XXI #5
Andar la ayudaba a reflexionar sobre la conversación que acababa de mantener.
No tenía ningún motivo para tomar por verdadera la confesión de aquel granuja desvergonzado y zafio que se burlaba de la fe.
Sin embargo, algo en su interior le decía que no le había mentido, que, a menos que la odiase con toda su alma —cosa que dudaba—, cerca de la muerte no tenía sentido negar su culpa.
¿Quién la había delatado, entonces? ¿Alguna vecina rencorosa?
¿Un enemigo de Gabriel? ¿Alguien cercano al propio gobernador? ¿Quién?
La plazuela de Santa Bárbara parecía más un campamento militar que un apacible vecindario.
Muebles, colchones y ropa se apilaban en desorden para ser usados como empavesadas en la muralla; montones de piedras, vigas y postes esperaban ser trasladados para reforzar bastiones; y, más allá, se agrupaban platos, jarras, fuentes y cubiertos de peltre para fundirlos y fabricar munición.
Una hilera de mujeres y niños recogía todo aquello y lo acarreaba, con voluntad incansable, hacia donde hiciera falta.
Las vecinas de la plaza no sólo aportaban materiales y trabajo: muchas daban techo y comida a los que lo habían perdido todo en la Pescadería.
También las beatas del convento arrimaban el hombro en la faena.
Y al frente de aquella sinfonía de esfuerzo, como capitana del desorden, estaba Dominga.
—¿Qué sería de La Coruña sin nosotras? —exclamó al ver a Marcia.
Era una mujer baja, sonrosada y regordeta. Llevaba un trapo atado a la cabeza, un viejo vestido de jerguilla arremangado hasta los codos y un delantal arrugado y manchado de tierra.
—¿Y Santiaguillo? —preguntó Marcia.
—Dentro, con Juliña. No te preocupes, que está bien atendido y alimentado . —Mientras hablaba, recolocaba un cabecero de cama, apartaba una piedra con el pie y barría la tierra con un escobón—. Entre él y mi sobrino están dejando seca a la pobre mujer. Y mira que leche no le falta…
—¿Y tu marido?
—A Froilán lo han enviado con el regidor Meiranes. Y mi suegro está con la compañía de Pedro Manrique, en la Puerta Real creo.
Marcia arrugó el ceño. Sabía que esas compañías estaban apostadas frente a la Pescadería.
—Un lugar peligroso —murmuró.
—Cualquiera lo es, pero peor sería no plantar cara al enemigo —replicó Dominga con determinación.
En el centro de la plaza habían improvisado un pequeño altar. Sobre él, una imagen de la virgen, rodeada de velas encendidas, parecía contener el temor y la incertidumbre que anidaba en los corazones de aquellas mujeres.
A poco llegaron María Fernández y otras vecinas. Sin perder tiempo, se pusieron a llenar cestos de mimbre con tierra y piedras. Marcia, sin pensarlo, se agachó para ayudarlas.
—¿Por qué no te quedas aquí, con nosotras? —la detuvo Dominga con voz suave—. Esta ocupación es menos pesada.
—Debo acompañar a María. Bastante generosa es conmigo como para que yo la ponga en un compromiso. No puedo olvidar que sigo en libertad vigilada.
—No te fatigues en exceso —insistió Dominga.
Marcia sonrió, agradecida por el consejo. Pero no hizo mucho caso. Se incorporó con esfuerzo, tomó una de las asas del cesto que acababa de llenar María y se dispuso a seguirla.
5
Barrio de la Pescadería
Una escuadra de soldados de la compañía de Geraldo Henriques estaba destinada aquella tarde a trabajar en la mina.
Se trataba, de momento, de un agujero de tres varas de diámetro por cuatro de profundidad, en cuyo fondo arrancaba el túnel que se dirigía hacia la muralla.
Pala en mano, Duarte terminó de llenar de tierra el cesto y Diego Hernandes tiró de una cuerda pasada por una roldana para elevarlo hasta el brocal, donde otros hombres lo vaciaban con presteza.
—Vaya porquería de trabajo —gruñó Hernandes—. Es peor que remar en galeras.
—¡Como si supierais lo que es una galera! —se burló fray Antonio.
—Que me parta un rayo si no lo sé.
El cesto descendió rodando en un santiamén. Varios compañeros, armados con picos, habían acumulado ya otro montón de tierra, y Duarte y los dos charlatanes se apresuraron a palearla. El espacio era tan estrecho que se estorbaban unos a otros, y el aire, viciado y pesado, hacía difícil respirar.
—Señores, aquí viene el relevo —anunció una voz desde el exterior.
Los hombres soltaron las herramientas y subieron por una rústica escalera.
El día declinaba, y en la superficie preparaban faroles para el nuevo turno.
Luego de sacudirse la tierra de las ropas, se encaminaron a la casa donde acampaba su compañía.
Aquel arrabal se había convertido en un enorme campamento militar.
Las mejores viviendas se las reservaron los coroneles, armadores y gente principal, comenzando por don Antonio; las demás se repartieron sin más criterio que apoderarse de ellas antes que otros se las quitaran.
Algunas daban cobijo a una compañía entera, otras a media, y las más humildes apenas alcanzaban para un pelotón.
Si Duarte y sus compañeros confiaban en reposar tras la dura faena, pronto se desengañaron.
—Señor Hernandes, tomad un bocado ligero y alistaos: esta noche haréis guardia en la Marina —le ordenó Mendes, sargento de la compañía y mano derecha de Geraldo.
Desde la muerte de Pimenta, Geraldo había nombrado a Hernandes cabo de los hombres llegados en el bergantín, por parecerle el más marcial y resuelto del grupo. Con todo, tenía muy presente por qué estaban allí y les reservaba las tareas más ingratas.
Mendes los acompañó hasta su puesto, situado entre las últimas casas y la playa. Su cometido era dar la alarma ante cualquier intento de desembarco enemigo.
—¿Qué desembarco? —objetó Hernandes—. Si la bahía está tomada por la flota inglesa.
—Los españoles son muy dados a los ataques nocturnos —repuso Mendes—. Y nada de fuegos —añadió al marcharse.
Diego Hernandes no le hizo caso. Ordenó encender una buena hoguera para calentarse, como habían hecho en otros puestos los ingleses, organizó los turnos de guarida y luego se tumbó en la arena, decidido a pasar la noche lo mejor posible.
A Duarte, fray Antonio y Álamo les tocó el tercer turno. La marea descendía, dejando al descubierto una franja amplia de playa. La luna se acercaba a nueva y las noches eran cada vez más oscuras.
—Os sienta bien ese nombre —dijo de improviso el padre Antonio, que se negaba a portar armas.
—¿Qué nombre?
—El de Eduardo Pinto.