La derrota del dragón XXIII #2
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XXIII #2

—Pues deberías.

—La protegeré de ti, cerdo.

Michael rio, pero fue una risa hueca, nada festiva.

—Claro que la protegerás —replicó furioso—. Y más pronto de lo que imaginas.

Michael cruzó la cabina en dos zancadas, sujetó a Isabel por detrás y, desenvainando la daga, llevó el filo a su cuello. El movimiento fue tan súbito que ninguna alcanzó a reaccionar.

—¿Quieres que la degüelle?

—No te atreverás —replicó Yabama con aplomo—. No, mientras su marido viva.

—Puedo cortarle una oreja, entonces. —Michael deslizó la hoja hasta la oreja izquierda, luego la movió hacia el ojo—. O saltarle un ojo. ¿Quieres que lo haga? Evitarlo está en tus manos, india. O en tu entrepierna.

—¡Bastardo! —gritó Yabama, y se arrojó sobre él.

Michael lanzó a Isabel contra ella y las hizo trastabillar a las dos. La española cayó hacia un lado, mientras la mestiza retrocedía, agitando los brazos para no perder el equilibrio, lo que aprovechó el hombre para propinarle un brutal puñetazo en el pecho y una patada en la rodilla.

—Esto es un anticipo, princesa —murmuró, inclinado sobre ella.

La puerta de la cámara se abrió de pronto.

—¿Un anticipo de qué? —preguntó Duarte. Traía, al igual que antes Michael, un par de escudillas sobre la mano y la muñeca izquierdas.

—¿Qué diablos hacéis aquí?

—Velar por mis prisioneras, señor Gardiner —respondió Duarte.

—No son vuestras, señor como-quiera-que-os-llaméis.

—Eduardo Pinto, para serviros. Y claro que lo son: yo las capturé. Puedo presentar a toda una escuadra que lo jurará sobre las Escrituras. —Duarte señalaba hacia cubierta con el brazo libre.

—Olvidáis en qué barco estáis.

—No lo olvido, señor, pero los usos de la guerra son los que son. Conviene que os familiaricéis con ellos.

—Cuidad ese tono, renegado —gruñó Michael, derribando de un manotazo las escudillas. Las gachas de avena se esparcieron por las tablas—. Y tú, mestiza, ya sabes lo que tienes que hacer —añadió antes de marcharse.

Duarte ayudó a Yabama a ponerse en pie, con la rodilla medio encogida y respirando con dificultad.

Los golpes habían sido en verdad duros. Luego salió en busca de una pala y un balde.

Sabía que acababa de ganarse la animadversión del armador, lo que, sumado al peligro latente que suponía Geraldo, complicaba su situación.

Por más que llevara el pelo y la barba descuidados, que evitase mirarlo y aun acercarse a él, en cualquier momento podía ser reconocido. Y eso era peligroso.

Al regresar a la cabina, soltó el cubo y se puso a recoger las gachas con la pala.

—Sois muy amable, soldado —dijo Yabama.

—Lo hago con gusto, señoras —respondió Duarte, contento por haberse granjeado la simpatía de la criada. Pero su alegría duró poco.

—Con el mismo gusto con que un turco cuida de su serrallo —dijo con desdén Isabel. Se sentía furiosa con aquel hombre, el hombre que las había capturado y que, con palabras melifluas, no hacía sino disputárselas a Michael.

—¿Eso pensáis de mí? —Duarte detuvo la pala y se incorporó.

—Acabáis de hacernos una demostración. Penosa, por cierto.

—Te equivocas, Isabel.

—No, Yabama. Los dos buscan lo mismo, aunque con modales distintos.

—¿Preferís al señor Gardiner? —preguntó Duarte.

—A él al menos lo conozco.

—Seguro que vuestra amiga también lo prefiere.

El rostro de Isabel se transformó y Duarte se arrepintió de inmediato de sus palabras. Pensó en revelarle la verdad: quién era, por qué estaba allí, incluso que conocía a Marcia y a Gabriel. Pero no tuvo ocasión.

—Los dos me desagradáis por igual —replicó ella—. Si Michael es peor que un lobo, vos no sois mejor que un perro.

Duarte apretó la mandíbula. En sus ojos brilló una chispa furiosa, y un demonio interno, burlón y malicioso le revolvió el sentido.

—Tenéis razón, señora. Soy un perro rabioso, dispuesto a todo. Guardaos de mí y tratadme con respeto, o no responderé de mis actos.

Sonrió con desfachatez, dio una patada al balde, vertiendo su contenido, y arrojó la pala a los pies de Isabel.

—Recogedlo vos —gruñó. Y salió de la cabina dando un portazo.

Isabel se refugió en los brazos de su amiga. El valor que había mostrado con Michael, la cólera que la había poseído con el soldado, la abandonaron de golpe y la dejaron trémula y llorosa. Yabama la abrazó durante un buen rato, hasta que remitieron las lágrimas y cesaron las sacudidas.

—Ya pasó, Isabel. Ya pasó.

Luego tomó la pala y terminó la tarea.

2

La Coruña

No fue posible convencer a los capitanes de las galeras para que intentaran una entrada en La Coruña, de modo que Gabriel no pudo arribar al puerto ni reunirse con los suyos hasta que la flota enemiga se hubo retirado.

Cuando él y sus hombres desembarcaron en la Marina, encontraron un panorama desolador: casas y barcos calcinados, iglesias profanadas, el hospital de San Andrés arrasado, cadáveres aún sin enterrar, murallas derruidas y una población que apenas empezaba a salir de la violenta conmoción del asedio.

Su propia casa, en la Pescadería, estaba medio en ruinas: la cocina y el cuarto anexo habían ardido por completo y parte del tejado se había venido abajo.

Reconstruirla exigiría tiempo, esfuerzo y dinero.

Desde allí, Gabriel se encaminó con el corazón encogido a la casa de sus tíos.

Marcia, al verlo, soltó un grito, se le echó encima y lo abrazó con fuerza.

Antes de poder articular una palabra de bienvenida, rompió a llorar sobre su hombro, como si hubieran pasado años desde la última vez que se vieron.

Estaba pálida y ojerosa, más delgada y embarazada que nunca, con la expresión trágica de una Dolorosa.

—Querido, querido, querido —repetía. Cuando logró reponerse, le alborotó el cabello a García.

Los Del Puerto lo recibieron como a un hijo pródigo: con abrazos, palabras cálidas y noticias para todos los gustos.

Afortunadamente, no habían sufrido ninguna pérdida en la familia.

La pierna rota de Sancho, comparada con los dramas ajenos, no era más que una anécdota.

Sin embargo, los rostros graves y las miradas esquivas pronto lo prepararon para la peor noticia: la desaparición de Isabel y de Yabama.

A su lado, el proceso judicial contra Marcia parecía casi una broma.

—Sabemos que no han muerto —le aseguró su primo Froilán—. Hace dos días vino un fraile, escapado de las filas enemigas, y nos dijo que habían sido capturadas y trasladadas a bordo de un navío.

—¿Cómo supo dar con vosotros ese hombre?

—Sabía que Isabel era una Del Puerto.

Gabriel se quedó perplejo ante aquel relato, y preguntó por el nombre del navío. Pero Dominga, que fue quien atendió al fraile, no pensó en aquel detalle.

—Puedes hallarlo en la casa parroquial —le informó Dominga.

Cuando los dejaron solos, Marcia le contó a Gabriel con mayor detalle la historia de su encierro: la denuncia anónima, la detención, la intercesión de Sancho y el fallo provisorio del gobernador.

—No se me ocurría otro posible denunciante que el cabo Luján —dijo—. Pero poco antes de morir me aseguró que no había sido él. Y lo creí.

Gabriel la escuchó con atención, se rascó la barba, que ya pedía un buen rasurado, y repasó mentalmente algunos nombres, sin que ninguno lo convenciera.

—Alguien cercano, en todo caso —aventuró—, para saber lo que sabía.

—O poderoso —apuntó Marcia.

Sancho del Puerto y Froilán alojaban en sus casas a varias familias de la Pescadería. Aun así, quedaba espacio para ellos.

—¿No tienes que dormir en casa de la carnicera? —le preguntó Gabriel a su esposa.

—A María no le importará que duerma aquí las noches que desee.

—¿Y qué dirá el gobernador?

—Esa mujer es una heroína. Nadie en esta villa se atreverá a contradecirla. Ni siquiera don Juan Pacheco. Y ahora, métete en la cama, querido, y no me hagas esperar más.

Gabriel, que había aprendido el peligro de contradecir a su esposa, se tumbó junto a ella y comenzó a quitarle, una por una, todas las prendas. Ardua y placentera tarea, a la que se entregó con entusiasmo. Al terminar, contempló la redondez de su vientre y el pronunciado ombligo.

—Apaga la vela.

Él no obedeció. Posó la mano sobre la piel cálida y tensa y sintió los movimientos de la criatura que ella albergaba. Luego se tendió a su lado y le acarició los abultados pechos, las rodillas, las caderas, los muslos, con parsimonia, tomándose su tiempo en alcanzar sus rincones más sagrados.

—Mmm —gimió ella—. La vela, querido.

Por la mañana, Gabriel fue a buscar a fray Antonio de la Cruz a la casa parroquial. El fraile se disculpó por su aspecto y mal olor, fruto del hacinamiento que sufrían. Tenía el pelo mal cortado, las cejas espesas y una mirada atenta que disipó las reservas iniciales de Gabriel.

—Isabel es mi hermana —le confesó, aunque prefirió callar el vínculo que lo unía a Yabama.

Antes de entrar en materia, fray Antonio le explicó brevemente cómo había terminado entre los ingleses.

—Una verdadera epopeya la vuestra, padre —reconoció Gabriel.

Luego, el fraile repitió lo ya contado a la familia: que ambas mujeres fueron hechas prisioneras y que Isabel, al ser interrogada, dijo ser esposa de un capitán inglés.

—John Trenton.

—¿Lo conocéis?

—Por desgracia —dijo Gabriel—. Mi hermana arrastra una larga historia de infortunios, como podéis ver.

Hace tiempo, en un ataque pirata, cayó en manos de ese Trenton, que se encaprichó de ella, la llevó a Inglaterra y la desposó.

Yo la busqué por los puertos de medio mundo, sin hallar más que rastros difusos que me hicieron perder la esperanza.

Hasta que mi esposa la encontró y la trajo a España.

Y ahora, justo cuando parecía que la vida le daba un respiro, le ocurre este nuevo revés.

Imaginad lo que esto significa para ella. Para todos nosotros.

Fray Antonio asintió en silencio, reprimiendo el deseo de preguntar por qué la esposa de Gabriel había acabado en Inglaterra. En su lugar, comentó con calma:

—Al menos, Trenton tuvo la decencia de casarse con ella.

—Cierto —concedió Gabriel—. Quizá tenga también la decencia de protegerla.