XXIII #6
—Es costumbre que el padre o tutor de la novia aporte una dote para el matrimonio.
Y Reigosa, que no ignora nuestra situación, le ha ofrecido a tu tío doscientos escudos.
No quiere que la mujer de su sobrino llegue sin nada al enlace.
Además, en compensación por perderte, le cede a Filipe la plena propiedad de la lancha.
Branca se llevó las manos al rostro y abrió mucho los ojos.
—¿Habéis pactado mi matrimonio a mis espaldas? —La joven puso énfasis en cada palabra.
Natalia colocó la sábana doblada en un cesto ancho y tomó la siguiente.
—No hemos pactado nada, Branca —dijo con calma—. Sólo te cuento lo que Reigosa le ha ofrecido a tu tío.
—Simplemente. ¿Y cuándo pensabas decírmelo?
—No pongas esa cara ni te hagas la mártir. Te hemos cuidado sin esperar nada a cambio, en vida de tu madre y después. Nos hicimos cargo de ti y de tu hermano, y nos plantamos frente a tu padre cuando quiso llevaros por la fuerza. Así que deja a un lado los melindres y cásate con ese hombre.
—Antes muerta —replicó Branca con mirada encendida. Terminó de doblar la sábana y se marchó sin añadir una palabra.
La seguridad que había mostrado ante su tía y su hermano se vino abajo cuando se quedó sola, tendida en el catre de la habitación que compartía con sus primas.
Todo parecía volverse en su contra. Era cierto que sus tíos la habían cuidado y protegido, y que nadie le había puesto un cuchillo en el pecho, pero con sus gestos y palabras la empujaban a hacer algo que no deseaba.
Entrelazaba los dedos y los removía con nerviosismo mientras pensaba qué hacer.
Le vino entonces a la mente la imagen del alférez Jaque, de su sonrisa blanca y sus ojos reidores, de sus modales corteses y su plática amena; pero a don Rodrigo las obligaciones militares lo mantenían alejado.
La maldición del soldado. ¿O serían las lavanderas que acompañaban a la tropa en todo momento?
Sintió una punzada de celos y desvió de inmediato el pensamiento: no necesitaba una preocupación más.
Tenía que contarle sus cuitas a Tiago, el fiel Tiago. Si no para que las solucionara, al menos para descargar su corazón.
Las tardes de mayo se alargaban. Por el ventanuco entraba una luz amarilla muy hermosa, y, contemplándola, se adormeció.
Las campanas de la iglesia de las Llagas sonaron llamando al ángelus.
Branca se levantó, aturdida, se arrodilló, rezó tres avemarías, se santiguó y se encaminó a la cocina para ayudar a su tía con la cena.
6
Peniche
A Michael Gardiner, la inesperada separación entre la armada y el ejército lo obligaba a tomar decisiones rápidas.
Aunque el ambiente en su navío lo empujaba a unirse a Norris y al Prior en su avance hacia Lisboa, siguiendo la estela del conde de Essex, había invertido mucho en el Relief, y alejarse de él le parecía imprudente.
En busca de novedades, subió al esquife y remó hasta el Revenge, con la excusa de interesarse por el estado de su hermano.
En cubierta, lo recibió Nicholas Oseley, uno de los asistentes de Drake, que lo puso al tanto de lo ocurrido en el consejo.
—Un revés para sir Francis —comentó Michael.
—Según se mire. La partida del general Norris le deja las manos libres y unos cuantos días para apostarnos en bahía de Cascaes y capturar cuanto navío cruce por allí.
El almirante espera hacer botín con el que recuperar, y acaso multiplicar, las inversiones.
Con suerte, hasta podríamos hacernos con alguna nao suelta que retorne de las Indias.
Aquella información tan provechosa decidió a Michael de inmediato: se quedaría con la flota. No obstante, ya que estaba allí, vería a su hermano.
La enfermería apestaba de tal forma que hubo de cubrirse la nariz con un pañuelo.
El cirujano, acostumbrado a aquellos olores, le indicó el catre donde John dormía profundamente.
Tenía el rostro sudoroso, la piel amarillenta y una barba descuidada.
El muñón vendado y su extrema delgadez impresionaron a Michael.
—¿Cómo se encuentra?
—Ya lo veis —respondió el cirujano, sin comprometerse—. Lo he sangrado casi a diario.
—¿Sobrevivirá?
—Podría fallecer esta misma tarde. Pero quién sabe. —Cooper movió la cabeza hacia los lados—. ¿Queréis que lo despierte?
¿Quería? Lo cierto era que no.
—Dejadlo descansar —dijo.
—¿Seguro? Quizá no tengáis otra ocasión.
—John y yo ya nos hemos dicho todo lo que teníamos que decirnos.
—A Michael no le apetecía contemplar a su hermano forcejeando con el dolor, ni escuchar recomendaciones o consejos.
Aunque, por un momento, la idea de revelarle que Isabel estaba a bordo del Relief le arrancó una sonrisa: imaginar su sorpresa, el reproche en sus ojos, el temor ante la muerte.
Le ordenaría traerla, intentaría convencerlo, se lo suplicaría quizá…
No. No valía la pena exponerse a una escena tan penosa.
El Relief, cuando regresó, estaba en pleno zafarrancho.
Los soldados se preparaban para desembarcar entre voces, risas, pullas y bravatas.
La cubierta hervía de actividad: hombres, bultos, vituallas, pertrechos militares, baúles de oficiales, corazas.
Dos caballos nerviosos. El capitán Yates aguardaba impaciente la llegada de una lancha para comenzar a descargar y despachar a la primera escuadra.
En unas horas, el buque estaría despejado, a completa disposición de la tripulación, y suya.
Ese pensamiento lo condujo de inmediato a las mujeres.
Por respeto a Isabel, o más bien por temor a que su esposo se enterase algún día —hasta ese punto lo intimidaba John—, había contenido durante un tiempo sus impulsos.
Y casi había valido la pena. Sólo lo que cuesta, lo que se resiste, lo que hay que tomar por la fuerza se disfrutaba de veras. Y vaya si se resistió.
Michael se miró las manos, grandes, de dedos gruesos, con una marca semicircular en la base del pulgar derecho y heridas en los nudillos, recuerdo de su forcejeo con la mestiza.
Ah, se le dilataban las aletas de la nariz y se le aceleraba el pulso al evocarla: carne prieta, mirada de fuego y piel de canela, tan parecida a la especia que no podía evitar la sugestión de sentir su sabor al lamerla.
Aunque al final lo entendió. Entendió quién imponía las reglas y qué consecuencias tenía desobedecerlas.
No así Isabel, que no perdía ocasión de lanzarle reproches y amenazar con contarle aquellos detalles a John. Pero su visita al Revenge lo había cambiado todo. Con su hermano a las puertas de la muerte y la mestiza domada, Isabel no era más que un estorbo del que sería preferible deshacerse.
Como si Dios hubiera escuchado sus pensamientos, se le acercó el portugués malmandado. ¿Pinto se llamaba? Venía acompañado por un cabo con cara de pocos amigos, y ambos traían la encomienda escrita en la cara.
—¿Venís a reclamar a vuestra prisionera? —inició Michael. La pregunta los tomó por sorpresa.
—Es lo justo, señor Gardiner —repuso Pinto—. Yo la capturé, y me corresponde por derecho de guerra.
—No lo pongo en duda —respondió Michael con una sonrisa velada: aún podía divertirse un poco a costa suya—. Pero el barco es un lugar más seguro para ella, al menos mientras dure la campaña.
El soldado, que había abierto la boca, la cerró sin replicar. La alarma se le dibujó en el rostro y Michael se deleitó con la escena. No te lo esperabas, ¿verdad, bellaco?