XXIV #2
—No sé a qué viene tanta ceremonia, señor soldado. Esta invitación a pasear, vuestro interés por mis pesares… ¿Qué sigue ahora?
—Tiago me ha dicho que quieren casaros, que incluso os han ofrecido ya el presente para la petición.
—Ah, conque habéis hablado con mi primo.
—Esta misma mañana.
—Pues bien. Me da igual el regalo, la pedida y el pretendiente. No voy a casarme.
—¿Lo decís en serio?
—Probad a apostar.
—¡Sois dura de corazón, a fe mía! —dijo Rodrigo, con una media sonrisa que se desdibujó enseguida. Porque, al escuchar aquellas palabras, Branca llevose las manos al rostro y toda la firmeza que la sostenía se desvaneció.
—Oh, señor Jaque… No hagáis caso de mis bravatas.
Es cierto todo lo que Tiago os ha contado.
Pretenden casarme con el sobrino de Reigosa.
Ese hombre ha sabido mover bien sus piezas.
Primero se ganó a mi padre, luego a mi tío Filipe, más tarde a Natalia y por último a mi hermano.
No sé qué hacer, cuento las horas hasta el domingo e incluso he pensado en huir a un lugar donde nadie me halle.
—Calmaos, Branca. Os aseguro que nada de eso sucederá. Me tenéis a mí.
Ella esbozó una sonrisa tenue, fatigada.
—Agradezco vuestra gentileza.
—No es sólo gentileza.
—¿Os mueve algún interés?
Caminaron río arriba, hasta llegar a la muralla Fernandina, que trepaba hacia la puerta de la Cruz, desde donde partía un sendero que bordeaba los terrenos del monasterio de los carmelitas.
—Mirad qué verdes están los campos —exclamó Branca, de pronto.
Rodrigo tendió la vista por los sembrados, donde las espigas nuevas se mecían entre amapolas, viboreras y jaramagos. Algunos frailes trabajaban la tierra, ajenos a todo.
—Branca —dijo entonces—. No sé cómo se hacen estas cosas en Portugal.
Ella se detuvo, dejó el cesto sobre el suelo y comprendió que algo importante se avecinaba. No obstante, preguntó con calma:
—¿Qué cosas?
—Las del querer.
—¿Y cómo se hacen en Castilla?
Rodrigo también se detuvo frente a ella y la observó cara a cara. Vestía una saya verde oliva. La cintura ceñida, la falda fruncida, los chapines de corcho apenas asomando bajo el dobladillo. A pesar de lo modesto del atuendo, nunca le había parecido tan hermosa.
—Casaos conmigo, mujer.
—¡Rodrigo! —exclamó ella.
El alférez vio bailar la incredulidad en sus ojos y temió haberse precipitado, así que se apresuró a explicarse.
—No quiero que nadie os presione, ni os obligue ni os compre. Sois una mujer libre, alegre, de palabra limpia, y no merecéis que os embarquen en un matrimonio de conveniencia.
—¿Esas son vuestras razones?
—No tengo hacienda, ni casa ni fortuna. La soldada es corta y la bolsa, ligera.
—¿Nada más?
—Os ofrezco mi brazo y mi corazón.
—Eso ya me convence más.
Un carro pasó junto a ellos, ribera arriba, rechinando bajo el peso de su carga.
—Otros que se marchan —dijo Branca, en voz baja.
—¿Cómo?
—Nada, hablaba en voz alta. Habré de pensármelo.
—No hay mucho tiempo. Es verdad que los ingleses han desembarcado con un ejército numeroso en Peniche. Mi compañía quedó en Atouguía y mañana debo partir a reunirme con ella.
—Todo esto es muy repentino…
—Tiago lo sabe. En este momento está buscando al capellán que nos case.
—¿Se lo dijisteis a él antes que a mí?
La chispa de enojo que asomó en los ojos de Branca dejó a Rodrigo paralizado. Sintió ese mismo escalofrío que lo recorría antes de una refriega. No podía fallar ahora, y tomó suavemente la mano que pendía junto a su falda.
—Fue él quien me reveló vuestra situación, como os dije, y cuando le confesé mis intenciones, se ofreció a encontrar al clérigo.
Entendedme, el tiempo apremiaba. Así, este domingo, cuando el señor Reigosa venga a solicitar vuestra mano para su sobrino, podréis decirle, sin remordimiento alguno y con la cabeza bien alta, que ya estáis casada.
Pero si esta boda os parece precipitada, vedla como un trámite para libraros de una vez por todas de Reigosa, de Dinis Grilo y de vuestro padre.
Ni os impondré ni os exigiré nada, Branca.
Vivid donde gustéis: con vuestros tíos, en una fonda, o en una casa alquilada.
Ella retiró la mano, le dio la espalda y permaneció en silencio. Su silencio. El que le era preciso para tomar una decisión. Frente a ella, rodeada de un cercado de piedra y algunos álamos viejos, se alzaba la iglesia del Paraíso. Un nombre que ahora se le antojaba bien escogido.
Había pensado a menudo en Rodrigo Jaque.
Lo había esperado, lo había soñado. Fantasías de muchacha, anhelos sin forma, las últimas bocanadas de la adolescente que se alejaba sin retorno.
Sintió tristeza por esa parte de sí misma.
En abril había cumplido dieciocho primaveras —y nunca mejor dicho—: una edad a la que muchas mujeres ya tenían hijos.
Y ella aún se debatía entre la niña que se iba y la mujer que llegaba; entre el compromiso —y la estabilidad— que representaba Dinis Grilo, y el amor que le ofrecía Jaque, sin perspectivas, pero sincero y generoso.
Una ráfaga hizo flamear su falda. Se oyeron gritos de marineros en la orilla. El sol brillaba con fuerza y el pescado en el cesto comenzaba a oler mal.
Se volvió hacia Rodrigo. Quería verle la cara al darle su respuesta.
—Digo que sí.
2
Torres Vedras
En la fortaleza de Peniche quedaron de guarnición tres compañías y varios cañones destinados a reforzar su defensa.
Tras dos jornadas dedicadas al desembarco del bagaje y las vituallas, a la organización de los regimientos y a recibir a los señores que acudían a ponerse al servicio del Prior —con sus deudos, criados y vasallos—, por fin se puso en movimiento el ejército.
Al poco de abandonar Peniche tuvo lugar el primer desencuentro entre ingleses y portugueses a propósito de la ruta.
El Prior proponía desviarse hacia el este, en dirección a Santarém, ciudad donde fuera proclamado rey en 1580, pues consideraba de gran valor simbólico repetir allí el acto.
A Norris, sin restarle importancia a aquel gesto, le preocupaba más la rapidez.
Como militar, su prioridad era alcanzar Lisboa lo antes posible, para impedir cualquier socorro que pudieran recibir los españoles, y proponía una ruta más directa por Torres Vedras y Loures.
Argumentó don Antonio que aquel era su reino, que conocía mejor que nadie sus caminos y la idiosincrasia de su pueblo, sin cuya colaboración sería difícil tomar Lisboa.
Pero al fin lo disuadieron con una solución de compromiso que, si no lo satisfizo del todo, evitó el choque.
Se trataba de celebrar la ceremonia en Torres Vedras.
Zanjado el desacuerdo, prosiguió la marcha.
Uno de los mayores problemas a los que habrían de enfrentarse hasta llegar a Lisboa era el avituallamiento del ejército.
Los víveres desembarcados en Peniche apenas alcanzarían para dos o a lo sumo tres jornadas; a partir de ahí, dependerían del territorio.
Pero siendo uno de sus objetivos ganarse la voluntad del pueblo, no podían —o no debían— recurrir al saqueo, al pillaje ni a la requisa, métodos habituales de los ejércitos en campaña.
Por ello, el Prior envió a uno de sus capitanes con la tarea de identificar puntos de acopio a lo largo de la ruta y negociar la compra de provisiones con los tratantes locales.
El primer día las cosas se presentaron favorables. Los españoles, quizá impresionados por el tamaño de la hueste, no hicieron acto de presencia y el avance hasta Torres Vedras tuvo aires de desfile triunfal.
Al caer la tarde, avistaron la villa. Los castellanos, considerando difícil su defensa, la habían abandonado unas horas antes, y la pequeña fortaleza, apenas guarnecida, se entregó sin resistencia.
Para pasar la noche, el ejército acampó en un llano rodeado de suaves cerros, al norte de la población, entre sembrados y olivares.
Los capitanes asignaron a cada regimiento su zona de acampada y mandaron correr la consigna de tratar con extremada cortesía a los habitantes y no usar la violencia bajo pena capital.
Un solo acto de rapiña podía comprometer toda la empresa.
El campo se pobló pronto de tiendas, toldos e improvisados vivacs. Quedó el bagaje bien resguardado, y se organizaron guardias perimetrales por si los españoles intentaban alguna acción nocturna.
A medida que avanzaba el ocaso, fueron encendiéndose las hogueras para preparar una cena caliente, único alimento que tomarían aquel día.
La compañía de Geraldo acampó en un olivar de árboles viejos, plantados sin ningún orden.
El capitán, apenas levantada su sencilla tienda, una lona tendida entre dos troncos, se ausentó del campamento para celebrar junto al séquito del Prior el éxito del avance.
En cuanto se perdió de vista, algunos soldados aprovecharon para visitar a las pocas prostitutas que seguían al ejército o buscar en los caseríos mujeres dispuestas a vender sus favores.
El resto, fatigado por las seis leguas recorridas o abrumado por la magnitud del designio, prefirió echarse donde pudo y dejar descansar el cuerpo.
La escuadra de Hernandes se instaló en un claro limitado por cuatro olivos de tamaño regular. Duarte preparó con los brotes más tiernos una yacija con una manta para Isabel.
La responsabilidad de velar por ella hasta que pudiera sacarla de allí en condiciones más seguras lo obligaba a devanarse los sesos y lo mantenía en permanente tensión.
Aparte de la amistad del cabo Hernandes —una amistad con matices y limitaciones—, había buscado la complicidad de Fernando Álamo, el eterno descontento, pero de cuya lealtad no dudaba, y de un tal Manuel Reis, natural de Marvao, casi en la raya con Extremadura, hombre caballeroso con las mujeres.
A ambos los puso al tanto de la difícil situación de Isabel y de su propósito de devolverla sana y salva a los suyos. Y los dos le garantizaron su ayuda.
—En buenos negocios nos metéis —rezongó Álamo, con expresión más risueña que enojada.