XXIII #3
—No sabría deciros —añadió el fraile, pensativo—. Resultó herido en uno de los combates. En realidad, no fue a su barco adonde las trasladaron, sino al Relief, del capitán Yates.
—¿Por qué a ese navío?
—Su armador es Michael Gardiner, el hermano de Trenton.
—¿Y cómo sabéis todo eso, padre?
—Porque soy curioso, señor mío, y me gusta aguzar el oído.
—Os habréis hecho entonces una idea de ese Gardiner.
—Es un hombre retorcido. Muy retorcido. Pero no perdáis la esperanza. Sé que mis compatriotas cuidarán de ella.
Gabriel no estaba tan seguro, pero se guardó de decirlo. Había mejorado el tiempo y el cielo, despejado, se abría azul sobre la ciudad. Las golondrinas, al igual que los hombres, reconstruían sus nidos bajo los aleros del convento, entre trinos y vuelos alocados.
—¿Podéis decirme alguna particularidad del Relief?
El fraile arqueó las cejas.
—¿Vais a ir tras él?
—Quizá.
—Es un barco de unos cien toneles, con tres palos y castillos elevados. Pertenece a la escuadra de Thomas Fenner. El casco es de color almagre.
—Muchos cascos se pintan de rojo.
—Ah, y la gavia de mesana tiene un corte muy curioso, en forma de trapecio.
El sacerdote, según le contó, tenía intención de presentar al gobernador una crónica de lo acaecido durante su cautiverio en Irlanda, junto con una relación de los hombres fallecidos en los naufragios, en la prisión o por la crueldad de sus captores, para hacer llegar a sus familiares la trágica notica y que pudieran, al menos, solicitar al rey las soldadas y ventajas correspondientes.
—Os deseo suerte con vuestras gestiones, padre.
Tras despedirse del sacerdote, Gabriel se dirigió a la fragua de su amigo Martín Robledo, buscando despejar ideas. Lo halló sudoroso y malhumorado, agobiado por el aluvión de encargos.
—Media ciudad ha perdido la casa, la hacienda y el sustento, y tú, que te vas a hacer de oro, protestas.
—No imaginas lo que me están pidiendo: roperas, terciados, dagas, picas, hasta corazas. Como si los ingleses fueran a regresar mañana. ¿Y de dónde saco el acero? ¿Cómo lo pago? ¿A quién contrato para que me ayude?
Gabriel, luego de escuchar con paciencia sus quejas, le preguntó por el asedio, y Martín se pasó la lengua por los labios y pidió a su esposa que trajera un cuartillo de vino.
—Qué batalla te has perdido, señor Del Puerto. ¡Qué batalla!
Con el vino servido, narró con lujo de detalles lo sucedido desde el desembarco inglés hasta su retirada, sin omitir el momento en que, junto a Yabama, escapó de milagro.
—Esa mestiza no conoce el miedo, Gabriel.
—No, no lo conoce.
—Bueno, ¿y tú qué?
Gabriel comenzó por hablarle de sus correrías por tierras britanas para terminar contándole lo que había sabido por boca del fraile, y el plan que empezaba a gestarse en su cabeza.
—¿Seguir a esa flota gigantesca? Y cuando la encuentres, ¿qué?
—No lo sé. Tengo que pensarlo. En cualquier caso, debo ir a Lisboa para completar la misión que me encomendó Bazán.
—¿Ahora, con Marcia a punto de parir?
—No me perdonaría perder a Isabel por segunda vez. Si espero, quién sabe qué ocurrirá. Los rastros hay que seguirlos cuando todavía están frescos.
Martín cabeceó, comprendiendo que, por peligrosa que fuera la idea, Gabriel tenía razón.
Antoñita, que se había puesto a barrer tras servir el vino, intervino curiosa:
—¿No esperaréis al parto de vuestra esposa?
—No te metas en pláticas ajenas, mujer —saltó Martín.
—Todavía faltan unas semanas —respondió Gabriel.
Convencer a Marcia fue más fácil de lo esperado. De hecho, si él no lo hubiera propuesto, lo habría sugerido ella. No sólo por Isabel. También por Yabama.
—¿Os habéis reconciliado? —se sorprendió Gabriel.
Marcia le sonrió con dulzura.
—Esa mujer, pese a haber escapado del asalto a la Pescadería, volvió para ayudar a tu hermana. Fue un gesto admirable. Fíjate, hasta se me pone la carne de gallina.
—Te noto muy sensible, querida.
—Será la preñez —respondió, con aire soñador—. Tenemos que ir a rescatarlas.
—¿Cómo que «tenemos»?
—Señor marido, sabed que no pienso separarme de vos otra vez. Donde vayáis, iré yo.
Gabriel la enlazó por la cintura, la atrajo hacia sí y la besó.
—Señora Henriques, sepa vuestra merced que jamás le perdonaría, ni me perdonaría, perder a este hijo. —La besó de nuevo—. Bastante te has arriesgado durante el asedio.
—¿Yo, arriesgarme?
—Me han contado cosas.
Estaban bajo la sombra de un peral, donde se unían los corrales de su tío y de Froilán. El viento agitaba las hojas nuevas y entre ellas colgaban frutillos verdes, agrupados en ramilletes. De un jazmín cercano llegaba un perfume suave, y el zumbido familiar de las abejas llenaba el aire.
—No quiero que te arriesgues en vano. —Marcia había abandonado el tono jovial.
—Y no lo haré.
—Pero sé que es difícil —protestó—. Este asedio me ha enseñado cómo es la guerra: cruel, peligrosa, imprevisible. Balas, metralla, tiradores ocultos, puñales, cascotes desde las azoteas, astillas volando… Todo resulta tan azaroso, tan impredecible que hasta el más cauto puede caer. No digamos tú.
—Iré primero a Lisboa. Veré lo que se cuece y actuaré con prudencia.
—¡Agh! —Marcia se llevó la mano al vientre—. Este pequeñín tampoco quiere que te vayas.
—Igual es una niña.
—¿Te gustaría?
—Más que nada en el mundo.
—¿Dejarás a García conmigo?
—No puedo. Yabama es su madre.
—Por Dios, es un niño.
—Que lo decida él.
—Bien, pero se lo preguntaré yo.
La Portuguesa estuvo lista para zarpar en dos días. Y García no quiso quedarse.
—Tráelas de vuelta —lo despidió Marcia—. Y cuídate.
—Lo haré.
—No es un ruego, sino una orden.
3
Lisboa
No tardaron en llegar a Lisboa las noticias del ataque inglés a La Coruña, de la magnitud de su flota y su ejército, de la toma del arrabal y de las crueldades y demasías cometidas por las tropas.
La inquietud se disparó entre autoridades y vecinos de todos los estamentos.
Iban a venir. Ya no era broma ni rumor infundado, sino una realidad cada vez más próxima.
No quedaba margen para demoras ni tiempo que perder.
En un amplio salón del Palacio Real, junto a la explanada del Terreiro, don Pedro Enríquez, conde de Fuentes, informó al virrey Alberto de Austria de las tropas y compañías disponibles en Lisboa y sus alrededores, que no eran muchas.
El esfuerzo realizado el año anterior para aprestar la Gran Armada había dejado el reino de Portugal huérfano de fuerzas.
Y reponerlas no iba a ser fácil: a los numerosos frentes ya abiertos por la Monarquía Hispánica se sumaban las amenazas de los hugonotes franceses en el norte y del sultán de Marruecos en el sur.
El conde informó asimismo de que se había reforzado con cañones, medios cañones y culebrinas la artillería de los castillos de San Julián, Oeiras y Trafaría, y que se trabajaba a carrera tendida en fortificar los restantes baluartes y torres que protegían la embocadura del Tajo.
El virrey, hombre de frente despejada, barba rubia y mirada suave, escuchaba con atención y cierta aprensión.
Desde que su tío lo designara para regir Portugal en su nombre, había afrontado situaciones delicadas que le exigieron mucha diplomacia y mano izquierda, en especial en el trato con la nobleza lusa, muy celosa de su autonomía, pero la actual tesitura, de carácter plenamente militar, se le antojaba tan peliaguda que temía no estar a la altura.
Alonso de Bazán, también presente en la junta, se centró en los puntos débiles del dispositivo naval, pues San Julián no cubría con solvencia todo el ancho del río, y la docena de galeras disponibles poco podía hacer contra una armada tan crecida como la inglesa.
—¿Qué proponéis, entonces, don Alonso? —preguntó el archiduque cardenal. Pese a su cargo eclesiástico, vestía una armadura pavonada y ricamente ornamentada
—Tender una cadena de una orilla a otra, excelencia. Desde la torre de Belém hasta la de Caparica.
—¿Una cadena? —se sorprendió el virrey.
—¿De qué longitud? ¿De cuánto grosor? —inquirió el conde de Fuentes, más práctico—. En esa parte, el cauce alcanza casi una milla. No hay fraguas bastantes en Lisboa para forjarla, ni brazos suficientes para tensarla.
Don Alonso explicó sin perder la calma que no se trataba de una cadena ordinaria, sino de una barrera formada por medio centenar de gruesos troncos unidos por argollas y eslabones, y fijados al fondo con áncoras cada cincuenta codos, de modo que no fuera necesario tensarla desde los extremos.
Tras la cadena se dispondría una línea de veinte o veinticinco naves alineadas proa con popa y atravesadas a la corriente, con sus bandas artilladas encarando la bocana del río.
Comprendieron el conde y el archiduque que no era una idea improvisada, sino un plan bien meditado, aunque el tiempo que requeriría para ejecutarse resultaba tan largo que acabó por ser descartado.
Lisboa debería defenderse por mar con las fortalezas existentes, la escuadra de Galeras del Océano, las que pudieran enviarles desde Castilla y algunos mercantes y pataches fondeados en el puerto.
—¿Y las tropas portuguesas? —preguntó el archiduque.
—¿Qué ocurre con ellas, alteza? —replicó con cautela el conde de Fuentes.
—¿Lucharán llegado el momento?
El conde de Fuentes se mordió el labio y dirigió la vista hacia el hombre que se hallaba a su lado, que hasta entonces había permanecido en silencio. Era el más indicado para responder a aquella pregunta.
Don Diego de Coutinho, gobernador de armas de Lisboa y miembro del consejo de guerra de Portugal, enderezó el busto y tomó aire.
—De los veteranos respondo, alteza —dijo—. Ahora bien, los soldados bisoños, de los que hay buen número, son menos fiables.
—Sobre todo cuando pintan bastos —advirtió el conde.