La derrota del dragón XXII
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Océano Atlántico

La Portuguesa abandonó el estuario del Támesis sin mayores dificultades.

Con la flota inglesa ausente, en el estrecho de Caláis sólo encontraron algunos buques de guerra dispersos, mercantes de diversas naciones y no pocos filibotes de las Provincias Unidas, que combinaban la defensa de las costas de Flandes con el lucrativo oficio de la piratería.

La travesía del canal de la Mancha fue igualmente cómoda, y en tres singladuras echaron anclas en Cherburgo, donde Romain Jubert les ofreció un recibimiento digno de hijos pródigos.

—No hacía falta que echarais la casa por la ventana, amigo Romain —bromeó Gabriel al contemplar la pantagruélica comida con que los obsequió.

—Ah, señor Del Puerto, dejad que me dé ese gusto. ¿Quién sabe cuándo volveremos a vernos?

—¡Muy cierto! Nosotros partimos mañana.

—¿Tan pronto? —se extrañó Jubert—. ¿No queréis aprovechar el viaje con algún flete interesante?

Gabriel se excusó. La bodega de la fragata estaba medio llena con los prisioneros rescatados y él tenía prisa por volver.

Por más que el destino de la Contra Armada pareciera ser Lisboa, no se fiaba de los ingleses.

Joao lo había prevenido sobre La Coruña.

De modo que, una vez desembarcada la carga, se despidió del contrabandista y se dispuso a zarpar.

También se despidió de Frans Vermeulen. El flamenco, que lo había acompañado en numerosas campañas y no pocas aventuras, se quedaba en Cherburgo. Gabriel sintió perder a un excelente piloto y un subordinado leal.

—Mi padre murió el pasado invierno, y mi madre no tiene a nadie más —le explicó Vermeulen—. Llevo mucho tiempo fuera de mi tierra, y si vais a estableceros en Lisboa, me alejaré aún más de los míos.

Gabriel alzó las cejas. Desde que lo conocía, no le había oído palabra sobre su familia.

—¿Habéis pensado qué hacer?

—El señor Jubert me acercará hasta Dunquerque, y allí trataré de emplearme en barcos de cabotaje —sonrió Vermeulen, y Gabriel entendió que donde decía «cabotaje» podía leerse «corso»—. Si necesitáis otro piloto, puedo recomendaros un par de ellos.

—Ninguno como vos, amigo Frans. No, de momento me apañaré con Pascual, que fue piloto antes que maestre.

Largaron velas con un viento fresco del este, que levantaba olas largas con crestas blancas, y dejaron atrás el litoral normando.

Gabriel aprovechó el buen estado de la mar para desclavar las portas, rescatar de la bodega los cañones y reinstalarlos en sus puestos.

Doblaron el extremo de Bretaña y pusieron proa a La Coruña.

Aquel cambio de rumbo inquietó a don Gregorio Soutomaior.

—¿No íbamos a Lisboa? —le preguntó.

—Tenéis ganas de volver a casa, ¿verdad?

—Imaginad. Hace más de un año que partí de allí.

—Pues lo mismo les ocurre a vuestros compañeros españoles —replicó Gabriel—. Tened paciencia, que todo se andará.

Gregorio Soutomaior, alguacil real en Lisboa y pariente político de Cristóbal de Moura, no estaba acostumbrado a que lo contrariasen, pero agachó la cabeza y se conformó. Los meses pasados en Bridewell le habían enseñado, a la fuerza, a ser paciente.

Al tercer día de navegación, se cruzaron con una escuadrilla de filibotes que amagó con perseguirlos.

—¿Vamos a pelear, señor? —preguntó García a su padre.

—Es posible, hijo. ¿Estás asustado?

—No es mi primer combate —respondió, muy serio.

Pero el combate no llegó a producirse. Tras una hora de persecución, los filibotes comprobaron que no podían darles alcance y abandonaron la caza.

Los sucesos del coto de Greenwich habían estrechado el vínculo entre Gabriel y su hijo.

Después de meditarlo largamente, entendió que no podía permitir que se curtiese como un simple marinero.

Las circunstancias eran las que eran, pero podía prepararlo para un destino mejor, y se propuso dedicar un rato cada día a su formación, desde el alfabeto hasta los arcanos de la náutica y el comercio.

García respondió con un interés sorprendente.

Durante la travesía se cruzaron con muy pocos mercantes.

Algo raro, dada la época y la ruta. Gabriel, preocupado, apremiaba a la tripulación para sacar a la Portuguesa hasta el último nudo de velocidad.

También Laiseca tenía la mosca detrás de la oreja y, cerca de Estaca de Bares, detuvieron un barco de pescadores que les confirmaron lo peor: una enorme flota inglesa se hallaba en La Coruña, sitiando la plaza.

Además, habían desplegado un arco de seguridad frente a la entrada de la ría.

—¿Y en Betanzos y Ferrol? —preguntó Gabriel.

—No, allí no. Sólo algunas incursiones de saqueo.

La noticia los obligó a extremar precauciones. El primer impulso de Gabriel fue forzar una entrada desesperada en La Coruña, pero Laiseca lo convenció de poner rumbo a Betanzos.

Pegados a la costa, dejaron atrás el cabo Prior y las islas Gabeiras, y embocaron la ría de Betanzos.

Echaron anclas en una pequeña ensenada frente a la aldea de Sada.

Estaba atestada de embarcaciones de todo tipo, pesqueros, carabelas, mercantes de altura, muchos de ellos huidos de La Coruña.

Había también dos galeras fondeadas en posición vigilante.

2

Barrio de la Pescadería

La compañía de Geraldo Henriques ocupaba una casa grande con un buen huerto, cerca del hospital de San Andrés. Geraldo estaba ya en pie y recién aseado cuando Duarte y el cabo Hernandes llegaron con las prisioneras. Su rostro, aún húmedo por el lavado, parecía más anguloso y afilado que nunca.

Partió de Inglaterra con la ilusión de ver entronizado a don Antonio, pero el día a día de la campaña se estaba encargando de enfriar sus expectativas.

Aquel desvío absurdo hacia La Coruña, con la consiguiente pérdida de tiempo y recursos, demostraba a las claras que sus aliados estaban más interesados en el saqueo y la obtención de riquezas que en cumplir los objetivos políticos y militares acordados.

¿Y qué decir del asedio? Llevaban una semana en tierra y no habían logrado otra cosa que tomar el arrabal.

A la escasa luz del amanecer, Geraldo tardó en reconocer a Isabel. Sólo la mención de su apellido le permitió situarla.

—Vaya, vaya, vaya… Si es la señora Isabel Trenton. ¿O debería llamaros Elizabeth?

—Isabel está bien —respondió con cierta entereza. También a ella le había costado reconocer en aquel oficial duro y punzante al hermano de Marcia, algo que la tranquilizaba y la inquietaba por igual.

—Qué feliz coincidencia —prosiguió Geraldo en el mismo tono—. Y, pardiez, qué sorpresa saber que os amparáis en el apellido de vuestro esposo para salvaguardar vuestra… integridad. ¿No lo habíais abandonado?

Isabel bajó la mirada. Cualquier respuesta a aquella pregunta podía volverse en su contra.

—¿Qué hacéis aquí? ¿Espiarnos?

—No, por Dios —dijo ella, con voz ahogada—. El asalto a la Pescadería nos cogió por sorpresa. Nos escondimos, y al intentar llegar a las murallas, nos capturaron.

Hizo un gesto hacia Yabama, y los ojos de Geraldo se posaron en la mestiza.

—¿Es vuestra esclava?

—Mi doncella.

—Mmm…, bonita mulata. ¿O es mestiza? —comentó, mientras la contemplaba sin recato—. Bien, no va a ser fácil que os reunáis con John Trenton. Fue herido y lo trasladaron a bordo del buque del almirante.

—¿Herido? —En medio de aquella situación tan comprometida, Isabel tuvo tiempo de preocuparse por él—. ¿De gravedad?

—Me temo que sí. Pero puedo conduciros ante su hermano.

—¿Michael Gardiner está aquí? —Isabel no guardaba buenos recuerdos de aquel hombre astuto y resbaladizo que siempre había intentado complicarle la vida en Saint James.

—Es el armador del barco en el que hemos venido.

Isabel asintió. Estaba preocupada por lo que hubiera podido pasarle a John. Aunque ya no estuvieran juntos, no le deseaba ningún mal.

—¿Y Marcia? —preguntó Geraldo—. Tengo entendido que residía en La Coruña.

—Y aquí sigue —respondió cautelosa Isabel. Marcia le había hablado en varias ocasiones de las tensiones con su hermano, y no quería cometer un desliz.

—¿Con el pirata de su marido?

—Con Gabriel del Puerto —lo corrigió, picada en su orgullo—. Es mi hermano.

La sorpresa de Geraldo fue patente. ¿La mujer de Trenton era una condenada Del Puerto?

De pronto, piezas sueltas comenzaron a encajar en su cabeza.

Comprendió por qué Marcia, cuando vivía en Inglaterra, mostró tanto interés en visitar Saint James y en trabar amistad con John Trenton.

También por qué Joao la había alojado en su casa y —ahora estaba seguro— la había ayudado a huir.

—Bien, Isabel del Puerto, os acompañaré a bordo del Relief. Estaréis más segura allí que aquí. Después, ya veremos.

Isabel se mordió el labio. ¿Había hablado demasiado? El rostro de Geraldo se había endurecido por una emoción que sólo él entendía, pero que de algún modo le concernía.

La luz del día aumentaba. En el huerto, amplio y sembrado de frutales, los soldados se aprestaban para una nueva jornada de guerra. Sus voces se oían claras y nítidas.

—¡Mendes! —llamó Geraldo. El sargento acudió al momento—. Que unos hombres busquen un bote en la orilla. Voy a llevar a estas prisioneras al Relief.

Mendes recorrió con la mirada el huerto en busca de voluntarios, pero Duarte se adelantó:

—Yo puedo ir, capitán. Es mi prisionera.

—No hay prisioneros particulares en esta compañía, soldado —replicó Geraldo.

—Son los usos de la guerra —insistió Duarte.

Geraldo lo miró con desagrado. Aquel tal Pinto no le inspiraba simpatía. No olvidaba de dónde venía, ni le agradaba su aspecto tan desaseado, tan rufianesco. Sin embargo, había algo más en él, algo que no terminaba de identificar.

—La capturó Pinto —intervino Hernandes, que seguía a su lado.

El cabo tampoco era santo de su devoción.

—Esta mujer es la esposa de un capitán inglés —respondió—. ¿Ha quedado claro? Reintegraos a la compañía y obedeced al sargento.