XXI
Ciudad Vieja
La casa de María Fernández amaneció de luto.
La noche anterior, dos hombres habían traído a su esposo herido en un hombro.
La bala había alcanzado una arteria, y, aunque la cauterizaron con aceite y la comprimieron sin descanso, al filo de la medianoche Gregorio Rocamonde entregó su alma al Creador.
Derramó la mujer las lágrimas justas, organizó el sepelio y dieron al cuerpo sepultura junto al convento de San Francisco.
Después, se unió a otras mujeres para echar una mano en las labores de fortificación de la ciudad.
Su hermana y su suegra le recomendaron quedarse en casa, rezar en paz y consolar a sus dos hijos.
—No es el primer marido que entierro. —La voz de María sonó firme.
—Espera a recuperarte de la tragedia, mujer —insistió su suegra.
—Peor lo están pasando otras familias. Gregorio al menos ha muerto a mi lado. Y la mejor forma de honrarlo es defender la ciudad por la que ha sacrificado la vida.
A Marcia, que la había visto cuidarlo con solicitud hasta el último aliento, y llorar y retorcerse las manos durante toda la noche, le sorprendió la entereza con que afrontaba el nuevo día.
Y cuando el marqués de Cerralbo pidió brazos para reforzar las puertas y torreones de la muralla, María fue la primera en ofrecerse. Ella la imitó.
—No hace falta que me acompañéis, señora, considerando vuestro estado —le dijo María, que la trataba como a un miembro de la familia Del Puerto, no como a una extranjera bajo vigilancia.
—Descuidad, que me esforzaré lo justo. Además, me vendrá bien entretener el pensamiento.
Más que nunca, Marcia necesitaba mantener la mente ocupada y no dejarse vencer por ideas sombrías.
A la dilatada ausencia de Gabriel, que poco a poco minaba su ánimo, la denuncia alevosa, el proceso judicial y la incómoda presencia de la mestiza se sumaba ahora la angustia por Isabel, de quien nada se sabía.
Martín Robledo, que acudió a ofrecer las condolencias a María Fernández, le contó cómo, al derrumbarse la defensa del arrabal, Yabama y él habían intentado buscar a Isabel y cuántas vicisitudes habían pasado para escapar de los ingleses y entrar en la ciudad.
—¡Virgen santísima! —Marcia se llevó una mano al pecho, como si de repente le faltase aire. Se temía lo peor.
—No perdamos la esperanza —la consoló el herrero—. Quizá haya conseguido cruzar la muralla.
—¿Y dónde está? —dijo con rabia. La desgracia de Isabel le parecía tan grande, tan injusta, que necesitaba culpar a alguien—. Esa dichosa mestiza debería haber vuelto deprisa, en lugar de quedarse pegando tiros en el muro.
—¿Tú crees? Quizá ahora tendríamos dos desaparecidas en lugar de una.
La respuesta de su viejo amigo le recordó que él —como Gabriel— había conocido a Yabama antes que a ella. Y también hizo que lamentara sus palabras, nacidas del rencor, justo cuando la misericordia y la hermandad debían prevalecer sobre cualquier otro sentimiento.
En realidad, el desastre y los horrores vividos en la Pescadería habían cubierto de luto a toda la ciudad.
Pocos serían los que no hubieran perdido un familiar, un amigo o un vecino en aquella noche aciaga.
Y menos los que no temblasen ante el mañana incierto.
La violencia y crueldades ocurridas andaban de boca en boca, y el dolor saltaba de pecho en pecho.
Tal vez por esa misma incertidumbre, o como respuesta a tanta desgracia, y desde luego para atender a los muchos que lo habían perdido todo en el arrabal, usaban gran caridad unos con otros, se ofrecía techo al desposeído, comida al hambriento, limosna al necesitado.
Los capitanes, reunidos con el marqués de Cerralbo, estimaron que entre soldados y milicianos se habían perdido cerca de trescientos hombres, sin contar los civiles asesinados o hechos prisioneros.
Cuando se cerraron las puertas de la muralla para impedir el paso a los ingleses, quedaron fuera los hombres de las compañías de Juan Monsalve, muerto en combate, y de Juan de Luna, capturado junto con su sargento y su alférez.
Mas por trágico que hubiese sido el balance de la noche, se imponía hacer de tripas corazón y preparar la defensa.
Los soldados que lograron regresar se integraron en otras banderas y se distribuyeron a lo largo de la cerca.
Frente al convento de Santo Domingo, el punto más expuesto, se situó al capitán Troncoso.
La Fortaleza Vieja se le encomendó al alférez Robles, por su habilidad como artillero.
El resto de los sectores fue asignado a los capitanes, sargentos y alféreces disponibles, que a su vez delegaron en sus cabos la defensa de cada lienzo y cada torreón.
Se repartieron armas a quienes carecían de ellas, aprovechando el abundante arsenal disponible, y se designaron a los encargados de distribuir pólvora, munición y provisiones, para evitar que los soldados abandonasen sus puestos.
Con la primera claridad del día, se acometió la tarea de sacar el bizcocho y otras vituallas almacenadas en las lonjas y depósitos anexos a la muralla, junto a la puerta de Aires, con el doble objetivo de evitar que cayeran en manos del enemigo y alimentar a la población, recrecida con los que habían llegado del arrabal.
Después, se prendió fuego a los edificios, pues los ingleses daban muestras de querer atacar por esa parte.
También era urgente rellenar las torres que miraban a la Pescadería, de fábrica antigua, huecas y vulnerables a la artillería enemiga, e inútiles para emplazar la propia.
Los hombres imposibilitados para combatir, los más jóvenes, los niños y un batallón de mujeres se dispusieron a realizar tan hercúlea tarea, organizados en cuadrillas bajo la dirección de oidores y regidores.
Estos picaban tierra en descampados, huertos y corrales, o derribaban muros y tapias; esos llenaban costales y esportones con escombros; y aquellos los acarreaban adonde hiciera falta.
Las largas cadenas humanas transformaron las calles de la ciudad en carretera de hormigas, afanosas, incansables, que, viaje a viaje, fueron llenando uno de los cubos.
Cuando estuvo listo, se subieron por un plano inclinado cuatro piezas de artillería ligera con las que hostigar las posiciones enemigas.
Luego se terraplenaron la puerta Real y la de Aires, para que pudieran soportar las exigencias del asedio, y se comenzaron a rellenar otras dos torres.
Todo ello sin oposición ninguna.
Dentro de lo apurado de la situación, quiso la fortuna que la resaca de vino y violencia mantuviera pasivos a los ingleses aquel sábado, seis de mayo, y que sus actividades se limitaran a desembarcar lo que faltaba del ejército de Norris.
La mayor parte se asentó en el arrabal, junto a las compañías que ya estaban allí; el resto se destinó a custodiar los altos que rodeaban La Coruña para contener un posible contraataque desde las villas comarcanas.
Fueron, pues, esas tropas de refresco las únicas que trabajaron aquel día construyendo, frente a las murallas, una trinchera hecha a toda prisa con pipas y gaviones rellenos de tierra que les permitiese moverse por sus posiciones con un mínimo de resguardo.
La inacción del enemigo animó al capitán Bazán a proponer al marqués de Cerralbo una salida relámpago, o mejo r aún, una encamisada nocturna contra el arrabal.
Estaba convencido el hijo del insigne marino de que, tras la tremenda borrachera que se habían cogido, podían tomarlos desprevenidos y causarles grave daño.
El marqués consultó la propuesta con sus hombres de confianza y la desechó por arriesgada: de fracasar, la villa quedaría todavía más indefensa.
Según las malas lenguas, que nunca dejaban de moler ni de enredar, don Juan Pacheco y otros principales estaban más ocupados en idear el modo de ponerse a salvo ellos mismos que en guardar la ciudad y a sus vasallos.
Y había quienes prestaban oídos a esos rumores.
La noche del sábado se reanudó el tiroteo entre la muralla y las trincheras. Los soldados apostados en el adarve y las torres entorpecían como podían las labores de ingeniería enemigas, mientras los cañones recién emplazados destrozaban tramos del improvisado parapeto.
En las iglesias brillaba la luz de las innumerables velas encendidas por la salvación de la ciudad, y, junto al fragor de la arcabucería, resonaban los rezos y plegarias que los atribulados coruñeses elevaban al Altísimo.
En la parroquia de Santiago se descubrió el Santísimo Sacramento en su hornacina, con la esperanza de que les diese constancia y presencia de ánimo hasta el último día.
En aquel ambiente de fervor y exaltación, la mañana del domingo se formaron largas colas frente a los confesionarios, y en los altares los soldados recibían el sacramento de la eucaristía antes de marchar a sus puestos, para que sus pecados no estorbasen la salvación que, si caían, esperaban alcanzar.
2
La Coruña
Yabama y Marcia no podían evitar verse mientras acarreaban escombros.
Las muchas idas y venidas parecían ir limando si no las diferencias, al menos la animosidad.
Coincidieron una vez al pie de una de las torres que flanqueaban la puerta de Aires.
Yabama descargaba un costal pesado que traía al hombro; Marcia, un esportón mediado de tierra que, descansando a trechos, había traído desde un huerto cercano a la casa de María Fernández.
En un gesto de contrición, Marcia se obligó a sonreírle y, ya puesta, se animó a preguntarle por Isabel.
—¿Qué queréis saber de ella? —respondió Yabama—. ¿Acaso me culpáis a mí de su pérdida?
—No. Es que don Martín ha sido tan parco en explicaciones que me gustaría conocer vuestra versión.
Yabama se fijó en los paños oscuros que habían empezado a formarse bajo sus ojos, propios del embarazo, en los pechos llenos, en el vientre abultado. Reprimió el impulso de posar la mano en el suyo, que no había conseguido llenarse con la semilla de Gabriel.