La derrota del dragón XX #7
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XX #7

Se agachó para mirar bajo la cama y volvió a repetir el nombre de su esposa.

Allí no había nadie. Bajó las escaleras despacio, salió a la calle y tiró la pata encendida en la hoguera, que ya agonizaba.

Se ajustó el sable al costado y se internó de nuevo en el laberinto de la Pescadería.

El saqueo continuaba, más desordenado y brutal a cada instante, pero él estaba decidido a buscarla en los lugares donde solían concentrar a los prisioneros.

Si la habían capturado, tenía que estar entre ellos.

Y si no la hallaba… No quiso terminar el pensamiento.

Mientras tuviera fuerzas para caminar y preguntar, no daría nada por perdido.

6

Calle de la Estrella

Isabel llevaba varias horas agazapada en su escondite.

Cuando Yabama se marchó, se quedó dormida en la mecedora de la cocina, arrullada por el lejano sonido del tiroteo.

Se despertó de golpe, sobresaltada, por una explosión más fuerte que las demás.

La casa estaba a oscuras. Salió a la calle y golpeó en la puerta de Genara.

Nadie contestó. El alboroto de los combates arreciaba.

Se oían voces roncas, gritos, alaridos. El olor a madera quemada se mezclaba con el de la pólvora.

Un miedo repentino la empujó a volver a su casa.

Desde el vano de la puerta, asomando apenas el rostro, vio cruzar figuras oscuras y apresuradas por la calle Real. Tras ellas, un grupo numeroso de hombres armados con lanzas y arcabuces. Nuevos disparos. Órdenes vociferadas en inglés. ¡En inglés! ¿Qué había ocurrido? ¿Dónde estaba Yabama?

Cerró la puerta y echó el cerrojo. Llamó un par de veces a su amiga, sin convicción.

Subió a su cuarto, fue hacia el balcón, descorrió la cortina y espió la calle, que permanecía a oscuras.

El tumulto crecía. Más voces. Más disparos.

Algún cañonazo aislado. Al fondo, sobre los tejados de enfrente, se intuía la mole sombría de la ciudad amurallada. Debía intentar llegar hasta allí.

Bajó decidida las escaleras, pero al alcanzar el vestíbulo escuchó un nuevo estrépito: pasos, herrajes, voces ásperas.

Debían de estar en la misma esquina. Cruzó la cocina y salió al corral, por cuyas traseras vio desfilar un pelotón con antorchas encendidas.

Se detuvo temblando. Ya conocía el horror de ser capturada.

En el mar. Años atrás. Una experiencia que fue semilla de muchos males, y no quería revivir aquella pesadilla.

Con el susto en el cuerpo, se metió en el cuarto del cabo Luján y cerró la puerta.

Luego lo pensó mejor y la dejó entreabierta.

A tientas, rodeó la cama y dio con una pila de cestos desfondados.

Tras ellos, apoyadas en la pared trasera, había unas bateas viejas y podridas que Gabriel había almacenado con la idea de hacerlas leña cuando viniera el frío.

Su mano rozó la madera rugosa y la recorrió con cuidado de no clavarse una astilla.

Se arrodilló y se metió a gatas en el hueco estrecho y triangular que quedaba entre las bateas y la pared.

Apenas se había acomodado cuando un estrépito la paralizó.

Gritos, porrazos, golpes brutales. Estaban derribando puertas con algún tipo de ariete.

Tumbada en su guarida, el tiempo se estancó.

Los saqueadores pasaban de casa en casa, cada vez más cerca, hasta que entraron en la suya.

El portón cedió tras dos embestidas. El ruido creció.

Isabel los oía registrar baúles, arrastrar muebles, maldecir, empujar y destrozar la casa en busca de riquezas. Poca iban a hallar.

Varios hombres salieron al corral. Desde su escondite, Isabel vislumbraba el resplandor tembloroso de una antorcha.

Pasaron de largo, quizá para inspeccionar el corral, y luego regresaron.

Una patada abrió del todo la puerta del cuarto de Luján y le hizo dar un respingo.

Los pasos se acercaron. Escuchó el crujido de la tierra bajo las suelas.

—¿Qué hay ahí? —preguntó una voz aguda.

—No se ve nada —contestó otra, más ronca.

—Pues métele fuego.

—Trae la antorcha.

—La tiene Parker.

El hombre de la voz ronca se aproximó a los cestos y los derribó de una patada. Adelantó la bota hasta las bateas amontonadas. Isabel notaba su olor a vino y sudor. El miedo le agarrotaba el cuerpo y ni siquiera se atrevía a respirar.

—¡Parker! —llamó.

Pero Parker no acudía y el hombre de la voz ronca gruñó, lanzó una maldición y se alejó. Poco después, toda la cuadrilla cruzaba hacia el corral de Genara.

Isabel siguió inmóvil, con los músculos doloridos por la forzada postura.

El frío de la tierra empezaba a calarle los huesos.

Y, para colmo, tenía unas ganas urgentes de orinar.

Se contuvo. A su alrededor, el saqueo no cesaba: voces, disparos, risas, alaridos de terror, gritos de euforia.

Las ganas aumentaban. Tenía que orinar y estirar las piernas.

Comenzaba a salir de su escondite cuando volvió a escuchar ruido dentro de la casa.

Se agazapó otra vez. Parecía uno solo, o como mucho, dos.

Por suerte, su hijo estaba a salvo, en casa del tío Sancho.

De repente se le vino la imagen de su cuerpecito ensangrentado, pisoteado, y le dio vértigo.

Hizo un esfuerzo y alejó el pensamiento de su mente.

Le palpitaban las sienes. Notó una luz y percibió la presencia de alguien en la puerta del cuartucho.

Quien fuera sólo se asomó y se marchó. Isabel aguardó a que se alejara y respiró hondo.

Estaba a salvo por el momento. Pero ¿cuánto duraría aquella pesadilla?