La derrota del dragón XXI #2
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XXI #2

—Al llegar a la casa nos encontramos con el mozo que había enviado aquel hombre.

—¿Qué hombre?

—Luján. Estaba sacando su baúl. Y quizá algo más. Isabel lo echó.

Marcia asintió. Que se fuese en buena hora don José. Un problema menos.

—Después me fui al muro. La mujer del herrero nos había dado un cesto con comida para su marido, pero Isabel prefirió quedarse, por si volvía el mozo. Se la veía muy cansada y me ofrecí a llevarlo yo.

—El muro era peligroso.

—No me importa —respondió Yabama con viveza—. Estoy acostumbrada a luchar.

Marcia la observó con más detenimiento. La nariz achatada, los ojos marrones ligeramente rasgados, la piel morena, las manos fuertes. ¿Qué vida habría tenido? ¿En qué lejano paraíso, o infierno, había conocido a Gabriel? Ardía en deseos de preguntárselo, pero se contuvo.

—Él era el esclavo del señor Dunn —dijo Yabama—. En Saint-Lucie. Y yo, la barragana de Montmor.

Marcia alzó los ojos con viveza. La mestiza tenía los suyos posados en ella.

¿Cómo diablos le había adivinado el pensamiento?

Una mujer con una carretilla les pidió paso y ambas se hicieron a un lado para no estorbar.

Dunn, Montmor, Saint-Lucie… Nombres que no le decían nada.

Casi prefería volver al asunto de Isabel.

—¿Qué creéis que le ha ocurrido?

—En esa casa es fácil esconderse… A menos que le hayan prendido fuego.

—Por Dios, espero que no. —Marcia se estremeció—. Gabriel lo va a sentir mucho cuando regrese. Perder de nuevo a su hermana, después de haberla buscado tantos años, será un golpe muy duro.

Yabama, que doblaba el costal con movimientos seguros, se detuvo. Un frío repentino le recorrió la espalda, a pesar de que el sol ya calentaba. Retumbó un cañonazo, y una bandada de palomas alzó el vuelo. El cielo se había llenado de nubes.

—¿Dónde os alojáis?

—En casa de Martín Robledo. El beaterío está lleno estos días.

—¿Y su esposa no os incomoda? Si queréis, podéis hospedaros donde mi tío Sancho.

—He dormido en la fragua —dijo, como distraída, con la vista fija en un lugar distante.

Marcia recogió su esportón y siguió su camino.

Aquella conversación la había dejado con una sensación agridulce.

Yabama le parecía una mujer de naturaleza casi primitiva, pero su figura tan singular, el vestido sencillo que ceñía con un cordel a modo de hábito, sus rasgos, que la hacían destacar entre la gente…

Todo en ella la volvía lejana y extraña.

—No os esforcéis más de la cuenta, señora.

La voz de María Fernández la sacó de sus pensamientos. Portaba un cántaro vacío en cada brazo. A su lado marchaban otras dos mujeres, también con cántaros.

—¿Ahora hacéis de aguadora? —preguntó Marcia.

—De lo que haga falta.

—¿Cómo os encontráis?

—Furiosa. Contra el mundo, contra el cielo, y sobre todo contra esos putos herejes que me han quitado a mi hombre.

—Mejor eso que lamentarse, Mayor —dijo una de sus compañeras.

—¿Mayor?

—María Mayor Fernández da Cámara y Pita. Ese es mi nombre completo.

Al llegar a un cruce, las otras mujeres siguieron adelante, pero María se quedó.

—¿Sabéis que han herido a vuestro cabo Luján? —le dijo en voz baja.

Había posado los cántaros en el suelo para ajustarse la falda negra, sucia del polvo y del roce del barro.

—¿Por qué me lo decís?

—Sospechabais que fue él quien os denunció, ¿cierto? —Marcia asintió—. Lo han llevado al hospital de campaña, junto a la fortaleza. Si está grave, quizás desee limpiar su conciencia.

Aquel día se recrudecieron las hostilidades.

Los ingleses se estaban haciendo fuertes en el convento de Santo Domingo, en cuyo interior sus carpinteros fabricaban manteletes y escalas de asalto.

También subieron al campanario un esmeril con el que batir la muralla.

El capitán Álvaro Troncoso, apercibido de ello, logró reducir a escombros el campanario de Santo Domingo con las piezas que habían instalado sobre uno de los cubos.

Pero la amenaza seguía latente. El convento estaba demasiado próximo a la muralla, y desde él podrían excavar una mina.

Para prevenirlo, se hacía necesario terraplenar más torreones y reforzar las bases de los lienzos.

Las mujeres resultaban insustituibles en aquella tarea.

Saco a saco, carretilla a carretilla, iban apuntalando la defensa.

Después de una jornada agotadora, Yabama se acostó temprano.

Martín le había preparado un jergón en un rincón de la fragua, y su mujer le había prestado un par de mantas viejas.

Los tres compartieron una cena fría en la casa.

Antoñita aprovechó para interrogarla sobre sus andanzas por el Caribe.

Mas como ella se mostraba parca y cuidadosa en sus respuestas, y Martín tampoco estaba muy locuaz, la charla se agotó pronto.

La mestiza bajó a la fragua, se tumbó en el jergón y permaneció pensativa.

Escuchaba la llovizna fina en el patio trasero.

Algún caballo pateaba en la cuadra. El cañoneo, aunque más espaciado, seguía resonando entre las murallas y las líneas inglesas.

En aquella soledad, percibió el pesar de Gabriel.

No se había dado cuenta hasta que Marcia se lo mencionó, pero ahora lo sentía.

Era algo físico, un peso oscuro, un sudario de duelo suspendido sobre su cuerpo.

¿Quién tenía la culpa? ¿Por qué había dejado sola a Isabel?

Fuera de las mantas, su mano dibujaba amuletos en la tierra: uno contra el fuego, otro contra el hierro, otro más para aplacar la ira de Yacahú y los dioses de la destrucción.

Luego pronunció los cinco nombres secretos de la Madre, palabras sin sonido: Yermao, Guácar, Apito, Iella, Zuimaco.

Los repitió. Y con ellos en los labios, se quedó dormida.

El conocimiento descendió sobre ella en sueños. El lugar era oscuro, pero bañado por una luz cegadora. Primero olió su miedo, un aroma penetrante y almizclado, y escuchó su corazón, con ese latir apretado de quien teme por su vida. Después la descubrió, escondida en la madriguera. Era Isabel.

Abrió los ojos y se incorporó. La lluvia se había detenido.

Tenía que ir en su ayuda. Buscó sus calzones marineros en el hatillo traído del convento, su camisa y un sayuelo que le llegaba hasta las rodillas.

Se vistió, se cubrió con una gorra de lana y esperó a Martín Robledo, que debía volver a su puesto en la muralla.

—¿Qué pasa, mujer? —susurró él. No quería despertar a Antoñita.

—Voy a por Isabel. Sé dónde está —dijo mientras se echaba una manta sobre los hombros.

—Estás loca.

Yabama negó con la cabeza e hizo oscilar la llama de la vela que sostenía el herrero.

—Es muy arriesgado —insistió él—. Si te capturan… Ya sabes lo que les hacen a las prisioneras.

—Necesito que me abran una poterna, o que me descuelguen desde las almenas.

Martín, que conocía de sobra la tozudez de la mestiza, no perdió el tiempo en disuadirla. Apagó la vela y salieron.

Martín se desciñó su daga toledana y se la entregó.

—Tengo un cuchillo.

—Es mejor la daga.

Cruzaron la plaza de la Harina, pasaron junto al arsenal, la iglesia de Santiago y el palacio del gobernador, hasta alcanzar la puerta del Ángel.

El retén de guardia se calentaba en un fuego hecho con tablones y vigas podridas.

Tres hombres con armadura charlaban junto a él; otros, envueltos en sus capotes, se resguardaban del relente.

Martín se dirigió al cabo de la guardia, al que debía conocer.

Parecían más bien vecinos armados que soldados.

Tras una breve conversación, accedieron a abrir el postigo incrustado en una de las hojas mayores.

Martín le pidió a Yabama que se quitase la manta y les mostrara el rostro.

—¿Una mujer? —se sorprendió uno de los hombres.

—Con más agallas que vos.

—Eh, calmaos, que nadie lo ha puesto en duda —respondió el otro—. Pero el asunto es peligroso.

—¿Gustáis acompañarme?

El soldado se mordió el labio y apartó la mirada.

—Mi puesto es este.

—Si tiene suerte, regresará esta misma noche en compañía de otra mujer —terció Martín—. Os ruego que estéis atentos.

La puerta del Ángel miraba al islote de San Antón y estaba medianamente protegida. Por allí pasaban los suministros y las tropas de relevo hacia el castillo.

—¿Cómo piensas llegar a la Pescadería? —preguntó Martín.

—Nadando. Se me da bien —dijo, y le entregó la gorra.

—Si surge alguna contrariedad, deja un mensaje en la casa. O mejor: escóndelo en un agujero frente al portón del corral. Cuídate, mujer. Sería una pena perderte ahora.

—Si muero, dile a Gabriel que se haga cargo de García.

Martín asintió y le puso una mano en el hombro. Si le pasaba algo, Gabriel lo crucificaría.

Yabama se dio media vuelta y se perdió entre las sombras.

La muralla se alzaba sobre un escarpe rocoso que bajaba abruptamente hacia el mar.

Descendió con cautela, tanteando con la puntera, ayudándose de las manos o sentándose cuando el terreno se volvía resbaladizo, y pronto alcanzó una caleta mínima con más piedras que arena.

La bahía estaba envuelta en oscuridad. Se escuchaba con nitidez el chapoteo de las olas.

La silueta del fuerte de San Antón se elevaba como una sombra más densa, y de la flota inglesa, enfrente, apenas se percibía una masa indistinta.

La luna menguante aún no había asomado, y el cielo seguía cubierto.

Yabama se quitó las alpargatas, las envolvió en la sayuela y se la amarró al cuello. A continuación se adentró en el agua, dio unos pasos y comenzó a nadar lentamente, con la cabeza fuera. El agua estaba muy fría.