La derrota del dragón XXII #5
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XXII #5

El asalto definitivo era inminente, y el marqués de Cerralbo organizó la defensa como pudo.

Dispuso primero el repliegue de la tropa del capitán Troncoso, apostada en el torreón de los Ángeles, para evitar bajas cuando estallara la mina.

El capitán Diego de Bazán recibió orden de mantenerse, con otro destacamento de arcabuceros, sobre las cortinas contiguas al cubo minado.

Su misión era proteger ese tramo y socorrer a Troncoso mediante fuego de flanco.

A su cargo quedaban las cuatro piezas emplazadas en los cubos contiguos a la puerta de Aires, listas para abrir fuego tan pronto se iniciase el movimiento enemigo.

El lienzo más amenazado fue confiado al capitán Pedro Ponce, con un escuadrón de piqueros. A su vez, el sargento Antonio Herrera fue destinado con arcabuceros y mosqueteros a las torres adyacentes.

Los demás capitanes se repartieron a lo largo de la muralla.

En la plazoleta tras la puerta de Aires, Cerralbo situó, bajo su mando directo, una reserva formada por una compañía de milicia y todos los hombres útiles de la villa —labradores, pescadores, artesanos, criados y menesterosos— prestos para acudir donde más falta hiciera.

Por la tarde comenzó a caer una llovizna suave.

La mina reventó poco después. La explosión, seca y ensordecedora, derrumbó —esta vez sí— parte del torreón de los Ángeles y levantó una nube espesa de polvo y tierra.

Le siguió una calma súbita, rota apenas por el chocar de piedras y los gemidos de los heridos.

Después, la algarabía de clarines y tambores dio paso al estrépito de un nuevo ataque.

Varias columnas enemigas emergieron de sus reparos.

Una de ellas, aprovechando el desconcierto, se dirigió en derechura al cubo volado.

Cuando se disipó el polvo, el capitán Troncoso comprendió que los daños no habían sido tan devastadores como se temió y reaccionó de inmediato.

Con una pequeña fuerza retomó las ruinas del torreón y ordenó a sus tiradores que se apostasen entre los sillares caídos, mientras los piqueros formaban un cuadro compacto para contener la embestida.

Los ingleses, armados con partesanas, guadañas y mandobles, trepaban sobre los escombros y trataban de penetrar por el estrecho y empinado hueco, en el que sólo una decena de hombres podía combatir a la vez.

Fueron recibidos con una descarga cerrada, a quemarropa.

A este fuego se sumó, desde el flanco, el de los arcabuceros de Bazán, apostados en las cortinas próximas, que castigaban las compactas filas enemigas y causaban estragos entre ellas.

Superada la sorpresa inicial, el empuje inglés se disolvió y la columna se replegó hacia sus propias líneas.

Los defensores, cansados pero jubilosos, celebraron el éxito con gritos y canciones.

—¡Volved, volved, que me queda cuerda para rato! —gritaba un arcabucero.

No obstante las bravatas, los enemigos se pusieron a castigarlos, desde el convento de Santo Domingo, con un fuego graneado que hacía del torreón una posición muy expuesta.

Entonces, sin que nadie las convocara, un grupo de mujeres se organizó por su cuenta para levantar un parapeto de fajinas que protegiese a sus soldados.

Bajo el plomo enemigo, arrastraban con admirable coraje haces de ramas, maderas, piedras, cualquier cosa que sirviese.

Antoñita, sudorosa, con el mandil manchado y los brazos raspados, seleccionaba ramas gruesas de longitud pareja, las ataba en haces y los entregaba a los soldados de la torre, que los encajaban en la improvisada defensa. A su lado, Dominga y otras mujeres hacían lo mismo.

—¿Y vuestro marido? —preguntó Dominga.

—Sépalo Dios —respondió ella por encima del hombro—. En este desbarajuste, el que ayer estaba con Meiranes hoy lucha con Bazán y mañana estará con Herrera.

Unos pasos más allá, una joven subió un pesado saco relleno de ripio mientras Antoñita comenzaba a formar un nuevo haz de ramas.

—Ojalá lleguemos a mañana —dijo la joven.

—Llegaremos, muchacha —respondió Dominga—. Con la ayuda de Nuestra Señora, llegaremos.

—Menos charla, que el tiempo apremia —las cortó otra mujer.

Y era cierto. Los ingleses ya se reorganizaban para lanzar un segundo asalto sobre el torreón de los Ángeles.

Mientras se atendía a los heridos y se refrescaban los cañones, los defensores apenas encontraban respiro. El ataque proseguía con fiereza en el resto del frente.

La batería inglesa, con su implacable machacar, había ido ampliando la brecha en el sector que llevaba varios días castigando, hasta que al fin logró abrir un boquete de entre quince y veinte varas junto a la puerta de Aires, en pleno centro de la muralla.

Más allá, Martín Robledo disparaba sin descanso con su mosquete desde hacía horas.

Primero con munición de plomo, y luego con las balas de peltre que las coruñesas habían fundido.

Le dolía el hombro, las manos, la cabeza y todo el cuerpo, como al resto de los compañeros, pero estaba decidido a agotar hasta el último aliento sobre aquel estrecho adarve.

Para poder tomarse pequeños respiros, se turnaba con Froilán en la faena: uno recargaba, el otro disparaba. Aunque el arma de su compañero era un arcabuz de serpentín que requería distinto calibre, la alternancia valía la pena.

Ambos acababan de presenciar el demoledor derrumbe del lienzo que se alzaba a su izquierda.

Por fortuna, el paso no había quedado franco por completo gracias a la incansable labor de los vecinos, que habían levantado un contrafuerte interior en plano inclinado que protegía los piqueros del capitán Pedro Ponce.

Desde su posición, Martín observó con creciente temor cómo los enemigos abandonaban las trincheras y avanzaban en una marea interminable que se desplegaba a lo largo de toda la muralla.

Amparados tras manteletes de madera, rodelas y armaduras, consiguieron aproximarse, colocar sus escalas y comenzar el ascenso.

Pero los coruñeses, firmes en sus puestos, respondían con tenacidad.

Disparaban desde las almenas o se inclinaban sobre los antepechos que las unían para hostigar a los invasores con picas y medias picas, haciendo caer a muchos antes de que alcanzasen la cima.

Las voces, gritos y alaridos se confundían con los disparos y los cañonazos de los torreones.

Martín fijó su puntería en un alférez que enarbolaba un estandarte cuartelado: leones dorados sobre granate y flores de lis sobre azul. Apoyó el mosquete en la almena, tiró del gatillo y vio caer no al alférez, sino al soldado que estaba a su lado.

—No es mal tiro —le reconoció Froilán.

—Bueno tampoco —gruñó Martín, y se agachó para intercambiar un arma por otra—. La próxima no pienso fallar.

Su experiencia militar le decía que aquel no era un ejército profesional. El ataque era desordenado, y aunque entre los ingleses se distinguían oficiales y nobles por la calidad de sus armaduras, se dejaban arrastrar por el tumulto sin imponer mayor disciplina.

—¡Ojo, Martín! —avisó un compañero desde otra almena.

Se volvió de inmediato y vio que acababan de colocar una escala muy cerca. Se asomó sobre el reparo, apuntó con el arcabuz y disparó al primero que ascendía. El impacto lo hizo caer y arrastró consigo a los dos o tres que lo seguían.

—Ayúdame, Froilán.

Ambos empujaron la escala con fuerza, pero no conseguían derribarla. Los brazos no daban más de sí.

—¡Señor, señor! —gritó entonces un chicuelo que, corriendo por el adarve con agilidad, blandía una vara rematada en horquilla. Su voz aguda se impuso con dificultad al estruendo—. ¡Dejad que os ayude!

Sin esperar respuesta, se echó junto a ellos, encajó la horquilla en el peldaño superior y empujó.

No fue suficiente: tres ingleses ya se encaramaban por la escala.

Froilán unió sus manos a las del chico, y entre los dos lograron, finalmente, tumbarla.

Sin embargo, en el último instante, el primero de los ingleses, armado con una partesana, lanzó un tajo que alcanzó al muchacho en el hombro.

Froilán soltó la horquilla y se volvió para socorrerlo.

La herida era profunda y la camisa del chiquillo se empapaba de sangre.

—¿Puedes andar?

—Creo que sí —respondió con voz que quiso ser firme, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas—. Pero duele.

Froilán, medio agachado, lo acompañó hasta la torre más cercana, donde una mujer se hizo cargo de él.

—Lo llevaré abajo. Vos volved a vuestro puesto, señor soldado.

Froilán le dio las gracias y se allegó junto a Martín, que en ese momento refrescaba los cañones.

—¿Vivirá?

—Eso espero, señor Robledo. Eso espero.

Y seguían rechazando embestida tras embestida. Y lo mismo, con igual tesón, ocurría junto a la puerta Real.

Sin embargo, era en la cortina derrumbada por la artillería donde la lucha se tornó más cruenta.

En el empinado montículo que el derrumbe había creado, los hombres de Pedro Ponce trataban de cerrar los espacios, pero el terreno, cubierto de escombros y cascotes, facilitaba el ascenso a los ingleses.

Una vez arriba, se entablaba el combate cuerpo a cuerpo, a picas y espadas, entre gritos, barro y sangre.

Desde los torreones contiguos, la artillería y la arcabucería no cesaban de disparar, apoyando a los defensores y castigando sin tregua las concentraciones enemigas que, desde fuera, se formaban junto a los accesos.

En aquel punto crítico, pero por la parte de dentro, se había congregado un nutrido grupo de mujeres para ayudar en lo que fuera menester, cargaban arcabuces y mosquetes, evacuaban heridos, traían agua, pólvora y balas, y buscaban cualquier objeto que pudiera servir como proyectil.

Algunas, incluso, se armaron con lanzas y espadas de maridos e hijos caídos, se ciñeron corazas, se calaron morriones y subían a combatir sobre la cortina caída o en el adarve aledaño, alentando con su valor a cuantos las rodeaban.