XXII #6
Mientras, en la bahía, una flotilla de lanchas se desgajó de la armada y puso proa al islote de San Antón.
Remaban en formación cerrada, bajo un cielo encapotado y un viento flojo que arrastraba consigo el humo de la pólvora quemada en tierra.
Desde el alcázar del Revenge, sir Francis Drake observaba con emoción contenida un despliegue que representaba el particular aporte de la armada a la ofensiva general de aquel día.
La preponderancia que, desde que tomaron al asalto la Pescadería, tenían las acciones terrestres sobre las navales lo estaban condenando a un papel secundario que en absoluto le complacía.
Se consolaba, no obstante, pensando en el resto de la campaña y en los días de gloria que le aguardaban.
Aquella tarde no hubo soldado ni vecino que quedase ocioso en la ciudad.
Desde el baluarte del islote, los defensores recibieron a las lanchas con una primera andanada que alcanzó a dos de ellas.
Las cuatro piezas de la Fortaleza Vieja, bien servidas, echaron a pique otras tantas y sembraron confusión en la línea enemiga.
Pero las lanchas eran muchas y marchaban resueltas.
Algunas, artilladas con piezas ligeras, respondieron con cañonazos que mordían la muralla aún inconclusa del baluarte o levantaban columnas de agua frente a ella.
Cuando alcanzaron la orilla, se entabló un cerrado duelo de arcabuces.
Los ingleses porfiaban en saltar a tierra, mas la compañía de Jerónimo Monroy había cegado los accesos con rocas, estacas y árboles enteros hincados en el fondo, y sostenía un fuego constante desde sus troneras y parapetos.
Los capitanes ingleses alentaban a sus soldados y les pedían un último esfuerzo.
El combate se hizo tan cercano que, a distancia de pica, unos y otros se miraban los rostros entre el humo.
Una lancha logró varar en una restinga al pie del muro, y sus hombres treparon hasta la parte baja del baluarte, donde fueron repelidos con violencia.
Durante más de una hora, el mar fue un tablero convulso de choques, gritos y disparos, hasta que el castigo continuo de los cañones obligó a la flotilla a una retirada desordenada que dejó tras de sí cuerpos que flotaban entre tablas rotas y embarcaciones maltrechas.
En tierra firme, tras más de tres horas desde el inicio del asalto, la infantería inglesa no cejaba en su empeño de entrar en la ciudad.
Oleadas sucesivas de soldados se lanzaban contra la brecha que había abierto su artillería, avanzando bajo la protección de escudos, corazas y grandes mantas de madera y acero.
Enfrente, los capitanes y sargentos, oidores y cabos, encargados de la defensa pugnaban por contener las tentativas de escalada.
Tapaban los huecos críticos y redoblaban energías en aquel punto de mayor presión.
Sin embargo, la muralla era larga, y en cualquier momento los ingleses podían intentar un asalto en un sector menos guarnecido.
Las bajas entre los coruñeses comenzaban a pesar.
El esfuerzo sostenido, la fatiga física, la tensión continua minaban la moral y reducían la eficacia de los hombres.
Los heridos se amontonaban en el interior o eran trasladados a casas particulares donde se les prestaba auxilio como se podía, sin médicos ni recursos.
Las armas, lentas de recargar, se recalentaban y fallaban.
Cada vez más mujeres se sumaban a la defensa.
Unas traían desde sus casas calderos de agua o aceite hirviendo hasta el adarve, y los vertían sobre los enemigos.
Otras cargaban esportones repletos de cantos, lajas afiladas o ladrillos; cualquier cosa valía.
Al pie de la muralla, unas niñas recogían piedras entre los escombros y las echaban en unas cestas que unas monjas subían por una improvisada escalera.
—Más arriba, que pesa lo suyo —dijo Marcia, encaramada en el adarve. Luego, avanzando de rodillas, empujó la cesta un par de varas y la dejó junto a un soldado agazapado tras una almena, justo al borde del lienzo caído.
—Tened cuidado —advirtió el soldado. Para subrayar sus palabras, una bala de mosquete golpeó el borde de la almena e hizo saltar una nube de esquirlas.
A Marcia le dolían las manos, las rodillas, le ardían los ojos y notaba a su criatura removerse inquieta en el vientre.
Demasiado inquieta. De pronto sintió un dolor allí dentro, tan agudo que perdió el aliento.
Se sentó en el adarve, a la espera de que se calmara.
El estruendo de la batalla era infernal.
Los disparos, las voces, los lamentos, algún trueno.
El humo espeso de la pólvora y el olor de la sangre se mezclaban con el repicar de los tambores y los ecos del combate.
Un cañón soltó un trallazo en la torre de Aires.
—Virgen santa, ¿qué hago aquí? —se dijo Marcia.
—¿Os ocurre algo? —preguntó, solícito, el soldado.
—¡Mirad por vuestro estado, Marcia! —le gritó María Fernández, apostada más abajo, sobre las propias ruinas de la brecha. Protegida por un sillar descabalgado, se asomaba para arrojar un cascote tras otro.
Pero Marcia no hizo caso; respiró profundamente, se enderezó con trabajo y volvió a por el siguiente canasto.
Tras múltiples asaltos fallidos, un escuadrón inglés lanzó una arremetida brutal para escalar la brecha y entrar en la ciudad.
—¡Más munición! —aulló un vecino que enarbolaba una escopeta corta.
—¡Gente y armas! — exclamó un coselete con la pica en ristre.
Pero no había ni lo uno ni lo otro. La reserva al mando del marqués de Cerralbo se había dislocado en múltiples pelotones enviados a tapar huecos y reemplazar bajas.
Los soldados que sostenían el frente de la brecha eran pocos.
El empuje enemigo era imparable y no tenían a nadie detrás.
La carga la encabezaba un oficial inglés, bien acorazado, flanqueado por una veintena de piqueros y alabarderos que trepaban por los escombros, sobre los cadáveres, en un abanico siniestro.
Los rostros sudorosos, las expresiones feroces, las armas prestas.
Ascendían con parsimonia y fuerza incontenible, como el agua dentro de un dique a punto de reventar.
Si coronaban el talud, su ejército se volcaría tras ellos como un torrente.
La compañía de Pedro Ponce y los civiles que lo ayudaban comenzaban a ceder terreno.
Gastados, cubiertos de sangre, empapados, heridos, retrocedían paso a paso sobre el irregular montículo, resbalando, bloqueando estocadas, cayendo.
El oficial inglés, la espada en la diestra y el pendón en la siniestra, logró escalar un saliente y plantar el pie en la cima del derruido lienzo. Su sargento lo seguía, animando a los suyos.
—¡Voto a Satanás! —rugió el capitán Ponce, la coraza abollada por los golpes—. ¡Que entran!
—¡Por encima de mi cadáver! —gritó una voz femenina.
María Mayor Fernández da Cámara y Pita, viuda de Gregorio Rocamonde, se adelantó entre los escombros, tomó una pica caída y, con decisión, la clavó en la axila del oficial. Este soltó la bandera y rodó muralla abajo.
—¡A mí los hombres! —clamó, sin cuidarse del sargento, que se le aproximaba con la espada en ristre.
Marcia quiso advertirla del peligro, pero María parecía enajenada, con el pendón apresado en alto, la frente erguida, la mirada vuelta hacia los suyos.
Desde la torre más cercana, un mosquetero apuntó con calma y abatió al sargento.
La caída, tan visible en mitad del tumulto, hizo vacilar a los asaltantes.
En los defensores, por el contrario, obró como un revulsivo.
María Fernández, que no había soltado la pica, la volvió a empuñar con ambas manos y arremetió contra el primero que intentó trepar por el montículo de escombros y cadáveres.
El capitán Ponce, cubierto de polvo y sangre, reunió fuerzas y escaló de nuevo a la cima de aquella loma inestable.
Tras él acudieron varios soldados, y también un puñado de mujeres que, lejos de arredrarse, se inclinaban para recoger las piedras y cascotes que quedaban a mano, yelmos de los caídos, astiles, dagas, y los lanzaban con determinación.
El golpe sordo de la piedra al dar en carne o hierro se mezclaba con los alaridos y el fragor del combate.
Desde lo alto del adarve, Marcia, expuesta al fuego enemigo, arrojaba los ladrillos de un canasto sobre las cabezas que asomaban.
En las murallas colindantes, arcabuceros y mosqueteros redoblaron las descargas, cruzando sus fuegos sobre la brecha.
Un pelotón de la reserva, convocado por los clamores, acudió a la carrera, cerró el hueco y afianzó con su presencia la defensa.
Los ingleses sostuvieron unos instantes el inesperado contraataque, pero pronto comenzaron a recular. La tarde se extinguía. Las nubes, muy oscuras, descargaron otro chaparrón que volvió aún más intransitable la tierra removida del disputado talud.
El súbito retroceso del escuadrón que coronaba el terraplén desorientó a los que venían detrás.
Algunos creyeron que se habían desembarcado refuerzos dentro de la ciudad, y dieron la vuelta.
Un cañón desde una torre alcanzó de lleno a un grupo que aún pugnaba por subir.
Un arcabucero tumbó a un capitán inglés que intentaba detener la retirada.
Arreciaba el viento. El renovado ímpetu de los defensores detuvo la ofensiva.
Los ingleses se replegaron con desorden hacia sus líneas, dejando el terreno cubierto de banderas y cuerpos caídos, vísceras, sangre y lodo.
El instante crítico había pasado. La Coruña resistía.
7
Ciudad Vieja
La noche fue tensa en la ciudad, temerosos todos de una nueva arremetida.
El marqués de Cerralbo y el sargento mayor Luis de León recorrieron el perímetro para evaluar los daños y contabilizar las bajas.
El hospital no daba abasto, las familias velaban a sus muertos y no había carpinteros suficientes para fabricar tantos ataúdes como se necesitaban.