XXI #3
Hasta la Marina, a su derecha, habría trescientas brazas, cuatrocientas a lo sumo.
Debía andarse con cuidado: alguna lancha podía estar desembarcando tropas al amparo de la noche, o podía enredarse con la jarcia de los tres pecios hundidos.
Al superar la San Bartolomé, cuyos mástiles asomaban unos palmos sobre la superficie, hizo un descanso.
Las olas la acogían en sus senos y la alzaban con sus lomos.
En el arrabal brillaban aquí y allá algunas luces.
Prosiguió un poco más. Cuando calculó hallarse sobre el San Juan giró hacia su derecha y se dejó arrastrar por la corriente hasta que tocó la arena de la playa.
Permaneció tendida unos instantes, notando en su cuerpo el vaivén de las olas.
Al no oír nada, se incorporó y gateó, como las iguanas de su tierra natal, hasta tocar el casco varado de un bote.
Una hoguera iluminaba la entrada de una calle.
Comprobó que no hubiera nadie cerca, cruzó agachada el espacio que la separaba de las primeras casas y avanzó con la espalda pegada a la pared.
Medio centenar de pasos más allá, se detuvo en una esquina para orientarse.
Tomó la calle Real y recorrió con extremo cuidado un par de manzanas.
Al aproximarse a la calle de la Estrella, percibió rumor de voces.
Apoyó las manos en la piedra de una fachada y asomó la cara.
La golpeó un hedor nauseabundo, mezcla de carne quemada y cadaverina.
El estómago se le revolvió, y tuvo que contenerse para no vomitar.
La imagen del cuerpo calcinado de Isabel cruzó su mente como un relámpago. Debía apresurarse.
Un fuego mortecino iluminaba a tres hombres sentados con las espaldas contra la pared.
Uno hablaba; los otros lo escuchaban con las cabezas gachas y las armas en las manos.
Estaban demasiado cerca de la casa de Isabel.
Tendría que rodear la manzana y entrar por el corral.
Se tumbó para cruzar la calle. La tensión le impedía sentir el frío de la ropa mojada.
Al contrario, sudaba por todos los poros.
Arrastrándose palmo a palmo, los ojos fijos en los soldados, alcanzó la esquina opuesta, se irguió y comprobó que no la hubieran descubierto.
Le costó dar con el corral. Dudó entre varios hasta que saltó una cancilla de listones y se internó en el predio.
El canto de los grillos parecía ahuyentar cualquier peligro.
¿Qué podía ocurrir mientras ellos entonaban su monótono cricrí?
Y, sin embargo, algunos callaron al sentir sus pasos.
Se acercó a la casa, cuyas puertas estaban abiertas, y permaneció unos minutos en silencio, atenta a cualquier sonido, pero no percibió presencia alguna.
Desde la calle de la Estrella no llegaba ya ningún rumor, y los disparos de la muralla sonaban lejanos.
Penetró en el cuarto adosado a la vivienda.
—Isabel —susurró.
Olía a moho y a humedad. En aquella oscuridad absoluta sintió un mal presagio, porque Maquetaire siempre se ocultaba en las sombras. El corazón latió despacio, con tañidos que hacían vibrar la piel. Entonces escuchó un crujido leve, imperceptible para cualquier oído menos fino.
—Isabel. Estoy sola.
—¿Yabama?
Oyó maderas desplazarse, trastos caer, un cuerpo deslizarse por el suelo, una respiración entrecortada y unos pasos suaves. Isabel, cuyos ojos debían de estar más hechos a la penumbra, fue hacia ella sin tropezar, y la abrazó con fuerza.
—¡Virgen santa! Qué miedo he pasado —murmuró sin soltarla.
—Ahora estoy yo.
Isabel quiso saber cómo había venido. Por qué. Yabama se lo explicó a su modo, y le aseguró que la sacaría.
—¿Puedes nadar hasta San Antón?
—Apenas doy diez brazadas sin hundirme.
Yabama calló, pensando en otras opciones.
—Habrá que cruzar el campamento —dijo al fin.
—¿Ahora?
—Ya es demasiado tarde. Lo intentaremos mañana.
3
Barrio de la Pescadería
El Prior do Crato bajó a tierra acompañado de su séquito, del almirante Drake y de los comandantes de sus escuadras, para asistir al alarde de las tropas de Norris y a la entrega del requerimiento de rendición a las autoridades de La Coruña.
Más de diez mil infantes, formados a lo largo de las calles, ocupaban la Pescadería.
Al paso del grupo regio, los hombres rompieron en salvas y vítores.
Lucían ropas lujosas y ostentosas, fruto del saqueo, jubones de cuero con remates de plata, calzas de raso o terciopelo, greguescos con encajes dorados, medias de seda, capas bordadas, gorras de tafetán con plumas, así como armas y corazas de buena factura.
Estaban eufóricos por el rápido triunfo obtenido y ansiosos por penetrar en la ciudad.
Si las casas del arrabal escondían tales riquezas, ¿qué no hallarían dentro de la ciudad?
Después de pasar revista a las tropas, los principales se dirigieron al convento de Santo Domingo, situado a escasos treinta pasos de la muralla.
Junto a una de sus troneras, el general Norris rindió cuentas a don Antonio sobre el estado del sitio.
El estrépito de los cañones le obligaba a alzar la voz.
—Se ha construido una barricada paralela a sus posiciones —explicó—, y a su resguardo estamos levantando un baluarte con tres piezas de veinticuatro libras que no han dejado de batir toda la mañana la base de una de las cortinas de la muralla.
—¿Han abierto brecha? —preguntó con firmeza el Prior, que vestía una armadura milanesa ricamente decorada.
Don Antonio de Avis era muy consciente de la importancia de su figura. Durante años no había sido más que un naipe en la manga de la reina Isabel, pero cuando al fin esta se decidió a atacar, su posición se encumbró.
—Aún es pronto, alteza —respondió Norris con deferencia. También él era consciente de la importancia de llevarse bien con el Prior.
—¿Y ese túnel?
—Es el arranque de una mina. Cuando lleguemos a los cimientos de aquel cubo —el general señaló una de las torres fronteras al convento, justo en el ángulo donde la muralla giraba hacia el sur—, la llenaremos de pólvora y la haremos estallar.
Mis ingenieros aseguran que el torreón se vendrá abajo como golpeado por un martillo divino.
—Esperemos que no sea necesario. Aunque nuestras intenciones son evidentes.
—Tanto mejor, alteza —intervino Drake—. Cuanto más temor les infundamos, más pronta será la rendición.
La voz bronca de sir Francis y la seguridad de sus palabras hicieron vacilar un momento a don Antonio.
—Muy bien visto, almirante —admitió al fin—. Procedamos con el requerimiento.
El general Norris ordenó a los tambores que adelantaran posiciones y tocasen a tregua.
El redoble prolongado logró acallar pronto los disparos de escopetería en la trinchera.
Poco después, ocurrió lo mismo en la muralla.
Un alférez ondeó una bandera blanca al abrigo del parapeto.
Sir Francis metió la mano en la pechera de su jubón rojo y negro, sacó un cartucho de cuero y lo tendió a Norris.
—Es vuestro ejército quien va a tomar la ciudad —le dijo con extremada cortesía.
—Por Dios, sir Francis, os cedo a vos el honor. Sois el hombre más famoso del reino. —En la voz del general había un punto de sarcasmo.
El almirante, hinchado de orgullo, agitó el papel y preguntó en voz alta quién se ofrecía voluntario para entregarlo al gobernador.
—Iré yo, señor —dijo una voz a su espalda.
Las miradas se volvieron hacia el hombre alto, rubio y grave que acababa de hablar.
—Capitán Trenton, os hacía en vuestro barco —se sorprendió Drake—. ¿Abandonáis la armada por la infantería?
—No me perdería la rendición de La Coruña por nada del mundo —respondió Trenton, imperturbable—. Recordad que fui yo quien os informó sobre sus defensas.
Drake soltó varias carcajadas estrepitosas, se giró para observar el efecto entre los presentes y se congratuló de las sonrisas que habían provocado.
—Es todo vuestro.
John Trenton tomó el cilindro. No solía entregarse a baladronadas ni gustaba de protagonismos, pero no podía dejar pasar la oportunidad que se le ofrecía.
Si Isabel se encontraba tras aquellas almenas, o alguno de sus familiares lo reconocía, sabría que él estaba allí, y que podía contar con su brazo y con su protección, pasara lo que pasase.
Se adelantó junto al abanderado y salió del resguardo del parapeto.
Se hizo el silencio. El sol lanzó un guiño entre las nubes y volvió a ocultarse.
Los emisarios avanzaron hasta situarse a diez pasos de la puerta de Aires.
Desde una de las torres, un español, que se presentó como el sargento Luis de León, preguntó el motivo de la comparecencia.
—Traigo una carta de mis generales para vuestro gobernador —respondió Trenton en su mejor castellano.
La brisa hacía ondear la bandera blanca y arrastraba las palabras. Trenton repitió el mensaje con voz de falsete.
—¡Sólo nos interesa tratar del rescate de los prisioneros! —gritó el sargento, apoyado en su vara de mando.
—Y a mis generales, de la rendición —replicó Trenton, con la mano tendida y el cartucho de cuero en alto.
Paseó la mirada por las almenas y comprobó complacido que decenas de rostros lo observaban. El sargento, en extremo puntilloso, no quiso recoger la carta.
—Entonces os la leeré —dijo Trenton, y extrajo el rollo y lo desplegó—: «Nos, sir Francis Drake, almirante de la Real Armada, y John Norris, general del ejército de Su Majestad, requerimos a las autoridades de esta ciudad a que la rindan a Inglaterra».
—Estaba redactada en castellano. Drake debía de contar con un buen traductor—.
«De hacerlo, olvidaremos la ofensa causada por la agresión de vuestra armada el año pasado, y trataremos con clemencia a vuestros vecinos».
—Hizo una pausa, alzó la vista, tomó aire—.
«En caso contrario, emplearemos contra vos todo el rigor de la guerra».
Bajó el pliego y lo enfundó de nuevo.
—¡Antes habréis de tomarla!