La derrota del dragón XXIII #7
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XXIII #7

—Es poco probable que regresemos, señor —intervino el cabo—. Lo más seguro es que acabemos de guarnición en Lisboa, una vez conquistada.

—Debo consultarlo con vuestro capitán.

—Ya lo hemos hecho nosotros —le aseguró Pinto.

El armador del navío simuló meditar la cuestión. Alzó la vista hacia la costa cercana, azul, amarilla y verde, donde se apretaban barcas, bateles y lanchas. Inspiró con fuerza.

—Me fiaré de vuestra palabra, entonces. Desembarcadla cuando gustéis.

—También a su criada.

—Su criada se queda a bordo. Necesitamos una mujer para el servicio del navío.

—¡Qué servicio! —se burló Pinto.

—Las apresamos juntas —añadió el cabo.

Michael los observó de hito en hito. Se le daba bien leer los rostros: si se sabían interpretar, revelaban más que las palabras. El de Hernandes mostraba firmeza y energía, sí, pero también la cautela de quien no está dispuesto a dar el último paso.

—No tentéis a la suerte, soldados. Llevaos en buena hora a Isabel y no me opondré. Pero juro que si intentáis quitarme a la otra, las perderéis a las dos.

—¿Y cómo lo haréis? —lo desafió Pinto.

—Empecemos por el capitán Henriques. Id a llamarlo.

—No vale la pena que perdamos ni os hagamos perder tiempo, señor Gardiner —intervino el cabo, conciliador. Le pasó un brazo por los hombros a su compañero y tiró de él—. ¿Verdad, Duarte?

El tal Duarte miró con dureza a Michael y se resistió a moverse.

—¿No os llamabais Eduardo?

—Duarte, Eduardo: es el mismo nombre. Vamos ya —insistió el cabo—, que tenemos que prepararnos.

Michael los vio alejarse entre el gentío.

Ya en tierra, Duarte le pidió permiso a Hernandes para marchar junto a la prisionera.

—Mucho os interesa esa mujer para que os hayáis enfrentado al señor Gardiner.

—Mis motivos tengo, Diego.

—¿Aparte de desearla para vos solo?

El cabo Hernandes se había mostrado en verdad tolerante con él desde que le juraron lealtad al Prior y se unieron a su ejército.

Más de lo que Duarte habría esperado. Había aceptado sin rechistar el cambio de nombre, y lo había ayudado a socorrer a Isabel cuando la capturaron, sin pedirle mayores explicaciones.

Quizá había llegado el momento de dárselas.

Se pasó la lengua por los labios, tiró de memoria y se dispuso a desempolvar y contarle una historia que llevaba largo tiempo guardada.

—Cuando yo vivía en Terceira —comenzó—, en vida del viejo rey Enrique, antes de que las cosas se estropearan en nuestro reino, me enamoré de una hermosa joven llamada Marcia.

Habíamos crecido juntos, en Angra, la capital de la isla, habíamos compartido juegos y confidencias, y aquel afecto infantil maduró en un amor adulto de esos que conducen al matrimonio.

Pero la guerra lo torció todo. Mi padre era partidario de Felipe de Austria; el suyo, de Antonio de Avis, visceral y acérrimo, y se opuso al enlace, nos prohibió vernos y amenazó con tomar represalias.

Marcia y yo, jóvenes y enamorados, ignoramos sus advertencias.

Seguimos viéndonos, esperanzados en que el conflicto sería breve, que la enemistad acabaría cediendo.

Pero, ay, una noche, su padre y unos criados nos sorprendieron.

Tratamos de huir, cada uno por su lado. Imaginad.

Noche oscura, qué digo oscura: como boca de lobo, lluvia, neblina.

Corrí hacia el caballo, tomé la rienda, metí el pie en el estribo…

, y ahí se me echaron encima. Me defendí, espada en mano, herí sin saber a quién, logré montar y escapar.

Al día siguiente supe que en el tumulto había herido de muerte al padre de Marcia.

Y me vi obligado a huir, primero de Terceira, después de las Azores.

—Desgraciada historia la vuestra, amigo mío.

Le agradó a Duarte oír aquella palabra, «amigo», en boca de su compañero, aunque hubiera hecho falta una historia de amores rotos para merecerla.

—Más de lo que imagináis, porque el apellido de Marcia, y de su padre, es Henriques.

—¡Henriques! Por vida, ¿no será familia de nuestro…?

—Nuestro capitán, sí. Y de todos los malditos barcos de esta flota, que ya son barcos, fuimos a parar precisamente al Relief, donde viajaba el señor Geraldo Henriques.

Silbó el cabo Hernandes.

—Caprichoso es el destino.

Duarte asintió con gravedad.

—Con el tiempo, que todo lo borra, o al menos lo atenúa, rehíce mi vida: conocí en Lisboa a otra mujer, dulce y ardiente…

—¿Os aguarda acaso? —lo interrumpió Hernandes.

—Murió, a manos de un miserable, poco antes de que zarpase la Gran Armada.

—Duarte endureció el gesto y guardó unos instantes de silencio—.

Y Marcia —añadió, y hasta esbozó una sonrisa— conoció a un tal Gabriel del Puerto, un pirata español, o corsario, o qué sé yo, y se casó con él. Creo que siguen juntos.

—¿Y qué tiene que ver todo esto con la señora Trenton?

—Es la hermana de Gabriel del Puerto.

—Vaya lío, señor Pinto. Vaya lío. No querría estar en vuestro pellejo. ¿Y ella sabe quién sois?

Negó Duarte. Y ante la mirada perpleja de su amigo, se vio obligado a añadir:

—En su momento se lo diré.