XXIV #4
Cuando todos estuvieron en su lugar, redoblaron los tambores y se hizo el silencio.
El padre Teixeira pidió al Prior que se alzase y avanzara dos pasos.
Con voz potente se dirigió al gentío y le soltó una larga perorata sobre la genealogía de don Antonio, nieto del rey Manuel, hijo del infante don Luis, hizo alusión a sus derechos al trono y enumeró sus méritos y sacrificios para recobrarlo.
Al fin, tomando la corona real de un hermoso cofre que portaban dos pajes, añadió:
—Aquí, ante vuestros nobles, fidalgos y gobernadores; ante los capitanes de vuestro ejército, alféreces, sargentos y soldados; ante vuestros leales súbditos y vasallos, que tanto lloraron y sufrieron vuestra ausencia; y ante los ilustres caballeros enviados desde Inglaterra por su graciosa majestad, la reina Isabel, para liberar a nuestro pueblo de las infames cadenas impuestas por Castilla, yo os devuelvo el trono que por largo tiempo retuvo el usurpador Felipe.
Y como ministro de Nuestro Señor, y en presencia de Él, de su santa madre y de los santos y mártires de nuestra Iglesia, os restituyo la corona.
El sacerdote, situado detrás de don Antonio, alzó la corona unos instantes, como quien consagra pan y vino, se puso de puntillas y la colocó sobre su cabeza.
—¡Viva el rey! —gritó Robert Devereux, aunque lo hizo con tan desafortunada pronunciación que ni los suyos ni los portugueses lo entendieron. Sólo cuando repitió el grito en su propia lengua, y se le unió el ejército, los asistentes locales se dieron por enterados y también lanzaron vítores.
El rey se acercó al borde de la tarima, sofocado por el calor y el peso de la armadura.
Cuando los murmullos cesaron, se aclaró la garganta y, con palabras muy amorosas, enumeró una larga serie de promesas y gracias que recibirían sus vasallos; recompensas para quienes lo acompañasen a Lisboa, exenciones, títulos, mercedes; justicia para los perjudicados y castigo para los traidores; respeto absoluto a personas, bienes y haciendas, y pago justo por las vituallas y medios de transporte necesarios para el avance del ejército.
Concluida la ceremonia, se abrieron barricas de vino de la tierra, costeadas por el Prior, se repartieron quesos y hogazas de pan y se sirvió una caldereta de cordero aderezado con cebolla, ajos, hinojo y pimienta.
Con la banda atacando tonadas más profanas, los soldados comieron y bebieron a pasto franco, bailaron, compitieron en improvisados juegos de fuerza, habilidad y puntería y disfrutaron de una tarde de alegría y diversión, sin saber que sería el último momento de verdadero descanso que gozarían en mucho tiempo.
Pero tras el lustre y el brillo del festejo, de los vítores y abrazos, quedó en el corazón de don Antonio un poso amargo, pues no habían acudido a la coronación tantos súbditos como habría deseado.
Tampoco las adhesiones, aun siendo numerosas, colmaron sus expectativas: algunos fidalgos, ministriles, clérigos y gentes del lugar, amén de desocupados y jóvenes imberbes.
Mas sólo un par de nobles de baja alcurnia se sumaron con sus exiguas mesnadas.
Quizá fuera aún pronto. Tal vez el miedo a los españoles mantenía inmóvil a su pueblo.
Quizá necesitaban una victoria que disipase sus temores y despertara su entusiasmo.
3
Lisboa
Gabriel tomó todas las precauciones posibles.
La armada inglesa, enorme y poderosa, contaba, sin duda, con barcos ligeros y manejables que podrían ponerlos en un serio aprieto.
Además, una diáspora de navíos sueltos, ya como estrategia para despistar y dividir los esfuerzos defensivos españoles, ya por iniciativa de sus propios capitanes, merodeaba por las costas gallegas y portuguesas, hacía entradas en puertos menores y atacaba mercantes y pesqueros desguarnecidos.
Para evitar encontrarse con ellos, se internaron en el océano y dieron un amplio rodeo que los llevó, tras varias singladuras, a la altura de Setúbal.
No sabían dónde podría hallarse el grueso de la flota enemiga, por lo que, desde allí, navegaron con extremo cuidado, la artillería preparada y la tripulación en pie de combate.
Frente al cabo Espichel se acercaron a una pequeña carabela andaluza que había zarpado de Lisboa el día anterior. Aunque no habían avistado navíos ingleses, el patrón les dijo tener noticia cierta de que la Contra Armada se hallaba a la altura del cabo da Roca.
—¿Eso fue ayer? —le preguntó Gabriel.
—Ayer por la mañana.
La carabela puso rumbo al sur, y ellos costearon hacia el norte la península de Setúbal.
El sudoeste frescachón que rizaba las olas y las hacía espumear, favorable para entrar en el estuario, podría meterlos en una ratonera si los enemigos les cerraban el paso hacia Lisboa.
Pero no fue el caso. Frente a la desembocadura del Tajo avistaron, por la banda de babor, una de las alas del despliegue inglés.
—Mala suerte —gruñó el contramaestre—. Ya están aquí.
Pero Gabriel dio orden de continuar.
—Quiero verlos de cerca. Uno de esos barcos es el Relief, y me gustaría identificarlo.
—No es buena idea, Gabriel —dijo Laiseca—. Todavía estamos a tiempo de virar y embocar el río. El viento nos favorece.
—Y nos seguirá favoreciendo mientras los tengamos a babor.
A pesar de las reticencias de sus hombres, la fragata mantuvo el rumbo de encuentro con los ingleses.
Para obtener mejor perspectiva, Gabriel trepó por los obenques hasta la cofa del palo mayor.
El horizonte, a su izquierda, aparecía sembrado de velas que crecían, a medida que se aproximaban, en tamaño y nitidez.
Formaban una media luna amplia y abierta, como si el enemigo pretendiese apostarse, no frente a la desembocadura del Tajo, sino más al oeste, alrededor de la bahía de Cascaes.
Él buscaba un navío de porte pequeño, alto de bordas, con tres palos, el casco rojo y una vela en forma de trapecio.
En principio, los ingleses no reaccionaron a su maniobra. Tal vez los confundiera la confianza con que se aproximaban o el perfil de la fragata, muy similar al de los filibotes holandeses que habían incorporado a su servicio.
La dotación de la Portuguesa mantenía un silencio nervioso, roto apenas por las órdenes de los oficiales. La distancia se acortaba. Una milla. Media. Gabriel divisó varios navíos con las características que buscaba en el centro de la formación, y un par hacia la periferia.
Descendió a cubierta y mandó virar una cuarta a estribor.
—¡Cuarta a estribor! —gritó Laiseca.
—¡Cuarta a estribor! —repitió el contramaestre Ballesteros.
Los marineros, bien adiestrados y algo aliviados, ejecutaron la maniobra con rapidez y limpieza.
La Portuguesa modificó su ángulo de aproximación y enfiló con suavidad hacia el nordeste.
Un navío llamó la atención de Gabriel. Se hallaba en el extremo del ala derecha, y se le acercaron describiendo una curva abierta.
Lo examinó con cuidado: debía de rondar los cien toneles de arqueo, pero la sobremesana era cuadrada. No parecía el Relief.
—Preparad la artillería de babor —ordenó.
—¿Quieres azuzar el avispero? —inquirió Laiseca.
—No. Vamos a soltarles una andanada.
—¿Gastar pólvora por gastar?
—Tampoco. Quiero asegurarme de que los artilleros del castillo de San Julián sepan que no somos enemigos.
Aquello le cerró la boca al maestre.
En el punto de mayor proximidad, a poco más de tres cables del extremo de la formación inglesa, Gabriel mandó abrir fuego.
Tras el estruendo, el humo ocultó por un instante las velas enemigas, y, al disiparse, vieron cómo uno de los navíos se descolgaba del grupo para lanzarse en su persecución. Pronto lo imitaron otros dos.
Entonces ordenó Gabriel virar al este franco, en dirección a Lisboa.
Pese al viento favorable, la maniobra les hizo perder un tiempo valioso, y el buque enemigo más adelantado logró ponerse a distancia de tiro. El primer cañonazo, que no se hizo esperar, erró por mucho.
—¿Respondemos? —preguntó Laiseca.
—No —fue la escueta respuesta de Gabriel. No valía la pena. El perseguidor sólo podía hacer uso de su artillería de proa, escasa y de pequeño calibre. Además, una vez completada la virada y con las velas portando, la Portuguesa sostuvo la ventaja e incluso la incrementó.
El verdadero riesgo, ahora, era no encallar en los bancos traicioneros de la embocadura del Tajo. La referencia la marcaba, anclado como una boya rocosa entre ambas orillas, el islote de Cabeza Seca, que había que rozar pero no tocar.
Saltando sobre las olas, con el viento entrando por la aleta de estribor, el casco escorado, las vergas braceadas y las velas tensas como pieles de tambor, la fragata dejó atrás el islote, cruzó como una exhalación frente a la fortaleza de San Julián —ante la cual los ingleses dieron por terminada la caza— y aflojó el paso a la altura de Trafaria, para arribar, apaciblemente, al puerto de Lisboa.
—Una demostración de osadía, señor del Puerto —reconoció Gregorio Soutomaior, contento de ver, por fin, su tierra.
—Y de pericia —añadió Román Pechoabierto.
Las campanas de las numerosas iglesias indicaban que la hora nona había llegado, pero el sol de media tarde aún apretaba sobre la capital lusa.
El movimiento en el puerto era grande. Numerosos navíos, temerosos de caer en manos inglesas, se apiñaban en los fondeaderos del estuario, en la orilla de Lisboa, en la de Almada y, sobre todo, río arriba, donde el Tajo se ensancha hasta parecer un mar.
La escuadra de galeras, junto con algunos pataches y carabelas, permanecía anclada frente a la torre de Belém, mientras una multitud de botes, lanchas y gabarras cruzaba la corriente en todas las direcciones.