XXII #3
A lo largo de la tarde el bombardeo artillero se concentró sobre uno de los lienzos situado a la izquierda de la puerta de Aires.
Los impactos no cesaban, y la insistencia ya daba fruto.
Una grieta visible se abría en la parte alta del muro.
Aquel ritmo no auguraba nada bueno: en un día, dos a lo sumo, podían echar abajo la cortina.
—Ojo, mis señores, que va a haber jarana —avisó Martín Robledo, señalando hacia el frente.
Varias banderas se iban reuniendo tras las tapias del convento de Santo Domingo y las barricadas vecinas. Más allá, en las primeras calles de la Pescadería, fuera del alcance de los mosquetes, se agrupaban más tropas.
—Aquí los esperamos —exclamó Froilán.
—Deseando estoy que den la cara —comentó Aurelio.
Pese a las bromas, se respiraba inquietud.
Los ingleses preparaban un asalto general, y todos lo sabían.
Por encima de la empalizada que protegía la boca del túnel, junto al convento, se adivinaba un trasiego inusual, más frenético que nunca.
El sol se escondía a ratos tras unos celajes grises, proyectando sombras fugitivas sobre la tierra.
Y entonces, el infierno se abrió bajo sus pies.
Un quejido profundo, como el aliento de la tierra, antecedió al estallido.
El suelo se estremeció, la torre entera se sacudió, crujió, vibró como si hubiera sido de madera, y un latigazo de presión golpeó los pechos y los oídos de los defensores, que rodaron por las losas.
Después hendió el aire un trueno más hondo que cualquier cañonazo y una tormenta de polvo, piedras y escombros se abatió desde el cielo.
De la boca del túnel brotó una columna de humo grisáceo, teñida de amarillo, como el aliento de un dragón subterráneo.
El aire quedó espeso, difícil de respirar.
El estruendo cesó y un silencio antinatural lo envolvió todo.
En lo alto del torreón de los Ángeles, los hombres yacían por el suelo.
Froilán abrió los ojos con esfuerzo. Se palpó el cuerpo: seguía vivo.
Le dolían la cadera y la rodilla derecha de la caída, la cabeza le zumbaba como un panal.
Se incorporó despacio, aturdido, y miró alrededor.
Sus compañeros también empezaban a moverse, algunos tosiendo, otros aún tendidos.
A un paso de él, Martín Robledo se llevaba las manos ensangrentadas a la frente.
—¿Qué os ocurre, Martín? —preguntó Froilán, con apremio.
Un quejido fue la respuesta, en lugar de sus habituales chanzas. Mal síntoma.
—Ayuda —murmuró.
—¡Mirad! —gritó entonces uno de los defensores, abocado sobre las almenas.
Abajo, al pie del torreón, salía humo por un agujero apenas mayor que un tonel.
La mina había estallado, pero hacia fuera de la muralla.
El cálculo inglés había fallado: el túnel era corto, la carga insuficiente o el terraplenado muy compacto.
En el campamento enemigo todo eran carreras y voces.
Perdido el efecto sorpresa, la oportunidad de lanzar el asalto tras la voladura se desvaneció y el ataque fue suspendido. La Coruña no caería. Aquel día no.
Martín Robledo fue trasladado en brazos por varios compañeros hasta su casa.
Su esposa, al verlo cubierto de sangre y polvo, creyó que era un cadáver y se desmayó.
Cuando recuperó el sentido, pidió que lo subieran a la alcoba.
Extendió una sábana vieja sobre la colcha para no mancharla y lo acostaron con cuidado.
Entonces, sin perder tiempo, comenzó a limpiarle la herida con vinagre y a aplicar los remedios que tenía a mano.
Los hombres la observaban con respeto.
—¿Acaso he sido el único herido de La Coruña? —preguntó Martín, con voz pastosa.
—Se da vuesa merced buena maña para las heridas —respondió Aurelio.
Antoñita levantó la vista.
—¿Todavía estáis aquí? —preguntó, severa—. Hale, a vuestros puestos, que la guerra no espera.
4
Betanzos
En tierra, el ambiente era decididamente militar.
Hablando con unos y con otros, Gabriel se enteró de que toda la comarca estaba en armas.
Una fuerza de unos tres mil hombres entre peones y labriegos, hidalgos, escuderos y caballeros al mando de Martín de Ayala, conde de Andrade, se dedicaba a hostigar a los ingleses y a impedirles internarse más profundamente en Galicia.
También supo que el enemigo aún no había conseguido tomar el recinto amurallado de La Coruña, aunque la Pescadería había sido saqueada a conciencia.
Alarmado por estas noticias, dejó a Laiseca al mando de la fragata y, acompañado por Mahagüini y Pechoabierto, se dirigió hacia El Burgo, un caserío al sur de la ría coruñesa donde el conde de Andrade había establecido su cuartel general.
Recorrieron la legua larga que los separaba de allí en compañía de una bandera de infantería proveniente de Santiago, que escoltaba carretas cargadas de pólvora, balas y pertrechos. El alférez al mando, un tal Olivera, fue quien más información le proporcionó a Gabriel durante el trayecto.
—Los primeros en reunir sus mesnadas fueron señores de la tierra —le explicó—.
Pero es gente bisoña, sin entrenamiento, mal armada y peor abastecida.
Algunos han venido con un bieldo o una guadaña, otros con una pica sin moharra.
El núcleo más sólido de nuestra fuerza lo componen quinientos o seiscientos hombres de la Gran Armada.
El marqués de Cerralbo los había destacado en Betanzos, y ahora nos prestan un servicio precioso.
—Y La Coruña ¿qué tropas la defienden?
—Apenas cuatro compañías regulares y medio millar de vecinos armados. La ciudad resiste, pero a duras penas.
Gabriel reprimió una mueca, pensando en su familia y en Marcia. ¿Estaría ya en este mundo su hijo? ¿Seguiría Yabama con vida?
—¿No hay forma de introducir refuerzos por mar? —preguntó tras un silencio—. He visto dos galeras fondeadas en Sada.
—Lo sé. La Princesa y la Diana. Anteayer embarcaron en ellas dos compañías de portugueses venidos de Ferrol, junto con otras de soldados de leva recién venidos de Santiago. Están listos para entrar en la ciudad.
—¿Y qué lo impide?
—Los capitanes de las galeras se niegan a intentar un desembarco. Alegan que el riesgo es demasiado alto.
—¿Riesgo? —Gabriel no pudo ocultar su asombro—. ¡Basta con que amengüe el viento! Pueden penetrar al amparo del fuerte de San Antón. Los remos, en este caso, son una ventaja esencial.
—Decídselo vos a sus capitanes. El conde de Andrade les ha dado una orden directa, por escrito, pero se niegan a obedecer. No sé cómo se elige a los capitanes en la armada, pero quien nombró a estos dos se cubrió de gloria.
Gabriel sacudió la cabeza, incrédulo.
—¿Y qué hay del marqués de Cerralbo?
—Don Juan Pacheco se encuentra dentro de La Coruña.
No le está resultando fácil comunicarse con nosotros.
El conde ha tratado de contactar con él hasta en tres ocasiones mediante lanchas, pero los coruñeses, tomándolas por enemigas, las recibieron a tiros.
Aún ignoro si alguno de los mensajes ha llegado a destino.
—Me cuesta creer lo que me estáis contando —musitó Gabriel.
—Más cierto es que el Evangelio.
A Gabriel, Olivera le pareció un hombre sensato y le explicó brevemente que capitaneaba una fragata con asiento en La Coruña.
—¿Una fragata? —repitió Olivera, y silbó con admiración cuando Gabriel le relató su estancia en Inglaterra y el rescate de varios náufragos de la Gran Armada.
Por su parte, Olivera le contó que era pariente de don Lope de Osorio, conde de Altamira y señor de Brión, uno de los primeros nobles que habían puesto sus gentes a las órdenes de Andrade. También le explicó que llevaban ya una semana de combates.
—Su ejército supera con holgura los diez mil efectivos. Y en una de las primeras acciones casi nos copan. Con las fuerzas que tenemos tratamos de hostigarlos, tender emboscadas, cortar rutas…, pero no podemos enfrentarlos en campo abierto.
—Había oído que contabais con unos tres mil hombres —comentó Gabriel.
—Algo menos. Lo comprobaréis vos mismo cuando alcancemos el campamento. Os presentaré a don Lope. Seguro que le alegrará conoceros.
—¿Y no habéis intentado recuperar la Pescadería?
El alférez dudó un instante, como si midiera el sentido oculto de la pregunta. Gabriel, adivinándolo, le explicó que allí estaba su casa y su familia. Olivera bajó la mirada.
—Preparaos para lo peor. Dos soldados que lograron escapar en una barca nos contaron lo ocurrido cuando el enemigo tomó el arrabal.
En cuanto a vuestra pregunta, poco podríamos hacer.
Además, las órdenes de Su Majestad al conde son tajantes: primero cerrar la ruta a Santiago.
Luego, La Coruña. Cualquier acometida debe tener garantía de éxito.
Por eso se ha establecido el real junto al puente sobre el Mero.
Es un paso obligado para quien pretenda llegar a la ciudad del apóstol.
Gabriel apretó los dientes. Por más que le doliese, comprendía la lógica de aquella estrategia.
A media tarde, desde lo alto de una loma, divisaron el amplio y desordenado campamento situado la orilla oriental del río Mero, un hervidero de tiendas, carretas, caballos y humo.
Olivera los condujo a la casa de labranza donde él mismo se alojaba y desapareció para ocuparse de la descarga de pertrechos y del acomodo de la compañía que tenía a su cargo.
Gabriel no podía estarse quieto. Cruzó el campamento bajo una llovizna persistente, acompañado por Mahagüini, y se dirigió hasta el puente cuya custodia tanto importaba.
Era un paso estrecho y largo, de sillares viejos, por el que apenas cabía una carreta.
Desde su pretil contempló, en silencio, las oscuras y despaciosas aguas, como si ellas pudieran llevarle un mensaje de aliento a los suyos.
—Volvamos —le dijo al cabo de un rato Mahagüini.
La lluvia había arreciado y los dos estaban empapados.
Olivera apareció con el conde de Altamira.
—Este es el hombre del que os hablé —anunció el alférez.