XXII #4
Lope de Osorio se quitó la armadura con ayuda de un escudero y se dejó caer en una silla junto al hogar, donde ardían unos leños.
Era un joven de barba escasa y rostro alargado y ojeroso.
Tras intercambiar saludos, les habló de una fuerte escaramuza librada ese mismo día en el caserío de Vilaboa con un destacamento inglés.
—Los sorprendimos y les causamos muchas bajas con escasa pérdida de nuestra parte —dijo Osorio—, lo cual siempre es una fortuna. Y apresamos a un capitán que se nos murió por el camino. Esperemos —añadió— que no se revuelvan contra nosotros y nos golpeen con todo lo que tienen.
—¿Tan escasa es nuestra fuerza, señor conde?
—Llevamos décadas de paz y quietud en Galicia. Los caballeros se han acomodado, los capitanes se preocupan más por sus exenciones y prebendas que por formar y organizar a la milicia. Nos ha cogido todo esto con las calzas bajadas. Mas en vano es quejarse ahora.
Calló Gabriel. El interior de la casa se oscurecía poco a poco y se oía el crepitar del fuego.
—Mi primo me ha dicho que tenéis familia en la Pescadería —dijo Osorio.
—Así es. Y ardo en deseos de entrar en la ciudad y saber de ella.
—Pues tal vez mañana tengáis ocasión. Parece que el capitán Pantoja, cabo de las galeras, se ha plegado al fin a intentar meter tropas de refresco en La Coruña.
Un criado colocó una sartén sobre las brasas y echó en ella varias lonchas de panceta.
El olor llenó la estancia y les abrió el apetito.
Altamira compartió su cena con todos los presentes.
Luego se recostó sobre un jergón, agotado por los afanes del día.
Gabriel, mientras tanto, había tomado ya una decisión: en cuanto amaneciese, regresaría a Sada.
Tal vez lograse subir a una de las galeras y colarse, con suerte, por mar en la ciudad sitiada.
Fuera, la lluvia golpeaba los aleros con insistencia.
5
Posiciones inglesas
El general Norris, contrariado y sorprendido por la determinación de los defensores, no se dejó amilanar por el fracaso de la mina. Ordenó a los zapadores limpiar los escombros y continuar con la excavación, profundizando el túnel hasta situarlo bajo los cimientos mismos del torreón de los Ángeles.
Los hombres, medio arrastrándose, medio en cuclillas, sacaban los escombros en cestos, embarrados hasta los codos, con las rodillas magulladas y los pies descalzos.
En el fondo, los artificieros colocaban los barriles de pólvora que harían volar el cubo.
La humedad, el aire viciado y el calor resultaban sofocantes.
Los puntales, encajados con prisa, crujían y amenazaban con desplomarse.
Cada vez que se desprendía tierra del techo, un escalofrío recorría las filas.
El general quería darle mecha a la mina ese mismo día y en la entrada del túnel los cabos azuzaban a sus hombres. Un turno salía, otro entraba.
—¡Vivo, vivo, hombres! ¡Vivo! —apremiaban.
Mientras tanto, la batería proseguía el castigo sobre la muralla con más furia que nunca.
Andanada tras andanada, las balas demolían sillares y ensanchaban, palmo a palmo, la brecha en uno de sus lienzos.
Los sirvientes de cada pieza introducían el cartucho de pólvora, la bola de hierro y el taco de estopa, lo recalcaban con el atacador, cebaban el oído con pólvora fina y aplicaban el botafuego.
¡Buuum! Luego, refrescaban el ánima con esponjas mojadas y retiraban la carbonilla con un cepillo metálico.
Una danza mecánica, sin pausa ni descanso.
El incesante rugir de los cañones, el estruendo de los impactos, las voces de mando, los gritos desesperados, el llanto de los heridos, las nubes sofocantes de pólvora quemada, el barro, la sangre y la lluvia componían la música de la guerra.
Banderas y más banderas ondeaban sobre el convento de Santo Domingo, en las empalizadas frente a la muralla, en los tejados del arrabal.
Allí se agrupaban los cuerpos de combate: gastadores con sus escalas y manteletes, arcabuceros con sus armas a punto, piqueros y alabarderos cubiertos de acero, capitanes y sargentos, todos agazapados, todos en tensión, aguardando la orden para el asalto final.
En la bahía, a bordo del Revenge, sir Francis Drake observaba el despliegue de sus lanchas con el gesto grave.
Dos asaltos fallidos contra el islote de San Antón habían bastado para frustrarlo.
Esperaba encontrar un baluarte inconcluso, mal defendido.
Pero los españoles, por lo general tan descuidados, se habían apresurado en cerrarlo, artillarlo y reforzarlo.
Bien, esta vez no fallaría. Treinta lanchas con infantería aguardaban su señal, junto a diez barcazas artilladas, escondidas tras los cascos de los grandes buques, listas para arrancar a boga sacada en cuanto recibiesen la orden.
Sólo las dos galeras que había visto en el puerto, y que luego parecieron esfumarse, podían obstaculizar sus planes, y rezaba a Jehová por que no regresaran.
Geraldo Henriques, al mando de su compañía, vigilaba desde la tapia semiderruida de un corral las almenas de la ciudad.
Sabía que los tiradores españoles afinaban la puntería, y cualquier descuido podía costarle la vida.
Iba pertrechado con una armadura incompleta, celada, peto, espaldar y escarcelas.
Lo que pudo comprarse en Londres con sus menguados recursos.
Tampoco necesitaba más. Cada lámina de hierro añadida entorpecería su movilidad.
Desde la mañana estaban apostados allí, viendo cómo la artillería castigaba el mismo sector de la cerca medieval. Las brechas se hacían más profundas y su momento se acercaba. Geraldo lo deseaba y lo temía.
Ansiaba vengarse de los españoles, que habían derrotado a su rey, invadido Lisboa, saqueado Oporto, aplastado Terceira. Y también de Marcia, la hermana traidora, la intrigante, la que renegó de su familia y de su rey. Soñaba con capturarla. Con hacerla pagar.
Pero lo aterraba la carrera a campo abierto hasta la muralla.
Una explanada anegada de agua, resbaladiza, cruzada por charcos e hilos de fango.
Cincuenta pasos bajo la lluvia de plomo de los tiradores, bajo el fuego cruzado.
Corta la distancia, eterno el tiempo, feroz el precio.
Después, la miel del saqueo, la gloria de la victoria, la sangre y Portugal.
—Ajustad el tiro, soldado —increpó Geraldo a uno de sus hombres, al verlo malgastar pólvora en disparos inocuos.
—Aplicaos vos también el cuento, Duarte —dijo Hernandes—. Ahora luchamos por don Antonio, ¿recordáis?
—Os reto a que lo mejoréis, Diego, con este trasto ruin y recalentado —replicó su antiguo sargento sin dejar de escudriñar las almenas enemigas.
Duarte sonreía para sus adentros mientras recargaba el arcabuz. La cuera mojada se le pegaba al cuerpo y le pesaba, del ala del sombrero le chorreaba un hilo de agua fría, y el humo de la pólvora, respirado y vuelto a respirar, lo hacía toser y desear beber más agua.
Tenía que vigilar por todos lados: cuidarse de los disparos de quienes estaban frente a él y de las sospechas de los que lo rodeaban.
Tenía que errar los tiros sin que resultara evidente.
Y en breve tendría que cargar, junto a ellos, contra una plaza que en su alma deseaba defender.
No había matado a ningún coruñés, ni tenía intención de hacerlo.
Engañar a los ingleses para salvar la vida era una cosa; matar a los suyos, otra bien distinta.
Fray Antonio le había sugerido que aprovechara la confusión del asalto para cambiar de bando, pero Duarte lo había descartado:
—Aprovechad vos, padre.
—Si lo hago, otros pagarán por mí.
—Al contrario, confiarán más en nosotros —opinó Duarte, al verlo dudar—. Dejad de flagelaros con eso.
—¿Qué tenéis en la cabeza, Duarte?
—Una corazonada, padre. Sólo eso, una corazonada.
Fray Antonio no preguntó más. Y Duarte no le dijo la verdad: que eran las prisioneras quienes realmente lo retenían. Con Trenton fuera de combate, él era lo único que se interponía entre ellas y la barbarie. Tampoco Fernando Álamo se animaba a cambiar de bando.
—¿Ya queréis enviarme al infierno, padre? —El onubense desconfiaba hasta de su sombra—. Esos putos coruñeses primero disparan y después preguntan.
En el interior del convento de Santo Domingo, el capitán Sydeman trataba de acompasar su respiración.
Necesitaba que no le temblase la voz al gritar sus órdenes.
Había combatido en Irlanda, en Escocia, en Flandes, sabía lo que era la guerra.
Y, sin embargo, no podía librarse de ese vértigo que precede a cada asalto.
La sangre le latía en las sienes, la boca se le secaba por momentos, el sudor le empapaba el pelo bajo el peto y una extraña picazón en el cuero cabelludo lo obligaba a quitarse la celada y rascarse a cada instante.
Los gruesos muros del convento no lograban contener el fragor del bombardeo.
Las paredes temblaban, los ventanales vibraban, el aire se volvía irrespirable.
Sus soldados, como los de otras compañías, se refugiaban en la charla para espantar la aprensión: risas chillonas, bromas obscenas, fantasías desbocadas sobre el oro que les aguardaba, las mujeres que tomarían, la gloria que alcanzarían.
Al fondo, dos capitanes llamaban al orden, aunque apenas se los oía.
Sydeman pensó hacer lo mismo con los suyos, pero entonces el suelo se estremeció bajo sus pies.
Un zumbido profundo pareció atravesar la piedra y meterse en los oídos.
Le siguió un trueno sordo, como si un gigante desgarrara el cielo con las manos.
Saltaron algunos vidrios; fragmentos de yeso y escayola cayeron desde la bóveda y se estrellaron en las losas del suelo. Un silencio breve y espeso se impuso.
—¡La mina! —exclamó un soldado. Y esa palabra fue repetida por un coro de mil gargantas.
6
Muralla de La Coruña