La derrota del dragón XX #5
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XX #5

Ir con refuerzos era arriesgarse a una escaramuza y perder a García.

Y no pensaba permitirlo. No sólo por su madre, sino porque —entonces lo supo— se había ganado su afecto.

Esforzado, cumplidor y resistente, desde que se embarcara no le había pedido trato de favor.

Ni le había oído una sola queja, ni le había visto escurrir el bulto con las faenas, por duras que fuesen.

Aquel muchacho moreno y silencioso era su hijo, y sería más ruin que muchos de los hombres a los que despreciaba si no lo acogía bajo su amparo y velaba por su porvenir.

Cuando llegaron a la orilla, un rayo de sol, oblicuo y tenue, se coló entre las nubes.

Gabriel y Mahagüini echaron pie a tierra, amarraron el esquife a una roca y avanzaron unos pasos.

Entre los árboles apareció un hombre de barba espesa y castaña, que les ordenó detenerse.

Lo flanqueaban otros dos, armados con arcabuces.

—Tú, el dinero —indicó el barbudo a Mahagüini—. Y ven solito.

—¿Y el niño? —preguntó Gabriel.

—Primero el dinero.

Gabriel mostró el saquete con las monedas antes de pasárselo a su compañero. La vista de la plata pareció tranquilizarlos.

—Acércalo —insistió el portavoz de los guardias, e hizo un gesto con la espada que empuñaba.

Mahagüini avanzó con el brazo extendido y le entregó el saquete.

—El niño —exigió.

Los guardias contaron a conciencia el dinero. Luego susurraron entre ellos y cambiaron los términos.

—Traed otro tanto y os lo entregaremos.

—No hay más dinero a bordo —improvisó Mahagüini—. Tendremos que ir a Londres para conseguirlo.

Los guardias deliberaron de nuevo.

—Entonces serán cincuenta libras —anunció el de la barba—. Mañana al amanecer. Aquí mismo.

—¿Qué garantía tenemos de que cumpliréis? —La voz de Gabriel tenía una nota de inquietud que no supo disimular.

—La palabra de Will Taylor —dijo su portavoz. A los otros debió de resultarles muy graciosa la respuesta, y se rieron con ganas.

De regreso al batel, Gabriel le preguntó a Mahagüini por qué había dicho que no tenían más dinero.

—De noche son más vulnerables. Y pienso ir a por ellos.

—Hoy bajaste la guardia —le recordó Gabriel.

—La caza me distrajo. Pero tras la captura de García, di un rodeo y los seguí. Lo tienen encerrado en una cabaña de madera, no lejos de la orilla.

—¿Por qué no lo dijiste antes?

Mahagüini se encogió de hombros y Gabriel masculló una maldición. Luego reconoció que la idea tenía sentido. Nadie mejor que el medio indio para moverse en silencio por el bosque sin ser visto.

Ya en la fragata, informaron a Laiseca y Vermeulen del mal resultado del rescate y del plan que habían concebido. El primero torció el gesto, escéptico; al segundo le pareció viable, bien que arriesgado.

—Me gustaría ir con vosotros.

—Os prefiero a bordo, señor piloto, y con la nave lista para levar anclas en cuanto regresemos.

Poco después, Gabriel y Mahagüini salieron con el esquife río arriba, simulando dirigirse a Londres. Doblaron un recodo y, cuando anocheció por completo, retornaron a la fragata, donde Laiseca ya tenía escogidos a los cinco hombres que los acompañarían.

—¿Vos también, señor Pechoabierto? —preguntó Gabriel.

—Mi oficio es la guerra, capitán —respondió el exprisionero—. No hallaréis mejor soldado que yo en cien leguas a la redonda.

Gabriel sonrió ante la fanfarronada, pero no le desagradó.

—Pronto lo veremos.

Bogando con sumo cuidado, aproaron hacia una vaguada situada a la izquierda del coto.

Amarraron el bote en la orilla y siguieron en fila a Mahagüini, que los condujo por la espesa floresta de Greenwich.

Caminaba despacio, con paso seguro, como si fuera de día, por una senda bien trazada.

El terreno estaba húmedo, cuajado de charcos y cruzado por pequeños regatos.

Mahagüini se detuvo. Se oía el profundo rumor del Támesis y los cantos de las aves nocturnas: el ulular hueco del búho o el más monótono y repetitivo del autillo.

Un animal se removía tras unos matorrales, con ruido de cuernas y ramas quebradas.

La hilera reemprendió la marcha. Sólo llevaban dagas y espadas: las mechas de los arcabuces los podrían haber delatado.

Gabriel, pegado a Mahagüini, entreveía su silueta oscura y percibía la agilidad y elegancia de sus movimientos.

Sus abarcas de cuero no producían ruido alguno: ni al pisar ni al desplazarse.

No como los suyos, que resonaban con fuerza.

Esperaba que aquellos bastardos no hubieran golpeado a su hijo ni se hubieran ensañado con él.

O algo peor. Si le hubieran puesto la mano encima…

Le ardía la sangre sólo de pensarlo. Enfrascado en tales ideas, tropezó con su compañero, que había hecho un nuevo alto.

—Allí —susurró.

Entre las hojas de un arbusto se adivinaba una claridad rojiza, tenue y lejana.

Los movimientos de Mahagüini se hicieron aún más lentos y medidos.

Avanzó agachado: diez pasos, cuatro más.

Gabriel sentía detrás las respiraciones de sus hombres.

En el profundo silencio del bosque, sonaban como fuelles.

Notó un roce junto al hombro y supo que era Pechoabierto.

La pared de la cabaña, hecha de gruesos troncos, estaba ante ellos.

Mahagüini le puso una mano en el brazo, indicándole que esperara, y se adelantó hasta la ventana abierta.

Su silueta se confundió con los troncos y, al instante, desapareció.

Un zorro chilló muy cerca y le sacó un respingo.

Al cabo regresó.

—Uno hace guardia fuera —dijo el medio indio, con la boca en su oído—, junto a la puerta, que está entornada.

García está en un rincón, a la derecha, atado de manos.

Otro duerme en una yacija, a la izquierda, y tres más juegan a los naipes en una mesa, en el centro.

—Hizo una pausa, para que Gabriel asimilara los detalles—.

Yo me encargaré del centinela y de los jugadores.

Tú, de tu hijo. Los demás, que me ayuden dentro.

Y uno que cubra esta ventana, para evitar fugas.

—¿Y los arcabuces?

—Al fondo, en otro rincón.

Gabriel asintió. Era el discurso más largo que le había oído pronunciar jamás a su amigo.

Luego, en susurros, explicó al resto de los hombres lo que debían hacer y, una vez todos estuvieron al tanto, se deslizó tras Mahagüini hasta la esquina de la cabaña.

De dentro se escapaban las voces confusas de los jugadores, el sonido de unas cartas lanzadas con fuerza y los golpes de los nudillos contra la mesa.

El centinela, sentado en un tosco banco de tres patas, les presentaba el perfil derecho.

Entre las manos tenía un pedazo de madera en el que tallaba, con ayuda de una navaja, la cabeza de algún animal.

Mahagüini empuñó la daga y se aproximó con lentitud de camaleón.

Estaba a dos pasos, a uno, a medio. Elevó la mano izquierda y preparó la diestra.

Gabriel desenvainó su puñal y tensó los músculos, listo para correr.

De pronto, todo se precipitó.

Mahagüini segó con rapidez el cuello del centinela, que se desplomó sin emitir un solo sonido, y cruzó la puerta como una centella. Gabriel lo siguió y buscó con la vista a García, acurrucado en su rincón. En un instante estuvo junto a él, cortó la cuerda y lo sacó fuera.

Los guardias, sorprendidos, apenas alcanzaron a levantarse y echar mano de sus armas.

El combate fue breve. Mahagüini despachó a uno de los jugadores y Pechoabierto a otro.

Los tres restantes se rindieron sin oponer resistencia.

Gabriel, tras asegurarse de que su hijo estaba bien, se encaró con el barbudo que había hecho de portavoz.

—¿Dónde están las treinta libras que os entregamos? —gruñó, mientras le hundía la punta del puñal en la barba. El guardia, lívido, le entregó su parte y señaló con la otra mano hacia la mesa, donde varias monedas estaban esparcidas—. Ahora no te ríes, bellaco.

Le daban ganas de rebanarle el pescuezo.

—Nos hemos rendido —alcanzó a decir.

—¿Y eso qué importa?

Sus hombres esperaban a ver qué decisión tomaba el capitán, para actuar en consecuencia.

—Ven, García —dijo Gabriel—. ¿Quieres matar a alguno?

El muchacho tomó el cuchillo que le ofrecía su padre, posó la vista en los tres prisioneros y finalmente sacudió la cabeza.

—No me han hecho daño, padre. —La voz le salió aguda, pero firme.

A los prisioneros los hicieron desnudarse, los amarraron y amordazaron y los abandonaron en una zanja medio oculta por la maleza.

—Deprisa —dijo Gabriel, mientras oteaba el cielo encapotado—. Antes de que rompa el alba, estaremos surcando el río.

5

Barrio de la Pescadería

El asalto al muro fue salvaje. En cuanto los defensores se replegaron, los soldados treparon por las escalas con frenética urgencia, como si al otro lado repartieran lingotes de oro y nadie quisiera quedarse sin el suyo.

Se empujaban, se apretaban, se insultaban, un hombre menudo y ágil hizo caer a otro que lo estorbaba en la subida.

Había quienes, ya en el adarve, se saltaban al otro lado por no buscar las escaleras.

La precipitación se cobró más de una fractura.

Dentro del arrabal se encontraron con las tropas que habían desembarcado por la Marina, lo que provocó, en un primer momento, confusión y barullo, disparos entre unos y otros, con bajas incluidas, hasta que los capitanes impusieron un mínimo de cordura.