XXI #6
Duarte se ajustó la espada al cinto, apoyó el arcabuz en la rodilla y sonrió.
A menudo olvidaba su nuevo nombre. Cuando lo llamaban, tardaba en reaccionar, y si hablaban de él, no se daba por aludido.
También a sus compañeros se les escapaba, aunque por suerte nunca frente a Geraldo.
¿Suerte? ¿O el instinto alerta que todos llevaban dentro?
—¿Por qué no huisteis, padre?
—¿Cuándo?
—La noche en que asaltamos el muro. Entre tanto estrépito y confusión podíais haberos escabullido hacia la ciudad vieja.
—También vos.
—A nosotros Geraldo no nos quitaba ojo. Pero vos veníais detrás, atendiendo a los heridos y dando la extremaunción a los moribundos.
—Ahí tenéis la respuesta.
Duarte no quedó satisfecho. Sospechaba que al fraile, más que el deber religioso, lo había retenido la conciencia: no quería que sus compañeros pagaran por su huida.
Unas estrellas solitarias brillaban entre las nubes.
La marea terminó de bajar. El vaivén de las olas, eterno y siempre distinto, amortiguaba cualquier otro sonido.
Duarte se incorporó y echó una brazada de leña en las brasas.
Las llamas, reavivadas, iluminaban un círculo de arena que se desvanecía en un anillo de penumbra. Más allá, reinaban las sombras.
Duarte vio moverse algo a su izquierda.
—¡Eh! ¡Alto! —gritó, y sin pensarlo, corrió hacia las casas.
Dos figuras oscuras se alzaron a pocos pasos y echaron a correr en dirección a las murallas. Duarte las siguió, guiado más por la intuición que por la vista.
—¡Alto! —repitió Álamo a sus espaldas.
Una bala silbó junto a su oído, seguida del estampido.
Había olvidado su arcabuz, pero su compañero no.
El siguiente grito vino de delante, más agudo.
Duarte frenó justo a tiempo para no tropezar con un bulto caído a sus pies.
Desenvainó la espada y le ordenó que se rindiera, fuera quien fuese. Por toda respuesta obtuvo un gemido.
Sus compañeros lo alcanzaron. El cabo Hernandes no tardó en acudir con una antorcha improvisada, cuya luz reveló que se trataba de dos mujeres abrazadas.
—Arriba —ordenó el cabo.
Una de ellas ayudó a la otra a incorporarse. En la arena brillaba el acero de un puñal que recogió Hernandes.
—¿Estás herida, muchacha? —preguntó fray Antonio con voz solícita.
La mujer, de aspecto indígena y vestida con ropas masculinas, negó con la cabeza y señaló un desgarrón en los calzones marineros, a la altura de la rodilla.
Se había golpeado con algo y caído de bruces.
Su compañera los miraba con ojos espantados.
Su rostro mostraba una palidez cadavérica, incluso a la luz anaranjada de la tea.
Se oyeron nuevos pasos. El ruido había alertado a los centinelas del siguiente retén.
—¡Qué buena presa! —exclamó una voz en inglés, y una mano grande se posó en el hombro de una de las cautivas.
Duarte apartó al soldado de un empellón.
—Son mis prisioneras —dijo con fiereza.
Se alborotaron los recién llegados.
—Uy, qué ansioso…
—Las mujeres son botín de guerra.
—Yo quiero a la paliducha.
El cabo Hernandes se adelantó, la frente fruncida, el gesto seco.
—La presa ya está asegurada —dijo. Pero los ingleses no estaban dispuestos a dejar que una escuadra portuguesa se apropiara de lo que consideraban un premio común.
Asomaron los aceros. Las escuadras formaron dos semicírculos opuestos, con las mujeres en el centro.
Hernandes pasó la antorcha a fray Antonio.
La llama se reflejaba en los ojos húmedos, en los rostros sudorosos y las barbas enmarañadas. La lucha parecía inevitable.
—Soy la esposa del capitán John Trenton —dijo con claridad la paliducha—. Y esta es mi criada.
Las palabras, pronunciadas en un inglés más que aceptable, los tomaron por sorpresa y rebajaron al instante la tensión.
—¿Trenton? —preguntó uno de los ingleses.
Duarte aprovechó el desconcierto para meter baza. Sabía que Hernandes era un hombre duro, pero entonces hacía falta iniciativa.
—Las conduciremos ante el capitán Henriques —indicó, y tomó del brazo a la supuesta señora Trenton. La otra los siguió, cojeando.
Sus compañeros abrieron paso.
—¿A dónde van vuestras mercedes? —preguntó Hernandes, dirigiéndose a los ingleses, que se miraron entre sí con expresión indecisa—. Retornad a vuestro puesto —añadió. Tras unos murmullos y maldiciones contenidas, los soldados volvieron las espaldas y se perdieron en la oscuridad.
—¿Las llevaréis vos ante el capitán? —preguntó Hernandes.
—Es mejor no molestarlo ahora —intervino fray Antonio—. Amanecerá pronto.
Amarraron a las mujeres para evitar una fuga y las sentaron sobre la arena.
Pasada la alerta, los hombres se acomodaron para echar una última cabezada.
Duarte no podía apartar los ojos de las prisioneras.
La mestiza tenía un extraño atractivo que su atuendo masculino realzaba, y no parecía mostrar temor alguno.
No así su compañera, frágil y temblorosa, con una hermosura trágica que lo impresionaba.
—¿Qué hacíais aquí? —preguntó, de pronto.
La señora Trenton agachó la cabeza. Tenía la mitad de la cara iluminada, la otra en penumbra.
—Buscaba a su marido —respondió la mestiza, sin bajar los ojos.
—¿De veras?
A Duarte se le ocurrían muchas preguntas que hacerles, pero se contuvo. Aquel no era el momento.