XXII #2
Duarte asintió y se alejó antes de que el sargento Mendes le encargase una tarea desagradable.
Quería pensar con tranquilidad: la conversación entre Geraldo e Isabel le había resultado reveladora.
Marcia estaba en La Coruña, y seguía con Gabriel del Puerto.
Y aquella mujer tan hermosa, casada con un inglés pero huida de Inglaterra, era su hermana.
—¿Y la otra? —preguntó Mendes, sin quitar ojo a Yabama.
Geraldo la miró con expresión calculadora. Mantenerla allí sería una distracción constante para sus hombres. Ya habría tiempo para que se divirtieran cuando la ciudad capitulara.
—Se vendrá conmigo —dictaminó, y dio por concluido el asunto.
Cuando el bote estuvo listo, Geraldo dejó a Mendes al frente de la compañía, hizo traer a las mujeres y juntos se encaminaron a la orilla. La brisa había amainado y las aguas estaban en calma. El Relief se hallaba fondeado junto al arenal de Santa Cruz, al otro lado de la ría.
Michael Gardiner los recibió en cubierta.
—¡Que me parta un rayo! —exclamó—. Qué pequeño es el mundo, querida Elizabeth.
Y sin pedir permiso, le cogió la barbilla y le levantó el rostro. Isabel trató de zafarse, pero Michael la sujetaba con más fuerza de la necesaria.
—La he traído aquí mientras avisamos a vuestro hermano —explicó Geraldo.
—¿Avisar a mi hermano? —repitió Michael, sin disimular su contrariedad.
—Es su esposa, ¿no? Y viene con su criada.
Sólo entonces Michael soltó a Isabel y posó la mirada en Yabama. La recorrió de arriba abajo con descaro, deteniéndose en cada detalle: el trenzado cabello, la piel cobriza, las firmes pantorrillas que asomaban bajo los calzones. Le brillaron los ojos.
—Eres una preciosidad caribeña, ¿eh? —dijo, admirado. Y alargó la mano para acariciarle la mejilla. Pero Yabama reaccionó con un manotazo—. Y una fierecilla, además, de esas que piden ser domadas.
—Atrévete —lo retó ella, sin bajar la vista.
Michael soltó una carcajada burlona y llamó con un gesto a un marinero.
—Llévalas a mi cámara —ordenó—. Acomódate como si fuera tuya, Elizabeth, que después hablaremos.
En ese momento, el capitán Robert Yates asomó por la escotilla del combés. Venía de supervisar el arreglo del braguero de uno de los cañones.
—¿Qué ocurre aquí?
—Que tenemos dos huéspedes, capitán —respondió Michael con una amplia sonrisa.
—No quiero mujeres a bordo.
—Estas no son dos mujeres cualesquiera. Se trata de la esposa de mi hermano y de su criada. El capitán Henriques las rescató de manos de los españoles.
—¿Es un acertijo?
—Es la verdad, señor Yates, ni más ni menos. —Michael no tenía intención de dar al capitán accidental de su navío más explicaciones de las necesarias.
—¿Y por qué no las mandáis al Fortune?
—Mi hermano fue herido de gravedad y trasladado al Revenge, como sabréis. —Yates asintió con una mueca—. No me parece prudente dejarla en su barco mientras él no esté a bordo.
—Pues enviadla al Revenge. Le daréis una buena sorpresa.
—John no está para sorpresas ahora mismo —respondió Michael, sin perder la compostura. Sabía que a Yates no le agradaban los modales desabridos de su hermano, y confiaba en poder manejarlo a su antojo—. Lo entendéis, ¿verdad, capitán?
El capitán del Relief dudó un instante. No le seducía el juego de Michael, cualquiera que fuese, pero era un armador importante y le convenía cultivar su amistad.
—Desde luego, señor Gardiner. Me encargaré de que a vuestras invitadas no les falte comida —dijo finalmente, antes de retirarse.
Geraldo había asistido en silencio al diálogo. Lo que hiciera Michael con las mujeres le traía al fresco, pero no le gustaba que tratase de embaucarlos.
—Veréis, señor Henriques —dijo Michael, que se dio cuenta de su incomodidad—, mi hermano se debate entre la vida y la muerte. No quisiera que la presencia de esta gatita, que tantos disgustos le ha dado, termine por llevarlo a la tumba.
—Eso lo entiendo…
—Además —lo interrumpió Michael, más serio—, tengo motivos personales para no querer que se encuentren.
El matrimonio de John con esta mujer contrarió sobremanera a nuestros padres.
Por española, y más aún por papista. La sola idea de que Isabel criara a sus hijos en la fe de Roma les provoca pesadillas.
—¿Y no sería más sencillo largarla por la borda?
—Eso sería muy poco político, señor Henriques.
Y precipitado. Por improbable que parezca, John podría llegar a enterarse.
Y, creedme, no deseo volver a enfrentarme con él por culpa de su esposa.
Ni quiero cargar con su muerte en la conciencia.
—Michael lo miró con estudiado aplomo antes de proseguir—: Además, siempre conviene tener rehenes a mano.
—¿Rehenes? ¿Para qué?
—Nunca se sabe cuándo podrán hacernos falta —replicó Michael, aunque se guardó para sí el principal motivo para conservar a Isabel cerca y viva. Algo que sólo a su hermano y a él concernía.
3
Ciudad Vieja
Frente a la Pescadería, los combates proseguían sin tregua.
Acaudillados por sus oficiales, alentados por sus compañeros, aguijoneados por los gritos de ánimo de sus hijos y vecinos, por el ejemplo de sus mujeres, las compañías de soldados y milicianos sostenían el cerco.
A pesar del cansancio acumulado, del sueño roto, la comida escasa, la suciedad y el humo denso que se respiraba a cada instante; a pesar de las heridas mal curadas, del luto por los caídos, y del desánimo que empezaba a filtrarse en el alma, los hombres resistían.
Arcabuceros y mosqueteros estorbaban como podían las labores del enemigo: disparaban contra los zapadores que cavaban la mina, contra los artilleros que servían los cañones o contra cualquier sombra que mostraba la cabeza o el brazo un segundo de más.
Los esmeriles colocados sobre las torres escupían fuego sin descanso contra el convento de Santo Domingo y las trincheras del campo enemigo, o contra cualquier grupo numeroso que se moviera dentro de su radio de acción.
Pero todo aquello apenas bastaba para frenar el empuje inglés. Su artillería, de mayor calibre y alcance, golpeaba con tozuda persistencia. Cada disparo hacía temblar la muralla como si un gigante la azotase con una maza invisible. ¡Bum, bum, bum! El castigo se intensificaba con las horas.
—Estos quieren reventar la muralla y abrir un hueco por donde penetrar —dijo Froilán del Puerto, con el rostro tiznado de pólvora.
—Y hacer estallar la maldita mina y hacer otro agujero —añadió Martín Robledo, mientras espiaba entre los merlones.
—No me asustéis, don Martín, que la tenemos justo debajo.
La experiencia militar de Froilán era escasa.
Si sabía disparar con arcabuz era por las prácticas que él y otros jóvenes hacían, de vez en cuando, en las afueras de la villa.
Martín, en cambio, contaba con un largo historial de guerra.
Por eso lo habían nombrado cabo de una escuadra.
Su armamento consistía en una espada toledana y un mosquete alemán de llave de rueda que habían sacado del arsenal, cuya potencia y alcance resultaban muy útiles en aquella tesitura.
Ambos se hallaban en la torre de los Ángeles, ancha, esquinera, frente al convento de Santo Domingo, muy cerca del enemigo. Más allá del estrépito de la artillería, podían percibir, como una vibración sorda bajo sus pies, los golpes de los zapadores, que seguían progresando con el túnel.
Al pie de aquel torreón, dentro de la villa, una hilera de mujeres y niños se pasaba cestos y costales de mano en mano para rellenarlo con tierra y escombros.
El trabajo era agotador, y el avance lento: apenas habían logrado macizar la mitad de su altura.
El alférez Robles, veterano de Flandes y experto en poliorcética, advertía que ni aun llenándolo por completo se podía garantizar que resistiera a la explosión.
—¿Entonces para qué tanto esfuerzo? —preguntó, escéptico, el regidor Meiranes.
—Para ponérselo más difícil, señor regidor —le respondió Robles sin levantar la voz—. Para eso.
Martín, Froilán y una docena de vecinos se turnaban para vigilar, apuntar y disparar.
La mayoría de los tiros se perdían, porque las armas, sucias y recalentadas, fallaban con frecuencia.
Y salir del resguardo de las almenas, y tomarse tiempo para apuntar con precisión, era jugarse la vida.
Con todo, el intercambio de fuego era constante.
Tras disparar con su mosquete, Martín se agachó, se acercó al balde del centro de la plataforma, empapó un trozo de cuero en el agua y lo pasó con destreza por el cañón para enfriarlo.
Era una maniobra que repetían sin cesar: los tubos se calentaban tanto que podían fundir el plomo de las balas y hacer estallar la pólvora antes de tiempo.
Le dolía el hombro derecho por el retroceso, y tenía las piernas entumecidas de estar en cuclillas. Sin embargo, se mantenía firme, como los demás, pues a fin de cuentas lo único que se interponía entre la ciudad y el desastre era esa línea de hombres rotos, decididos a no ceder.
La colisión de un proyectil hizo temblar la muralla.
—Ese ha caído cerca —comentó un hombre tocado con un morrión oxidado y pasado de moda.
—Esos putos cañones no callan, Aurelio —dijo Froilán.
Aurelio escupió en el suelo. Era propietario de una taberna de puntapié en una calleja cercana a la plaza de la Harina.
Horas después, una mujer se asomó por el hueco de la escalera. Traía un cántaro en la cabeza y una cesta a la cintura. Durante unos segundos, mientras salía, quedó completamente expuesta a los disparos enemigos.
—¡Agachaos, señora, por Dios! —Aurelio la ayudó a bajar el cántaro y soltar la cesta.
—Les doy tiempo a que se luzcan, señor soldado —se mofó la mujer, desafiando a la muerte con los brazos en jarras.