XXII #7
Sancho del Puerto había recibido un arcabuzazo del que se salvó gracias a la calidad de su armadura, cuya hombrera se solapaba medio palmo con el peto.
La bala atravesó la primera lámina, pero se detuvo en la segunda.
No se libró, sin embargo, de la caída posterior.
La fuerza del impacto lo lanzó escaleras abajo desde el torreón donde se hallaba, y se rompió la canilla.
—Podríais haber muerto, padre —le reprochó Froilán, mientras se la entablillaba.
—El Señor cuidó de mí.
—¿Duele mucho, abuelo? —preguntó Sanchete, al entrar en la habitación.
—Apenas —respondió don Sancho, con una mueca.
El marqués de Cerralbo sabía que las defensas no aguantarían otro ataque semejante, y que era imperativo cerrar los huecos.
Por fortuna, los ingleses habían sufrido también grandes pérdidas, y dedicaron el día siguiente a honrar y enterrar a sus muertos, lo que les dio un tiempo precioso para reparar lo batido.
En la brecha de la muralla se tendió la verga de un mástil, y contra ella se clavaron vigas, horcones y maderos hasta formar una empalizada que luego fue terraplenada.
El torreón volado, por su parte, se reforzó con más gaviones y fajinas.
La siguiente mañana, los ingleses reanudaron el ataque.
Escarmentados tras el fracaso anterior, se dirigieron esta vez hacia la cara este de la muralla, que era la más vulnerable, aunque tenía el inconveniente de estar muy pegada al mar.
Viendo desplazarse a las compañías enemigas, Cerralbo ordenó una salida apresurada por la puerta de San Francisco con el fin de incendiar el convento homónimo y evitar que se repitiera lo ocurrido con Santo Domingo.
A pesar de que sólo un ala ardió, el fuego fue lo bastante efectivo para impedir que los ingleses se atrincherasen en él.
Más adelante, los vigías observaron movimientos de tropas hacia el lado de El Burgo. Durante unas horas se escucharon los ecos de un combate que a todos preocupó, pues lo único que explicaba aquel movimiento era un intento de abrirse camino hacia Santiago.
En la ciudad ignoraban que los ingleses, decididos a abandonar el asedio, necesitaban asegurar un reembarque seguro.
Así, el general Norris, al frente de cuatro mil hombres, emprendió un ataque contra las posiciones del conde de Andrade, con el doble objetivo de desalojarlo del puente del río Mero y obtener un éxito que mitigara el fracaso ante La Coruña.
No convenía al honor de Inglaterra marcharse de Galicia con el rabo entre las piernas.
Ante un contingente muy superior, el conde de Andrade se replegó escalonadamente, aprovechando el terreno para emboscar y escaramucear hasta alcanzar el Mero, donde organizó la defensa.
El ataque inglés, muy violento, fue rechazado una y otra vez en el estrecho puente.
Pero Norris, resuelto a imponerse a cualquier precio, espoleó a los suyos y lanzó nuevas acometidas.
Tras una refriega larga y encarnizada, logró al fin tomarlo y obtener una victoria tan gravosa en vidas que apenas podía calificarse de tal.
Don Martín de Ayala echó en falta en aquel trance a sus quinientos mejores soldados, retenidos a bordo de las galeras, aguardando en vano que sus capitanes se decidiesen a conducirlos a La Coruña.
Aquella noche, en el primer cuarto de la guardia, aprovechando la marea baja, un escuadrón inglés se acercó con palos alquitranados a la muralla, en el sector que miraba a la Marina, con idea de incendiar los voladizos de algunas casas que sobresalían por encima de las almenas y que el fuego se propagase por toda la ciudad.
La rápida respuesta de los coruñeses desbarató el intento.
Con las luces del nuevo día, se hicieron al fin patentes para los sitiados los preparativos de marcha del ejército invasor.
No por ello se bajó la guardia: Cerralbo y sus capitanes decidieron mantener a todos en sus puestos.
Una decisión oportuna, porque los ingleses repitieron la maniobra incendiaria, a la misma hora y en el mismo lugar.
La refriega fue más encarnizada que la anterior, con descargas de mosquetería, arcabucería y lluvias de piedras, pero cosechó el mismo resultado.
Al retirarse los atacantes, el capitán Lorenzo Montoto ordenó una salida para apartar los maderos medio encendidos y los artificios abandonados.
Allí encontraron también cuerpos caídos y enemigos agonizantes, a los que remataron sin piedad.
Cuando ya se volvían, una voz los llamó desde unas rocas cercanas:
—¡Señores soldados! ¡Ayuda!
El cabo de la escuadra, hombre de natural desconfiado, ordenó replegarse. Pero la voz insistía:
—Estoy solo y voy a salir.
Al momento, una figura surgió entre las sombras. Avanzaba lentamente con las manos en alto, hasta entrar en el círculo de luz de las antorchas.
—¡Daos a conocer! —ordenó el cabo, la voz grave, el arcabuz presto.
—Soy un fraile franciscano.
—Vestís como soldado.
—Caí prisionero y me obligaron a combatir con ellos. Largas son mis andanzas, creedme.
Siguió un silencio tirante. La brisa marina hacía oscilar las llamas.
—Tomadlo o degolladlo, señor cabo —dijo uno de los soldados—. Es peligroso quedarse aquí.
El cabo ordenó al desconocido darse la vuelta y juntar las manos a la espalda. Una vez atado, un soldado lo tomó del brazo y se encaminaron a la puerta de Parrote.
—¿Quién es? —preguntó un centinela.
—Un prisionero —respondió el cabo.
—Fray Antonio de la Cruz —aclaró el fraile.
El jueves dieciocho de mayo, los ingleses desmontaron los cañones de la batería situada frente a la puerta de Aires.
Luego, sacaron del convento algunas tallas e imágenes que aún no habían destruido, las arrojaron al otro lado de las trincheras y las arcabucearon entre risas, burlas e insultos.
Desde el adarve, los defensores observaban la escena con impotencia e indignación.
El regidor Meiranes, devoto hasta el tuétano, apretaba los puños hasta blanquearle los nudillos.
—Herejes sacrílegos —decía—. Se ceban con lo que no entienden.
—No hagáis caso —le respondió Martín Robledo—. Es rabia vana y despecho inútil.
Siguieron descargando su frustración contra el convento de Santo Domingo, al que prendieron fuego tan a conciencia que ardió como una enorme tea.
Más tarde incendiaron las casas del arrabal, muebles, puertas, ventanas, las vallas de los corrales y los árboles de los huertos.
El cielo pronto se llenó de columnas de humo que se confundían con las nubes.
La actividad en la bahía era frenética, con lanchas y esquifes que trasladaban tropas desde la playa hasta los buques.
Los soldados iban cargados con telas, arcones, cortinas, cuadros, armas, utensilios de cocina…
, todo lo que tuviera algún valor y pudiera ser transportado.
Desde San Antón, los cañones tronaban de vez en cuando, recordándoles que no podían cruzar ciertos límites.
Al anochecer, ya no quedaban soldados enemigos ni en la ciudad ni en sus alrededores.
Las campanas de todas las iglesias tocaron a rebato en señal de victoria.
Marcia y María Fernández se acercaron a uno de los torreones.
La oscuridad cubría el devastado arrabal; sólo los restos calcinados de las casas y del convento brillaban con luz rojiza.
—Nos quedamos como vinimos al mundo —murmuró Marcia, pensando en lo poco que les quedaba.
—Por fortuna, salvamos la vida.
—¿Cómo podéis decir eso, María? ¿Ya olvidasteis a vuestro marido?
—Vive en la sangre de mi pequeño, y lo llevo en el corazón —respondió la coruñesa, con la mano en el pecho—. Pero hay que mirar al frente, y seguir adelante.
—Seguir adelante —repitió Marcia. En ese instante, sintió una patadita de su hijo.
La Contra Armada se hizo a la vela con la brisa terral de la madrugada.