié de dulce de calabaza en un bodegón de la plazoleta de San Esteban.

Soutomaior era un hombre de mucho mundo y bien relacionado; de otro modo, ni el almirante ni el proveedor se hubieran interesado por su libertad.

Su familia, originaria de Huelva, llevaba tanto tiempo asentada en Lisboa que hasta había modificado el apellido.

Instruido en muchas materias y buen conversador, su compañía solía ser amena.

Doblaban las campanas cuando cruzaron el umbral del edificio. El almirante, que valoraba la puntualidad, los recibió de inmediato.

—Os gusta luciros, señor del Puerto —fue su áspero saludo—. Poco más y me metéis en el estuario media flota inglesa.

—Se hallaban justo en la embocadura, excelencia —se defendió Gabriel.

—Algo pondríais de vuestra parte… En fin, vayamos al asunto, que el tiempo no me sobra.

Pragmático y seco como siempre, Bazán comenzó por pedirle un parte detallado de la situación en los puertos del canal de la Mancha, aunque a Gabriel le pareció un asunto ahora sin mayor relevancia.

El marino, que debió de intuir sus pensamientos, le aclaró que el rey estaba impaciente por lanzar un nuevo ataque contra Inglaterra con los buques recién reparados en Santander y San Sebastián.

Gabriel, en lugar de señalar que, a su entender, donde hacían verdadera falta aquellos buques era en Portugal, pasó a detallarle las gestiones y rescates realizados en Edimburgo y Londres, justificar la entrega del situado y elogiar el notable papel que estaban desempeñando los agentes allí destacados.

Gregorio Soutomaior, con permiso de don Alonso, abundó en el tema y se ofreció a compartir toda la información recogida durante los largos meses de cautiverio.

—Ese asunto prefiero que lo tratéis con el proveedor Francisco Duarte. Aunque ya ha cumplido su comisión, el virrey don Alberto le ha pedido que se quede entre nosotros hasta que desaparezca la amenaza.

—Será un placer hablar con don Francisco, y agradecerle el interés personal que mostró en la causa de mi libertad.

—Agradecédselo también a don Cristóbal Moura, y al conde de Fuentes, por supuesto. Y ahora, si nos excusáis, hay un asunto militar que debo tratar con el señor Del Puerto.

El «asunto», como se temía Gabriel, se refería a la fragata.

A pesar de los acuerdos previos a su última misión, el almirante le explicó que se encontraban en una situación crítica.

No contaban más que con una docena de galeras, una flotilla de pequeñas embarcaciones y algunas fortalezas en los márgenes del río: suficientes, quizá, para repeler a una escuadra de corsarios, pero inútiles frente a una flota de la envergadura de la Contra Armada.

—Si ese Drake forzase hoy la embocadura, esta noche cenaría en mi mesa.

—¿Y creéis que lo hará?

—Un almirante al uso lo haría, pero un corsario como él, quién sabe.

El despliegue que ha adoptado puede deberse a dos motivos: que su intención sea saquear convoyes y capturar presas, o que esté esperando a que el ejército de Norris alcance la ciudad para entrar en el estuario y cogernos entre dos fuegos.

—O ambas cosas —apuntó Gabriel.

—También. En cualquier caso, la diferencia de fuerzas es tan manifiesta que necesito barcos con urgencia —concluyó—. Y cualquier balandra armada con un cañón me vale para engrosar nuestras filas. Cuanto más, la vuestra —añadió—. Pero eso ya lo sabéis.

Gabriel, que permanecía de pie frente a la mesa tras la que se sentaba Bazán, se quitó el sombrero y deseó desabotonarse la ropilla de bayeta que, por error, había escogido para un día tan soleado.

Se rascó la cabeza e hizo que se pensaba la respuesta, como si hubiera algo que pensar, mientras cavilaba cómo sacarle el mejor partido a la situación.

En el fondo, que el almirante lo incluyera en sus planes, le facilitaba su propósito de vigilar de cerca a los ingleses.

—Estoy a vuestra disposición, por supuesto —concedió—. Sin embargo, si me permitís una sugerencia… —el almirante bajó los párpados en mudo asentimiento—, mi navío, por su andar y condiciones, resulta idóneo para misiones de observación y descubierta. Ruego que me destaquéis para ello.

La mirada directa de don Alonso, bajo sus cejas arqueadas, reflejaba su desconfianza.

—¿Me pedís que os envíe al lugar más expuesto?

Gabriel supo que debía ser franco.

—Vengo de La Coruña, excelencia, donde desembarqué a la mayoría de los españoles rescatados, cuyos nombres figuran en la relación que os he entregado.

Al arribar, supe de la desgraciada captura de mi hermana Isabel durante la toma del barrio de la Pescadería, y de su traslado a uno de los buques enemigos.

Espero que comprendáis mi deseo de estar cerca de ellos.

Don Alonso se levantó, dio unos pasos hacia la ventana y se mesó la luenga perilla.

No era hombre que se dejase impresionar por menudencias sentimentales, pero le habían llamado la atención las palabras de Gabriel del Puerto.

Aquel marino comenzaba a revelarse como un sujeto fuera de lo común, alguien que valía la pena mantener contento, y a quien no podía tratar indefinidamente con el palo y la zanahoria.

—Seguir de cerca a la flota enemiga y mantenernos informados de sus movimientos forma parte esencial de nuestra estrategia, señor del Puerto.

Y ya he destinado al efecto algunas embarcaciones.

No obstante, reconozco que vuestra fragata es, como habéis dicho, muy apropiada para esa labor.

Os asignaré, pues, a la escuadra del capitán Manso, con quien ya habéis navegado, ¿no es así?

—Así es.

—Estaréis a sus órdenes.

—Por supuesto, excelencia. —Gabriel procuró disimular su satisfacción. Sabía que con Humberto Manso gozaría de cierta autonomía.