XX #6
Los soldados irrumpían en las casas como toros desbocados.
Derribaban puertas, volcaban muebles, arrancaban gavetas y forzaban arcones.
Con improvisados hachones registraban cada dependencia en busca de objetos de valor, un collar olvidado, candelabros de plata, monedas, vajillas, armaduras labradas.
Ropa de raso y seda, telas de brocado, cortinas de terciopelo.
Había comida aún caliente servida en platos a medio consumir, y barricas de vino almacenadas en sótanos y bodegas.
Y cuando nada quedaba por saquear, prendían fuego a las sillas, vigas, trapos, papeles o cualquier materia combustible.
En minutos, la casa que horas antes albergaba una familia se convertía en una pira llameante.
El trato a los vecinos que no lograron huir no fue mejor.
A unos les hundieron la cabeza a culatazos, a otros los atravesaron o los degollaron.
A los más desdichados los colgaban en los soportales o los empujaban a las llamas.
Sobre las mujeres se lanzaban como verracos, sin reparar en edad ni condición.
Desgarraban vestidos, alzaban faldas a la fuerza y las violaban en las camas, en el suelo, sobre las mesas.
Enemigas, papistas, mujeres al fin, tanto tiempo idealizadas en los mentideros de la flota por su belleza y su pasión meridionales, ¡qué mujeres, señores, qué mujeres!
, convertidas ahora en carne para la venganza y el deseo.
Si doncella, doncella; si casada, casada; si anciana, si niña, también.
En el hospital de San Andrés, los enfermos fueron rematados en sus camas o arrastrados al jardín y ejecutados.
Algunos capitanes hicieron tímidos intentos por imponer disciplina, que al punto se manifestaron inútiles.
Otros fueron los primeros en disfrutar del jugoso botín.
La compañía de Geraldo Henriques penetró en la Pescadería por la parte que daba al Orzán y se dirigió de inmediato hacia aquella playa.
Habían perdido algunos hombres en el asalto y estaban rabiosos, sedientos de revancha.
Aunque la mayoría de los defensores huía desordenadamente, algunas escuadras se retiraban con cierta disciplina, se parapetaban tras los botes varados o disparaban con peligro desde las bocacalles.
La noche sin luna favorecía la confusión, no era fácil distinguir amigo de enemigo.
Las balas zumbaban por todas partes. Olía a pólvora, a carne chamuscada, a mar.
La playa y el arrabal entero se iluminaban con los fogonazos; siluetas anónimas cruzaban corriendo entre alaridos, disparos, voces en varios idiomas, quejidos y lamentos.
Duarte y Hernandes avanzaban por la misma orilla, las olas lamiéndoles las botas.
En la ensenada, varias embarcaciones intentaban huir por el mar, perseguidas por el plomo de los arcabuces.
Más adelante, un grupo nutrido trataba de botar una barca más pesada.
La voz de Geraldo, que los conminaba a rendirse, se perdía en el fragor del combate.
Más disparos. Más gritos. La compañía entera se precipitó hacia la barca, que ya flotaba sobre las aguas.
Varios soldados se adentraron en ellas para impedir la huida.
Las descargas eran tan numerosas que su fulgor permitía seguir la escena imagen a imagen.
Duarte, atento al frente, tropezó con un cuerpo tendido, trastabilló y cayó de bruces sobre la arena húmeda. La mecha del arcabuz por poco se mojó. Al incorporarse, vio que se trataba de una mujer con medio rostro destrozado por una pelota de plomo.
La barca, superadas las primeras olas, se alejaba con la mitad de sus pasajeros.
Otro grupo desembocó en la playa y al ver a los soldados trató de retroceder.
Los portugueses se apresuraron a cortarles el paso, pero se lo impidieron unos tiradores apostados tras un reparo.
Desprotegidos, se lanzaron al suelo y devolvieron el fuego cuerpo a tierra.
Tras una andanada cerrada, cayó un silencio repentino que se alargó durante unos momentos.
—¡Vamos! —gritó Geraldo, impaciente, al tiempo que se levantaba.
Ningún enemigo le disparó y la compañía prosiguió su avance por la playa, cada vez más vacía. Sólo se distinguían siluetas difusas que corrían hacia la torre de Hércules. La orilla giraba al norte y se alejaba del arrabal.
—Poco vamos a lograr de noche en esos campos —dijo Geraldo.
Duarte, unos pasos atrás, apretaba el arcabuz mientras rumiaba lo fácil que sería matarlo al amparo de las sombras y de la confusión.
No le había hecho nada malo, todavía. Pero ¿y si lo descubría y lo cargaba de cadenas?
¿O si, simplemente, le hacía la vida imposible?
Las oportunidades las pintaban calvas. Con esa duda a cuestas, terminó de cruzar la arena seca, subió un pequeño talud y se internó en la Pescadería.
El saqueo continuaba con una violencia descontrolada.
Las compañías se habían dispersado en escuadras o en simples cuadrillas que deambulaban por las calles como rehala en montería.
Las casas más ricas, de dos pisos y fachadas elegantes, eran las más codiciadas.
También las iglesias y capillas, que, tras profanar imágenes y objetos sagrados, se registraban a conciencia en busca de oro o plata.
Pronto dieron con los almacenes que los españoles no habían tenido tiempo de evacuar, repletos de vituallas y pertrechos.
Y de vino, malo, pero abundante. La noticia corrió como un relámpago.
Tras la tensión del combate, del asalto, la sed se volvió desenfreno.
Rompían las pipas a hachazos, metían la cabeza en su interior, llenaban jarras, tazones, lo que tuvieran a mano, para beber a pasto franco, o las hacían rodar hasta rincones apartados para apurarlas a sus anchas.
Y así, borracha de vino y sangre, cargada con su botín, la soldadesca sembraba el terror por las calles y casas de la Pescadería.
La poca piedad que quedaba se evaporó y no había mujer de la que no abusaran ni vecino al que le respetasen la vida.
John Trenton había desembarcado en la Marina con las lanchas de vanguardia y combatido en primera línea hasta que los arcabuceros españoles se retiraron a la ciudad vieja.
Sable en mano, había seguido la sangrienta estela que dejaban tras de sí las tropas de Sydeman.
Horrorizado por lo que veía y encendido de rabia, trataba de poner coto a los desmanes contra la población civil.
Más de una vez forcejeó, e incluso les enseñó el acero a quienes intentaban matar a un civil indefenso o deshonrar a una muchacha.
Pero pronto comprendió la futilidad de sus esfuerzos.
Apenas se daba la vuelta, los hombres volvían a las andadas con mayor saña. Su propio capitán, el primero.
—Controlad a estos perros, Sydeman —le exigió tras presenciar las primeras atrocidades.
—Hacedlo vos, si os place —fue la agria respuesta.
Desencantado, Trenton abandonó su compañía y partió en busca de la casa de Isabel. Echaba de menos a Hugh Hardinge y a algunos de sus marineros. Solo, como estaba, se arriesgaba a ser confundido por cualquiera o ser tiroteado desde una esquina. Aun así se internó en el laberinto del arrabal.
Las llamas, cada vez más abundantes, marcaban sombras danzarinas en las fachadas.
El humo, arrastrado por la brisa, envolvía las calles y enturbiaba la visibilidad y lo hacía lagrimear.
Varias veces creyó dar con la dirección correcta y otras tantas se dio cuenta de su error.
Retrocedía, giraba y volvía a avanzar por callejas atestadas de muebles despedazados, cántaros rotos, cadáveres de hombres, de animales, comida tirada en el arroyo, perros escarbando entre los restos.
Se cruzaba con grupos cada vez más ebrios y violentos, poco dispuestos a preguntar, que gritaban, cantaban, lanzaban vítores por la reina, por el general, por la puta que los parió.
Al fin dio con la casa de dos plantas, el balcón de balaustrada de granito y el portón rojo, con una hoja desencajada.
En medio de la calle, ardía una hoguera mortecina de la que sobresalían las patas chamuscadas de unas sillas.
Una puerta caída, un arca astillada, ropa desparramada, una vajilla rota.
Señales inequívocas de que los soldados habían pasado por allí.
Trenton cruzó el zaguán a oscuras y aguzó el oído. Nada, sólo el estruendo lejano del saqueo.
—¡Isabel! —llamó. Y repitió el nombre, más alto, sin respuesta.
No veía nada, de modo que salió y cogió de la hoguera una de las patas.
La agitó en el aire, avivó la llama y volvió a entrar en la casa para descubrir una escena de devastación.
Sorteando obstáculos, recorrió las estancias, atento a cualquier mancha oscura, temiendo dar con un cuerpo.
O dos. Pero la planta baja estaba vacía.
Al fondo, una puerta daba a un corral oscuro.
Alzó la improvisada antorcha en busca de alguna señal de lucha o de resistencia que no encontró.
A la izquierda había un cuartucho saqueado, lleno de trastos.
Volvió sobre sus pasos y subió al piso superior.
La habitación de Isabel tenía las cortinas rasgadas, la cuna tumbada y la cama deshecha.
Cogió una de las sábanas y se la llevó a la nariz: todavía guardaba su olor.
Sintió una congoja súbita, una opresión en el pecho y luego una furia ciega contra todos, contra todo.