La derrota del dragón XXI #4
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XXI #4

—Aunque todo el poder de España se esconda tras sus murallas —añadió por su cuenta el abanderado—, en dos días la ciudad será conquistada.

—Andad en buena hora —replicó el sargento, y para mostrar su desprecio, se dio media vuelta y desapareció tras las almenas.

Se hizo un nuevo silencio. El abanderado urgió a Trenton a retirarse, pero este se demoró unos instantes, tratando de encontrar el rostro de Isabel entre la multitud. Al posar los ojos en una de las torres, vio un fogonazo y sintió en el brazo un impacto brutal que lo derribó al instante.

No se había disipado aún el eco del disparo cuando desde la trinchera otro mosquete respondió.

Unos gritaron «¡Traición!», otros «¡Perfidia!

». El alférez soltó la bandera y se agachó para asistir a su compañero.

El capitán Sydeman saltó para exigir con furia el arresto del ingrato felón que había roto la tregua, y el sargento León asomó de nuevo por la muralla para ofrecer la entrega inmediata del tirador si los ingleses hacían lo propio con el que había respondido desde su campo.

Ante la gravedad del incidente, Drake y Norris se apartaron para deliberar. No podían permitir que los españoles se mostraran más honorables ante todo el ejército.

Entre tanto, el alférez logró arrastrar a Trenton hasta su línea y dejarlo a resguardo tras la trinchera.

—Comunicadles que perdonamos a su hombre si ellos otorgan el mismo perdón al nuestro —informó Norris al capitán Sydeman.

La respuesta llegó pronto:

—Don Juan Pacheco, marqués de Cerralbo y gobernador de Galicia, castigará como es debido a nuestro tirador —anunció el sargento—. Haced con el vuestro lo que estiméis conveniente. Hale. Y reanudemos la lucha cuando os plazca, que La Coruña no se rinde.

No tardaron en rugir otra vez cañones y arcabuces. Las piezas de los ingleses eran de mayor calibre que las de los españoles, y sus balas arrancaban piedras, alzaban nubes de polvo y abrían boquetes de varios palmos en la muralla.

Drake se acercó a donde yacía su capitán, el brazo empapado en sangre.

—¿Cómo estáis, John?

Trenton, con el rostro lívido y cubierto de sudor, apretó los dientes.

—Todavía vivo —respondió abatido.

—¿Tenéis cirujano a bordo?

Trenton negó con la cabeza y el almirante se inclinó sobre él.

—No os preocupéis —rugió el dragón—. Mi propio cirujano se hará cargo de vos.

Se incorporó y pidió ayuda. Varias manos acudieron de inmediato.

—Llevadlo al Revenge. ¡Presto!

4

Ciudad Vieja

Marcia avanzaba con paso fatigado hacia el hospital de campaña, decidida, al fin, a entrevistarse con el cabo Luján. Había postergado demasiado aquel trance, pero en pocos días habían ocurrido tantos sucesos que apenas halló ocasión propicia.

Los ingleses habían concluido su gran baluarte artillero y desde él batían la muralla con la obstinación de una maza.

Golpe a golpe, los lienzos, cortinas y torreones se resentían bajo el incesante castigo.

Un proyectil acertó de lleno en el escudo con las armas reales; el impacto, celebrado como agüero venturoso en las filas enemigas, espoleó un asalto general contra la puerta de Aires.

Fue una acometida súbita y feroz, que los defensores lograron rechazar y que dejó el campo sembrado de cadáveres.

En la bahía, una flotilla de lanchas arremetió otra vez contra el castillo de San Antón y puso a su guarnición en grave aprieto.

Sólo el socorro de la artillería disparada desde la Fortaleza Vieja impidió que los invasores lo ganasen por asalto.

Día y noche, por mar y por tierra, el cerco se estrechaba.

Entre tanto, para cortar todo auxilio, varios navíos bloqueaban la entrada de la ría y apresaban o saqueaban a los mercantes que osaban arrimarse demasiado a la costa.

Y mientras los cañones y arcabuces de los sitiadores no daban respiro, avanzaba también el túnel, la más temible de sus armas, que, a escondidas, buscaba los cimientos del torreón de los Ángeles.

Viendo las dificultades que atravesaban los coruñeses, los ingleses les hicieron una segunda exhortación a rendirse, con la promesa de respetarles la vida.

Como muestra de buena voluntad, accedieron a rescatar algunos de los prisioneros que habían hecho, como el capitán Juan de Luna, por seiscientos ducados, o un clérigo por doscientos.

Pero su oferta recibió una respuesta tan firme y desdeñosa como la primera.

Pese a ello, la ciudad entera temblaba. Los desmanes de la Pescadería estaban presentes en las mentes de todos.

Nadie se engañaba. Con las fuerzas humanas no bastaría para resistir.

Sólo la ayuda divina podría salvarlos. La cofradía de Nuestra Señora del Rosario hizo entonces un voto solemne: si el Altísimo los libraba del asedio, cada dos de julio, día de la Visitación de la Virgen, casarían a quince doncellas y las dotarían con veinte ducados cada una.

Además, ofrecerían limosna, comida y bebida a todos los pobres que lo solicitaran al mayordomo de la cofradía.

Otros gremios y vecinos se unieron con votos semejantes o mayores: las promesas se multiplicaban al ritmo del miedo.

Entre tanto, el marqués de Cerralbo había enviado, al amparo de la oscuridad, dos pequeñas falúas a Betanzos y Ferrol, con órdenes tajantes para los capitanes de las galeras: debían introducir a toda costa refuerzos por mar.

Al conde de Andrade, que estaba a cargo del socorro exterior, le pedía que arremetiera contra los ingleses desde tierra para forzarlos a levantar el cerco.

Pero ni llegaban los ansiados refuerzos ni Andrade, pese a haber reunido un buen contingente en El Burgo, hacía otra cosa que escaramuzar y emboscar a las compañías enemigas que se internaban demasiado en el territorio.

Con el espíritu atribulado por la difícil situación, Marcia entró en el hospital.

El fuerte olor a podre, ungüentos y hierbas cordiales le hizo arrugar la nariz.

El trajín era constante: heridos que gemían, enfermeros que iban y venían con trapos y baldes de agua teñida de rojo, familiares que gritaban, médicos cubiertos de sangre.

Luján había recibido en San Antón un arcabuzazo en el costado. Uno de los cirujanos le había extraído el plomo con una cuchara de hierro y le había cauterizado la herida, pero su salud no mejoraba. El rostro cetrino, los labios secos y los ojos hundidos daban cuenta de su mal estado.

Lo halló tumbado sobre un jergón relleno de paja, al lado de otros heridos, con una manta que medio lo cubría y la mirada perdida en las vigas del techo. Sin embargo, al verla acercarse, una chispa animó sus ojos.

—¿Venís a reclamarme algo, señora? —dijo Luján, mientras acomodaba la almohada contra el muro y se incorporaba con dificultad—. ¿Acaso el mozo se llevó más de lo que le correspondía?

Marcia tardó en responder. Dio un par de pasos más, hasta quedar a la altura de su cabeza, y se sentó en una silla baja, con asiento de anea.

—No, señor mío —repuso al fin—. He venido a ver cómo os encontrabais. ¿Necesitáis algo?

El cabo la escrutó con suspicacia. No debía de estar habituado a la cortesía desinteresada. Y no se equivocaba del todo, ya que Marcia tenía sus propios motivos.

—Supongo que no habréis venido a yacer conmigo… —Una sonrisa maliciosa apuntaba bajo el bigote.

—¡Señor Luján! Soy mujer casada. —A Marcia le dieron ganas de dejarlo allí sentado, con su humor agrio, su olor a orines viejos y esa cuchilla que tenía por lengua.

—¿Y qué hay de malo en ello? Me estoy muriendo, Virgen Santa, y me gustaría despedirme de este valle de lágrimas con un poco de alegría. Si vos sois demasiado remilgada, siempre podéis enviarle el recado a vuestra cuñada. Incluso esa mestiza salvaje me serviría.

—Me temo que ambas están en manos de los herejes —respondió Marcia, con un tono seco que pretendía poner fin a las burdas insinuaciones.

—Vaya, cuánto lo lamento —murmuró Luján. Aunque Marcia no supo si lamentaba la desgracia de las mujeres o simplemente la imposibilidad de cumplir sus fantasías de moribundo.

—¿Queréis que llame a un sacerdote para que os confiese?

—¿Un cura? —resopló—. ¿Tan pronto queréis despacharme? Voto a satanás, señora, que sois más retorcida de lo que aparentáis.

—¿Por qué me habláis así? ¿Tenéis algo contra mí?

—¿Aparte de no querer darme gusto? —Luján rio con un ruido ronco que terminó en tos.

Marcia negó con la cabeza. Aquel hombre era un muro sucio y hosco del que no iba a sacar nada en claro.

Estar sentada le comprimía el vientre y le entumecía las rodillas.

Se inclinó hacia delante y comenzó a incorporarse, con cierto esfuerzo.

Entonces el cabo le sujetó una mano. Su antebrazo, grueso y velludo, emergía de la camisa remangada, y sus ojos se clavaron en los de ella, no con deseo, ni con burla, sino con un atisbo de sinceridad.

—Yo no tuve nada que ver con vuestra detención —dijo en voz baja. Y, enseguida, como si el peso de sus propias palabras lo avergonzara, bajó los párpados y soltó su mano.

—¿Por qué debo creeros?

—Nada gano con mentir —respondió, pundonoroso, mientras con mano torpe se atusaba el bigote—. Y ahora, señora, acercadme la bacinica.

Marcia, sin decir palabra, tomó el recipiente y lo colocó junto al jergón, evitando mirar su contenido. Su gesto no mereció agradecimiento ninguno, por supuesto.

Salió del hospital con el mismo paso medido con que había entrado y se encaminó a la casa de su tío Sancho.

Julia, una de sus hijas, que acababa de parir, se había ofrecido a dar el pecho al pequeño Santiago.

A Marcia le gustaba visitarla siempre que podía; en medio del caos, le reconfortaba verla con el niño en brazos.