La derrota del dragón XXIII #5
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XXIII #5

Drake observó los cabellos rizados y perfumados del favorito de la reina, el porte airoso, la frente ergui da.

¿Qué sabría aquel joven de asedios ni escaramuzas?

Todos parecían olvidar que Lisboa no era una ciudad cualquiera.

Seguía defendida, bien defendida, y la reina no esperaba gestas grandiosas, sino resultados.

—Bien —dijo Norris—. Si nadie más se opone, comenzaremos el desembarco de inmediato.

El Prior y su hijo asintieron en silencio. Drake buscó el respaldo de sus comandantes navales, pero sólo halló rostros incómodos o inexpresivos. Incluso Fenner, su vicealmirante, evitó pronunciarse.

—Haced lo que queráis con vuestros soldados, que yo haré lo que me plazca con mis barcos —dijo al fin Drake con furia contenida. No solía perder la paciencia, pero aquella vez el general casi lo sacó de sus casillas.

—Sois libre de maniobrar como juzguéis oportuno —respondió Norris con una sonrisa fría—, siempre que no comprometáis la empresa.

Nadie añadió palabra. La junta se dio por concluida sin consenso real. Se iniciaría, sí, el desembarco en Peniche y la marcha hacia Lisboa, pero con la abierta oposición del almirante, que sentía escurrirse entre los dedos el control de la expedición. Y no estaba acostumbrado a ser un segundón.

Mientras los demás salían a cubierta, él se quedó solo en la cámara, con la mirada fija en el mapa extendido sobre la mesa. Tenía los dedos apoyados sobre la bahía de Cascaes, el lugar más adecuado para poner en marcha su estrategia.

Para su satisfacción, tomar tierra en Peniche resultó mucho más difícil de lo que Norris y Devereux habían supuesto.

Los defensores, con apenas tres compañías de arcabuceros y una de caballería, se habían apostado en los puntos más practicables para el desembarco, lo que los obligó a intentarlo en una playa azotada por el viento y las olas, al sur de la villa.

Una treintena de lanchas, dirigidas por el propio conde de Essex, se lanzaron a la desesperada y lograron establecer una cabeza de puente, pero con un coste elevadísimo: casi la mitad naufragaron.

Antes de que pudieran llegar nuevos refuerzos, el enemigo les dio varias cargas tan violentas que estuvieron a un paso de arrojarlos de nuevo al mar.

Los combates se alargaron durante horas, hasta que Norris, maniobrando con astucia, envió tropas a otros puntos y amenazó con un envolvimiento.

Sólo así pudo hacer retroceder a los defensores.

El resto del día se consumió en desembarcar la infantería con su impedimenta.

El fuerte oleaje hacía cabecear los navíos en sus fondeaderos.

Las lanchas y bateles, atestados de hombres y pertrechos, sorteando con dificultad las crestas espumosas, avanzando a saltos y panzadas, levantando cortinas de espuma salada, luchaban por alcanzar la playa.

Una, más cargada, se escoró de pronto y arrojó al agua a soldados y caballos.

Por un instante sólo se vieron brazos agitados entre fardos flotantes, hasta que los nadadores más diestros lograron rescatar a los demás y arrastrarlos a la orilla.

El caos era el denominador común de la operación.

Órdenes gritadas desde las cubiertas, contraórdenes que añadían más confusión.

En la playa, un torbellino de bultos, armas y vituallas apiladas sin orden, un coro de voces en inglés y portugués, relinchos, rebuznos, pólvora empapada y víveres húmedos.

Y por todas partes, imperceptible pero persistente, la arena finísima se colaba por cada rendija y orificio, en los cañones, las cartucheras, las ropas, la comida.

5

Lisboa

Rafael Reigosa acudió a la puerta de la Cruz, donde se había citado con Maciel. El sol brillaba con fuerza y templaba la mañana. El campo de Santa Clara rebosaba colorido y alegraba la vista con sus iglesias y caseríos, las huertas y las granjas, y los olivares que descendían hasta el río.

El rechinar de unas ruedas y el rebuzno de una de las mulas anunciaron la llegada de su deudo.

Bruno Maciel venía en el pescante de la carreta, con las riendas en la mano. Al divisar a Reigosa, se detuvo y descendió con ayuda de un muchacho de catorce o quince años, serio y cubierto de polvo.

—Hace rato que espero.

—De Santarém vengo —respondió el carretero.

—Hermoso lugar.

—No diría yo tanto.

—Allí se proclamó rey don Antonio de Avis. ¿Cómo va el negocio?

—No me quejo. De seguir así, pronto podré compraros la carreta y el tiro de mulas.

—Las cosas irán aún mejor cuando el rey recupere la corona.

—Al freír los huevos se verá.

Torció Reigosa la nariz ante el escepticismo de su deudo.

—¿Habéis oído algo que nos interese? —preguntó.

—Oír se oye mucho por ventas y caminos. Que sirva, no tanto.

—La información siempre es valiosa, Bruno. Estate atento, que el momento se acerca. Y vigila bien esta puerta. Quién sabe si mañana nos interesará verla desguarnecida…

Reigosa calló al notar la atención con que lo observaba el mozo, y Bruno Maciel, que también lo advirtió, le dio una palmada en la espalda y aprovechó para presentarlo:

—Mateo, mi hijo.

—No sabía que tuvieras otro hijo. Veo que te llevas bien con él.

—Al principio le costó, influido por las ideas de su hermana, pero el Señor ha sembrado en su corazón algo de caridad cristiana. Me ayuda todos los días con la carreta. Es mi sostén y mi protección frente a la invalidez.

—Como debe ser. —Reigosa alargó la mano para revolverle el pelo a Mateo, pero este retiró la cabeza.

—Disculpad al muchacho: es un poco huraño cuando no hay confianza.

—En fin, el caso es que quería hablarte precisamente de tu hija.

—Reigosa le dirigió una mirada penetrante, que anunciaba la seriedad del asunto, y otra no menos firme al joven—.

Don Dinis, mi sobrino, ha terminado de amueblar y adecentar su nueva morada, una ocasión perfecta para que siente la cabeza.

Yo le he hablado de varias mujeres de buena familia y fortuna, mas él sigue interesado en ella.

Me ha pedido que haga un último intento por ablandar su voluntad. ¿Qué dices tú?

—Que será un matrimonio ventajoso para ambos. Mi hija, cuando se la conoce, tiene buenas cualidades.

—Pero la última vez lo rechazó.

—No volverá a ocurrir, os lo aseguro.

—¿Y qué harás para evitarlo?

—Hablaré con su tío. Estoy seguro de que Filipe entiende, y sabrá hacerle entender a Branca, las ventajas de emparentar con vuestra casa. Al fin y al cabo, ambos estamos en deuda con vos.

—Eso ayudará —sonrió Reigosa. Las cosas encauzaban por donde él esperaba—. Pero no quiero fiar el éxito de este negocio a una sola carta. Si algo sé de las mujeres es que adoran la seguridad y el lujo. Así que he pensado regalarle el vestido de una reina.

Se giró y dio dos palmadas. Un guineano que llevaba un buen rato de pie junto a la puerta alzó la cabeza y se acercó.

En los brazos traía un paquete bien envuelto, y se lo tendió a su amo.

Este lo desembaló con destreza hasta dejar a la vista una hermosa saboyana de terciopelo rojo, con la falda ancha, escote cuadrado y mangas abullonadas.

Maciel abrió los ojos. Aquel vestido era una prueba de la seriedad de las intenciones de su valedor. Y cuando Reigosa se proponía algo, solía conseguirlo.

—¿Qué te parece?

—No hacía falta que os molestaseis, señor Reigosa. Es demasiado para ella.

—¿Y a ti, muchacho?

Mateo pasó la mano por el terciopelo. Nunca había acariciado una tela tan suave.

—Le gustará —respondió.

Reigosa envolvió con cuidado la saboyana y se la entregó a Bruno Maciel.

—Para Branca. Quiero que se la des y que le anuncies que el domingo, antes del mediodía, don Dinis y yo la visitaremos para pedir su mano. Que nos reciba con el vestido puesto.

—Si viene de mí, no lo aceptará.

—No quiero peros, señor Maciel. Ni una nueva negativa de vuestra hija.

—Yo se lo llevaré —se ofreció Mateo.

Por la tarde, cuando finalizaron los viajes que tenían concertados para aquel día, Mateo cruzó la ciudad para encaminarse a casa de sus tíos. Branca recibió el regalo con un mohín de desprecio y lo soltó sobre la mesa sin mirarlo dos veces.

—Jamás me lo pondré.

—Es precioso, Branca —dijo Mateo, que, pese a las palabras de su hermana, había visto cómo le brillaron los ojos al descubrir el vestido—. Serás la muchacha más hermosa de Lisboa.

—No quiero nada de esa familia.

—Aceptarlo no te obliga a nada.

—Aceptar es un gesto, y los gestos significan cosas. —Estaba sudorosa y cansada tras un largo día de trabajo, y le molestaba que su hermano hablara con tanta ligereza—. ¿Cómo puedes prestarte a estos juegos, Mateo?

—De un modo u otro te lo habrían hecho llegar —replicó él sin alterarse—. Así tengo una excusa para venir a verte.

—¿La necesitas? ¿Tanto te aprieta Maciel?

—No lo llames así. Es tu padre.

—Es un lobo, y en su compañía sólo aprenderás a aullar.

—Pues no me vendrá mal, con los tiempos que corren.

Mateo, que había sido siempre un niño afable y dócil, se estaba tornando un muchacho hosco y distante que tomaba decisiones que Branca no lograba comprender. Prefería atribuir el cambio al ambiente enrarecido de aquella Lisboa revuelta antes que a la perniciosa influencia de su progenitor.

Más adelante, cuando Branca se lamentó con su tía, esta no reaccionó como esperaba.

—Cásate con don Dinis —le dijo sin rodeos.

—No has tardado mucho en cambiar de opinión.

Natalia estaba recogiendo unas sábanas tendidas al sol y le alargó uno de los extremos para que la ayudara a doblarla.

—Tu madre y yo hemos vivido en la pobreza desde que nacimos. Jamás tuvimos la oportunidad de salir de ella. Tú la tienes, y serás necia si la desaprovechas. Una dote como la que ha ofrecido es una bendición.

—¿Qué dote?

Natalia suspiró. Tendría que explicárselo todo.