XXIII
Atlántico peninsular
Desde la cubierta del Revenge se divisaba el vasto despliegue de la armada, en formación de marcha.
La miríada de velas subía y bajaba al compás de las grandes olas atlánticas.
La mar, agitada, obligaba a mantener distancia entre los buques, y el viento contrario les imponía una larga bordada hacia poniente antes de enrumbar al sur.
Sir Francis Drake, rodeado de sus oficiales de mar y guerra, así como de portugueses del séquito de don Antonio, bromeaba sobre la magnificencia de la empresa y el temor que provocaría su llegada. Pero la procesión iba por dentro.
En La Coruña había comprobado que varios galeones españoles habían sido reparados.
Y no dudaba de que lo mismo ocurría en otros puertos del Cantábrico.
El almirante empezaba a lamentar haber cambiado un hueso tan duro como Santander por la presa aparentemente fácil de La Coruña.
Sabía que a la reina no le gustaban las desobediencias, y menos si venían sin el consuelo de un rico botín que aliviara sus exhaustas arcas.
Y luego estaba el asunto del ejército de Norris.
Por mucho que se pavonease de su victoria en El Burgo, Drake conocía bien su coste, pese a combatir contra mesnadas feudales, mal armadas y peor entrenadas.
Dudaba que en Portugal tuvieran la misma fortuna.
¡Ah, Portugal! Esa era la verdadera incógnita, la que le quitaba el sueño.
El rey don Antonio —el título le arrancaba una sonrisa— juraba que el pueblo se alzaría a su paso como un incendio estival, y sus nobles y capitanes lo refrendaban con fe ciega.
Pero ¿qué garantías tenían de que así sería?
Aquella baza era tan volátil como las mismas palabras.
Tras un rato de conversación, Drake descendió a la enfermería.
Siempre le había gustado mostrarse atento con sus hombres; al fin y al cabo, por él luchaban.
El aire que entraba por la tronera abierta no lograba disipar los malos olores, pero el almirante no era hombre escrupuloso.
Sólo había tres pacientes: dos yacían sobre colchoncillos tendidos en el suelo; el tercero reposaba en un catre, sudoroso, macilento, y con el rostro relajado por lo que parecía un sueño apacible.
—¿Cómo se encuentra, Cooper? —preguntó Drake al cirujano, que estaba limpiando y ordenando su instrumental.
Este dejó lo que hacía y se frotó las manos.
—Ha perdido mucha sangre, señor.
—¿La amputación salió bien?
—Los humores pútridos aún no se han disipado.
—En cristiano, hombre.
—La bala le hizo añicos el hueso, y es posible que se esté gangrenando. Aunque me preocupan más los otros —añadió con gravedad—. Presentan síntomas de tabardillo.
—Mala cosa. Conviene mantener bien ventilado este lugar.
—Y limpio.
En ese momento, el herido del catre tosió y se incorporó ligeramente.
—Señor. ¿Cómo va la navegación? —preguntó, con los ojos entreabiertos y una mirada inesperadamente lúcida.
—El viento se muestra tan caprichoso como de costumbre, John.
—¿Y el Fortune?
—Olvidaos del Fortune y de todos los malditos barcos —replicó el almirante—. Preocupaos por sanar, muchacho. Aún nos faltan muchas empresas… —un cañonazo le interrumpió la frase, que completó en voz baja— que acometer.
Un segundo disparo resonó, y al punto un joven oficial apareció en la puerta.
—Se ha avistado un barco, señor.
—Sed más específico.
—En rumbo de ceñida, por estribor. Parece el Swiftsure.
—¿Qué me decís? —exclamó Drake, sorprendido—. El segundo conde de Essex al fin se nos une. —Y sin añadir más, abandonó la enfermería.
Trenton lo siguió con la mirada, sombrío.
El brazo le dolía más de lo que había querido admitir.
Mejor dicho, el muñón. Tendría que acostumbrarse a su ausencia.
Giró la cabeza y contempló las vendas, sucias de sangre y otros líquidos.
Era como si bajo ellas palpitase un segundo corazón, delicado e irritable, que mordía con cada latido.
Lo levantó con cuidado y se lo llevó a la nariz: apestaba como un queso borgoñón.
—Alegraos de que haya sido el izquierdo —comentó Cooper al verle el gesto.
Trenton no respondió. Con la mano sana empezó a deshacer el vendaje.
Al poco, quedó expuesto un muñón hinchado, amoratado, deforme, impregnado de secreciones.
La piel, cosida sobre la masa muscular, formaba una cicatriz grotesca.
Había visto muchas heridas y sabía que pasarían meses antes de que aquello cerrase.
Lo que no resultaba normal era aquel color oscuro.
Posó los dedos sobre la carne, sin apenas presionar, y un ramalazo de dolor le cruzó el cuerpo y le cortó el aliento.
—Lo cautericé con aceite hirviendo y le apliqué ungüento amarillo —explicó el cirujano—. Pero empieza a necrosarse.
—¿Qué se puede hacer?
—Soltar algunos puntos y dejar que supure.
—Pues hacedlo de una vez.
El cirujano del almirante, pese a su experiencia y a los medios de que disponía, no le inspiraba más confianza que un barbero sangrador.
Hacía ya una semana que estaba bajo sus cuidados, y su salud no hacía sino deteriorarse.
Sentía que la gangrena asomaba y que las probabilidades de sobrevivir jugaban en su contra.
En más de una ocasión se había reprendido por la insensata acción frente a la muralla de La Coruña que ni lo acercó a Isabel, ni le procuró noticias suyas ni cambió un ápice el curso de la campaña.
Pero lamentarse carecía de sentido. No era esa su forma de encarar la vida.
Lo hecho hecho estaba. Si salía de aquella con vida, aunque fuera con un solo brazo, sería capaz de gobernar cualquier navío bajo el cielo.
La arribada del Swiftsure corrió de cubierta en cubierta y de buque en buque, y en poco tiempo toda la armada estaba al tanto de la venida de Robert Devereux.
Tras los reveses sufridos en Galicia, la figura del carismático favorito renovaba el ánimo de los capitanes y levantaba la moral de las dotaciones.
También en el Relief, que navegaba en el ala derecha, la noticia fue recibida con alborozo entre los ingleses. No así entre los portugueses, que no entendían el motivo de tanto bullicio.
—¿Acaso va a ganar la guerra él solo? —preguntó Geraldo, que había reembarcado con sentimientos encontrados.
Aunque no hubieran podido entrar en la ciudad, ni ajustar cuentas con su traicionera hermanita, al menos habían puesto rumbo a Portugal.
Anhelaba pisar tierra firme y acometer la parte esencial de la campaña.
El capitán Yates y Michael Gardiner le explicaron las implicaciones de la llegada de Devereux.
—En cierto modo, es como si la propia reina navegara con nosotros —resumió Michael, más pensativo de lo habitual.
La causa de sus cuitas era Isabel, cuya presencia a bordo se había convertido en un problema.
Al principio se sintió satisfecho por tener una baza frente a su orgulloso hermano John: podía comunicarle que había recuperado a su esposa…
o guardarse la información. Mas pronto comprendió que se había dejado arrastrar por el deseo de revancha.
Isabel representaba una amenaza para sus intereses familiares, y no le convenía en absoluto que John la encontrase, y menos aún que se reconciliaran.
Lo más sensato habría sido canjearla por un buen rescate o eliminarla antes de que se hubiera sabido quién era.
Pero la ocasión se había pasado y su proceder dependería ahora de cómo se recuperase su hermano.
Por el momento la había acomodado en una cabina contigua a la suya, para guardarla de los animales de la tripulación.
A ella y a la impresionante mestiza que más temprano que tarde pensaba hacer suya.
A la hora del rancho, Michael se adentró en la tolda, se allegó hasta la cabina de las mujeres y dejó las escudillas sobre una balda clavada en un mamparo.
—Aquí tenéis, señoras. No es un almuerzo principesco, como veis.
Ninguna de las dos se movió. Permanecían de pie, al fondo del cubículo, con expresión grave.
—¿Qué ocurre?
Isabel miró de reojo a Yabama antes de hablar.
—¿Cuándo pensabas decírmelo, Michael? —preguntó. La cercanía de su amiga le transmitía parte de su fuerza. Le daba seguridad.
—¿Decirte qué?
—Sé que John está herido, y que lo han llevado al buque almirante.
Michael alzó las cejas, pillado en un renuncio. La voz, sin embargo, le salió serena.
—¿Quién te lo ha contado?
—Lo sabe media tripulación. ¿De verdad creías que no lo iba a descubrir?
—No quería preocuparte.
El barco cabeceó con violencia, e Isabel apoyó el brazo contra el mamparo para no perder el equilibrio.
—Qué detalle por tu parte —respondió—. Estamos prisioneras en un barco enemigo, rodeadas de hombres capaces de cualquier cosa, pero tú no querías que me preocupara.
—Tú lo abandonaste. Nos abandonaste, querida.
—Quiero verlo.
—Me temo que es imposible, Elizabeth. Mi hermano está muy grave, crítico diría yo. Y no pienso permitir que tu encantadora presencia le dé el golpe de gracia.
—¿Desde cuándo te importa la salud de John?
—Siempre hemos estado muy unidos. Especialmente antes de que tú irrumpieras en su vida. Ya lo sabes.
Isabel frunció el ceño. Aquel hombre había intentado envenenarla para impedir que su hijo heredara Saint James.
—¿Unidos? Antes creería que deseas verlo muerto.
—Eres libre de pensar lo que quieras.
—Hablaré con el capitán.
—¿Con Yates? No servirá de nada.
—Entonces con el señor Henriques —insistió ella, elevando el tono, con las mejillas enrojecidas—. O con quien sea.
—Quitémonos las máscaras, Elizabeth —dijo Michael, cansado de aquella conversación—.
Estás en mi barco y harás lo que yo diga, cuando yo lo diga.
Podría tirarte por la borda ahora mismo y nadie movería un dedo para impedirlo.
Si sigues viva, es porque mi hermano, ese mismo al que tú abandonaste, aún respira.
Compórtate y haz lo que se te ordene… y puede que salgas de esta con vida.
—Sus ojos se desviaron hacia la mestiza—. Las dos.
—No te tengo miedo, inglés —dijo Yabama.