La derrota del dragón XXIV
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XXIV

Lisboa

La jornada había sido larga y agotadora. Tras ocho horas de ininterrumpida cabalgata, Rodrigo Jaque y su reducida escolta cruzaron la puerta de Morería y accedieron al castillo de San Jorge con los caballos rendidos y cubiertos de espuma.

La imponente fortaleza que dominaba Lisboa desde una de sus colinas era de planta rectangular, con gruesas murallas jalonadas por diez torres artilladas con piezas de bronce y hierro de gran calibre y largo alcance, capaces de batir tanto la ciudad como el puerto.

A su alrededor, protegida por una barbacana, se extendía una segunda cerca que albergaba diversas dependencias militares: cuarteles para la guarnición, cisternas, almacenes y una iglesia.

El acceso se controlaba mediante una puerta fortificada en recodo, precedida por un foso seco excavado en la roca viva.

Pese a lo temprano de la hora, el capitán de la guardia condujo al alférez Jaque a la residencia del alcaide y gobernador de armas de Lisboa y lo despertó. Diego Coutinho se presentó con un jubón echado sobre la ropa de dormir.

—¿Qué ocurre, señor alférez? —preguntó, con el sueño aún dibujado en el rostro.

—Los ingleses desembarcaron ayer en Peniche.

—Aún no ha amanecido. Debéis de haber reventado al caballo.

—Cambié de montura por el camino, don Diego.

Despejado del todo, Coutinho tomó asiento en una silla de tijera con asiento y respaldo de cuero.

—Contadme lo sucedido.

—La operación comenzó temprano. El comendador Juan de Ataíde, con tropas locales, cubrió los puntos más probables del desembarco, y el capitán Pedro de Guzmán, con sus arcabuceros, aguardó oculto hasta que las barcas tocaron tierra.

Al principio lograron contenerlos, pero los ingleses diversificaron pronto el ataque y tomaron tierra en varios lugares.

Al verse casi copados, nuestras tropas se replegaron en orden hacia Atouguía de Baleia.

Allí se les unió mi capitán, don Gaspar de Alarcón, con la caballería.

También acudieron otras compañías portuguesas desde Torres Vedras y Óbidos, aunque algunos de sus hombres, al ver la magnitud de la fuerza enemiga, desertaron.

—Vaya.

—Y por la tarde, la fortaleza de Peniche se rindió al Prior do Crato.

Don Diego, enjuto de cuerpo, pelo corto y escarchado, barba bien rasurada, se abrochó el jubón mientras fijaba la mirada en un escudo sobre dos lanzas cruzadas que colgaban de la pared.

—De modo que ha venido.

—Eso parece, señor —dijo Jaque, y prosiguió con las novedades—: Apenas llegamos a Atouguía, el capitán Alarcón me despachó para traer la noticia. Su intención, mientras no reciba nuevas órdenes, es hostigarlos, entorpecer su avance y destruir cuantos recursos puedan serles de provecho.

—¿Es grande su fuerza?

—Un prisionero, durante el interrogatorio, afirmó que traían obra de quince mil infantes y seiscientos caballos.

—Os agradezco el informe, señor Jaque. Y la cabalgada.

—El alcaide esbozó una ligera sonrisa—. Comed algo, descansad, y mañana, a primera hora, presentaos ante mí.

Y vos, capitán —añadió dirigiéndose al oficial de guardia—, aguardadme en media hora junto a la puerta principal. Iremos a dar parte al conde de Fuentes.

Mientras el consejo de guerra de Lisboa se reunía para deliberar sobre el inesperado desembarco inglés en un punto tan alejado de la capital, Rodrigo Jaque y los dos soldados que lo habían acompañado comieron un bocado caliente y buscaron descanso en el cuartel que su bandera compartía con otras del tercio de Francisco de Toledo.

No logró dormir más que un par de horas.

La noticia provocó tanto trasiego en la fortaleza que hubo de renunciar a su merecido reposo.

Entraban y salían soldados, comentaban la novedad entre murmullos nerviosos, daban órdenes los oficiales, entrechocaban espadas y partesanas, las baquetas rascaban los cañones al limpiarlos y los buhoneros voceaban su mercancía por los patios.

Para despejarse, Jaque tomó una remuda limpia y una toalla y bajó a lavarse en uno de los pozos.

Se entretuvo contemplando la vista majestuosa de la ciudad: el barrio alto de San Roque, enfrente; el de la Baixa, a sus pies; el mar de tejados y azoteas, la maraña de callejuelas que descendían hacia la ribera, y, allá al fondo, el estuario, brillando con el sol naciente y salpicado de embarcaciones.

Cuando regresaba al acuartelamiento, se tropezó, junto a unos pinos piñoneros, con Tiago Queiroz, que se apresuró a saludarlo.

—¿Venís también en busca de novedades?

—Hace rato que me enteré del desembarco de los ingleses, con Crato a la cabeza.

Rodrigo asintió y sonrió.

—Nunca deja de maravillarme la rapidez con que se difunden en esta ciudad las noticias.

—En esta y en todas, señor alférez. —Tiago bajó la vista a la puntera de sus botas, antes de cambiar de tema—. Pero no he subido hasta aquí por noticias, sino por vos. En realidad, es la segunda vez que intento localizaros.

—¿Ha ocurrido algo?

—Podría ocurrir si no lo evitamos.

Rodrigo Jaque se puso serio.

—¿Si no evitamos qué?

Tiago advirtió lo precipitado de sus palabras, tomó aire y le explicó las presiones que su familia, y el señor Reigosa, estaban ejerciendo sobre Branca para que aceptase casarse con Dinis Grilo.

—El famoso sobrino —murmuró Jaque—. ¿Y ella qué dice?

—Que no quiere, por supuesto. Pero lo está pasando mal. Hasta mi madre, que siempre la había apoyado, ahora la anima a hacerlo.

Rodrigo Jaque Manzanares vio el rostro de la joven como si lo tuviese delante.

Durante las últimas semanas se había vuelto tan familiar que ya formaba parte de su vida cotidiana.

Se acostaba con el brillo de sus ojos, con el lustre de su cabello, y despertaba con su sonrisa.

Allá donde iba la oía reír, hablar, incluso guardar silencio.

En plena marcha, bromeando con sus compañeros, preparándose para el combate o cabalgando en soledad.

Cuando el capitán Alarcón pidió un voluntario para llevar el mensaje a Lisboa, su mano se alzó con vida propia.

Durante el duro trayecto, cuya aspereza se le hizo leve, se asomó al pozo de sus sentimientos.

Y lo que vio lo atemorizó más que una emboscada. ¿Qué encantamiento era ese?

—¡Rodrigo! ¡Rodrigo! —lo llamó Tiago—. ¿No respondéis?

—Ah, disculpad —repuso el alférez, saliendo de la ensoñación—. Pensaba cómo librarla de esa trampa. Y se me ha ocurrido una idea.

—Soltadla.

—Quizá no os guste.

—Probadme.

La firmeza de la respuesta no dejaba lugar a dudas. Por muy enamorado que se proclamase de Branca, Tiago era un joven honesto y generoso, decidido a ayudarla.

—Sabéis que la quiero.

—Sé que os gusta.

—Más que eso. Mucho más.

—¿Adónde queréis ir a parar?

—A proponerle que se case conmigo.

La mañana, ya despejada, dejaba caer un sol franco sobre la fortaleza.

Los cascos de los centinelas apostados en las torres refulgían al igual que los hierros de sus lanzas y corazas.

La explanada bullía de actividad y de ruido, tanto que los dos hombres debían alzar la voz para entenderse; sin embargo, les parecía estar solos en medio del ajetreo.

Tiago alzó la vista y lo miró directamente a los ojos. Rodrigo le sostuvo la mirada.

—¿Qué decís?

—Que os mataré si no me lleváis por padrino.

—Y yo a vos si no aceptáis. Pero mañana parto para Torres Vedras, y aún falta lo principal…

—Os aceptará.

—¿Tan seguro estáis?

—Lo estoy tanto que voy a hablar con el capellán.

Rodrigo se rascó la nuca.

—Dios os oiga. ¿Pero no será muy apresurado?

—El domingo irán Reigosa y el tal Dinis a pedir su mano.

—Lo rechazará, estoy seguro.

—Pero es injusto que pase por ese trago.

—El domingo es pasado mañana.

—Apuraos, señor alférez.

—¿Dónde estará?

—En la Ribeira, supongo. Buena suerte.

Rodrigo corrió a lustrarse las botas y cambiar su jubón por el más decente que poseía.

Cogió la gorra, de visera corta y adorno de cordoncillo.

Con ella en las manos se detuvo, y dudó.

Le dio varias vueltas, ¿qué iba a hacer?

Avanzó un paso y retrocedió dos. Los impulsos no eran buenos, y menos en amores.

Pero vio sus ojos, asomados en el aire. ¡Qué ojos!

¡Ah, diablos! Quizá mañana estuviera muerto.

Se caló la gorra y poco después abandonaba el castillo por la puerta de don Fadrique.

Descendió las empinadas calles, flanqueadas de casas bajas y huertos, giró en San Martín y cruzó frente a la catedral de Sé, con sus torres almenadas y su gran rosetón, sin reparar en el tráfago bullicioso de la ciudad.

En el mercado buscó su puesto habitual, mas sólo halló a su tía Natalia y a otra regatera desconocida. No quiso acercarse a preguntar: temía su propia reacción, sus emociones. Optó por dirigirse al cercano Terreiro do Pazo, que hervía de vida. El alma entera de Lisboa desfilando bajo el sol.

La encontró junto a una fuente con varios caños, en uno de los costados de la plaza, sentada en el murete de ladrillo que la delimitaba, rodeada de cántaros y mujeres que esperaban su turno.

Charlaba con una compañera, pero parecía ausente.

Rodrigo se aproximó despacio, con el corazón acelerado, una mano en el pomo de la espada, la otra encajada en el cinturón, como si necesitara apoyo.

—Buenos días, mis señoras —saludó cortésmente, con la diestra en la visera de la gorra.

Branca dio un respingo, abrió mucho los ojos y se puso en pie.

—Me habéis asustado —dijo, sorprendida.

—No era mi intención, Branca.

—¿A qué se debe vuestra presencia? Os hacía batallando contra los ingleses.

—Casi, casi.

Branca le presentó a su compañera, que alegó que ya había descansado bastante y se despidió. Rodrigo invitó a Branca a caminar, y ella, que le notó una gravedad poco habitual, se echó a la cabeza el cesto de pescado y lo siguió hacia la orilla.

—He oído hablar de vuestras recientes tribulaciones —comenzó el alférez.

—¿Os parezco preocupada?

—Diría que melancólica.