XXIV #3
La belleza y el au ra trágica que envolvía a Isabel habían fascinado a Duarte desde el principio. Pocas mujeres le habían causado una impresión semejante. Y desde que supo que era la cuñada de Marcia, desde antes incluso, sintió que debía protegerla, mantenerla a salvo de los abusos de la tropa.
Por eso le mortificaba su hostilidad. Le hería que lo viera como un hombre sin escrúpulos, tosco, incapaz de un gesto honesto.
Que atribuyera todas sus acciones a la lascivia y la impiedad.
Y ni sus palabras ni su paciencia lograban modificar esa imagen.
A veces, ante su desdén, sentía cómo se agotaba su resistencia, y lo asaltaba la tentación de comportarse como el salvaje que ella creía que era.
—¿No vais a atarme las manos? —preguntó Isabel—. ¿No teméis que intente huir?
—Hay centinelas por todo el perímetro, asustados y prestos a hacer fuego. No os lo recomiendo.
—¿Preferís que me quede a vuestro lado, para abusar de mí cuando os plazca?
Estaban de pie bajo el ramaje cuajado de azahar de uno de los olivos, que estaba en plena floración. Isabel, a un paso de él, lo miraba con frialdad.
—Hace dos días que desembarcamos —respondió Duarte, cortés—. ¿Os he tocado? ¿Os he agraviado?
—¿No es agravio tratarme como a una esclava?
—Yo diría que os he demostrado solicitud y consideración.
—¡Por Dios! Me habéis hecho caminar leguas enteras, con frío por la mañana y calor al mediodía, sin más ropa que el triste vestido que llevo encima.
—¿Por qué os mostráis tan cruel conmigo? ¿No merezco, al menos, el beneficio de la duda?
—De vos no espero sino iniquidades.
La lumbre proyectaba en su rostro juegos de sombra y luz rojiza. En sus ojos brillaba una furia contenida.
—Lamento no poder ofreceros mejores condiciones —Duarte comenzaba a perder la calma—, pero esto es un ejército en campaña.
No somos príncipes, sino soldados de fortuna.
Cuando hay alimentos, comemos, y cuando no, ayunamos.
Vivimos al día. Y os estoy tratando bastante mejor de lo que haría la mayoría, Isabel.
—Para vos soy la señora Del Puerto.
—¿No erais la señora Trenton?
—Mi marido ha muerto, bellaco.
—¿Cómo lo sabéis?
—Me lo dijo Michael. Falleció el mismo día que desembarcamos, a bordo del galeón de Drake. —Al pronunciar esas palabras, la abandonó la rabia. Se cubrió el rostro con las manos y sacudió la cabeza, como si la acumulación de desgracias estuviera a punto de hacerla desfallecer.
Duarte comprendía la tensión que soportaba. El desconcierto, el miedo, la humillación. Si quería ganar su confianza, tendría que ser claro, y muy paciente. Miró a su alrededor, por si alguien pudiera oírlos, y bajó el tono.
—Atended, señora. No soy vuestro enemigo. Al contrario, vedme como vuestro valedor. No pretendo aprovecharme, sino ayudaros a regresar con los vuestros. Con…
—No me fío de vos —lo cortó Isabel—. Ni de vuestras intenciones. ¿Creéis que no sé quién sois? Os he oído pelear con otros hombres por mí, reclamando mi posesión. Discutisteis con Michael, con vuestro capitán, incluso con vuestros propios compañeros. No me engañáis, señor Pinto.
—Estoy siendo sincero. No es fácil protegeros en medio de un ejército, rodeado de lobos. Si me enfrenté a quienes decís, fue para sacaros del Relief, para libraros de vuestro cuñado.
—¿Y quién os dijo yo quería salir del Relief? —dijo Isabel con tanta vehemencia que a Duarte se le vino el alma a los pies—. Al menos allí tenía a Yabama. Y a Michael.
—Michael Gardiner estaba deseando deshacerse de vos. Apenas protestó cuando os reclamé. Quiere quedarse con Yabama. ¿No lo veis? Intenté convencerlo para que la dejara venir, alegando que era parte del botín, pero se negó y amenazó con reteneros a las dos.
—¡Oh, Dios! Un botín —musitó ella, con los ojos húmedos—. Habláis de nosotras como si fuéramos objetos sin sentimientos.
—Calmaos, Isabel. Ya sé que todo esto es un infierno, pero puedo ayudaros si confiáis en mí.
—¿En vos? —Soltó una carcajada amarga al tiempo que negaba con la cabeza. Sus cabellos, mal peinados, se agitaron—. Antes me fiaría de una hiena.
—Ah, sois imposible, señora —dijo Duarte. Y se dio la vuelta y se dirigió al fuego, donde algunos compañeros reían, bromeaban y jugaban a los dados.
Isabel lo vio alejarse. Luego se dejó caer sobre la yacija y se cubrió con la manta.
Observaba, arriba, el cielo ya oscuro y la infinidad de estrellas, hermosas, frías, lejanas, que aquella noche no le ofrecían consuelo.
Un par de lágrimas se deslizaron por sus mejillas.
John, muerto. Yabama, en manos de Michael.
Pese a lo que le había dicho a Pinto, sabía bien que era el más infame de los hombres.
Ah, no lograba apartar de su pensamiento la imagen de su amiga, sola y a merced de aquel sátiro.
Aunque su situación de prisionera y la urgencia de la marcha no habían dejado lugar a elección, con el paso de los días sentía un desasosiego persistente, casi una culpa callada.
Se reprochaba haber abandonado sin rechistar a la mujer que arriesgó la vida por salvarla, y aquella inquietud, sorda pero constante, enturbiaba cualquier alivio.
Al poco, rompió a llorar con desconsuelo, por la suerte de Yabama, y también por la suya propia, por sus cadenas, por la absoluta invalidez en que se hallaba.
Después de la tranquilidad vivida en La Coruña, entre los suyos y sin temores, el retorno al cautiverio se le antojaba una pesadilla que la oprimía y la aplastaba.
Afloraban imágenes que creía olvidadas, el naufragio, los piratas, el salvajismo, las vejaciones.
Horrores que había encerrado en lo más hondo de su alma regresaban con fuerza renovada.
Para no ceder al espanto ni perder la razón, debía apelar a toda su entereza y aferrarse a cuanto de firme y digno conocía.
Trató de rehacerse. Pensó en su pequeñín.
El único bálsamo, en medio de tanta desventura, era saber que Santiago estaba a salvo en La Coruña.
Suspiró al recordar sus caritas y cucamonas.
También pensó en Marcia: ¿habría dado ya a luz?
, ¿seguiría bajo sospecha? En su hermano, de quien no había vuelto a tener noticias.
Pensó también en el señor Pinto. Por zafio que fuese, lo cierto era que la había respetado.
Hasta entonces, al menos. Y no alcanzaba a comprenderlo.
Ni su deseo por congraciarse con ella ni su esfuerzo por inspirarle confianza.
Quizá no fuera tan malo como había pensado, quizá, en otro tiempo, hubiera sido un hombre honorable.
O quizá fuera el bellaco que parecía. En todo caso, no podía bajar la guardia, ni dejarse llevar por esperanzas vanas.
Llegaban voces desde el gran campamento, charlas lejanas, órdenes a gritos.
Se oían el relincho de los caballos, el canto de los grillos, el rumor incansable de aquella masa humana que, aun de noche, no acababa de aquietarse.
El resplandor de las hogueras iluminaba el cielo.
¿Qué iría a ocurrir? Estaban en guerra y cada día era un albur. ¿Y los españoles? ¿Atacarían?
El relente la hizo temblar. Aunque la primavera estallaba por todas partes, las noches aún eran frías. El temor al porvenir le mantenía despierta, pero el agotamiento de la marcha tiraba con fuerza de sus párpados, y al fin, se quedó dormida.
Don Antonio de Avis y los principales hombres de armas del ejército pasaron la noche en las casas más lujosas de la villa.
Desde la madrugada, zapadores y carpinteros locales se afanaron en levantar el escenario donde se celebraría su coronación como rey de Portugal, mientras pregoneros recorrían aldeas y parroquias anunciando el acontecimiento.
Se barrieron a conciencia las calles, se adornaron balcones y fachadas con banderolas, grímpolas y gallardetes que vistieron Torres Vedras de alegría y colorido y se tendió una larga alfombra de estera hasta la tarima.
A media mañana, una solemne procesión, precedida por tambores y cornetas, inició su recorrido.
Tras la banda marchaban medio centenar de caballeros con relucientes corazas y yelmos emplumados y dos compañías de alabarderos.
En el centro, bajo palio y revestido con armadura completa, cabalgaba el Prior do Crato montado en un tordillo alto y nervioso, ricamente enjaezado.
Lo flanqueaban dos clérigos, el general Norris y el conde de Essex, cuya apostura restaba lustre a la figura del pretendiente.
Inmediatamente después desfilaban las banderas de portugueses, ataviados con sus mejores galas, y un séquito de capitanes y abanderados.
Cerraban la columna, con paso menos marcial, varias compañías de piqueros, arcabuceros y mosqueteros, seguidos por un tropel de niños, mujeres y labriegos.
A lo largo del trayecto, los vecinos saludaban, aplaudían y lanzaban vítores.
Tras varias vueltas por las calles principales, la comitiva desembocó en la plaza, entre la iglesia de San Pedro y el palacio municipal.
Las compañías se abrieron hacia los lados para formar en cuadros, dejando entre ellos un pasillo central por el que avanzó don Antonio hasta la tarima.
Desmontó con agilidad, subió con garbo los peldaños y se sentó en una jamuga situada en el centro del tablado.
La armadura, de hierro pavonado, despedía un brillo oscuro bajo el sol.
Lo siguieron su hijo Manuel, portando la borgoñota y la capa de armiño, el padre José Teixeira, que oficiaría la ceremonia, y, cómo no, los artífices de su retorno: Norris y Essex.