XXIII #4
—Aquí y en cualquier parte. —Coutinho creyó conveniente aclarar este punto.
Era sabedor de que las lealtades de sus compatriotas estaban divididas, y comprendía que los españoles tuvieran sus reservas.
Aun así, no podía evitar cierto resquemor cada vez que el tema salía a relucir—.
Si me permitís una sugerencia al respecto…
—Hablad sin temor, don Diego.
—Este reino es más feudal que Castilla, alteza. Por eso sería deseable que nuestros nobles acudieran a Lisboa acompañados de sus mesnadas.
—Y que se muestren por las calles, para que el pueblo los vea —añadió Bazán.
El archiduque se pasó la mano por la bien cuidada barbita, valorando las palabras de sus generales. Del embrollo en que se estaba metiendo podía salir mal parado, o con fama y gloria.
—Descuidad, mis señores —dijo con más firmeza de la que sentía—. Ordenaré a mis nobles vasallos, de dentro y fuera de Lisboa, que levanten gente y acudan prestos a la defensa de la villa.
No era menor la inquietud que provocaba la inminente llegada de don Antonio de Avis.
Para las autoridades suponía reforzar la vigilancia y seguimiento de las múltiples redes de simpatizantes del Prior que operaban en la ciudad.
Para estos, en cambio, su presencia significaba una llama de esperanza, la culminación de años de trabajo clandestino y el sueño de ver a Portugal libre del yugo castellano.
Reigosa y sus amigos redoblaban esfuerzos.
Don Rafael se había ganado las voluntades del capitán y del sargento de una de las compañías de Manuel Castelblanco; Ruy Díaz Lobo había hecho lo propio con un capitán de las de Fernando de Castro, acantonadas en la ciudad; y fray Lorenzo había descubierto en el huerto del convento de los Trinitarios un postigo condenado con argamasa, sobre la muralla, que podía echarse abajo con facilidad.
Estas y otras noticias tenían a Reigosa de muy buen humor.
Sus negocios marchaban viento en popa, y muy en particular los del transporte.
El previsible ataque inglés estaba poniendo en fuga a media Lisboa, o al menos a quienes tenían alquerías o parientes en otras partes y podían costearse el traslado de sus bienes.
Los rumores sobre la violencia de las tropas enemigas, el escaso interés popular por la política y la poca afinidad hacia las autoridades alimentaban un éxodo tan contagioso como lucrativo.
«¿No querían ganar Lisboa los castellanos?
», se oía decir en las esquinas, «pues que la defiendan ellos».
Los precios del transporte se habían disparado hasta niveles escandalosos, y había quienes incluso se empeñaban para salir de la villa.
Un viaje en carreta costaba ya cien reales; fletar una lancha para cruzar el río, el doble.
Eso, si se encontraba alguna libre. Barqueros y arrieros estaban tan solicitados que podían permitirse desoír los requerimientos de las autoridades para traer grano o pertrechos a una ciudad en riesgo de quedar desabastecida.
Los tiempos, en suma, favorecían al señor Reigosa. Pero había un asunto que se le resistía demasiado, una espina incómoda que debía extraerse de una vez. Esa espina tenía nombre propio: Branca.
4
Peniche
La Contra Armada arribó a Peniche tras varias singladuras difíciles, peleando con un incómodo sudoeste. El mar batía con fuerza los escarpados acantilados de la pequeña península, y el ala derecha de la flota se extendía hasta las cercanas islas Berlengas.
Francis Drake ordenó echar anclas y convocó, a su pesar, una junta de estado mayor.
Al encuentro lo acompañaban Thomas Fenner, su vicealmirante, y los comandantes de las distintas escuadras.
John Norris acudió con su hermano Edward, el capitán Roger Williams y varios coroneles veteranos.
También estaban presentes el Prior do Crato, su hijo Manuel y Robert Devereux, segundo conde de Essex, cuya sola presencia confería al consejo un brillo que a todos admiraba.
El debate fue áspero desde el primer momento.
El fracaso ante La Coruña había quebrado la entente entre los mandos de la Contra Armada, y las juntas se desarrollaban ya a cara de perro.
Sir Francis defendía que el objetivo de la expedición seguía siendo Lisboa, y que debía tomarse mediante una operación combinada por tierra y mar, tal como se había proyectado desde el principio: un golpe rápido y decisivo antes de que el enemigo pudiera reaccionar.
Norris, en cambio, consideraba que el objetivo no era una ciudad, sino el trono de Portugal.
Forzar un desembarco en Lisboa podía convertirse en una carnicería inútil.
En cambio, si desembarcaban en Peniche, donde la resistencia sería testimonial, podrían marchar hacia la capital, revolviendo a la gente y levantando adeptos por el camino.
El Prior secundó al general con vehemencia.
Contaba con apoyos entre el clero, los fidalgos, parte de la nobleza y el pueblo llano.
Su sola presencia bastaría para que los portugueses acudieran en masa a engrosar sus filas.
Con suerte, Lisboa les abriría las puertas sin necesidad de un solo disparo.
Sería una reconquista por aclamación, no por sangre.
Drake escuchaba con la expresión de quien atiende por cortesía una teoría ajena al sentido común. Seguía sin ver razón alguna para modificar el plan inicial cuando el objetivo estaba tan cerca.
—¿Cómo pensáis avanzar hasta Lisboa, alteza?
Esta campaña no es un desfile triunfal —dijo—, sino una operación militar, y este ejército no está preparado para una larga marcha terrestre.
No tenemos carros ni bastimentos suficientes para recorrer quince leguas a pie, apenas contamos con caballería que cubra los flancos, y la artillería de campaña es escasa o nula.
Además, una vez en el interior, la flota ya no podrá prestaros su apoyo.
Don Antonio negó con suavidad, la frente apoyada en la mano.
—Del ejército perded cuidado, almirante, que ninguna cosa le faltará. En cuanto se sepa de mi llegada, toda la gente de los contornos se pondrá a nuestro servicio.
Norris tomó el relevo.
—Os agrada ver la mota en el ojo ajeno, Francis, pero vuestro plan tampoco está exento de riesgos.
—Su sonrisa era tensa—. Atacar Lisboa directamente es jugarse el todo por el todo, y desaprovechar la baza que representa don Antonio.
—El Prior frunció el ceño: ¿Yo una baza?
—. Si fracasamos, la derrota será total.
La única posibilidad sensata es avanzar con paso firme y sumar aliados por el camino.
En la cámara del Revenge, iluminada por la luz que se filtraba por los balcones de popa, se oía el rumor constante de las olas golpeando los acantilados.
—¿Y cuándo prevéis que se produzca ese levantamiento?
—preguntó Drake con mordacidad—. ¿Al tercer día de marcha?
¿Al quinto? ¿O a las puertas de Lisboa? Mi flota, en cambio, puede desembarcar al ejército en Cascaes, tomar el estuario y coger a la ciudad entre dos fuegos.
Es lo que hice en Cádiz, Cartagena de Indias y Santo Domingo.
No se trata de inventar nada, sino de hacerlo con celeridad y firmeza.
—Lisboa no es Cádiz —intervino el Prior con voz grave, marcando las palabras—. Sus murallas son más altas, su artillería más potente y su guarnición más numerosa. Nuestra fuerza está en mis súbditos, que esperan mi venida y nos darán un ejército.
—¿Y si no lo hacen? —insistió Drake, mirando a todos.
—Pronto lo podréis comprobar. —La confianza de don Antonio en sus súbditos era absoluta.
—¡Cielos, almirante, qué panorama nos pintáis!
—Norris, más rígido que nunca, no se explicaba los reparos de su compañero, y se preguntó si no lo moverían los celos—.
La guerra por definición está sujeta a imprevistos.
Mi plan, el vuestro, el de cualquiera. Habláis de desembarcar en Cascaes como si fuera cosa hecha…
Los españoles estarán apercibidos y nos presentarán resistencia, mucha más que aquí.
Y habláis de penetrar por el estuario como si se tratase de un camino abierto, cuando el Tajo está bien defendido por castillos y fortalezas.
Por no mencionar las galeras de los castellanos.
—Galeras habrá veinte, como mucho —replicó Drake con sequedad—. En cuanto a las fortalezas, San Julián es la única que realmente importa, y bastará con arrimarle un par de naos incendiadas para que el humo entorpezca a sus artilleros. Con la marea a favor, podremos pasar sin mayor molestia.
—No es negocio tan cierto como suponéis —alegó el Prior—. Los españoles tienen cien maneras de obstaculizar la entrada al estuario: brulotes, pecios encallados, baterías en ambas orillas que refuercen el fuego de las fortalezas…
—Conozco mis barcos y sé de lo que son capaces.
—Sin el ejército, vuestra flota no tomará Lisboa ni cosa parecida —advirtió, acalorado, el general Norris.
—Y sin la flota, el ejército no comerá, no avanzará y, llegado el caso, no regresará.
Un silencio denso cayó sobre la cámara, sólo roto por el crujido del Revenge al mecerse entre las olas.
—¡Voto al malo! —Devereux se puso en pie e irrumpió con fuerza en la plática—.
El rey don Antonio asegura que el pueblo lo seguirá, y yo no veo motivos para no creerlo.
¿A santo de qué viene arrugarse ahora, Francis?
Marchemos hacia Lisboa de la mano con los portugueses, reuniendo vasallos y ganando voluntades.
¿Habrá peligros? ¿Dificultades? Que vengan: toda empresa digna de ser recordada los tiene.
Por Dios, basta ya de deliberaciones. Prefiero marchar sobre la ciudad que seguir encerrado en este navío, jugando a las batallas con un plano y un compás.
Sus palabras provocaron un murmullo de aprobación, e incluso algunos aplausos. «Así se habla», dijo Roger Williams. La gallardía del conde, su arrojo y el magnetismo de su persona ganaban las mentes y levantaban los corazones. ¿Quién dijo obstáculos?